El aborto como única opción

El aborto como única opción

Si no has leído mi post “EL aborto voluntario y su duelo”, te recomiendo que lo hagas antes de leer este artículo que es el primero de una serie de artículos que voy a dedicar a este tema

  • ……….He acompañado  a mujeres en su proceso de decidir si practicar un aborto terapeútico o esperar a que los acontecimientos se desenvuelvan por sí solos y sé que en ningún caso es un proceso fácil ni exento de dolor.
  • ……….He acompañado a mujeres que abortaron voluntariamente totalmente convencidas de lo que hacían, a realizar el duelo retardado que no hicieron en su día.
  • ……….He hablado con decenas de familiares de mujeres que abortaron  y que me pedían consejo para ayudarlas porque no eran capaces de seguir con sus vidas  con normalidad.
  • ……….He escuchado a todo tipo de mujeres contarme cómo les afecta la decisión que tomaron en su vida diaria, en su relación de pareja, con sus hijos anteriores, con sus maternidades posteriores, con su forma de ver la vida.
  • ……….He observado cómo un aborto voluntario, vivido a menudo como un mero trámite quirúrgico, influye en otros procesos relacionados con el cuerpo y la sexualidad de la mujer: embarazo, parto, lactancia, etc.

No es mi papel hablar del derecho al aborto ni juzgar el por qué la gente decide abortar. Pero dado que trabajo con “las secuelas” de cómo se toman estas decisiones, creo necesario plantear una reflexión necesaria y a menudo obviada sobre este tema.

Estoy convencida que, como en muchos otros temas en torno a procesos de vida y muerte, falta un debate social. No para llegar a un consenso o a acuerdos o a leyes, sino para promover el debate en sí. Para hacer que las personas ante una decisión irreversible no nos dejemos guiar por las ideas, creencias o intereses de otros, sino que pensemos y analicemos lo que queremos, lo que creemos, lo que estamos dispuestos a asumir en una u otra decisión. Que seamos conscientes de que nuestra responsabilidad es decidir como adultos responsables, no como ejecutores de las sentencias y juicios de otros. Porque cuando eso pasa, quienes pagamos el pato somos nosotros, no esos que nos dicen qué hacer y cómo.

Siempre que se habla de aborto es fácil que se genere una polémica más o menos acalorada. Hay muchos aspectos éticos, morales, sociales  y legales implicados y creo que en el fondo somos inmaduros para debatir con amplitud de miras sobre temas que nos tocan en lo más profundo.

Reaccionamos sintiéndonos superiores o sintiéndonos atacados, dependiendo cuál sea nuestro punto de partida en el debate, y así es casi imposible entenderse.

Si al hablar de libertad de expresión no nos podemos de acuerdo a veces en los límites, imaginemos lo que nos cuesta establecer el límite entre el derecho a decidir sobre el propio cuerpo y el derecho a la vida del no nacido.

No es fácil responder a preguntas como: 

¿Tengo derecho a decidir sobre la vida en base a mis propias creencias y miedos?
¿Desde cuándo y hasta cuándo?
¿En qué momento tiene derechos el nuevo ser?
¿Bajo qué circunstancias los pierde?
¿Por qué dividimos esos derechos en base a la edad gestacional?
¿Tenemos derecho a decidir quién puede o no vivir con una enfermedad?
¿Por qué presupongo que una enfermedad diagnosticada intra-útero o una posibilidad de enfermedad va a implicar más sufrimiento que el que puede darse por cualquier otro motivo no diagnosticado o que aparece tras el nacimiento?
¿Qué sentimos al ver cómo viven felices y realizados adultos con la misma enfermedad que a otros les supuso ser abortados? ¿Estamos preparados para aceptar la responsabilidad por nuestra decisión?
o ¿Nos excusamos en que era la única alternativa posible en nuestro caso?
¿Realmente es así en la mayoría de los casos?
¿Es nuestro miedo a que nuestro hijo no sea normal más fuerte que el instinto materno?
¿Es  nuestra decisión una decisión altruista o es egoísta?
¿Es el aborto el nuevo método anticonceptivo para toda una generación?

Sé que estas preguntas son muy duras. Pero si no te las haces antes, te las harás después, y créeme que esa diferencia de cuándo hagas este trabajo de reflexión  puede ser la diferencia entre vivir con tu decisión en paz o martirizada por la culpa.

Creo que alguien tiene que poder sacar este tema a la luz sin ser catalogada  de fanática. Alguien tiene que decirnos que abortar no es gratis: nunca. Yo no voy a decirle nunca a una madre que no aborte (tampoco que lo haga), pero me preocupa ver que hay una corriente que parece que empuja en una única dirección.

Del mismo modo que a la inmensa mayoría de las mujeres que sufren abortos espontáneos no se les informa de todas las posibilidades para manejar la situación (manejo expectante del aborto, por ejemplo), ante determinadas circunstancias o diagnósticos, la alternativa mayoritaria, cuando no la única, es la del aborto.
En la mayoría de los casos en los que se detectan anomalías en el bebé, o que se le califica como “incompatible con la vida”, se presiona, en mayor o menor medida, a la madre  para interrumpir el embarazo “cuanto antes”.
Hay como una especie de prisa por acabar con las situaciones “incómodas” o indeseadas. Y si algo hemos aprendido sobre la violencia obstétrica es que la prisa y la subjetividad son algunos de sus fundamentos:

  • Información parcial
  • Información falsa
  • Creencias propias presentadas como evidencia
  • Medidas preventivas que desencadenan en problemas por alterar la fisiología normal
  • No respetar los tiempos del propio proceso
  • No respetar los tiempos para asimilar y decidir
  • No respeto por el cuerpo
  • Paternalismo al decidir por la mujer
  • Infundir miedo para coaccionar la decisión

Si es horrible ejercer ese tipo de violencia física y psicológica en una mujer que va a parir, imaginad a la que se plantea abortar.
Si volver a casa con una herida enorme, profunda y desgarradora, pero con un hijo en brazos, es duro y traumático, imaginad hacerlo cuando vuelves con un útero vacío,  unos brazos vacíos, y el alma algo más pesada.

prolife prochoice

Pretender que pasar por un aborto es como sacarse una muela o extirparse un tumor, es una falta de respeto no solo a ese ser, sino a una misma, al propio cuerpo, a nuestra capacidad de crear y mantener vida y a la propia VIDA en mayúsculas.

