"Hacia lo salvaje"… relato de un parto soñado

Hace unos días descubrí este vídeo:

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Y automáticamente me vi en cierto modo reflejada en esa canción… en una letra que hice mía:

Ella fue la primera
de sus hermanas en huir
de la casa que la vió nacer
hacia lo salvaje.
Cada día era un regalo
libre de sol a sol.
La montaña fue su salvación
y entre las fieras se crió.

Y EN LOS ÁRBOLES ESCUCHA
VOCES DE TIEMPOS REMOTOS
HA ELEGIDO CAMINAR
HACIA LO SALVAJE…

Uh uh uh…

”No teneis ni idea
de lo alto que puedo volar”
sentenció con un portazo.
No la vieron nunca más.
Cada golpe que le dieron
era una cuenta atrás.
Y ahora corre hacia el bosque
su fortaleza,su nuevo hogar

Y EN LOS ÁRBOLES ESCUCHA
VOCES DE TIEMPOS REMOTOS
HA ELEGIDO CAMINAR
HACIA LO SALVAJE…

Uh uh uh…

HA ELEGIDO CAMINAR
HA ELEGIDO CAMINAR
HACIA LO SALVAJE

HACIA LO SALVAJE
HACIA LO SALVAJE
HACIA LO SALVAJE

“¿Por qué?” diréis…

Pues no… no me he ido de casa a vivir al bosque… aunque a veces no faltan ganas… En esa letra encontré cierto paralelismo en el proceso que hemos vivido algunas mujeres para romper con una forma establecida de hacer las cosas… sobre todo en lo relacionado con nuestra maternidad.

Seguramente es el puerperio que te hace vivir en una especie de nube hormonal especial de oxitocina y prolactina… pero oigo esa canción y pienso en mi parto…  en cómo he llegado a él… en la fuerza que te puede dar, como mujer, vivir algo tan salvaje, sobre todo si lo haces por ti misma… Como la tortuga del vídeo…

Si sois seguidores del blog ya conocéis mi vida maternal… mis angustias, mis penas y alegrías… mis luchas, mis deseos, mis esperanzas… mis obsesiones incluso…

Y sabéis cuánto deseaba recibir a nuestra hija como se merece, como se merecen todos los hijos del mundo… no solo con amor, también con respeto, con intimidad, en penumbra… Sin prisas, sin forzar, sin miedos… o con miedos controlados…

Tenía tanto deseo de vivir un parto así, que en cierto modo, temía que cualquier complicación frustrara mis deseos, así que también trabajé mis expectativas. Confiaba por completo en que íbamos a poder hacerlo, Mencía y yo… pero a la vez no me cerraba a la posibilidad de que no todo fuera como queríamos… desgraciadametne no somos perfectos y las complicaciones, aunque rara vez, pueden surgir incluso en medio de las mejores condiciones… así que me “preparé” ( si es que es la expresión correcta) para parir como quería, pero tomando medidas por si no fuera posible. Por eso preparé mi plan de parto que presenté en el Hospital Materno Infantil, diciéndome a mi misma que no lo iba a necesitar… pero sabiendo que incluso así, cumpliría su función… si no servirme a mí… servir para las mujeres que vendrían detrás…

Y me disponía a esperar el momento con tanta ilusión y expectación como con mi primer hijo… o quizás más… Porque en cierto modo era primeriza… porque nunca me puse de parto, ni rompí bolsa , ni tuve contracciones espontáneamente… todo eso me robaron… esos momentos mezcla de emoción, temor y alegría… Ese no saber qué viene a continuación con exactitud…

Así estaba… una primeriza con 2 malas experiencias a cuestas… jugándoselo todo a una carta… porque esta era mi última partida en este juego… Una primeriza con años de leer, de compartir, de aprender y enseñar… con miles de lágrimas derramadas por mí y por amigas y por desconocidas… Lágrimas de pena a veces y de rabia y de dolor… y también de emoción y alegría ( y por qué no decirlo, de cierta envidia sana) cuando relataban un parto feliz, respetado.

Cada historia que leía u oía era un empujoncito en la dirección correcta, un impulso a mi convicción de que podía, de que YO PODÍA, como podíamos todas. Y en ese caminar entre fieras, entre otras madres-lobas como me gusta llamarlas, fui adquiriendo la seguridad que el sistema nos ha quitado.

Como dice la canción: “No sabéis lo alto que puedo volar”. La mayoría de los profesionales médicos relacionados con el embarazo yparto nos tratan como si no pudiéramos, como sino supiéramos qué hacer… y al final, para lograr recuperar lo que era nuestro, lo único que de verdad siempre ha sido nuestro, hay que escapar. Escapar de quienes nos tratan como enfermas, escapar de quienes tienen como forma de trabajo el miedo, escapar de quienes nos esconden mucha parte de información, escapar de aquéllos que en el fondo nos tmeen… porque les podemos demostrar lo fuertes y valientes y autónomas que somos. Porque al final se trata de eso, como casi siempre en toda forma de abuso, se esconde el miedo.

Y con esa dosis de confianza preparamos lo necesario… poca cosa la verdad… el columpio y  la piscina… porque yo, en el fondo sabía que daba igual si el cuarto tenía velas o no, si ponía cojines cómodos aquí o allá, porque no sabía dónde iba a parir. Recordaba relatos de amigas que parieron contra todo pronóstico en el baño… de alguna que leí había parido escondida tras una puerta. Así que yo lo único que sabía era que pariría en mi casa, pero no en donde.

Lo que sí hicimos fue volvernos locos mi marido y yo para ver cómo podríamos tapar el gran tragaluz de mi salón. Creo que probamos un montón de cosas… hasta compramos tela de esa de cortinas anti-luz… pero no funcionaba, y había que conseguir taparlo porque de ponerme de parto de día, sabía que necesitaba un lugar oscuro o eso o no podría usar el columpio y la piscina…

Mientras tanto la mañana del jueves 25 inflamos la piscina para ver que estuviera bien y el espacio que ocupaba.  Y estuve trasteando en casa, limpiando y recogiendo. Por la tarde fui a la peluquería porque al día siguiente había quedado con mi amiga Maica para hacerme un reportaje de fotos como recuerdo de mi embarazo.  Recuerdo que el lunes me preguntó si llegaría al viernes y le respondí:  “¡¡claro, aún me falta!!”

Y eso hice, ir a taparme mis canas y a cortarme un poco el pelo para salir en las fotos tan guapa como yo me sentía.  Al  volver a casa estaba tan hinchada que aunque tenía que salir decidí quedarme en casa acostada con las piernas en alto.

