Qué hacer si mis padres pegan a mi hijo

Qué hacer si mis padres pegan a mi hijo

Esta situación es más frecuente de lo que pensamos.
De hecho, a pesar de estar prohibido usar la violencia física con los niños (y con cualquiera, de hecho) tenemos tan interiorizado el cachete, la tortita y la nalgada que solo hay que mencionar en público que a los niños no hay que pegarles para que surjan como las setas comentarios del estilo:
.

  • Por un cachete no pasa nada y se evitan muchos problemas
    .
  • Os estáis pasando con lo de los derechos a los niños
    .
  • Así están los niños ahora que hacen lo que quieren con tanto respeto y tanta contemplación
    .
  • Eso, tú no les des una torta ahora  y ya verás cómo se te suben a la chepa
    .
  • Ya te arrepentirás cuando te peguen ellos a ti de adolescentes
    .
Círculo vicioso de la violencia

Círculo vicioso de la violencia

Todas esas frases las he leído no hace mucho en distintos muros de redes sociales, y oído en restaurantes y parques.
No hace mucho escribí un artículo titulado : Qué es violencia donde ya hablaba de esa aceptación de violencia en la que vivimos.

Hoy quiero hablar de cuando la violencia no es en general, sino sobre nuestros propios hijos de la mano de nuestros familiares. 

Estos casos son especialmente delicados porque con alguien extraño  podemos optar por evitar todo contacto, pero en el caso de la familia, el niño va a estar expuesto a su compañía de forma más o menos habitual. Es muy importante por tanto saber zanjar el tema para no someter a estrés innecesario a todas las partes implicadas.

Mi generación fue criada por madres y padres criados a su vez por una generación que tenía totalmente interioridad la violencia como método de educación. No sólo las tortas o nalgadas eran sinónimo de disciplina, en muchos hogares había incluso las palizas habituales.  Romper la espiral de la violencia es realmente difícil y lo normal es actuar según actuaron con nosotros, de ahí que aún hoy se justifiquen muchas de esas actitudes violentas en aras de la educación y el bien del niño.

Nuestros padres, hoy abuelos, puede que se hayan “dulcificado” con los años, o al ver  que nosotros hemos decidido criar con respeto a nuestros hijos.  O puede que no. A veces nuestra elección nos cuesta discusiones y críticas dentro de la propia familia. Algunos abuelos ven en nuestra opción no violenta  un ataque no verbal hacia lo que ellos hicieron. Aunque no les juzguemos nosotros directamente, ellos mismos se sienten juzgados al demostrarles que se puede, al menos intentar, criar sin violencia.

El trabajo de asumir las acciones propias, aunque provengan de la ignorancia y de las propias vivencias y cargas personales, es personal e intransferible. Y es necesario para romper la espiral. Nosotros no podemos hacer por ellos más que hacerles saber que no les juzgamos, pero que eso no significa que estuviera bien lo que hicieron. No estuvo bien. Merecíamos ser protegidos,  no golpeados. Y como niños no pudimos evitar sufrir violencia pero como padres de nuestros hijos sí podemos impedir que se la infrinjan a ellos.

Si deciden  trabajarse ese tema, bien por ellos. Si no,  es algo con lo que tendrán que cargar ellos, no nosotros.

La maternidad nos da la oportunidad de replantearnos nuestras propias vivencias y hacer un trabajo de aceptación y perdón. Lo que no nos da es cancha para justificar lo injustificable por muy aceptado que esté familiar o socialmente. Esa falsa lealtad hacia nuestros padres es en realidad deslealtad hacia nuestros hijos.

Si seguimos justificando lo que nos hicieron, en realidad estamos perpetuando el círculo de violencia del que provenimos.

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Si nuestros padres tratan a nuestros hijos con falta de respeto y  violencia nuestra primera obligación es para con los pequeños. Nuestra responsabilidad como padres es protegerlos y hacerles sentir seguros. Máxime ante personas allegadas.  La peor violencia es la que se recibe amparada en el cariño o la cercanía. No hay peor cicatriz que la del daño que nos hizo “quien nos quería”. Es hasta sádico que aún sigamos creyendo en aquello de: “quien bien te quiere te hará llorar” aplicándolo a los castigos.

No hay razón que justifique que un adulto pegue a un niño.
No hay razón que justifique que nosotros lo toleremos.
No hay razón que justifique no intervenir y ponerle fin.