Nuestra conciencia nos acusará o nos excusará y nadie entra en eso pero, independientemente de creencias morales personales, este proceso merece el respeto de dedicarle un tiempo y una consciencia. Cada persona es libre de decidir, pero debería al menos concederse el tiempo de meditar  en los porqués,  en “sus porqués”. No los de su cultura, su familia, su religión o su ideología política.
No se trata de qué lugar ocupo en el debate, de ser provida o proaborto, sino de ser, de reflexionar, de decidir y de vivir.

Quienes de un modo u otro rodeamos a la mujer ante esta decisión (profesionales sanitarios y/o acompañantes) deberíamos contribuir a crear un marco en el que la mujer entienda qué está pasando y tenga las herramientas para decidir.

Deberíamos:

  • Dejar de lado nuestras opiniones y creencias personales
  • Ofrecer toda la información relacionada de lo que está pasando: TODA
  • Ofrecer todas las alternativas posibles: TODAS
  • Ofrecer toda la información sobre los que puede suceder dependiendo de la elección.
  • Plantear todos los escenarios posibles y sus consecuencias
  • Ofrecer respuesta  profesional a todas las preguntas que se planteen
  • Ofrecer contactos de profesionales de otras áreas que puedan aportar su visión y apoyo profesional
  • Asegurarnos que la madre no decide en estado de shock (proveer el tiempo y espacio adecuados)
  • Asegurar que la decisión que se toma es de la madre, no propia del profesional o de terceros
  • No infundir miedo para influir en la decisión que creemos la apropiada
  • Respetar profundamente la decisión de la madre, sea en uno u otro sentido..

Si se decide abortar:

  • No juzgar
  • No frivolizar el proceso.
  • No presuponer que no hay dolor tras esa decisión
  • Promover  la elaboración del duelo
  • Favorecer las condiciones para elaborar el duelo
  • Entender las connotaciones futuras de la decisión y ofrecer recursos para gestionarlo

Faro tormentaComo siempre explico a mis alumnas, vivir un duelo, sea por el motivo que sea es un viaje que la mujer ( la familia) hace sola. Nosotros no podemos acelerarles el viaje por la tormenta, pero sí podemos ser una luz hacia un puerto seguro.

Y estoy firmemente convencida que si nuestro mundo no maltratara a las mujeres y a las madres. Si tuviéramos verdadera independencia y seguridad para criar a nuestras crías. Si no estuviésemos solas y sin recursos de todo tipo, muchas de nuestras decisiones serían sin duda otras.

 

En el siguiente post  de esta serie hablaré sobre el aborto voluntario y su  duelo.

El parto más feliz con el final más triste

El parto más feliz con el final más triste

Faro tormentaHay cosas que no deberían pasar.
Pero cuando pasan sólo nos queda llorar, aceptarlas e incorporarlas a nuestra vida.
Sentir la muerte de un hijo en el vientre es algo desgarrador, brutalmente desgarrador, devastador, desolador…
Hoy, otra vez, como tantas demasiadas veces, he sabido de otra preciosa criatura que no pudo seguir viviendo.
Hoy la vida me ha regalado la oportunidad de escuchar a una madre contar cómo fue. Y digo regalado porque pocas cosas hay más generosas que una madre compartiendo su dolor con tanto amor.
Viví un duelo en primera persona y todos los duelos que he conocido después en cierto modo reabren mi herida. Hoy he llorado por M. y por M. y por mí y por Altair.
He llorado de tristeza y de pena, y también de regocijo al escucharla relatar su parto. Sólo cuando alguien te cuenta los efectos de un parto natural incluso en esas circunstancias entiendes lo que de verdad tiene ese proceso de mágico, de fuerte, de poderoso, de sublime.
Odio que algunas mujeres tengamos nuestro parto más feliz con el final más triste. Pero me alegro, al menos, cuando nos quedamos solas con nuestro vacío, nuestro dolor, nuestra pena y nuestra impotencia y nuestra rabia, podamos recordar que fuimos poderosas, que nos sentimos eufóricas incluso mientras recibíamos esos cuerpos cálidos a pesar de estar sin vida.
Sentir su calor mientras se va disipando, del mismo modo que habríamos querido alargar la despedida su primer y último aliento.
Sentir que ese momento fue íntimo, privado, respetado y precioso.
Sentir que nuestro cuerpo proveía el camino para ese viaje sin retorno, de la forma en que siempre han de empezarse los caminos.
Sentir que por muy pequeño que sea ese cuerpo, a pesar de su fragilidad y blandura… era el de un ser que nos dejará una huella eterna.
Sentir que hay personas que como faros en la tormenta arrojan luz hasta en la noche más oscura.
Escribo llorando.
Porque hay dolores que nos duelen a todos.
Porque hay dolores que nos son viejos conocidos.
Porque hay dolores que nunca se lloran del todo.

Dedicado a M. M. JI.V. y a su familia

No hay latido

No hay latido

Hoy hace 6 años que  oí las 3 palabras más desgarradoras de toda mi vida
Hoy hace 6 años de ese momento absurdo en el que me parecía estar viviendo como en una moviola: todo pasando a mi alrededor y yo estancada en un momento en el espacio-tiempo
Hoy hace 6 años que una parte de mi murió para siempre
Hoy hace 6 años que la vida me dio la lección más dura de todas
Hoy hace 6 años que perdí de verdad la inocencia
Hoy hace 6 años el no latido de tu corazón me partió el mío
Y hoy, 6 años después, casi a la misma hora, mi corazón vuelve a romperse.