A eso de las 10 y pico de la noche al llegar C, noto aún acostada en la cama algo extraño… una pequeña cantidad de líquido que salía de mí… Se me pasó por la cabeza si no era que  había roto aguas, pero pensé que era pronto, y me dije si no me estaría orinando sin darme cuenta, pero no, no era esa sensación, era algo diferente. Llame a C y le dije: “Creo que he roto aguas” y tendría que haber grabado su cara porque fue una mezcla de “no puede ser” y de “ahora qué hago yo”.

Me levanté, fui al baño y comprobé que el líquido era claro. Salía en muy poquita cantidad así que supuse que era una fisura. Llamé a O, una de las matronas,  quien me dijo que la llamara si durante la noche empezaba con contracciones seguidas. Hasta el momento mis contracciones eran imperceptibles. De hecho hasta la última visita de las matronas pensaba que eran solo estiramientos de Mencía en mi barriga.  Ahora estaba expectante  por ver cómo iba a desencadenarse todo.

Le dije a mi marido que acabara de hinchar la piscina no fuera a ponerme de parto a las 4 de la mañana y nos pusiéramos a hacer ruido conla bomba eléctrica. Llamé a Maica para avisarla de que la sesión de fotos iba a ser que no, a no ser que quisiera fotografiar un parto entre los árboles 🙂
Avisamos a una vecina amiga nuestra para decirle que estuviera al tanto por si de madrugada la llamábamos para dejarle a Iker.

Sobre la asistencia de Iker al parto, por un lado me hacía mucha ilusión que lo viera, pero por otro lado sabía que a no ser que pariera de noche y él estuviera dormido durante la dilatación, iba a ser difícil que se mantuviera tranquilo, esperando en silencio… Y con su actividad normal puede que no me dejase concentrarme en el parto, así que, una vez más, no me creé expectativas al respecto, y me dije que sobre la marcha veríamos si estaría presente o no. Lo que sí era seguro era que él iba a cortar el cordón umbilical, que llevaba todo el embarazo esperando ese momento. Ese era SU TRABAJO, su aportación al nacimiento de su hermana.

Y me acosté, Iker mamó y pensé si sería la última vez que mamaba estando embarazada.

Mientras tanto oía a C trastear por la parte de abajo de la casa, nervioso. Le llamé y le dije que se acostara para descansar que igual la noche se presentaba larga y necesitábamos coger fuerzas. Tardó un rato en hacerlo, y varias horas más en dormirse… He de decir que esa noche era su noche libre ( él  trabaja de noche, así que cayó al final rendido), y hasta en ese detalle esta niña vino en un momento especial, cuando su padre estaba en casa.

Estaba tranquila, con una tranquilidad sorprendente  y a la vez con cierta excitación por ver cómo iría todo. Recuerdo que puse un mensaje en Facebook con el móvil desde la cama diciendo que había roto aguas y que la cosa había empezado.  En ese momento no sabía hasta qué punto ese lugar frívolo iba a convertirse en una especie de doula virtual, donde tanta gente iba a mandarme apoyo, ánimo, cariño y buenos deseos. Aprovecho para dar las gracias por cada comentario recibido, en este momento y tras el nacimiento de Mencía… lloré mucho viendo tanto cariño en forma de mensajes y me sentí una vez más, afortunada.

Empecé a tener contracciones, pero muy esporádicas e indoloras… A eso de las 4 y pico de la mañana dejé de mirar el reloj al ver que las contracciones más seguidas eran cada 15 minutos y me dormí. Y si no fuera porque me levanté a orinar como 10 veces habría dormido bastantes horas seguidas.

Por la mañana nos despertamos con una sensación extraña de que todo estaba igual. Le mandé un sms a O (para no despertarla) y le dije que todo seguía sin novedad… que me llamara al despertarse.

Por la noche antes de dormirme, pensando aún en cómo tapar el tragaluz, pensé en usar unos cojines grandes.. mi sorpresa cuando al bajar vi que C había tenido la misma idea y ya estaban tapados.  ¡¡¡Un mes buscando la solución y al final nos vino la inspiración a la vez!!!

Me puse a desayunar como cada día, mientras revisaba el correo. Me sorprendí al ver la cantidad de mensajes que tenía en FB :-).

Contesté emails, hice algún pedido y hasta preparé algún paquete de la tienda para que C lo llevara a Correos. Entre eso y los viajes a la ferretería para  buscar la forma de adaptar la manguera al grifo de la bañera, se le fue la mañana entretenido.

A eso de las 12 llegaron O y A .Oímos a Mencía con el doppler, todo iba bien. Me dijeron que no me preocupara, me explicaron que la pérdida de líquido era pequeña, que era solo una fisura. Que de todos modos la placenta sigue generando líquido y que sería cuestión de horas. Me aconsejaron que estuviera relajada, que muy posiblemente el parto empezaría cuando fuera bajando la luz y sobre todo el nivel  de actividad. Dejaron ya sus cosas en casa y se fueron a comer, para dejarme tranquila.

Tenía sueño porque por la noche el ir al baño no me dejó dormir mucho así que me acosté.

Después del mediodía le dije a C que se llevara un rato a Iker al parque para yo intentar descansar en silencio y así me quedé sola. Empecé a tener contracciones más seguidas , pero no sentía dolor ninguno, solo excitación por si eran las que de verdad anticipaban el momento. Recuerdo que pensé que al final igual sí iba a parir sin dolor…

Sobre las 6 llamé de nuevo a O y le dije que tenía contracciones algo más seguidas pero que esperara porque sobre las 4 de la tarde había empezado así y al final pararon. Comí un gran plato de sopa riquísima que me trajo mi querida vecina y al ver que seguían las contracciones empecé a usar el columpio. Ahí estuve un rato balanceándome apoyada a ratos en la pelota a ratos solo en la tela . Tuve ganas de ir al baño y pensé que el cuerpo sabe lo que hace y que para qué poner un enema…A las 6:37 llamé a C y le dije que fuera viniendo a casa que  ya tenía las contracciones bastante seguidas. Dejó a Iker en casa de nuestra vecina (iban a hacer masa para preparar pizza) y llegó enseguida, Imagino que muy nervioso aunque no lo aparentaba.  Le dije que fuera llenando la piscina y que llamara a las matronas que ahora sí había empezado.

Entonces ya me dediqué a esperar cada contracción y a dejarme llevar por ellas… Casi enseguida fue aumentando el ritmo y la intensidad de esa sensación de una corriente que me llevaba.  Iba sintiendo esas contracciones fuertes, como olas que van y vienen.  El columpio me ayudaba a descargar mi peso y a moverme al ritmo de la contracción. Intentaba ir a favor de ella, como tantas veces había leído :  “déjate llevar por la contracción, no luches contra ella”. Y así el fular servía para aliviar esas sensaciones. A veces me columpiaba, a veces me colgaba literalmente, unas veces sentada en la pelota con todo el tronco y brazos en la tela, otras veces enrollaba los brazos en él y me erguía… Nada planeado, ni pensado… solo moviéndome como me lo pedía el cuerpo. Era casi un cuerpo sin mente. Sin razón, solo sensaciones.