 

 

Debemos hacer saber a cualquiera que tenga trato con nuestro hijos que no vamos a tolerar abusos, ni insultos, ni amenazas, ni chantajes, ni violencia de ningún tipo.

Nuestros hijos se sentirán seguros, valorados y respetados cuando vean que nosotros velamos porque los demás les traten como merecen.
Su autoestima se forja de la opinión que tienen sobre sí mismos, y ésta se forma principalmente por la manera en que son tratados primero por su entorno cercano.

Puede que nuestros hijos a veces hagan cosas que molesten o enfaden a los abuelos, a otros familiares y/o amigos.

No estamos justificando ningún comportamiento, sino aclarando que no hay excusa para perder el control y ejercer violencia. La violencia no educa, la violencia engendra violencia y daña la autoestima.

 

  • Si el comportamiento del niño no es el adecuado, la solución no pasa por comportarnos nosotros peor aún.
  • Si el niño ha hecho algo que el adulto considera “grave”, como padres debemos asumir la responsabilidad de disculparnos, explicarle  que es normal que esté molesto, que estaremos al tanto para evitar que se repita, y que dentro de la capacidad del niño hablaremos con él para que entienda que lo que ha hecho o dicho ha causado malestar.
    Pero dejaremos claro que no vamos a castigar al niño o a ridiculizarlo delante de otros a modo de escarmiento para que el adulto se sienta mejor.
  • Si el niño no tiene aún capacidad de razonar, no podremos razonar aún, sólo nos queda cuidar nosotros que su comportamiento no sea irrespetuoso para con el resto de personas en el lugar.  Que no se ha da él mismo ni se lo haga  a nadie más.
  • Si tiene capacidad de razonar podemos hablar con él aparte o decirle que trataremos ese tema cuando estemos solos.

Los conflictos con los familiares no directos son una gran fuente de aprendizaje social.  El niño aprende que hay otras formas de  vivir y de ver las cosas, que en cada casa aplican una serie de normas y que uno va adaptándose según la situación. Pero a la vez aprende que hay principios morales que están por encima de toda norma particular y una de ellas es el respeto a las personas.
Si la abuela se enfada porque Pablito ha roto un jarrón,  hay varios puntos a analizar antes que dar una torta a Pablito:

  • Niños pequeños y jarrones valiosos en un mismo cuarto son una mala combinación
  • Niños aburridos y/o desatendidos y jarrones valiosos en un mismo cuarto  son una  combinación aún peor
  • A los adultos también se nos caen y rompen cosas y nadie nos presupone maldad intrínseca ni nos pegan por ello
  • Ningún jarrón vale más que la dignidad de una persona

Es un ejemplo que puede parecer anecdótico, pero he visto adultos devolviendo un mordisco a un niño de 2 años o en pleno intercambio de golpes argumentar que el niño empezó primero.

Si nosotros como adultos no controlamos la ira, es totalmente surrealista, pueril e inconsecuente enfadarnos porque no la controla un niño pequeño. No podemos castigar a alguien por no hacer lo que nosotros tampoco hacemos con mucha más madurez.

Así que resumiendo:

Con la violencia no negocio: TIPS

Muchos padres hemos asistido entre perplejos e incrédulos a escenas entre nuestros padres y nuestros hijos que nos han mostrado una cara amorosa y amable que quizás desconocíamos de ellos. Los bebés y niños tienen la maravillosa capacidad de sacar también lo mejor de las personas, sobre todo cuando hay amor por medio.

Así debería ser siempre.
Mientras, hagamos nuestra parte y contribuyamos a criar sin violencia, sin ejercerla y sin tolerarla.

 

Qué es violencia

Qué es violencia

“Un cachete, una tortita, una nalgada, eso no es violencia.
Son toques de atención.
No pretenden infringir daño, sino enseñar.”

¿Os suenan esas palabras?

La definición de violencia, como otras muchas cosas, varía según el momento, la cultura, la educación, las vivencias personales, hasta según la religión e ideología política..

La realidad es que estamos tan rodeados de violencia que a veces cuesta identificarla.

Hay violencia disfrazada de humor, de autoridad, de respeto, de obediencia…

Incluso de amor.

Hay violencia también en la inacción

 Si está en nuestra mano y además es nuestra responsabilidad cubrir una necesidad de, por ejemplo un bebé o niño, y no lo hacemos, eso es violencia.