Nombrar lo innombrable

Nombrar lo innombrable

Hoy, 15 de octubre  es el Día Mundial de la Muerte Gestacional y Perinatal.

Además por estas fechas Altair cumpliría  4 años.

4 años de continuo aprendizaje por y gracias a ella y a muchas familias que me han permitido acompañarles en este proceso.

Este año, año de duelos, mi hija me hará más sabia.

En su honor y en el de todos esos hijos, os comparto este artículo que escribí para la revista Ob Stare, el monográfico de Muerte gestacional y perinatal que publicaron en  el invierno de 2012.

Define la Rae la palabra “eufemismo”: eufemismo.

(Del lat. euphemismus, y este del gr. εὐφημισμός que significa “favorable/bueno/habla afortunada” y que se deriva a su vez de las raíces griegas eu (εὗ), “bueno/bien” + pheme (φήμί) “habla(r)”.

1. m. Manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante.

 

Otra obra de consulta aporta un detalle más interesante

eufemismo

  1. m. Palabra o expresión con que se sustituye a otra más grosera, impertinente, violenta o que se considera tabú.

No hay nada más tabú en nuestra sociedad que la muerte.  Y es curioso porque es lo único certero que tenemos.

La muerte nos rodea. Vemos muerte en las noticias, en las películas, en los juegos, en los nuevos, muy sofisticados  y en los de siempre ( ¿qué niño no ha jugado con un “pum, te maté!”?).

Esa cotidianidad no hace que este enemigo del ser humano sea menos temido. Por eso, la muerte ajena, lejana, sí es nombrada, incluso cuantificada. Y cuanto mayor es la cifra de muertos en un suceso más parece diluirse lo que en realidad significa. Los muertos nombrados, cuando son muchos, parecen repartirse la pena entre todos y no tocar a mucha cada uno. Así, a fuerza de oír de desastres, de hambrunas, de guerras y de sus cientos de miles de muertos… acabamos acostumbrándonos  y seguimos con nuestra comida, con nuestra rutina, con nuestra vida.

Pero cuando la muerte nos habla en singular, cuando se nos presenta como lo que es de verdad, cuando esa persona “única” desaparece y nos es arrebatada entonces de verdad percibimos el vacío que cada ser humano es capaz de dejar cuando no está.

Ese vacío es tan grande, tan irreparable, que la palabra “muerte” y todos sus derivados nos duele en el alma. Entonces buscamos eufemismos. Y decimos, o nos dicen,: “se fue”, “partió”, “nos dejó”.

Como si la muerte fuera un viaje, como si la despedida no fuera definitiva, como consolándonos con la idea de que “algún día habrá un reencuentro”. Cuando lo cierto es, que incluso para quienes de verdad creen que eso será así en un futuro, esas palabras no consuelan. Porque la ausencia (que etimológicamente significa “estar lejos”) del que muere es total. NO es que estén lejos. Es que NO ESTÁN.

Y al que sobrevive al fallecimiento ( otra palabra que preferimos usar en lugar de muerte) solo le queda el consuelo del recuerdo, de buscar en el pasado momentos, vivencias, historias que recordar. Casi siempre con ayuda de objetos, de lugares, de fotos, de vídeos, de cartas… de cualquier cosa material que nos recuerde con los sentidos que fue real. Que esa persona que ya no es, sí fue, sí nos acompañó, sí nos amó y sí fue querida por nosotros.

Por lo general, el entorno reconoce ese dolor, y lo siente en parte suyo, y de ahí las “condolencias” ( compartir la dolencia) y el “pésame”  (sentir propio el pesar ajeno) y el “te acompaño en el sentimiento” (esta no necesita explicación). Expresiones todas de acompañamiento a nuestro dolor, de muestra de empatía por la falta del ser querido.

Y hacemos ritos funerarios más o menos elaborados, pero ritos al fin y al cabo, que no son otra cosa que ceremonias que se acostumbran a hacer para dar reverencia y honor (RAE) al homenajeado.

Ya no levantamos pirámides ni contratamos plañideras , pero algo queda en nuestra cultura de esos ritos ancestrales: las lápidas en los nichos y  una ligera satisfación si en el funeral nos acompaña mucha gente triste, que dan fe  de que el ser que no está fue querido por muchos.

Todo eso son partes de un duelo que como sociedad elaboramos sin ser demasiado conscientes, casi de forma automática. Duelo colectivo que contribuye a elaborar el duelo individual. Reconociendo, acompañando, sosteniendo  y reconfortando a los que quedan y recordando y honrando a los que ya no están. Usando términos nuevos que dejan marca indeleble en los vivos de su relación ya eterna con el muerto, aunque este ya no esté. Palabras que nombran, sin nombrarles, a los muertos. Así los hijos que pierden padres ahora son “huérfanos”  y los cónyuges que pierden a su pareja ahora son “viud@s”.

 

De este modo este gran tabú va siendo interiorizado y asimilado para poder seguir viviendo a pesar de la pena y la tristeza.

Aunque no es así siempre.

Hay otras muertes que aparte de dejar el inmenso vacío que dejan todas, van acompañadas precisamente de la falta de reconocimiento al ser que ya no está, de la falta de reconocimiento al dolor de quienes lo añoran, de la falta de reconocimiento de una sociedad que no acepta como válidas, visibles y reales las huellas que dejaron de su existencia. ¿Cómo vamos a elaborar un duelo sano sin eso?

Así nos sentimos los padres que sufrimos la muerte de un hijo, sobre todo si esta muerte se produce durante la gestación o poco después del parto.

Es como si hubiera una especie de dogma no escrito que hace creer a la gente que el dolor ante la muerte es directamente proporcional al tiempo de vida del ser. Y que, por supuesto, el tiempo empieza a contar desde el nacimiento, nunca antes. ¡Qué gran mentira!