En un momento dado pensé en que O y A no habian llegado y me dije: “Al final tanta broma y va  a ser verdad que pares sola”.

C  ni me hablaba… seguía ocupado con la piscina. Me imagino que porque el columpio estaba justo al lado del baño y no quería molestarme. Entonces oí el timbre y ya casi en total oscuridad noté entrar a O y A.  Yo estaba casi todo el rato con los ojos cerrados. O se acercó, me besó en la mejilla y me dijo: “todo va bien”. Y seguí en mi mundo con la total convicción de que sí, que todo iba a ir bien.

Cuando las contracciones iban siendo más dolorosas empecé a vocalizar intentando relajar boca y mandíbula: “AAAAAAAHHHHHH”. Y mientras gemía con suavidad esas vocales abiertas pensaba en cómo mi cuerpo se iba abriendo igual que mi boca y mi garganta. Ese ejercicio me hacía no cerrar mi cuerpo o contraerlo  por la sensación del dolor (gracias Gabriella). Recuerdo pensar que al final iba a ser que no… que no iba a parir sin dolor… Que igual no bastaba solo con estar segura del propio cuerpo y confiada en que era algo normal.  De todos modos, como me dijo una amiga: “Es dolor, no sufrimiento”. 

En algún momento pedí agua porque tenía mucho calor… era finales de agosto y se notaba. Me dieron agua y A se acercó a limpiarme la cara con un paño mojado. Eso y una ocasión en la que sentada en la pelota una de las 2 matronas, creo que fue O , me hizo una ligera presión en forma de masaje en las lumabres fueron las únicas veces que noté que estaban allí.  Recuerdo vagamente sus pasos amortiguados por los calcetines a mi alrededor alguna vez… luego supe que para decirle a C que parara con el agua que ya estaba muy llena la piscina.  Pero como debía ser… estaban sin estar.

Una vez me apoye en el borde de la piscina y recuerdo mirarla y pensar… “ya me avisaran cuando pueda entrar”... porque sabía que meterse al principio del trabajo de parto no era lo mejor… y no quería anticiparme… pero tampoco quería hablar… me daba igual…

Otro flash que me llega es no ver a C, al que sabía todo el rato cerca ,y llamarle. Estaba en la cocina y le dije que viniera, que se quedara conmigo.  Se sentó al pie de la escalera, le dí la mano, la apreté, la solté y volví a cerrar los ojos.Y en esas pedí un cojín porque estaba cansada y quería irme al suelo. El cuerpo me pedía tocar suelo, apoyarme, recibir fuerza del suelo, sentirme estable, como anclada a algo firme tras el balanceo.

Me trajeron el cojín y a 4 patas apoyaba a veces los brazos y la cabeza en él, en una posición parecida a la de la foto:

Y de pronto, sentí una necesidad brutal de empujar. Es una sensación que no puedo asemejar a nada que hubiera sentido antes. Es como si mi cuerpo no fuera yo, como si no estuviera controlado por mí, como si el empujón me guiara a mí y no al revés. Exclamé: “quiere salir” y O me respondió tranquila con su voz serena: “pues déjala salir”.

Me sorprendí porque aunque intenso , el trabajo de parto me pareció corto, y pensé para mí: “¿y cómo sé que estoy dilatada al completo, si no me han mirado siquiera?. Y me di cuenta que no hace falta… que así deben ser las cosas, que las matronas con experiencia no necesitan tocar. Ellas estuvieron todo el rato detrás de mí, en silencio y a oscuras.

Y entonces experimenté la sensación más brutal y salvaje de mi vida. Era mi hija queriendo salir, o más bien,  la VIDA empujando con ella. Es indescriptible la sensación pero me imagino que es el momento en que la confianza y el miedo se confunden, porque al final la vida y la muerte van juntas y ese miedo ancestral  aflora.

En esos momentos en que mi cuerpo pujaba y yo creía romperme en 2, grité.  Con un grito sordo y desgarrado, nada calmado como antes en las contracciones en que apenas se me habría oído desde la habitación de al lado. Ahora gritaba , o como diría mi comadre Trini, aullaba, no muy alto pero sí profundo, gutural, con la parte animal… lo dicho… como una loba.

Escultura de Daniel Edwards

Tampoco recuerdo exactamente en qué punto  pero ya en el suelo rompí la bolsa. ¡¡¡Qué sensación tan agradable!!

Y en un momento pensé : “no puedo”, “no voy a poder”, porque sentía que no podía abrirme más y me daba la sensación que de un momento a otro iba a oír el crujido de mis huesos. Pero  inmediatamente me dije: “sí, voy a poder, como han podido otras antes que yo” y empecé a repetir en voz alta como un mantra: “vamos a poder”, “lo vamos a hacer las 2 cariño”, “tú y yo vamos a poder”, “tú y yo vamos a poder”... lo repetía una y otra vez, hablándole a mi hija y hablándome a mí misma, moviendo la cabeza y a 4 patas como en trance.

Y en otro empujón noté  una sensación de calor  intensa que reconocí por haberla leído tantas veces en  los relatos de partos de muchas de vosotras: el aro de fuego. Y exclamé: “quema, quema, quema”  y  O me dijo: “sí, quema y todo va bien” ( o algo parecido).

Entre pujos recuerdo que intentaron usar el Doppler para escuchar los latidos pero me moví y se retiraron para no molestarme. No sé lo que duró pero no creo que fueran más de 10 pujos. En un momento me puse en cuclillas y toqué y noté la cabeza de mi hija. No sabría describir lo que  supuso tocar esa cabecita húmeda, peluda, resbaladiza… fue una inyección de fuerza, como diciendo… “estoy aquí ya mamá,  y sí lo estamos haciendo tú y yo, solas, porque sabemos y podemos… un poco más mamá, un poco más solo”.

Y por fin en otro pujo intensamente salvaje salió Mencía por completo. Yo esperaba que saliera la cabeza y luego cogerla con mis manos. Pero esta niña fuerte y decidida quiso salir sola del mismo modo que su madre quiso parirla sola. Eran las 8:47 PM

Así, asombrada por la rapidez me giré y la vi aún unida a mí, en el suelo, sobre toallas  y empapadores que habían colocado mis matronas. O me dijo: “cógela”, y de ese modo, mis manos fueron las primeras en tocarla. Húmeda, pequeña, resbaladiza, llorando ya y enseñándome sin tener que preguntar que todo estaba bien, que lo habíamos hecho, nosotras solas y la abracé y la coloqué apretada sobre mi y no sé si lloré o reí.