Hace ya años acuñé esta frase como Widget para mi blog:

La indiferencia también es violencia

Llevo años escribiendo sobre este tema, en este artículo que escribí hace años ya explicaba mi opinión al respecto:

Los Derechos de Los Niños

 (…) Incluso en nuestra sociedad civilizada donde todos luchamos por tener igualdad en los derechos y donde las mujeres hemos conquistado lo que nuestras antepasadas ni soñaron, aún nos queda una lucha pendiente : reconocer que los bebés y niños son personas y que como tales tienen derechos.
Derechos inalienables como los de los adultos, como los de las mujeres, como los de los ancianos, como los de los trabajadores, en definitiva, como cualquier persona, la incluyamos en el grupo que queramos. De hecho, las agrupamos así para ampliar los derechos que “per sé” tendrían que tener.
Porque sabemos que cuanto más vulnerable es un grupo, más se debe cuidar por sus intereses, de ahí que hablemos de los derechos de “las mujeres” o de “los trabajadores”… o de “los niños”, cuando lo normal y deseable debería ser no tener que hacer distinciones. (…)

EL caso es que hoy al compartir esta entrevista a Rosa Jové en las redes sociales me encuentro comentarios como estos, que siguen apareciendo en cualquier lugar donde se publica algún artículo en contra del uso de la violencia hacia los niños,  en contra del chantaje emocional o del consabido sistema de moda entre muchísimos educadores de “premios-castigos”  o la “silla de pensar”

Pues a mí me dieron mi cachete a tiempo y ningún trauma ni nada…
Creo que se dramatiza demasiado con lo de “pegar” a los hijos. La cosa no es matarlo, es un toque de atención.

 OS copio mis respuestas al hilo… con el ánimo de incitar  a a reflexión:

  • Nohemí: …el hecho de que justifiques la violencia con alguien en inferioridad de condiciones es una muestra de que sí te afectó.
    ¿Qué te parecería que el estado aprobara que la policía diera “toques de atención” a los ciudadanos que no se comportaran como ellos creen?
    Si un adulto ha de recurrir al cualquier tipo de violencia con un niño el que necesita un toque de atención es él.

    La violencia aparece cuando no hay otros recursos, y aparece con facilidad porque la tenemos interioirzada, porque la usaron con nosotros.
    Hay dos vías, o lo aceptamos y decidimos no seguir o la justificamos… el síndrome de Estocolmo de toda la vida.
  • Comentarista 1: Ese ejemplo que has puesto no me vale, Nohemi. Es evidente que un adulto no tiene la misma capacidad de razonamiento que un niño, sino, por qué no se les permite a los niños entrar a casinos o conducir? Y no hablo de violencia. Yo, la violencia la veo como hacer daño a alguien realmente, un daño grave. Si a mí de pequeño me dijeron que no tocase ese jarrón y yo lo cogí y se rompió y me dieron una torta en el culo por ello y me mandaron a mi cuarto a pensar el porqué de esa reprimenda, no es violencia. Porque cuando entendí que cuando me dicen algo, tengo que obedecer, que para algo son mis padres, no hubo nunca más un sólo golpe.
  • Nohemi: Entonces si un niño no puede razonar ¿por qué le mandas a pensar? o sea le castigas por no hacer algo que no puede hacer. 
    Las tortas en el culo SÍ son violencia, como un insulto o un desprecio. Y además te recuerdo que ES DELITO.

    Y así nos va por aprender a obedecer a quien tiene la autoridad de castigar en vez de educar en la responsabilidad personal. A lo que se aprende no es a distinguir lo bueno de lo malo sino a evitar el castigo.
    Me gustaría que mis hijos aprendieran a ir por la vida del mejor modo respetando al prójimo, y para eso, lo primero es que sientan que ellos también son respetados.
    Si yo le doy una torta al mayor para enseñarle, el mayor lo hará a su vez con la pequeña. Le enseño que el grande tiene autoridad sobre el pequeño. No es eso lo que quiero para mis hijos.
    MALTRATO INFANTIL.GRITOS
    De todos modos repito: es un delito. Igual que que te den a ti una bofetada. Los derechos de las personas no dependen de su edad.
    En algunas culturas los hombres “aman” a sus esposas y se permite darles una torta si hacen algo mal. La cuestión es Tolerancia 0 a la violencia.
Maltrato infantil verbal

Las palabras tienen poder. Úsalas sabiamente

A cualquier violencia. Y un cachete, una nalgada, un grito, un insulto, un desprecio, el abandono… eso es violencia

Maltrato infantil. verbal

NO se trata del resultado  final porque en eso confluyen muchos factores, sino en el derecho a ser respetado en cada momento de su vida.
Nadie merece un insulto, ni un golpe físico, ni ser ridiculizado… y lo que nunca le haríamos a otro adulto, se lo hacemos a nuestros hijos
. Es motivo de reflexión al menos ¿no crees?