Puedo entender que en una época pasada de innumerables embarazos, de vidas realmente trágicas, con la certeza de que uno o varios hijos iban a morir antes de llegar a la edad adulta, la sociedad se negara a dar cabida a estos duelos. De hecho esa es la realidad aún hoy en muchos lugares del mundo. No es que esos padres no lo sufran, de hecho, estoy convencida de que esos padres sufrían, sufren, tanto o más que nosotros, solo que no se pueden permitir el lujo de llorar por un hijo, cuando no saben si podrán asegurar la supervivencia del resto.

Pero esa no es la realidad de nuestro entorno. Estaría bien pararse a pensar por qué nuestro “primer mundo”, con todo su conocimiento científico, biológico, y neurobiológico de la vida intraútero, le da tan poco reconocimiento al dolor por la muerte de un ser por muy pequeño que sea.

 

Imagino, sin entrar en debates éticos, que cuando alguien decide establecer un punto a partir del cual un ser puede ser considerado persona o no, o tener derechos o no, se empieza a cruzar una línea peligrosa. Debe ser difícil dar entidad a un ser y a la vez decidir que se puede interrumpir su vida. Así que con el mismo derecho que se decide qué es o qué no es, al parecer, se establece si ha de llorársele o no. O quizás ni siquiera es eso y es algo más profundo.

LA cuestión es que los padres nos vemos, en la mayoría de los casos, con que la primera persona que nos da la noticia de la muerte  (o inminente muerte)  de nuestro hijo, normalmente un profesional sanitario, lo hace de una forma tan aséptica, como el guante que usan para tocarnos. Recurriendo a expresiones tales como “no hay latido”, “el feto es inviable” y similares.

Eufemismos que en ese momento no logran el efecto deseado porque, de hecho, nada atenúa esa sensación de caída en picado tras darnos cuenta, pasado el shock inicial, de lo que realmente quieren decir.

Cuando yo oí que me decían “ no hay latido”, mi primera reacción fue pensar que no se oía por algún problema técnico. Tardé unos segundos en darme cuenta de la realidad.

No sé si decir: “la criatura ha muerto” sería mejor, la verdad, dudo que haya nada que pueda calificarse de “mejor” en estos casos.
Lo que me planteo es cómo las palabras que usamos enmascaran la realidad. Dando una falsa apariencia de normalidad a un hecho que debería ser totalmente anormal, aunque sea habitual. Ningún padre debería vivir la muerte de un hijo. De hecho, ni siquiera tenemos un término que defina a los padres que sobreviven a sus hijos. Como si esa posibilidad no estuviera contemplada en las reglas originales del juego.  NO la había y no se ha inventado. Como si por no nombrarlo, no existiera.

Recuerdo haber leído que ante la tarea de traducir los Evangelios a un idioma esquimal no pudieron traducir la expresión “El Cordero de Dios “ pues esas personas no sabían lo que era un cordero. Tuvieron que dar un gran rodeo y compararlo a  algún animal conocido para ellos como el reno.

Igual por eso, por lo “desconocido” de esta sensación, no por poco frecuente, sino por poco “aireado”, por poco hablado, por poco nombrado, lo que hacemos es intentar compararlo a algo que sí nos resulte más conocido. Por eso es frecuente que todo el mundo acabe refiriéndose a estas muertes como  “pérdidas”, porque ¿quién no ha perdido algo alguna vez?.

“Pérdida” : curioso término. Desgraciado eufemismo que además acrecienta la culpa, que ya de por sí llega a toda madre que ha experimentado un aborto involuntario. Perder supone en muchos casos la negligencia del que poseía lo perdido.  Y esta idea que va a llegarle a la madre ( sobre todo a ella, aunque el padre vive igualmente su duelo) más tarde o más temprano y que es parte del proceso normal de duelo, se ve reforzada cuando una se oye decir:  “tuve una (  o más) pérdidas”. Como si una hubiera hecho algo mal, como si no fuéramos capaces de mantener esa vida con nosotros.

Lo “torpe” de usar esta expresión (me refiero en las primeras etapas del duelo. Después, un duelo realizado y vivido de forma sana entiende estas expresiones, las acepta e incluso las incorpora con normalidad) se ve claramente cuando hay que explicarles a los niños estas muertes.

En el libro “La Cuna Vacía” Rosa Jové explica muy bien y en detalle cómo abordar esta situación con los niños dependiendo de su edad, no me extenderé. Solo recordar que si un niño oye que su hermanito “se ha perdido”  lo primero que va a plantear es por qué no se le busca, del mismo modo que se buscan las llaves cuando no aparecen. Un niño que cree que los bebés se pueden perder para siempre, crece con un sentimiento de inseguridad constante. POr eso los expertos en duelo aconsejan explicar la verdad. En términos comprensibles y adecuados a la edad, pero nunca mentir.

Pues yo soy de la opinión de que ante la noticia de que tu bebé no está vivo todos nos convertimos en seres emocionalmente vulnerables, así que habría que hablarnos con las misma franqueza, empatía y cuidado con que hablamos a los más pequeños. Vigilando qué y cómo decimos las cosas.

Evitando esas expresiones que tan desafortunadas son y que tanto daño hace escucharlas: “no era nada”, “ya tendrás más”, “mejor ahora que después”. “seguro que tenía algún defecto grave” “aún no te habías encariñado” y otras que seguro os vienen a la mente al leer estas palabras.

Muchas personas me preguntan qué decir a unos padres que pasan por este amargo trance y yo les respondo: “ lo mismo que le dirías a quien sufre la muerte de un cónyuge, de un padre, de una hermana”. El dolor no entiende de fechas ni tamaños. Una novia llorará a su novio aunque muera éste antes de la boda. Una madre llorará a un hijo aunque muera antes de nacer.