Sé que me pareció todo como increíble pero natural , lógico, como si ahora todo cobrara sentido. Como si todo lo anterior hubiera tenido por fin sentido, dentro de lo absurdo, para conseguir este momento. A la arropó sobre mí con una toalla caliente y mientras yo seguía tumbada en el suelo, bajo el columpio donde todo empezó, ella buscó mi pecho. Y lo cogió y mamó con fuerza, con la misma fuerza con la que llegó a este mundo.

Enseguida le dije a C que fuera a buscar a Iker para que viera a su hermana… Y al llegar su cara era todo excitación. Me dijo: “mamá es verdad que  hoy nacía Mencía” y la miraba con una mezcla de curiosidad y excitación. Salió corriendo a contárselo a las vecinas y a terminar las pizzas que me estaba preparando para cenar ( Le llamamos después para que por fin cortara el cordón como había estado esperando tanto tiempo).

Entonces y solo entonces A y O tomaron parte algo más activa. Esperaron a que saliera la placenta (cosa que pasó a los pocos minutos sin dificultad) y me limpiaron y suturaron el pequeño desgarro que tuve en la cicatriz de la episiotomía anterior. Y ese punto  de sutura era como una metáfora. Con ese punto cerraban no solo una herida física, sino la herida emocional que supuso aquél parto robado y que este parto esperado, soñado, cerraba por fin.

Esta niña ha venido  a traer, como todos, alegría, pero sobre todo paz. No es justo que nadie venga a este mundo para arreglar  historias ajenas. Mencía nació así no PARA hacerme feliz a mi, sino PORQUE  así deben ser todos los nacimientos: íntimos y respetados.  Y cuando respetamos así a nuestros hijos y a nuestros propios cuerpos, ellos, ambos, en cambio, nos regalan esta sensación: PAZ y la posibilidad de cerrar heridas. Al menos así ha sido en nuestro caso. Fue un fin, no un medio.

En algún momento durante y  sobre todo tras el parto, pensé mucho en mi otro bebé, Altair, aquél que no llegó a nacer, en mi madre que no llegó a saber que esperábamos una niña, y en Amanda… la niña especial que estuvo tan poquito tiempo con su familia.

Para estas 3 mujeres va dedicado este relato con la confianza de que las volveré a ver a las 3.

Para todas las mujeres que han contribuído a darme fuerza y confianza para llegar aquí, las que conozco ( mis comadres) y las que no.

A mis matronas, poque no hicieron nada cuando no hizo falta, pero su presencia callada y segura contribuyó a saberme protegida.

Y sobre todo va dedicado:

A mi marido, porque a pesar de sus miedos confió en mi y en que esto era lo mejor para toda la familia: Gracias amor por el mejor regalo de mi vida.

A mi hijo Iker, porque algún día le hablaré de todo esto sabiendo que lo entenderá y le repetiré lo que ya le he dicho y susurrado muchas veces en estos años: que siento no haber podido o sabido darle el nacimiento que merecía… pero que no fue en vano.

A Mencía por demostrarme que sí podíamos.

Feliz y empoderada

"Marea Lunática"-(Relato del parto de I. por Mely)

En el día que celebro el  nacimiento a la luz de la Luna  de la hija de unos amigos…os pongo este relato de otro parto de Luna llena.

Relato de mi segundo parto en casa, por Mely, mamá de Dafne e Indira

La noche del 17 de abril de 2011, diez minutos antes de que acabara el día, llegaste a nuestros brazos… Naciste, acunada por la luna llena y arrullada por las olas, al borde de la medianoche, al filo de la pleamar, a punto del plenilunio… Gracias Vida, gracias Madre Naturaleza, gracias Universo, por regalarme por segunda vez el tesoro más preciado que he podido acariciar…Todo parecía dispuesto a proporcionarte el tránsito mágico a este mundo exterior que de hecho tuviste.

Esta es la historia de un parto… pero también de una sorpresa, de un embarazo, de una espera, de noches en vela estudiando, de algunos temores y de muchas esperanzas… y sobre todo es la historia del triunfo de la vida, sorteando los obstáculos.

Te fraguaste en mis entrañas ya de un modo mágico: yo no tenía la regla desde que me quedé embarazada de tu hermana Dafne, y aún así, pensamos que quizá era el momento de “empezar a buscar” un hermanit@… Pero, como siempre, hay cosas que son más fuertes que los planes o el raciocinio y la magia surgió su efecto para que “empezar” y “acabar” fuera todo uno…

De repente, empecé a sentirme cansada, cansadísima, algo no habitual en mi energético carácter, y era un cansancio que me resultaba conocido… Sólo podían pasarme dos cosas: o estaba anémica perdida o estaba embarazadísima. Eso, junto con mi excesiva sensibilidad a los olores, me hizo hacerme un teste de embarazo para confirmar lo que ya sabía. Helí, mi compañero y tu papá, se reía, pensando que era imposible, que aún no tenía la regla. Cuando el test de embarazo se tiñó, ni siquiera me extrañó, porque yo ya te sabía, ya te sentía. Papá quedó en estado un estado que yo llamaría de “shockpresa”.

Fuimos a verte al materno gracias a Olga, una de nuestras matronas, para saber de cuánto tiempo estábamos (ni siquiera eso sabíamos). Me hicieron una eco vaginal y la ginecóloga me dijo: “Sí, es verdad, hay embarazo, de unas 5 semanas. Pero esta mancha de aquí no es buen pronóstico. En principio es síntoma de malignidad”. Mi cara debía ser un poema, pero me saqué de la manga mi buen humor y dije: “¿Y no será que son dos?”. “No, es sólo uno, pero no tiene buen pronóstico”. Todo esto con mi pequeña Dafne de 16 meses y Helí, delante.

Menos mal que Olga estaba a mi lado y que soy de naturaleza optimista, si no, no sé qué habría pasado. Al salir, Olga me cogió de la mano y me dijo, mirándome a los ojos: “No te preocupes, ¿tú sientes que el bebé está bien?”. “Sí, lo siento fuerte, aferrado a mí”, contesté. “Pues sigue mandándole todo tu amor”.

Yo confiaba pero… el miedo es la enfermedad más contagiosa, y la semilla de la duda, la que más arraiga. Así que no pudimos esperarnos a las 12 semanas y cuando estábamos de 9, para evitar otra eco vaginal, fuimos a un ginecólogo privado que nos confirmó que él veía nada más y nada menos que lo que se tiene que ver en un embarazo de 9 semanas.

La maternidad de Dafne me había calado tanto tanto, que hasta había decidido darle un cambio de rumbo a mi vida y estudiar partería. Pero antes, claro, tenía que pasar por enfermería. Y parece que por alguna razón, Helí y yo tenemos que vivir nuestros embarazos separados, porque siguiendo el impulso de mi recién descubierta vocación, yo había hecho la preinscripción en la universidad de Las Palmas (donde vivo) y en la de Algeciras (de donde soy) y me admitieron sólo en ésta última… Tras mucho dudar allá fui, con el apoyo incondicional de mi pareja, mis padres y mi incombustible abuela, con 4 meses de embarazo, las hormonas susceptibles de todo menos de memorizar y una niña de año y medio.