  • Comentarista 2: Un cachete a un hijo en un momento puntual no es violencia, y puede no ser una una falta de respeto.Este papanatismo se lleva a demasiados ámbitos y así nos luce.

 

  • Nohemi … si el cachete te lo dieran a ti ¿qué sería? ¿Si te lo diera tu marido? ¿O un desconocido? porque no entiendo la diferencia.

Este debate será eterno mientras entendamos que cuestionar cómo fuimos criados no significa juzgar a nuestros padres y reprocharles, seguramente en la mayoría de los casos hicieron lo que pudieron con las herramientas de que disponían y con sus propia carga de vivencias. Pero una cosa es no juzgar y otra cosa justificar y aplaudir.

A mí me pegaron y estuvo mal

A mí me ignoraron y estuvo mal

A mí me insultaron y estuvo mal

A mí me gritaron y estuvo mal.

A mí me hicieron callar infinitas veces con la frase: “Tú te callas que de eso no sabes”, y estuvo mal

A mí me dijeron que era muy responsable y que cuidaba muy bien de mis hermanos echándome una carga que no me correspondía, y estuvo mal

A mí me amenazaron y chantajearon verbal y emocionalmente , y estuvo mal

A mí me dejaron sola cuando debería haber tenido la supervisión de un adulto que me cuidara y evitara estar a merced de depredadores y eso estuvo MUY MAL

Y yo a día de hoy que soy madre veo todas esas actitudes en mí, y es una lucha constante actuar de otro modo. Pero no voy  a justificar esas conductas por muy mayoritarias, asumidas, aplaudidas, o cómodas que sean:

ESTÁN MAL. Son VIOLENTAS. ES VIOLENCIA

 

violento, ta.

(Del lat. violentus).

1. adj. Que está fuera de su natural estado, situación o modo.

2. adj. Que obra con ímpetu y fuerza.

3. adj. Que se hace bruscamente, con ímpetu e intensidad extraordinarias.

4. adj. Que se hace contra el gusto de uno mismo, por ciertos respetos y consideraciones.

5. adj. Se dice del genio arrebatado e impetuoso y que se deja llevar fácilmente de la ira.

6. adj. Dicho del sentido o interpretación que se da a lo dicho o escrito: Falso, torcido, fuera de lo natural.

7. adj. Que se ejecuta contra el modo regular o fuera de razón y justicia.

8. adj. Se dice de la situación embarazosa en que se halla alguien.

 

Maltrato infantil

 

Y vosotros, ¿Qué opináis?
¿Reconocéis la violencia no tan evidente que se ejerce contra los pequeños?
Me gustaría leer vuestros comentarios al post <3

 

Sí me meto, porque sí me importa

Sí me meto, porque sí me importa

No sé si es el ser hermana y prima mayor, o que me criaran con mucha independencia ( o mucha soledad… esto da para otro post), pero siempre he sido una “abogada de pleitos pobres”… que es como se llamaba en mi casa a los que van por la vida metiéndose en asuntos ajenos a salvar situaciones injustas ( al menos, que yo consideraba injustas).
Más de una torta me llevé yo por hablar por otros… y más de una torta salvé de que se llevaran otros por hablar por ellos… así que mirándolo así mereció la pena.

Por desgracia he visto el maltrato muy de cerca, en muchas formas, y ante esas situaciones suele haber dos opciones: o lo aceptas o te rebelas.

Igual por eso nunca he soportado según qué cosas delante de mi.

Recuerdo un día, y creo que esto ya lo he contado, así que  perdonadme la reiteración, oir a dos “señores”  hablar y uno contarle al otro el chiste más machista y de más mal gusto que he escuchado en mi vida. Y reirse los dos, en una sala de espera con al menos otras dos mujeres aparte de mí y varios hombres más. Todos callados ante aquéllo…. Y recuerdo volverme a ellos y decirles muy seria: “muy bonito… ustedes tienen edad de tener mujer e hijas…  ¿les gustaría que alguien hablara así de ellas??”

