La Sociedad que vaciaba úteros- La historia de Marta y Cristina

Como te prometí en el primer artículo en el que os contaba el por qué de esta novela, aquí tenéis en primicia la continuación de la historia de Marta y Cristina.
Y recuerda que si quieres conocer el final de esta historia y leer todas las demás  puedes reservar tu ejemplar en este enlace:
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(Sólo quienes lo compren antes del 19 de Junio podrán leerlo ya que el libro no saldrá a la venta para el público en general hasta agosto y no al mismo precio…)

Marta coge el teléfono y llama a Cristina.

—Hola Cristina: soy Marta, la matrona, ¿cómo estás?

—Ay, Marta, ¡qué alegría! No tenía nada claro que me fueses a llamar.

—Pues sí, lo he estado pensando y si puedo, sí que te acompañaré el parto, si sigues queriéndolo.

—Sí, sí, claro.

—¿Cómo vas? ¿Tienes contracciones?

—Ni una. Con Laura estuve dos días y medio con la bolsa rota y, al final, me indujeron.

—Bueno, a ver si no se repite la historia.

—No se va a repetir, porque yo no voy a dejarme inducir esta vez. Yo no voy al hospital hasta que no esté de parto.

—Bueno, ¿y te encuentras bien?

—Estoy perfectamente.

—¿Y el bebé? ¿Se mueve mucho?

—Sí, no para, ni un rato.

—¿Y el líquido, sigue siendo claro?

—Sí.parto—¿Y el estreptococo?

—Negativo.

—Pues todo perfecto, ¿no?

—¿Cómo hacemos entonces? —pregunta Cristina.

—Yo trabajo mañana de mañana. Salgo a las tres. Si no me has llamado antes, ¿me acerco a tu casa y nos vemos sobre las cuatro y media?

—Perfecto, ¿y si me pongo de parto esta noche?

—Pues me llamas; yo dejo el móvil en la mesilla esta noche.

—¿Y en el trabajo, tienes el móvil?

—Sí, claro; y más sabiendo que me puedes llamar. Tú, ahora, acuéstate tranquila y descansa todo lo que puedas, que te va a venir bien, y llámame cuando quieras.

—Perfecto, muchas gracias, Marta; de verdad, me has quitado un peso de encima.

—Me alegro;  buenas noches y hasta dentro de unas horas.

Marta se dirige a la cocina a prepararse algo de cenar. No tiene mucha hambre, así que se hace una ensalada de tomate y pepino, se sienta en el salón y enciende la tele. Hoy empieza la serie americana que tantas ganas tenía de ver. Está contenta. Va a tener su primera clienta privada y eso le llena de satisfacción, aunque también está un poco nerviosa. “Ojalá vaya todo bien y no se entere nadie y ojalá se ponga de parto, porque como tenga otra inducción, no quiero ni pensarlo. ¿Y si acaba en cesárea? Me muero, pobre mujer, entonces sí que no le cobro.”

Marta se despierta a las 7:20h. Ha dormido bastante mal esperando la llamada de Cristina. Rápidamente se abalanza sobre el móvil. “No, no ha llamado, ni un mensaje ni nada. Menos mal, que si llega a llamar y yo no me hubiese enterado…” Se levanta y se dirige a la ducha.

Al entrar a trabajar, Marta se alegra cuando echa un vistazo a la pizarra. Está medio vacía y además están Celia, Carmen, Antonia, Nico y Manolo. “¡Qué guay! Todos majos. ¡Qué buen día me espera!”

Empieza la jornada y a Marta le toca el paritorio 3. Ahí está Araceli: una chica con una inducción por sospecha de macrosomía. Marta entra en el paritorio y la saluda, echa un vistazo a su historia clínica y en ese momento comienza una desaceleración del corazón del bebé. Marta le explica a Araceli lo que está pasando, le indica cómo debe ponerse, manipula la bomba de la oxitocina y al momento entra el equipo médico de guardia.

El bebé de Araceli se recupera al cabo de un ratito y el equipo de guardia se va del paritorio, dejando instrucciones a Marta.

Unas horas después entra Nico en el paritorio:

—Hola, Marta; hola, señora —dice, dirigiéndose a Marta primero y a Araceli después—. Mira, tengo que ir un momento a ver a la supervisora. ¿Te importaría quedarte al tanto de mi paritorio en lo que soluciono mis vacaciones?

—Sí, claro, sin problemas, ¿qué tienes?

—No, no tengo a nadie, pero como el próximo ingreso me lo pasan a mí, por si acaso; no quiero bajarme sin avisar, pero así aprovecho ahora que no tengo a nadie.

—Vale, vete sin problemas.

—¿Nico? ¿Nico? ¿Alguien ha visto a Nico? —oye Marta preguntar a Antonia, la matrona que está en la puerta con los ingresos. Marta sale a su encuentro para explicarle que Nico no está y que se ha quedado ella para ocuparse de su paritorio hasta que regrese.

—Pues es que le vamos a pasar un gemelar para inducción.

—Vale, pues ve pasándola, que yo le echo un ojo hasta que él  venga y le coloque todo.

—No va a poder esperar. Tiene una gráfica bastante fea. Mejor la monitorizas tú, porque la pasan porque el primero no está muy happy. Quieren que le rompas la bolsa, para ver el líquido y que le pongas el monitor interno.

—Jolín, qué marrón.

—Ya, chica, lo siento.