Pues me saqué el primer cuatrimestre limpio con algunos sacrificios y sé que en gran parte fuiste tú, Indira, que habitando mi cuerpo, me diste esa suerte, esa fuerza, esa voluntad, y tú Dafne, con tu sonrisa me compensabas los sacrificios… porque yo quería y quiero que todas las madres sepan que se puede parir de una manera fluida y pacífica, si se quiere, sólo que sepan que existe la posibilidad, que la elijan si lo desean, y poder yo acompañar un día partos desde el silencio y el respeto desde los que fueron acompañados los míos…

Tras este primer cuatrimestre en el que no te hice todo el caso que te merecías, me volví a la isla a dedicarte todo el tiempo que pudiera y a preparar el parto, que, por supuesto, iba a empezar (y deseablemente a terminar) en casa y en compañía, de nuevo, de Olga y Laura. Esta vez también queríamos contra con Adelina, nuestra acupuntora amiga que en el parto de Dafne no pudo estar presente…

El embarazo seguía plácidamente, aún con la sombra de la diabetes gestacional sobre mí y la amenaza de los médicos de ponerme a dieta o a mandarme caminar después de comer. Pero, una vez más, el cuerpo es sabio, si una se conecta con su interior, parece saber lo que le pasa, lo que le conviene y lo que no, y yo sabía, bebita mía, que tú eras pequeña y que eso no te iba a hacer bien. Pensando en eso, te escribí estas palabras.

Anidas en mi cuerpo.

Acuno el tuyo.

Te doy, me das.

Nos equilibramos.

Cada célula, cada tejido, cada parte

está sana.

Confío en ti.

Confías en mí.

Nos confiamos

de nuestro poder de salud

dado por la naturaleza.

Tus medidas son las adecuadas para mí.

Mis medidas son las adecuadas para ti.

Nos acoplamos

para luego desacoplarnos

con amor, dulzura, suavidad

en un trance sutil, alegre, ágil,

lo suficientemente corto para sostenerlo,

lo suficientemente largo para disfrutarlo,

porque, como decía Shakespeare,

“para aquellos que aman,

el tiempo es eternidad”…

Tenemos la confianza

el poder

la fuerza

el amor

para concebirnos,

embarazarnos

y parirnos.

Todo me pareció más veloz que con Dafne, familiar (la amenaza de bajo peso) y diferente (más fluido, más encajado en mi cuerpo). Es maravillosa la memoria del cuerpo, cómo sabe lo que tiene que hacer. Es maravilloso ser mujer y abrirse y cerrarse como una flor.

De repente, el día estaba muy cercano. Yo estaba de 37 semanas y había tenido algunas noches “divertidas”, contracción va, contracción viene, pero que luego se marchaban. Laura me dijo que eso era bastante normal en los segundos embarazos, el cérvix ya está más blandito, ya reacciona más ante menor estímulo. Me maravillaba sentir mi cérvix abriéndose poco a poco y tuve la convicción, yo diría que certera, de que me pasé gran parte del embarazo y sobre todo estas 3 últimas semanas con 1 ó 2 centímetros de dilatación. Yo lo sabía, no hacía falta ningún tacto invasivo para confirmármelo.

Probando la resistencia del fular de parto. Debajo, el armazón del colecho casero de 2 metros

(más…)

El Parto de Zoe, Una Cura para mi Alma

El Parto de Zoe, Una Cura para mi Alma

Zoe nació con la luna llena, el mismo día de las 40 semanas, mágica y preciosa.
Un parto y un nacimiento en absoluta intimidad, tranquilos, confiados, respetados, unidos, emocionados…una cura para mi alma que aún guardaba cicatrices de mi primer parto.

Viví un embarazo maravilloso, igual que el primero, me encanta sentirme embarazada…pero esta vez tuve la suerte de estar rodeada, no de una doula, sino de 37.
Un grupo de mujeres sabias, conscientes y deseosas de vivir y acompañar la maternidad de una manera cercana y especial. Hacíamos juntas la formación de doula en Barcelona. Empecé el mismo mes que concebimos a Zoe, sin aún saberlo  y todo lo que aprendí, viví y compartí  en cada viaje, me ayudó a creer más en mi, a recuperar la confianza en mi cuerpo, en mi bebé, en la vida…

Y así mes a mes, llegamos a la noche mágica que nos regaló a Zoe…llevaba semanas con contracciones suaves, las disfrutaba, me encantaba sentir que mi cuerpo se ponía en marcha, que algo se estaba preparando sin necesidad de que nadie indujera o manipulara.

Ese día volví a sentir contracciones, no salimos, comimos en familia y  en un momento de la tarde, por primera vez, miré el reloj. Eran regulares, cada 15 minutos…la tarde siguió como si nada, sin prestar demasiada atención.
Por la noche, volví a mirar el reloj, seguían siendo contracciones muy suaves, pero ahora cada siete, cada cinco minutos.
Sergio acostó a Noah, me duché y me tumbé en mi sillón, pensaba que igual sería el inicio de una larga noche o igual se pararían en un rato, eran tan suaves…

Empecé a sentirlas un poco más intensas, las respiraba, gemía…

Sergio se sentó a mi lado, tranquilo, en silencio, me regaló mis caricias preferidas en los pies y apuntó unas cuantas contracciones en un papel…eran más de las doce y media

A  la una llamamos a las matronas, el parto estaba preparado en casa y queríamos que supieran lo que estaba pasando. Quedamos en avisar cuando fueran más seguidas y regulares.

Me levanté al baño y al ponerme en pie, se aceleraron…cada dos, cada cinco, cada dos…respiraba, respiraba, pero entre contracciones estaba bien, el recuerdo de mi primer parto era tan diferente, tan dolorosas las contracciones de un parto provocado, que me costaba creer que estuviera realmente de parto.

Me serví un vaso de agua fresquita y volví al salón…llamaron las  matronas, una y veinte… ya venían para casa…me tumbé en el sillón de nuevo, pensando…pero para qué vienen tan pronto, aún queda mucho…
La siguiente contracción me obligó a ponerme a 4 patas en el suelo, sobre la alfombra y a partir de ese momento, no pude moverme más…ni beberme el vaso de agua fresquita que me acababa de servir.

Una fuerza imponente se apoderó de mi cuerpo, como un barquito de papel en medio de la tempestad, sacudida por las olas, sin tregua, una y otra y otra, de rodillas en el suelo, apoyada en mi sillón, gimiendo, aullando…oí ladrar a los perros, ya están aquí pensé.

Eran las dos menos diez cuando llegaron las matronas, entraron en silencio, mi cuerpo poseído por la fuerza de la vida abriéndose camino, empujaba, se rompió la bolsa y a las dos y diez nacía Zoe.