Al salir, mi marido ( entonces no éramos ni novios) me dijo que un día me iba a traer problemas eso de ir plantándole la mosca a la gente… que uno nunca sabe cómo reaccionarán… y seguramente tiene razón… pero me niego a ver u oír ciertas cosas y no inmutarme.

¿Qué haríamos si viéramos a alguien pegarle o gritarle a su mujer?

¿ y si lo hiciera con un anciano, o un discapacitado?

¿ o un jefe a su empleado?

La mayoría de la sociedad ha tomado conciencia con este tema… cada vez son más las personas que no se callan y plantan cara al maltrato, en cualquier forma,  les pase a ellas mismas , a conocidos o a desconocidos.  El respeto por las personas ha de primar sobre nuestra educación del respeto a la intimidad.

Que tú tengas derecho a hacer las cosas como tú quieres no está por encima del derecho a la dignidad de las personas. Si alguien grita o agrede a “su mujer”, todos comprendemos , por fin, que eso no está bien, que no es “su” mujer en ese sentido posesivo que le da derecho a hacer lo que quiera con ella. Y lo justo, lo normal es meterse. El silencio es cómplice, lo miremos como lo miremos…

Ahora repito las preguntas de antes… aclarando que pongo ejemplos en los que culturalmente  se considera a estas personas en “desventaja” sobre las que les agreden por razón social, física o económica… no por considerar peyorativa una u otra situación:

¿Qué haríamos si viéramos a alguien pegarle o gritarle a su mujer?

¿ y si lo hiciera con un anciano, o un discapacitado?

¿ o un jefe a su empleado?

Todos de acuerdo en que es inadmisible ¿no?

Pues bien… añadamos esta:

¿ y si vemos a unos padres mal-tratando a un hijo?

Y pongo la palabra “mal-trato” escrita así, porque el “maltrato” se asocia a pegar , o más bien a una paliza. Pero el “mal -trato” engloba mucho más. Si aceptamos que maltratar es tratar mal, entran en esa acepción los gritos, los zarandeos, los insultos, los desprecios… y también la  indiferencia ante sus momentos de sufrimiento o la renuncia a satisfacer cualquiera de sus necesidades, sean físicas como comida y cobijo o emocionales, como atención, consuelo, abrazos  y presencia.

Afortunadamente ya no es habitual ver a un hombre gritarle a su mujer ( en la calle, en la intimidad del hogar los monstruos campan aún por sus fueros), o a un jefe ridiculizar a su empleado ( ahora sabemos que esto se llama mobbing y es denunciable), pero no hay un solo día que salga a un lugar lleno de gente: centro comercial, parque, playa, etc, que no vea alguna escena de un padre o madre gritando a un hijo, zarandeándole, dándole un “azotito” en el culo o un cachete en la cara, hablándoles con desprecio: “¿Tú eres tonto?”, amenazando: “al llegar a casa te vas a enterar”, ridiculizándole : “a ver si aprendes de Fulanito” que mira qué bien se porta, o que ya no se hace pis o que ya no pide brazos…. etc…”, o sencillamente ignorando su llanto cuando a veces lo único que quiere el bebé es que le cojan en brazos.

La indiferencia también es violencia

Me pregunto cuánto tiempo tiene que pasar o cuántas campañas lanzar para que ante estas situaciones reaccionemos como reaccionaríamos a cualquiera de las anteriores. Porque si yo veo que alguien le levanta a la mano a una mujer y me meto y le digo que pare soy un héroe, pero si lo hace un padre con un hijo, no puedo meterme… porque entonces ¿qué soy?  me pregunto. ¿Cuándo deja uno de convertirse en un metomentodo para sencillamente ser una persona que reacciona ante una injusticia, sobre todo ante una injusticia cometida a las únicas personas del mundo que de verdad dependen de terceros que velen por ellos. Porque yo puedo gritarle a mi hijo pero él no debe gritarme a mi. Porque a mí se me puede ir la mano, pero si se le va a un niño ya es lo peor.

¿Y si yo fuera ese bebé o esa niña a la que sus padres gritan y pegan delante de la gente ( aclaro que no es que lo malo sea hacerlo en público, pero unos padres que en público hacen eso no quiero pensar lo que hacen cuando nadie mira)? ¿Y si fueras tú?  ¿Por  qué tenemos tanto miedo a defender a los más débiles?  ¿Por qué creemos que nuestros hijos son nuestros en el más estricto sentido literal de la palabra y que podemos hacer con ellos lo que queramos?