La diferencia es que la novia estará acompañada, llorarán con ella sus amigas, abrazará una foto de su amado… tendrá un duelo acompañado, un dolor conocido y reconocido. Muchas de las madres ( y padres y hermanos y abuelos, etc…) que lloramos a nuestros hijos lo hicimos solas, sin amigas, sin recuerdos tangibles de nuestras criaturas, viendo como para la sociedad no fueron nunca personas.

A menudo me presento como la mamá de Iker y Mencía ( que suelen estar conmigo cuando doy una charla y un taller) y de Altair ( que no llegó a nacer). Noto extrañeza, a veces incomodidad ante esa forma de presentarme, sobre todo porque suelo hablar a padres embarazados o con bebés en brazos. Y parece de mal gusto mencionar la muerte, aun con eufemismos, en según qué momentos. Lo entiendo y respeto. Pero creo que es momento de que empecemos a llamar a las cosas por su nombre,  que empecemos a nombrar lo innombrable.

No hay mayor muerte que morir eternamente, que es como mueren aquéllos a los que nadie recuerda.

 

Dedicado a Altair, nuestra estrella que estuvo con nosotros solo 13 semanas.

Nohemí, mamá de Iker, Altair y Mencía

Cómo ayudar a quien ha sufrido un aborto espontáneo

Cómo ayudar a quien ha sufrido un aborto espontáneo

Al querer ayudar a los padres que han pasado por este trance, nos damos cuenta de que suelen estar en tal estado de shock que ni ellos  mismos saben qué necesitan. Para ayudarles el objetivo es animarles a expresar su dolor y a restablecer su autoestima reconociendo al mismo tiempo su dolor. Sea lo que sea lo que la persona esté sintiendo merece que sus sentimientos sean apoyados por las personas que la rodean.

 

Qué hacer

  • Dibujo original de Luis PapagnoEl contacto es importante. Esté cerca si es posible, si no, llame o escriba. Sea cuales sean los sentimientos de la madre, estos han de ser comprendidos por  las personas que la rodean.

  • Un abrazo o el brazo sobre el hombro son reconfortantes.

  • Comprender que las lágrimas son una respuesta sanadora y nunca animar a evitarlas.

  • Déjela hablar. Sea el acompañante pasivo que plantea preguntas y céntrese en los puntos que le ayuden a hablar de sus sentimientos. Basta con escuchar.

  • Dígale cómo se siente usted con respecto a la pérdida del bebé y cuán apenada se siente.

  • Reconozca su pena incluso si usted piensa que no reaccionaría del mismo modo en esta situación.

  • Pregúntele sobre  su experiencia, cómo se siente realmente y qué piensa sobre ello.

  • Cuando le pregunte al marido (o pareja) cómo está ella, no olvide preguntarle a él cómo está.

  • Anímela a ser paciente y a no imponerse cargas. El duelo lleva su tiempo.

  • Asegúreles que ellos hicieron todo lo que pudieron y que no fue su culpa . Esto ayuda a aliviar el sentimiento de culpablilidad.

  • El duelo es un proceso físicamente agotador, ella probablemente necesite dormir o descansar durante el día. Haga los arreglos necesarios para asegurarle la  calma necesaria.

  • La intensidad del duelo varía. Durante los momentos “buenos” un cambio  de escenario o de rutina es apreciado.

  • Dé ayuda práctica como tender al colada, hacer la compra uofrézcase a llevar la comida.

  • Ponga música relajante, ofrezca un masaje o un paseo por la palya. Cuando ella se sienta preparada, llévela a ver una película que le guste.

  • Si está seriamente preocupado por su comportamiento, busque asesoramiento profesional. Como regla general, siempre y cuando no se haga daño a sí misma, o a otra persona o propiedad, es probable que no tenga de qué preocuparse.

Qué no hacer

  • No  la ignore porque se sienta incapaz de ayudar o incómodo con el duelo, ella se preguntará si lo que pasó no significa nada para usted.

  • No piense que un aborto espontáneo es más fácil de superar que  la muerte de un hijo o que la muerte neonatal. La verdad es que su bebé acaba de morir y realmente no importa de cuántas semanas de gestación estaba.

  • No se sienta  nervioso o avergonzado por hacerla llorar. No es lo que usted dice o hace lo que le molesta, sino haber perdido a su bebé. Permitiéndole llorar usted está ayudándola con el duro trabajo del proceso de duelo.

  • No confunda el apoyo con  el intentar animarla. La pena del duelo es una enorme y poderosa emoción y necesita  ser liberada, no reprimida.

  • No represente una apariencia jovial.

  • No continúe hablando por nerviosismo. No hay nada malo en el silencio. Usted puede compartir el silencio con una buena amiga (o buen amigo).

  • No se debe caer en la tentación de juzgar en modo alguno sus sentimientos o reacciones. Las personas en duelo a menudo se comportan de forma extraña o inadecuada y necesitan de su apoyo incondicional. Las cosas volverán poco a poco a la normalidad y ella se sentirá agradecida de lo que hizo por ella.

  • No haga un cálculo de cuánto tiempo le llevará recuperarse. Perder un bebé es una de las experiencias más duras de la vida y la profundidad de su dolor es chocante hasta para ella.

  • No asuma  ni dé por sentado que habrá otro embarazo.

  • No intente hacer todas las tareas de la casa. Incluso con buena intención, ella necesita sentirse capaz y útil.

  • No minimice su pérdida  con tópicos como “aún eres joven  y puedes intentarlo otra vez” o  “la Naturaleza es muy sabia y es mejor así a que nazca con algún defecto”.  Lo apropiado en este caso es lo que lo sería para  cualquier otra muerte .

  • No le diga que “tienes suerte de tener otros hijos”. Su pena es por este hijo y los otros no ocuparán su lugar.

  • No olvide que sus otros hijos han perdido un hermano y es natural para ellos reaccionar en cierto modo.