No me había quitado ni las bragas que aún seguían en mis rodillas, ni me había podido beber el vaso de agua, ni encender la cámara, ni llenar la bañera de partos, nada…de todo lo que preparé no me dio tiempo de usar nada…sólo buscar la postura que mi cuerpo me indicó y dejarme llevar, parir.

Me la dió Sergio, emocionado, alucinado, había sido tan rápido, tan fácil, tan bien…sin desgarros, puntos, prisas ajenas, ni nervios. Ahí estaba Zoe, preciosa, sana, rosadita, por fin en nuestros brazos.

Qué maravilla, qué privilegio…estar en casa, ducharme, acostarnos en nuestra cama juntitos los cuatro…me siento agradecida a la vida por permitirme vivir esta experiencia, a Sergio por apoyarme sin miedo y por creer en mi, a Zoe por elegirnos, a Noah, porque con él descubrí la maravillosa maternidad, por ser tan encantador y especial, a mi familia por respetarnos y apoyarnos y a nuestras matronas, Olga y Antonia, no pudimos elegir mejor, tenían que ser ellas y estarán para siempre en nuestros corazones.

GRACIAAAAAAS!

Relato publicado originalmente en  el blog de Carol:  Instinto Materno: Doula Las Palmas

De qué manera la Globalización está afectando el parto

Ina May Gaskin

Probablemente la mayoría de vosotros sabéis que Estados Unidos ha sido el primer país en la historia que ha eliminado la profesión de comadrona. Siguiendo el liderazgo de Estados Unidos, Canadá fue el segundo país, haciendo de la mayor parte del continente de América del Norte un territorio ilegal para el ejercicio de la profesión de comadrona. Sólo la barrera lingüística y las profundas diferencias culturales entre Estados Unidos y México protegió a las «parteras» mejicanas de este fenómeno. La aniquilación de la matronería fue un experimento social de carácter masivo que, durante un largo período, causó para las mujeres la pérdida de una fuente de conocimiento sobre las capacidades de sus propios cuerpos. Generaciones sucesivas de mujeres norteamericanas no creían que podían dar a luz sin fórceps, analgésicos, hospitales, doctores y episiotomías. Por otra parte, ya nadie creía que la leche materna fuera buena, ya que muy pocos médicos sabían algo sobre la lactancia materna. Siguiendo los consejos de sus médicos, las mujeres muy obedientes, alimentaron a sus hijos con leche de vaca, creyendo que esta alimentación produciría niños más sanos que los niños alimentados con su propia leche.

Todos estos cambios radicales sucedieron en el mismo período en que las mujeres norteamericanas obtenían por primera vez el derecho de voto. De hecho la matronería había sido ya destruida en EU y Canadá antes de que las feministas se dieran cuenta de cuán importante era una matronería fuerte y autónoma para proteger el conocimiento y la sabiduría de las mujeres en cuánto a su capacidad de parir y amamantar. Las feministas tenían en esa época muchas otras prioridades, por lo cual los temas ligados al nacimiento no emergieron durante un largo período.

Durante la primera parte del siglo XX, fue difícil para las mujeres darse cuenta de que no eran los hospitales y los médicos los que hacían que un nacimiento fuera más seguro que 100 años antes. No tenían consciencia de que eran las mejores condiciones sanitarias, el agua potable, las mejores vías de comunicación y de accesibilidad, junto con la técnica de transfusión sanguínea las que contribuyeron a reducir constantemente las tasas de mortalidad materna entre 1936 y los años 1970 y no el hecho de que 99% de los nacimientos fueran hospitalarios.

Cuando las mujeres comenzaron a entender esto, reaccionaron en contra de la deshumanización de los partos hospitalarios, quedándose en sus domicilios para dar a luz con amigas que escogían para oficiar de comadronas. Este fenómeno cogió por sorpresa al cuerpo médico. El movimiento de parto natural que comenzó en los años 60 demostró que las mujeres podían, mediante la organización y la acción directa resucitar una profesión que había sido despreciada y rechazada. Cuando mujeres norteamericanas -como fue mi caso-, descubrimos formas de aprender a ser comadronas, supimos que Europa y el resto del mundo no habían seguido el ejemplo de EU y que por el contrario, habían mantenido la profesión, y en el caso de los países más avanzados, habían formalizado la formación de comadronas. Quizás no puedan imaginar cuán excitante fue para nosotras, en EU, saber y darnos cuenta que la matronería había sobrevivido en todas partes. Comencé a entender que las comadronas en Europa no habían sobrevivido en todos los casos con su profesión intacta. Por «intacta» entiendo con el tipo de autonomía que nosotras por lo menos en nuestro pueblo, consideramos necesaria. Pero con una profesión legal y aparentemente floreciente en todos los países europeos, pensamos que los europeos estaban más adelantados que los americanos y que habían evitado la pérdida de los conocimientos acerca del parto que habían sufrido las mujeres en EU y Canadá. Esta pérdida del conocimiento que produjo un incremento tan importante de cesáreas y de partos instrumentados.

Empecé a ser consciente de los efectos de la globalización en el nacimiento a través del mundo cuando leí acerca de cómo los grupos hospitalarios americanos compraban hospitales en cualquier país rico donde había hospitales para comprar. Este fenómeno me chocó y me preocupó, porque supone que estas empresas estaban lanzando sus tentáculos tan lejos como podían y -si la gente y los gobiernos se descuidaban-, las corporaciones americanas iban a influenciar la atención sanitaria en países que estaban actualmente brindando una mejor atención sanitaria que la que muchos ciudadanos americanos reciben. De la misma manera que la firma MacDonalds se expandió en el mundo como una enfermedad contagiosa, así el estilo «MacParto» de atención a la maternidad empezó a remplazar mejores y más saludables sistemas locales de atención materno-infantil. La característica clave del modelo «Macparto» es la utilización frecuente de drogas farmacéuticas y de tecnología médica que genera ingresos a ciertas empresas. Digámoslo claramente: un alto porcentaje de partos sanos, naturales en cualquier país es una mala noticia para estas empresas. Sin embargo, esto es bueno para la salud pública, y esto es lo que debemos subrayar a la población, a los ministros de salud y a los gobiernos de nuestros propios países. Las empresas no colocan a la salud pública entre sus prioridades. Nosotros lo sabemos cuando vemos el crecimiento incontrolado y la extensión de la biotecnología, de los alimentos y los medicamentos genéticamente modificados, la energía nuclear, los tratamientos hormonales substitutivos, la medicina de la fertilidad, la cirugía estética, impresionantes campañas de marketing para vender todo lo citado a gente que realmente no necesita de estos productos y servicios. Los beneficios son el único motor de estas empresas y debemos ser conscientes de ello. El sueño de las empresas en cada país del mundo sería que las mujeres planifiquen la fertilidad desde su más temprana edad tomando pastillas anticonceptivas hasta que estén listas para tener una familia, que programen sus partos por cesárea precoz, que aquellas que quieran parir por vía vaginal deban justificar su opción, que la depresión postparto que resulte sea tratada con drogas, que todos los bebés sean alimentados con alimentos especiales, que las mujeres tomen hormonas durante la menopausia y continúen tomando por el resto de sus días.