Quizás habría que pensar que más que nuestros, son prestados, que se nos ha confiado su cuidado como quien deja algo precioso y espera al volver que nos lo entreguen igual o mejor que antes…

De hecho palabras de sabios reconocidos así lo han expresado:

Tus hijos no son tus hijos

(Kahlil Gibran)

 
Tus hijos no son tus hijos 
son hijos e hijas de la vida 
deseosa de si misma. 
No vienen de ti, sino a través de ti 
y aunque estén contigo 
no te pertenecen. 

Puedes darles tu amor, 
pero no tus pensamientos, pues, 
ellos tienen sus propios pensamientos. 
Puedes abrigar sus cuerpos, 
pero no sus almas, porque ellas, 
viven en la casa del mañana, 
que no puedes visitar 
ni siquiera en sueños. 

Puedes esforzarte en ser como ellos, 
pero no procures hacerlos semejantes a ti 
porque la vida no retrocede, 
ni se detiene en el ayer. 

Tú eres el arco del cual, tus hijos 
como flechas vivas son lanzados. 
Deja que la inclinación 
en tu mano de arquero 
sea para la felicidad.

Rey Salomón
 Salmos 127:3 

Reina-Valera 1960 (RVR1960)

  “He aquí, herencia de Jehová son los hijos; 
    Cosa de estima el fruto del vientre.”
En algunas culturas las mujeres seguimos siendo consideradas propiedad del marido, quien tiene derecho  a pegar a la esposa si lo estima necesario. Todos nos echamos las manos a la cabeza y firmamos peticiones para que eso cambie.
Imagina ahora que eres ese padre o esa madre que ignora voluntariamente el llanto o rabieta de tu hijo, o que le grita, o que le insulta, o que le zarandea y alguien se te acerca y te recrimina tu actitud… ¿dónde está la diferencia? ¿De verdad no ves que es lo mismo?
No digo que no sea difícil controlar nuestra reacción cuando estamos cansados, estresados, cuando queremos sencillamente obediencia porque es el camino más rápido y quizás el único que conocemos para educar. Todos hemos hecho cosas que nos avergüenzan por haber perdido el control, como escribió magistralmente mi amiga de La Tribu 2.0,  María Berrozpe  en su post: “HUMANA”. Pero eso no es excusa para  no querer cambiar. Sobre todo no es excusa para criticar a quienes ya han dado un paso al frente y demuestran su valor plantando cara al mal-trato, o al maltrato, que al final es lo mismo.
Porque la línea que separa una cosa de la otra es muy delgada y la clave no está en encontrar el límite entre ambas para quedarnos justo al borde… la clave quizás está en intentar alejarnos lo más posible de esa línea fronteriza para estar seguros que no nos parecemos en nada a los maltratadores.
Para demostrarnos a nosotros mismo que por mucho daño que le hayan hecho a nuestro Yo bebé, a nuestro Yo niño y/o a nuestro Yo adolescente,   por muy duro que a esos YOes les resulte aceptar esa verdad de no haber sido lo suficientemente bien tratados, vamos a ser capaces de romper la cadena, vamos a ser más conscientes que nuestros padres y vamos a decir:

NO, NO VOY A PERPETUAR NINGÚN TIPO DE MALTRATO

La indiferencia también es violenciaY vamos a ser capaces de no hacer nada a nuestros hijos que no le haríamos a cualquier otra persona, y vamos a reconocer que si a nosotros nos trataron así,  no estuvo bien, que es cierto que no nos hemos convertido en sociópatas ( al menos no la inmensa mayoría) pero que aún así no estuvo bien. Y que ese mal-trato sí ha dejado huella en nosotros y que ahora nos toca hacer algo con ella. Podemos mirar esa marca, reconocerla, aceptarla y  desde ese lugar trabajar con nuestro propio dolor para no repetirlo. Del  mismo modo que nuestros abuelos gritaban y menospreciaban a nuestras abuelas, quizás hasta nuestros padres con nuestras madres y nosotras nos  plantamos  y dijimos que a nosotras nadie nos iba a tratar así.  Y aprendimos que con ciertas actitudes lo mejor es la tolerancia 0.
La próxima vez que veas a un bebé o niño llorar por un acto o un no-acto de sus padres piensa en esto.

Aprendamos  de nuestros hijos.

