Cuando queremos disfrutar de unas buenas vacaciones normalmente preparamos todo con semanas y/o meses de antelación. Miramos folletos, consultamos en agencias, preguntamos a conocidos. No entramos en el primer hotel que vemos sólo porque esté cerca o sea el primero de la lista. Una vez preseleccionado uno, miramos qué servicios e instalaciones tiene para que nuestra estancia sea lo más grata posible dentro de nuestras posibilidades. No queremos que los días de descanso que tenemos tras un año de trabajo se vean empañados por estar en un lugar donde no nos sentimos a gusto, donde no nos tratan bien, donde nos sirven comida que no nos gusta o donde en general los horarios de sus servicios no coinciden con nuestras necesidades…

¿Y por qué cuento esto ?

Será de mis años de trabajar en el sector de la Hostelería y el Turismo que dejaron en mí la huella del lema: “El Cliente siempre tiene la razón” o “El cliente es lo primero“. Pero claro, eso es en el sector servicios. En el campo de la Salud automáticamente dejamos de ser “clientes” para ser “pacientes”. “Paciente” que, aunque a veces lo parezca, no se llama así por la paciencia, sino por ser “el que padece, sufre”. O sea, que en principio, uno es paciente cuando padece algo, cuando sufre y acude entonces al médico para que nos ayude a restablecer la normalidad, a curarnos en la medida de lo posible.

Pero resulta que hay un tipo de medicina que atiende “pacientes” que no son tales. Se llama medicina preventiva o en lo que respecta a nuestro Sistema de Salud Pública lo que se denomina “Revisión del niño sano”.

A mí, a bote pronto, lo que se me ocurre con este calificativo es que parece que en vez de tener un hijo me he comprado un coche y que si no voy a la casa a las revisones marcadas, no me aplica la garantía.

En el caso de nuestros hijos, no estoy en contra de que se cuide la salud de los niños, ¡faltaría más!
De hecho me parece un logro que todos los niños tengan atención sanitaria. Lo que me preocupa es que estas “revisiones a un niño sano” ( o sea, hechas a un niño que no es un “paciente” porque no padece de nada, no sufre), convierten al sujeto de dicha atención en lo que intentan prevenir.

 

Me explico:

-Una madre acude con su bebé de 2 semanas a la revisión con el pediatra. Todo va bien, el bebé está ganando peso y su estado general es bueno. En un momento dado el bebé empieza a llorar y el padre que lo tiene en brazos empieza a mecerlo para que calle. Entonces el profesional que ha estudiado durante muchos años y que tiene otros tantos de experiencia práctica mira a los padres y les dice:

“Este niño está malcriado. Tiene que aprender a calmarse solo, sin brazos ni meneíto. “

Ante esto, los padres le dicen que el niño si está solo en la cuna empieza a llorar y no se calma, que lo han intentado pero que llora cada vez con más fuerza y desespero, poniéndose rojo y quedándose incluso afónico. Que en esas circunstacias lo único que lo consuela son los brazos de sus padres.

 

Y este gran profesional que igual se graduó “cum Laude” les replica:

“Claro, es que os está manipulando. Él sabe que si llora le cogéis, por eso lo hace. Vosotros dejadle que ya se cansará”

Y digo yo, que es en ese momento cuando un bebé completamente sano y normal se convierte en paciente.

Paciente en los 2 sentidos de la palabra.

  1. Paciente porque ha de demostrar paciencia infinita para esperar a que sus padres por fin quieran darle aquéllo que necesita y que reclama.
  2. Y  paciente porque ahora sí sufre y padece.
    Padece el abandono, la incomprensión, el desamparo, la falta de empatía, la tortura diría yo, de verse solo y desatendido. Y padecerá como consecuencia de lo anterior también las secuelas físicas de ese “mal trato” (que es a la vez maltrato).

Después vendrán las consultas al señor Doctor por todos estos motivos:

  • Cólicos, gases y dolores abdominales
  • Escasa ganancia de peso (real o no)
  • Reflujo y/o vómitos
  • Hipotonía o bajo tono muscular
  • Pesadillas y terrores nocturnos
  • Retraso en el desarrollo
  • etc…

Muchos de esos problemas son evitables simplemente entendiendo que los bebés se alimentan no sólo de leche, sino de afecto, de tacto, de caricias, de atención, de palabras, de miradas, de movimiento, de canciones, de bailes, de paseos, de cosquillas, de sueños placenteros sobre el cuerpo de mamá o papá, de tener libre acceso al pecho de mamá aunque haya terminado de comer, porque sí, para relajarse.

Señores pediatras de este tipo: ¡enhorabuena! porque han conseguido lo que cualquier empresario desearía para su empresa: convertir en clientes a los que en principio no debieran de haberlo sido bajo ningún concepto.

A los padres, si me lo permiten, les voy a dar un consejo:

El médico es para los enfermos. Comer y dormir y vivir y amar no es una enfermedad. Si quieren opiniones sobre cómo han de alimentar y dormir y querer y criar a sus hijos, quédense con las suyas propias.
Y si, de todos modos, quieren confiar estos aspectos a un profesional hágale estas preguntas para saber en qué manos están dejando no una semana de sus vidas, sino la etapa más importante del desarrollo de sus hijos:

  • ¿Es padre/madre?
  • En caso afirmativo ¿Sus hijos fueron amamantados? ¿cuánto tiempo?
  • ¿Ha hecho cursos de formación en Lactancia Materna? (En la carrera de Pediatría no se estudia la LM)
  • En casos de lactancias dificultosas ¿recomienda “ayudas” de leche artificial o contactar con un grupo de apoyo a la Lactancia Materna?
  • ¿Conoce la labor de los grupos de apoyo  y las asesoras de lactancia y colabora con ellas?
  • ¿Le gustan los niños?
  • ¿Disfruta de su trabajo?
  • ¿Usa palabras despectivas “disfrazadas” para referirse a los niños: malcriado, mimoso, perretoso, caprichoso, pequeño tirano, es “muy listo”, etc?
  • En caso de exploraciones o intervenciones dolorosas (pinchazos, curas, etc.) anima a la madre a quedarse al lado del bebé y consolarlo (incluso a ofrecerle el pecho)?
  • ¿Respeta la forma de crianza escogida por los padres aunque difiera de la suya?
  • Si tú fueras tu bebé ¿te gustaría tenerle como médico?

El día que nos consideremos ante los profesionales de la Sanidad como “clientes” con derechos y no sólo como “pacientes”, de seguro también mejorará la calidad del servicio que recibiremos. Todos somos responsables de contribuir a este cambio.

 

 

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