  • No se sienta culpable si está usted embarazada. Simplemente perdónela si  se muestra fría  y apartada, es su forma de superarlo

  • No sienta que ha de mantener  a sus hijos lejos. Ella  tiene que vivir el proceso de aceptar los hijos de otros.

  • No pregunte como está si lo dice sólo como una fórmula social de saludo ya que  la pregunta le obliga a escuchar atentametne la respuesta completa.

Siete cosas útiles que decir

  • “Siento  tu pérdida” . Estas simples palabras significan mucho, especialmente si permite a la madre o padre hablar más, o no, según ellos deseen.

  • “Sé lo mucho que querías a este bebé”. Con esto sencillamente usted reconoce que algo preciado y querido se ha perdido y les da la oportunidad de hablar más.

  • “Llorar es bueno” – Esto puede sonar a película, pero es tranquilizador para la madre o el padre saber que no van a ser juzgados por sus lágrimas  o su tristeza.

  • “¿Puedo llamarte la semana próxima para saber cómo estás?”. A menudo la gente muestra empatía la primera vez que tratan el tema  y luego nunca más mencionan el aborto. Usted puede esperar que los padres continúen de duelo por semanas o meses, por lo que es tranquilizador para ellos saber que  siguen contando con su apoyo.

  • “Me preguntaba cómo te sientes por tu pérdida ahora” – Es bueno para ellos tener la oportunidad de hablar sobre su aborto  incluso si ha pasado mucho tiempo desde aquéllo y también después de un embarazo exitoso. Los padres nunca olvidan un aborto involuntario.

  • “En realidad no sé qué decir” -Lo bueno de esto es que está siendo honesto. El hecho de que usted esté dispuesto a escuchar es lo que realmente importa.

  • “Debe ser terrible para ti(vosotros) después de pasar por esas semanas del tratamiento de FIV que hayas (hayáis) perdido a tu(vuestro) bebé.”

Siete cosas que no hay que decir

  • “Siempre podrás tener otro” – No ayuda mucho saber que puede tener otro hijo. Los padres no quieren simplemente un bebé cualquiera, ellos quieren ESE bebé.  Antes que ellos puedan pensar en tener otro bebé  necesitan llorar la perdida de éste. Han perdido sus esperanzas y sueños también.

  • “Seguramente venía mal o tenía algún defecto- La naturaleza es sabia”-Esto puede ser cierto pero no consuela escucharlo. Ellos quieren creer que era un bebé perfecto, y eso es lo que están llorando.

  • “Es la voluntad de Dios” – Habrá gente que lo crea y otros que no. De todos modos, la situación sigue siendo triste. Lo mejor es que usted apoye a los padres en su duelo, independientemente de su credo.

  • “Al menos no conocías al bebé- habría sido mucho peor si pasase más adelante (mejor ahora que después)”– No ayuda el minimizar o quitar valor a un aborto involuntario, no es la duración del embarazo lo que determina  la intensidad de su dolor, sino la fuerza del vínculo y apego de los padres por su bebé.

  • “Sé como te sientes” – Esta declaración puede parecer arrogante, incluso si usted ha sufrido un aborto involuntario ya que cada persona reacciona de forma diferente. Otras pérdidas pueden intensificar el dolor.

  • “No era realmente un bebé aún” – Puede que los padres no lo vean así. Si no era un bebé ¿qué era?. Para ellos era un bebé real y lo lloran como tal.

  • “Eres joven, tienes mucho tiempo. Cuando menos pienses en embarazarte lo lograrás” 

 

En caso de duda, diga algo -cualquier cosa- y esté preparado para escuchar.
Posiblemente la cosa más dura, incluso más duro que oir un comentario insensible,
es cuando la gente no dice nada.

En el Canal de Youtube MimosyTeta teneís una serie de vídeos sobre este tema.

Traducción de Nohemí Hervada del  artículo original publicado en www.miscarriagesupport.org.nz

Dibujo del Dr. Luis Papagno usado con su permiso

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Un paso atrás en el duelo

Un paso atrás en el duelo

Dibujo de Leonardo da Vinci Ya ha pasado más de un mes y de repente estos días he vuelto a sentir mucha angustia, tristeza, sentimiento de culpa. Y algo nuevo, dolor por el olvido temprano.

Sé que es una percepción mía, que la gente no me saca el tema para no hacerme daño, porque no saben qué más (o qué menos) decir, pero que se evite el tema me duele.

Prefiero llorar por hablar de mi niña a que se ignore. Es como si le fallara, como si no hubiera sido lo bastante importante o lo bastante grande para que se la recuerde más de 1 mes.
Nadie la vio, nadie la conoció, no saben cómo era,  no tienen nada que recordar.

Repito que no es una crítica a nadie, es como lo siento.

Es cierto que vuelvo a llorar dependiendo en qué circusntancias si hablo de ella, pero esas lágrimas son sanadoras, son necesarias.

Dice un refrán: “No hay mayor desprecio que no hacer aprecio”, ¡cuánta razón lleva!

En estas semanas he leído mucho sobre abortos espontáneos. Me imagino que buscando una razón que me ayudara a quitarme el sentimiento de culpa por si algo de lo que hubiera hecho o dejado de hacer hubiera sido la causa de la muerte de mi nenita.  Y me consuela saber que estos sentimientos son normales. No son generales, porque cada persona vive este proceso de distinta forma, pero no soy la única.

Es normal que te hieran por dentro algunas palabras expresadas con todo el cariño del mundo.

Es normal que te sientas mal, incluso culpable, de cuando en cuando por seguir con tu vida a pesar de todo.

Es normal que te duela que la gente no te mencione el tema.

Es normal que vuelvan los sentimientos de culpa una vez desechados.

Es normal incluso llegar a pensar si no se equivocaron al decirte que su corazón no latía.

Es normal que te invadan sentimientos de ira y rabia.

Es normal… nadie te habla de ello pero es normal.