¿HAs visto alguna vez a un niño pequeño frente a un bebé que llora?
Recuerdo cuando mi hijo era tan pequeño que apenas hablaba  y veía a un bebé llorar… me miraba y me decía: “mamá, teta” señalando al bebé. Para él era evidente: si un bebé lloraba, se le cogía y se le daba teta. Cuando ya pudo hablar lo expresaba más claramente:
-“¿mamá por qué no cogen a ese bebé que llora y le dan teta?”
-No todos los bebés toman teta cariño
-¿Ah no?? Bueno pues que le cojan y le den el bibe …
 PAra ellos es tan evidente….si no siempre hay teta… siempre, siempre puede haber mimos.
Tan sencillo como eso…   ¿ O no?
Cuando las cosas simples se nos antojan complicadas… es hora de mirar hacia adentro y entender qué mecanismos nos impiden aceptarlas como son.
Mira esta imagen
 
Si estuvieras en ese bosque… ¿por dónde crees que caminarías? Sobre todo si es la primera vez que estás allí y es un territorio desconocido…
Sin duda por el sendero marcado.
Nuestro cerebro es igual, busca los senderos conocidos para actuar, es lo más rápido,  lo seguro, es como el “piloto automático”.
Frente a la crianza de los hijos, territorio desconocido para todos los padres, pues siempre somos primerizos con cada hijo, nuestro cerebro busca la respuesta conocida.
¿Cómo te trataron a ti cuando pedías brazos?
Si siempre oíste ,o más aún, sentiste, el desamparo de no verte correspondido en tus deseos y expectativas, ese es el camino que tu cerebro marcó, a fuerza de repetirse, como un sendero en el bosque. Así cada vez que se te negaba el cariño, los brazos, la teta, la atención, el juego,  la disponibilidad… el sendero iba acentuándose… de tal modo que ese es el camino que tu cerebro reconoce para esos casos.
Por eso nos cuesta tanto hacernos disponibles para nuestros hijos… porque primero hemos de desandar ese sendero y adentrarnos en una selva desconocida, la de cómo responder a alguien de una forma que no hemos vivido ni experimentado.
¿Un reto? claro… pero un reto que merece la pena.
Nuestros hijos merecen lo mismo que merecíamos nosotros… que nosotros no lo hayamos tenido no es motivo para negárselo a ellos. No seamos como el perro del hortelano. Seamos generosos.  Démosles a nuestros hijos la oportunidad de crecer siendo personas respetadas, cuidadas, valoradas… contribuyamos a que sean más felices.
Y démonos a nosotros la oportunidad de sanar a nuestro niño, primero aceptando esa herida primal que todos, casi sin excepción como generación tenemos, y luego buscando la forma de no devolver ese mal-trato a la generación siguiente.
Comentaba con María, a la que cité antes, este tema y me contaba cómo en el caso de niños adoptados esto es aún más importante, pues estos ya traen un historial previo de abandono cuando llegan a su nuevo hogar. En su caso la herida primal es mucho más profunda.  A raíz de nuestra conversación ella ha publicado este excelente post:  “Os invito a un debate”   y me consta que será el primero de varios sobre este tema.
Recojo su testigo y os animo a debatir este tema, con todas sus connotaciones, con toda la bilis que removerá, porque nos da donde más nos duele: en nuestro yo interno, en plantearnos que nuestros padres, por mucho ( o por poco)  que nos quisieran se equivocaron también, en reconocer que somos eslabones de una cadena que quizás no escogimos continuar pero  que continuamos un poco por inercia y un mucho por miedo a no saber qué alternativas utilizar.
Debatamos para escuchar lo que piensan otros… pero sobre todo para llegar a saber qué y por qué pensamos y actuamos  nosotros como lo hacemos. Para no juzgar a otros sin antes no habernos juzgado a nosotros mismos. Hagámoslo cuanto antes… nuestros hijos lo merecen.
Quizás así, un día, si un desconocido se acerca a coger en brazos a nuestro bebé que llora desconsolado mientras nosotros seguimos indiferentes, o si  le gritamos a nuestro hijo, o le damos una nalgada y vemos que alguien nos dice: “contrólese por favor y no descargue su rabia y frustración con el niño”,  en vez de criticarle y llamarle metomentodo le diremos: “gracias, tiene usted razón”.
Y por favor recordemos:
     “LA INDIFERENCIA TAMBIÉN ES VIOLENCIA”

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No hace falta pegar a un menor para que las ‘señales’ perduren toda la vida. Basta con gritarle. Por este motivo y tras los resultados de un nuevo estudio un grupo de investigadores acaba de recomendar la puesta en marcha de programas de intervención precoces para los chicos y chicas que conviven en casas dominadas por la violencia verbal.