Por todo ello, vale la pena estudiar lo que ocurrió en EU a principios del siglo XX, en un tiempo en el que las mujeres aprendieron a temer sus propios cuerpos. Cuando las mujeres respetan sus propios cuerpos y entienden como acceder a su química interna para facilitar el parto y la lactancia, las estrategias de marketing no funcionan.

Es fácil difundir miedo a través de los medios de comunicación. Hollywood lo ha demostrado. Cuando analizamos el crecimiento de las tasas de cesáreas en la mayoría de los países europeos en las últimas dos décadas, debemos reconocer que las películas americanas y los programas de televisión tienen una gran responsabilidad en la difusión y el marketing de la tecnología en torno al parto y al nacimiento. Debemos ser muy creativos e inteligentes cuando ideamos estrategias para convencer a las mujeres de que sus cuerpos no son máquinas deficientes y que la manera más cara no es siempre la mejor manera. De lo contrario, el mundo de pesadilla que creamos nos destruirá a todos.

Yo sugiero que hagamos el mundo para las generaciones futuras protegiendo el principio básico de las comadronas que creen que el cuerpo de las mujeres ha sido maravillosamente creado para realizar el acto de dar a luz y que enseñemos a las mujeres (y al público en general) cómo el parto institucional tiende a socavar la confianza de las mujeres en sus propias capacidades. Esta será una gran tarea, pero yo creo que es realizable.


Texto copiado de www.migjorn.net.
Ponencia del II Congreso Internacional de Parto y Nacimiento en Casa

 

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Relato de Parto: Mely

Relato de Parto: Mely

Desde el 6 de mayo del 2009 te disfrutamos entre nosotr@s…

Gracias Universo, gracias Madre Naturaleza, gracias Milagro de la Vida…

Desde hace unos años, contrastando experiencias que me contaban madres que habían parido en casa y madres que habían parido en hospitales, había decidido que quería parir en casa.

Cuando nos quedamos embarazad@s y supimos que, por cuestiones laborales, te daríamos a luz en Gran Canaria, comenzó nuestra búsqueda. En Granada (donde antes vivía) conocía a un grupo de matronas muy apañadas llamadas las Ocean Matronas, pero aquí no conocíamos a nadie que atendiera un parto domiciliario.

Por una de esas fortunas y “causalidades” de la vida, nuestra acupuntora, Adelina, que sería nuestra doula, nos dio una revista llamada +Q9meses y ahí contactamos con Laura y Olga: nuestras matronas o el arte de la invisibilidad… las lié en cierto modo y nos vieron tantas ganas y tan desamparad@s y al mismo tiempo decidid@s a parir en casa sin miedos, que accedieron a acompañarnos en nuestro parto.

Yo había leído tanto sobre el parto. Parecía que estaba estudiando para parir. Sabía (y he comprobado) que mi cuerpo tenía la sabiduría milenaria para parir de forma natural, pero vivimos en una civilización que nos enseña a tener un cuerpo, y sobre todo, un útero, tan rígidos, que quería que mi parto fuera una mezcla de información e intuición. Y así fue.

Así que empecemos el relato…

Mi embarazo fue fantástico y muy saludable hasta el último mes, en el que me pre-ocuparon (qué gran palabra, cuando hay que ocuparse y no pre-ocuparse) porque decían que mi criatura era demasiado pequeña… Por suerte mis matronas decían que la naturaleza es sabia y que para mí, midiendo algo más de metro y medio, era mejor no albergar en mi cuerpo a un cuerpecito muy grande. Pedí al Universo que nacieras san@ y fuerte y con un peso que nos permitiera tenerte en casa y que no te separaran de mí…

No importaba lo grande que fueras, porque sabía que serías una gran gran persona y que tenías mucha fuerza, lo sentía en tus movimientos.

Hice estas afirmaciones reikianas para ayudarte en tu tránsito a esta vida…

Mi parto es placentero

Mi parto es indoloro

Mi parto es natural

Mi parto es vaginal

Mi parto es rápido

Mi parto es en casa

Mi parto es orgásmico

Mi parto me empodera

Mi parto me conecta con mis ancestras

Soy fuerte para mi parto

Mi bebé goza de buena salud

Mi bebé tiene el peso adecuado

Mi bebé se nutre sólo con mi leche

Mi bebé es fuerte

3 somos 1 con el poder del amor

El 14 de abril me hicieron “un palpo” sin explicarme por qué ni para qué, con la excusa de que se suponía que mi criatura pesaba 2 kilos en la semana 37… para decirme que tenía 1 cm de dilatación (que podía perfectamente estar así desde el comienzo de mi embarazo) y el 20% del cuello uterino borrado…

El resultado fue que empecé a sangrar hasta que el viernes 17 expulsé el tapón mucoso…

Puse a todo el equipo de parto, Adelina, Olga, Laura y a Helí, el papá, en alerta… pensé que mi bebé ya venía… y me dio terror pensar que nacieras con 2 kilos y no poder parirte en casa…

Ese día no fue el día que naciste pero empecé a notar más las contracciones “de práctica” y a partir de ahí tuvimos unas cuantas falsas alarmas, una de ellas fue muy fuerte, en la noche del 26 al 27, justo antes de que llegaran tus abuel@s matern@s desde Andalucía… pero esperaste para salir para crecer un poquito más…

Paseando por Las Palmas con mi hermana, a menos de 24 horas de dar a luz

Paseando por Las Palmas con mi hermana, a menos de 24 horas de dar a luz

El día antes de que nacieras, habíamos ido con mi familia a pasear por Las Palmas de Gran Canaria, yo notaba contracciones, pero pensaba que era una falsa alarma como las otras veces, y eso que ya estaba de 40+2…

Las contracciones se fueron haciendo más evidentes a medida que pasaba el día y yo seguía caminando, hablando, haciendo como si nada. Al regresar a casa estaban espaciadas cada 15 minutos pero eran constantes aunque bastante soportables como para que nadie se diera cuenta, porque yo seguía sin decirle nada a nadie.

Esa noche le pedí a mi madre que me hiciera un batido de fresa y melón. Hay que decir que la noche antes de tenerme a mí mi madre se comió casi medio melón. Así que, cuando se le aflojó la barriga en el proceso de parto, como era primeriza y le daba vergüenza que en el hospital se rieran de ella (detalle que dice mucho del trato que se da en general en los hospitales), pensó que era el melón que le había sentado mal, a pesar de estar ya cumplida. Yo en principio fui casi, casi, un melón.