Al final sólo te queda, como me dijo estos días una buena amiga que  pasó por lo mismo, no una, sino 3 veces, que estamos solas con nuestro dolor. Solas aunque estemos acompañadas, solas aunque tengamos gente que nos quiere, solas aunque tengamos otros motivos para seguir, solas aunque nuestros otros hijos nos ayuden a reír, solas porque nadie siente lo que sentimos nosotras.

 

Estamos solas con nuestro dolor.
Solas aunque estemos acompañadas
solas aunque tengamos gente que nos quiere
solas aunque tengamos otros motivos para seguir
solas aunque nuestros otros hijos nos ayuden a reír
solas porque nadie siente lo que sentimos nosotras.

Pero la realidad es que no estamos solas del todo. Seguro que más cerca de lo que creemos hay alguna madre con tus mismos sentimientos. Yo he tenido la suerte de econtrar ese mismo apego a la criatura no nacida en una buena amiga.  Compartimos sentimientos muy parecidos y aunque me duele haberle “removido” sus historias pasadas, me ayuda enormemente cuando hablamos de ello. Ambas sentimos a esas criaturitas que para el mundo sólo eran “fetos de x semanas” como nuestros hijos. Seguro que cuando llegue la que sería mi fecha probable de parto pensaré en que un día de esos nacería y el año que viene en que tendría un año.

El otro día me preguntaron si tenía sólo 1 hijo y de repente contesté: “Sí”, y al segundo dije:  “Sï, uno vivo y otra que murió antes de nacer”. Siento si a las personas que me rodean les molesta o entristece hablar del tema,  habrá quien piense que es macabro,  pero es como lo siento.

Escribo esto para que si por causalidad llega a leerlo otra madre en esta situación  no se sienta rara, ni loca, ni obsesionada. Esos sentimientos son parte del proceso de duelo.

Si quien lo lee es alguien que conoce a unos padres en este trance, quizás le ayude a entender cómo se vive este proceso.

He encontrado una web con Consejos para familiares y amigos de quienes han sufrido un aborto espontáneo.
Este es el texto original en inglés. El texto traducido está aquí.

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Altair…nuestra estrella

Altair…nuestra estrella

Constelación del Águila

Constelación del Águila

Altair, es la estrella más brillante de la constelación del Águila, α o 53 Aquilae.
Los árabes también veían en esta constelación una gran águila volando, emplearon el nombre de elnars-el-tair del que derivó el nombre de Altair.

Ocupa el duodécimo lugar en orden de brillo entre todas las estrellas del cielo.

Es un astro magnífico, unas cuatro veces más voluminoso que nuestro Sol.

Esta estrella, junto con Vega en Lyra y Deneb en el Cisne, configura en el cielo, lo que se conoce como el “triángulo del verano”.

Altair posee una de las velocidades de rotación más alta que se conocen, excepto las estrellas de neutrones y las enanas blancas.

¿Por qué os cuento esto?

Porque ese es el nombre que hemos elegido para nuestro bebé, aquél al que añoramos cada día.

No teníamos decidido un nombre porque aún no sabíamos si sería niña o niño y una vez sufrido el aborto en principio pensamos que era un niño. Después nos dijeron que casi con toda seguridad era una nenita, así que pensamos que nuestro bebé merece un nombre especial.

Un nombre que la haga única, como era para nosotros y que la identifique si algún día tenemos la oportunidad de tener otro hijo y ese otro se convierta en “el bebé”. De este modo, no parecerá que uno reemplaza al otro ni toma su lugar, porque no será así.

Buscando un nombre que sirviera para ambos sexos encontré este:  ALTAIR

Me gusta que sea el nombre de una estrella.
La luz que recibimos de algunas estrellas nos llega aun después de que éstas hayan dejado de brillar. Así será con nuestra nenita, nuestra Altair, la recordamos aunque no esté con nostros.

Un gran hombre, profeta para las principales religiones monoteístas del mundo recibió un día esta promesa:

“yo de seguro te bendeciré y de seguro multiplicaré tu descendencia como las estrellas de los cielos y como los granos de arena que hay en la orilla del mar”

Seguro que Abraham miraba al cielo y sus estrellas con confianza en esa promesa del mismo modo que yo cada vez que miro al cielo recuerdo a mi pequeña estrella.

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Era en abril

Era en abril

Hoy le hemos dicho adios a nuestro bebé.
Nos dijeron que era una  niñita.
Por fin conseguimos darle un fin digno a su cuerpecito… y podremos empezar a lamernos las heridas.

Nunca te olvidaremos pequeño amor.

Gracias a Yolanda por mandarme este enlace al vídeo
Sólo 13 semanas…

Sólo 13 semanas…

Este Blog siempre ha pretendido ser un lugar donde compartir información útil, práctica y positiva sobre la crianza de los hijos.

A veces algunos artículos son duros porque es la realidad que tenemos. Sobre todo en lo referente al desconocimiento sobre Lactancia Materna o al maltrato que reciben madre y bebé en los partos no respetados que sufrimos. Pero nunca pensé que hay un aspecto aún más duro de la Maternidad. Un aspecto en el que no piensas…hasta que te toca: llorar la pérdida de un hijo. Aunque se trate de un hijo no nacido.

Este es el relato de lo que  nos ha sucedido. Es duro de leer porque es un suceso horrible y no hay forma (ni deseo) de ducificarlo. Es la cara dura del proceso,  lo que no piensas que te puede ocurrir. Y mejor así. Nadie puede disfrutar algo alegre si está pensando en que le ocurra lo peor.

 ¿Por qué hablar de ello?

Porque ocurre. Ocurre a nuestro alrededor. A veces más cerca de lo que deseamos  y no siempre sabemos qué decir.