Marta vuelve a su paritorio con Araceli y echa un vistazo al reloj del pasillo. “La una y veinte. No me queda ya nada”, piensa. En ese momento, se acuerda de Cristina y piensa que qué raro que no le haya llamado todavía, pero supone que si no lo ha hecho, será que no le hace falta nada. Ya se acercará a verla por la tarde. En ese momento, se mete las manos en los bolsillos y se queda helada. Echa a correr hacia la salita, donde tiene el bolso. No se puede creer que se haya dejado el móvil y que no se hay dado cuenta en toda la mañana. Coge su bolso y se pone como loca a buscar en su interior.

—¿Dónde estás? —repite sin cesar, revolviendo en el bolso, sacando sus cosas y colocándolas sobre la mesa—. No me lo puedo haber dejado en casa; no, no. Estoy segura de que lo he cogido. ¡Aquí! —grita según lo encuentra.

Echa un vistazo a la pantalla y ahí están: cuatro llamadas perdidas.

—Mierda, mierda, mierda, mierda —dice entre dientes. Las llamadas son de Cristina. Ha estado llamando durante toda la mañana. “Muy bien, Martita, muy bien. Tu primera clienta privada y la cagas así. Eso es estar de guardia, bonita, muy bien”, se dice mientras le devuelve la llamada.

—El móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura —dice el teléfono de Cristina.

En ese momento entra Antonia en la salita y le dice:

—Hay una mujer en Urgencias que pregunta por ti. 

Marta está asustada. Está convencida de que quien está fuera es Cristina y está bastante angustiada. “Espero que no le haya pasado nada”, piensa. Está enfadada consigo misma por haber cometido un error tan tonto como dejarse el móvil en el bolso. Según entra en la sala de espera, ve a Cristina. Se dirige hacia ella y le pregunta qué tal está.

—Te he estado llamando. Las aguas se han teñido y al no dar contigo, me he asustado y me he venido para acá.

—Lo siento. Me he dejado el móvil en el bolso y no he podido mirarlo hasta hace un momento. ¿Estás segura de que están teñidas?

—Creo que sí, ahora mancho verde.

—¿Y contracciones?

—Poca cosa: se me pone la tripa dura, pero poca cosa.

—¿Te han mirado?

—No; he venido a buscarte a ti para ver qué me decías, porque de verdad que no quiero inducción a no ser que sea imprescindible.

—Hombre, Cristina; si tienes las aguas teñidas y han pasado más de veinticuatro horas desde que rompiste la bolsa, librarte de la inducción va a ser difícil. Ya sabes que tú mandas sobre tu cuerpo, pero en estas circunstancias es bastante sensato pensar en la inducción.

—Yo no quiero que le pase nada al bebé —dice sollozando mientras se cubre la cara con las manos.

—Lo sé —dice Marta, arrodillándose delante de Cristina—. Vamos a hacer una cosa. Te hago un monitor, sin ingresarte ni nada y vemos qué tal está tu peque. Espera aquí un momento. Ahora vengo.

Marta entra a buscar a Antonia y le explica lo que le pasa a Cristina. Está asustada porque quiere hacerlo bien, pero no sabe cómo asesorarla correctamente. No quiere dejarse llevar por los deseos de Cristina y ver que luego algo le pase al bebé.

—Vale —asiente Antonia—. Yo le hago el monitor y si viene alguien, ya me encargo de decirle lo que sea. Vete a monitorizar a la del gemelar, que ya la he pasado y Nico aún no ha vuelto.

—Gracias —le dice Marta, mientras le da un beso y se dirige al paritorio 1—. Es la de las gafas rojas —grita desde el final del pasillo, a lo cual Antonia hace un gesto de aprobación con la mano.

Marta entra en la habitación de los monitores y ve a Cristina charlando con Antonia amigablemente. “¡Buf!”, respira hondo, “Está claro que este bebé está bien”. Se acerca y mira el papel del registro cardiaco del bebé, de los últimos treinta minutos.

—Este bebé está tan contento —le dice a Cristina.

—Pues nos vamos a casa.

—¿Estás segura, Cristina?

—Sí, quiero evitar la inducción a toda costa. No me digas que no, porque no puedo dejar que me induzcan otra vez —replica, convencida.

—Yo estoy de tu lado al cien por cien. Del tuyo y del de tu bebé, pero solo quiero que tomes un poco de perspectiva y analices esta situación de forma racional.

—No, Marta, por favor; no me saques tú también la carta del bebé muerto.

Marta le quita los sensores del monitor a Cristina, levanta la vista y ve que son las 14:50.

—Mira, Cristina, salgo en diez minutos, ¿por qué no nos vamos a tu casa y hablamos de esto tranquilamente?

—Eso es, esta es mi matrona. La que me dice lo que quiero oír. Te espero fuera —responde orgullosa Cristina.

Cuando Cristina sale, Antonia se acerca a Marta y le pregunta:

—¿Qué vas a hacer?

—No sé. Explicarle todo muy bien.

—Ten cuidado, chiqui, ¿vale?

—Sí —contesta.

—Oye, que está ahí fuera la de la bolsa rota de ayer, aquella que se fue a casa. ¿Qué hace que no está en paritorio? ¿No hay ninguno libre? —pregunta Ángela, la residente, acercándose a Marta.

—No sé —miente Marta.

—Bueno, pues ya me entero yo, que estoy de guardia hoy. Esta acaba en cesárea, te lo digo yo —dice entrando al paritorio.

“De puta madre”, piensa Marta.

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