El consejo se ha realizado ni más ni menos que en la revista de la Academia Americana de Psiquiatría del Niño y del Adolescente (‘The Journal of American Academy of Child and Adolescent Psychiatry‘) por boca de científicos de la Escuela Simmons de Trabajo Social (en Boston, EEUU) dirigidos por Helen Reinherz

Est'El grito', de Edvard Munch. (Foto: EFE)a científica ha reconocido al mundo.es:

“De verdad esperábamos que la exposición a la violencia física dejara cicatrices perdurables, pero no creíamos que nos íbamos a encontrar con que la exposición a gritos e insultos entre miembros de una familia tuviera efectos en la vida adulta. Estas consecuencias negativas incluyen problemas de salud mental, concretamente depresión y abuso de alcohol y sustancias. Además, los sometidos a este tipo de agresiones están más descontentos con sus vidas y sufren, incluso, más desempleo”.

“El ambiente familiar caracterizado por los conflictos verbales (insultos, amenazas tanto de padres a hijos como entre los propios progenitores) a menudo tiene una influencia perjudicial en el desarrollo psicosocial, la salud mental, y el bienestar de los jóvenes que viven en esos ambientes, pero hasta ahora existía poca evidencia científica de las secuelas a largo plazo”, postulan los científicos en su trabajo.

Reinherz y su equipo iniciaron en 1997 la investigación ‘Simmons Longitudinal Study’ en la que se recopilaron los datos de 1.977 personas de esa comunidad a través de varios informantes (padres, profesores…) en edades muy concretas; a los cinco, seis, nueve, 15 18, 21, 26 y a los 30 años. De todos estos participantes, escogieron a 346 para realizar un nuevo trabajo. Los autores indagaron sobre la existencia de violencia verbal en sus hogares cuando tenían 15 años y sobre la violencia física, también en casa, a los 18 años.

Analizaron si ambos tipos de agresiones tienen repercusiones en la funcionalidad de los adolescentes cuando alcanzan la edad adulta (30 años). Entendiendo por ella, la existencia de salud mental (existencia o no de enfermedades psiquiátricas o problemas de comportamiento), el estado psicológico (autoestima, satisfacción personal en el trabajo u otras actividades), puesto laboral, salud física, e historia familiar (divorcio, separación…).

Como primer dato destaca el número de chicos y chicas que reconoció la prevalencia de conflictos verbales (un 55%) en sus casas a los 15 años, frente a los que vivieron violencia física (un 12%) a los 18.

“El parámetro que más relación tuvo entre los conflictos familiares y las consecuencias a largo plazo fue el relacionado con la salud mental. En los chicos en los que se documentó la vivencia bajo insultos el riesgo de padecer un trastorno psiquiátrico en la treintena era tres veces mayor que el de sus congéneres de familias estables. Entre ellas se incluyen la depresión, la dependencia de las drogas, así como más posibilidades de padecer comportamientos antisociales”, reza el trabajo.

Lógicamente, “si la agresión fue física el riesgo posterior de problemas a nivel psicológico, de insatisfacción personal y laboral fue mucho mayor. Los resultados del trabajo constatan que las influencias negativas de los conflictos verbales y físicos se extienden más allá de la juventud tanto en el sexo masculino como el femenino”, concluyen los autores.

La familia “es la fuente principal de problemas posteriores. Nos ha llamado la atención que el grupo de chicos que vivió con gritos e insultos a los 15 tenía más probabilidades de padecer depresión en la edad adulta, mientras que los que sufrieron violencia física poseía una mayor incidencia de enfermedades físicas”, destaca Helen Reinherz.

“Nuestra investigación tiene importantes implicaciones tanto para la práctica clínica como para las investigaciones futuras. Es necesario crear programas preventivos precoces para estos chicos y chicas, así como fomentar la buena comunicación entre padres e hijos. También se debería hacer un esfuerzo por identificar los factores protectores que pueden emplear los jóvenes expuestos a la violencia verbal y física con el fin de tener una buena funcionalidad cuando se conviertan en adultos”, recalca la directora del ensayo.

PATRICIA MATEY
Noticia publicada en El Mundo.es salud