Si te encuentras alguna vez con una madre (o unos padres) que han sufrido un aborto,  nunca digas cosas como esta:
-“tranquila, que si te pones nerviosa es peor”

-“no te preocupes, eres joven y podrás tener otro”

-“mejor ahora que más tarde”

-“aún no era un bebé del todo”

-“al menos tienes otro hijo”

-“en unos días ni te acuerdas”

Todas esas frases las he tenido que oír estos días  y sólo entiende cuánto daño hacen quien ha pasado por este trance. Si hay algo peor que la muerte de alguien querido, es que intenten minimizar ese dolor.

Si ante esa situación no sabéis qué decir, no digáis nada. Un abrazo o tomar la mano con afecto es suficiente…

También es justo decir que he recibido muchísimas muestras de cariño, de comprensión, de empatía. No pensé que había tanta gente que nos quería y que sufría mientras nosotros sufríamos. Es cierto que “de tus peores momentos saldrán tus mejores amigos”. GRACIAS a todos.

 

SÓLO 13 SEMANAS…


Ése es el tiempo que estuvo con nosotros…
Nuestro bebé vivió sólo 13 semanas. No sabemos por qué.
Sólo sabemos que íbamos ilusionados a ver la ecografía, como decía Iker: “íbamos a hacerle “una foto al hermanito””. Y  al final toda nuestra ilusión se convirtió en el golpe más duro que he recibido en mi vida.

-“No oigo el latido del corazón”…

Son las palabras más duras que he oído nunca, las de la ginecóloga.
No podía creerlo. Miraba a mi marido y a mi hijo como si no fuera cierto. Estaba bien, había empezado a sentirme mejor, sin naúseas. No tenía dolor, ni contracciones, ¿cómo era posible?

En un minuto pasé de decirle a la doctora que quería parir a mi bebé en casa a hablar de ir al hospital para que lo expulsara y me hicieran un legrado. Todo eso con Iker allí mirándonos sin saber qué pasaba.

Entre llantos nos explicaron qué hacer y cómo sería el proceso.

Salimos como zombies, aunque yo me puse las gafas de sol. “para no amargarles el día a los padres que estaban en la puerta”, esperando como yo, ver a su bebé.nN quería que vieran nuestro sufrimiento en un día especial para ellos.

Iker, que lloraba por vernos llorar, nos miraba asustado. Le dije que mamá estaba triste porque el bebé se había ido,  que estaba malito y no podía crecer más. Lloró repitiendo esas palabras y nosotros aún lloramos más por él.

Ya en el coche sólo tuve fuerzas para llamar a Olga, la matrona que esperaba nos atendiera en nuestro soñado parto. Nunca podré agradecerle lo bastante su ayuda en este trance.

Siempre pensamos en la parte bonita del trabajo de comadrona, la de comadre, la de acompañar a la madre en traer una vida al mundo. Pero nunca pensé en cuánta ayuda necesita una madre que tiene que despedir a su bebé.

Estamos tan perdidos ante cómo afrontar la muerte de un bebé que ni siquiera usamos ese término. Yo misma he repetido la expresión “he perdido a mi bebé”…
“He perdido”… como si no supiera dónde se quedó. Pero no lo “perdí”, estaba allí, en mi vientre, sin vida,  pero estaba allí. Me imagino que decir  “mi bebé ha muerto” nos suena peor. El caso es que, con eufemismos o sin ellos,  ya no vivía y había que sacarlo.

Cuando llegué al hospital lo primero que pregunté era por la posibilidad de que Iker se quedara conmigo. No soportaba la idea de separarme de mi niño. Pero tras explicarme los posibles efectos secundarios de la pastilla que te ponen para provocarte la expulsión del cuerpo pensé que no sería agradable para él ver a mamá en ese estado.
Además quería intimidad para pasar por ese proceso de sacar a mi bebé de mi cuerpo. Mi marido no quería dejarme sola pero le convencí de que yo estaba bien pero que no nos perdonaríamos que Iker se sintiera solo por la noche. Nunca había dormido sin mamá y la teta, no quería que tampoco tuviera a papá para consolarle. Le agradezco que me escuchara y se quedara con él, abrazándole hasta dormirse diciéndole que mami le quería aunque no estuviera allí con su tetita.

Mientras tanto yo en la habitación,   Olga estuvo un rato conmigo dándome  sabios consejos:

-“déjale ir, respira hondo cuando notes que va a salir y estáte tranquila… tómate tu tiempo y despídete de él… cógelo si quieres… es TU bebé”…

Y eso hice.
Cuando salió y le vi tan pequeñito, pero formado… ví que era mi bebé. Le miré, le toqué y lloré. Lloré por lo que pudo ser y ya no era.

Sé que ya no vivía y ése era sólo un cuerpo sin vida,  pero cuando perdemos un ser querido (otra vez la expresión errónea) casi siempre tenemos un recuerdo, una foto, un olor, algo a qué aferrarnos para recordarle. Yo no tenía nada de él,  sólo la visión de ese cuerpecito. Y deseé que no hubiera sufrido, que se sintiera querido el poco tiempo que vivió. Le miré queriendo grabar su imagen. Me impresionó lo pequeño que era y me sentí mal, sentí que le fallé, que había hecho algo mal, que no le pude proteger.

Cuando nació mi hijo hice mi más profunda y sincera oración a Dios. Le dije que me sentía un poco como Él por haber podido dar vida. Era algo indescriptible, y ahora  oré con angustia, con dolor en el alma.

Un dolor que sigue, que se calma un poco cuando miro a mi hijo Iker porque él se merece ser feliz y no vivir en constante tristeza. No pensé que fuera posible pero juraría que ahora le quiero más. Porque comprendo que es un milagro que esté con nosotros, que cada día de vida a nuestro lado es un regalo, que a fuerza de ver damos por sentado. Le quiero más porque consigue que riamos con sus cosas y por momentos nos olvidemos del sufrimiento.

Todavía me duele hablar de ello aunque sé que el tiempo me ayudará a sobrellevarlo.

Si aún lloro a veces por un parto traumático, cómo no llorar por no ver crecer a mi bebé…