Después de cenar el riquísimo batido, le confesé a Helí, que llevaba con contracciones todo el día, pero que ahora se estaban haciendo más presentes… Nos acostamos a las 12 sonriendo al pensar que quizás esa noche fuera la noche que tú, bebin@, vinieras a nuestros brazos. Yo dormía entre contracciones, hasta que, a las 4 de la mañana, las contracciones no me dejaron dormir más. Empecé a pensar en ellas como “ráfagas”, como dice la matrona Ina May Gaskins, como crestas de olas que tenía que subir, y en mi útero como un pétalo de una flor eternamente abriéndose, como una onda haciéndose grande al caer una gota en un lago, como un mandala circular y espiral…

Relajaba la mandíbula, descolgándola y emitiendo una “a” que al principio casi no sonaba, era casi toda aliento, hasta que se convirtió en una especie de canto que iba a más agudo conforme subía a la cresta de la ráfaga. Normalmente había como 3 notas, como una escala de 3 armónicos.

Me colgaba del fular portabebés que habíamos puesto en el techo, me columpiaba en él, me ponía en posición de oración moruna en la cama.

Fui al baño a hacer caca como unas 14 veces y vomité como unas 4.

Helí me empezó a tocar los puntos de shiatsu que le había dicho Adelina para acelerar las contracciones, uno entre el pulgar y el índice de las manos y otro como 3 dedos sobre el tobillo, en la parte externa de las piernas. Adelina finalmente no pudo estar presente en el parto porque daba un curso en la isla de La Palma, pero yo recordaba sus palabras: “No pienses en las contracciones como dolor, piensa en movimientos de tu útero para sacar a tu bebé y agárrate a los descansitos entre ellas.”

A las 7, pensamos que era hora de llamar a las matronas. Olga tenía turno en el materno y nos dijo que llamáramos a Laura, que ella vendría en cuanto saliera.

Despertamos a mis padres y a mi hermana y yo hice la broma con mi madre de que “me había sentado mal el melón”. La verdad es que el sentido del humor no me faltó en todo el parto y creo que fue una de las claves para que fuera tan rápido.

En todo momento yo te hablaba, mi peque, te decía: “Muy bien bebé, bien cariño, lo estás haciendo muy bien, eres fuerte, mamá está contigo, nos estamos ayudando, gracias…” Y eso hizo que me sintiera en plena fusión contigo.

Invoqué a todas las mujeres del mundo, recordé a mi madre, que había pasado por eso 3 veces, a mi abuela, que lo había pasado 7, a todas mis ancestras, a mi amiga Ana y su parto con fórceps, a mi amiga Tarha de la que tanto aprendí, a mi amiga Sara y su parto en casa, a mi colega Ouardia y su hijita muerta, a tantas, tantas mujeres, e invoqué su fuerza y la energía de todo el universo… Y fue maravilloso e increíble sentir que me llegaba.

Aunque Adelina no pudo estar en el parto, tenía su “tense”, una especie de electrodos que , puestos en la espalda, calmaban las contracciones. Pero, como otros datos risibles en mi parto, casi no tenía pilas y yo lo tenía al máximo porque no notaba apenas su vibración. Le cambié las pilas cuando me di cuenta pero sin bajar la intensidad y… ¡menudos calambrazos me dio! Fueron mis únicos gritos en la dilatación, así que reboleé el “tense” hacia un rincón de la habitación donde me lo encontré al día siguiente y me partí de risa recordando el momento.

Llegó el abuelo paterno a por mi familia. Empezaba a perder la conciencia del tiempo y a entrar en un estado sutil de conciencia, de meditación profunda, de otro tipo de ondas cerebrales…

Sentí el telefonillo, serían las matronas, o al menos una de ellas… Desde que llegaron, primero Laura y luego Olga, su “presencia” era como angelical, como espiritual, casi como una ausencia. Estaban sin estar.

“¿Dónde está?”, escuché que Laura preguntaba a Helí en el pasillo.

“Qué guapa estás”, me dijo Laura después de abrazarme. Fue una de las pocas frases que salió de su boca en las 3 horas que pasaron hasta que di a luz. Me preguntó si había roto aguas. “No sé”, dije, y al instante pisé un charco en el empapador sobre la cama y rectifiqué, “creo que sí”. Olí mi líquido amniótico, sin saber que así me estaba estimulando el proceso del parto. Más tarde supe que incluso chuparlo me hubiera ayudado aún más.

Calculé que serían las 8, o quizás no… Yo veía que amanecía, cada vez más luz, pensaba “es tu primer día bebé, qué momento más bonito para empezar a nacer.” Pero pensaba al mismo tiempo que quedaba mucho, pero que mucho. ¡Yo era primeriza! Y había escuchado y leído sobre partos de primerizas que duraban 12 horas, 1, 2, 3 días… El tuyo, bebin@, duraría apenas 7 horas.

Todo pasaba deprisa y como en un sueño (¡qué razón tuvo Laura al describir su primer parto como “el estado de meditación más profundo que conocía”!). Volví a vomitar y pensé que vomitar era como lo peor, por lo mal que me sentía al hacerlo, y, al mismo tiempo, lo mejor, por el alivio tan grande que me daba luego. Pensé: “¿Es éste el momento que llaman la transición? Muchas mujeres vomitan en este momento… Pero ya había vomitado tanto, que no sabía…

El fular del que me colgué y columpié al principio de las ráfagas

El fular del que me colgué y columpié al principio de las ráfagas

Laura me sugirió que me diera una ducha y a por ella fui, y de ahí en adelante me quedé desnuda, no soportaba el roce de la ropa, me sentía salvaje, instintiva, animala… Laura pidió a Helí algo para quemar, para descargar el ambiente, y encendieron una vela bajo la esencia de jazmín… qué rico olía… ese olor se mezclaría con el olor a parto, a ti, mi criatrua, y a mis entrañas, un olor que se quedó en la habitación un buen tiempo…

Me pareció escuchar a Helí pasando la aspiradora y pensé “¿qué hace este hombre haciendo eso ahora?”. Luego me enteré que era el inflador de la piscina, y que tardaba tanto en inflarla porque, con los nervios, mientras la inflaba por un lado… la desinflaba por el otro que no tenía el tapón puesto…

Escuché de nuevo el telefonillo, mezclado con mi canto en cada ráfaga. “Olga”, pensé, “eso quiere decir que son más o menos las 9,30” (ella salía del materno a las 9). Luego Helí me dijo que llegó casi de puntillas, pidiendo permiso para entrar, se cambió de ropa calmosamente y bebió agua, toda tranquilidad y serenidad como es ella.

Laura me seguía a todos lados controlando los latidos de Dafne con su Sonicaid acuático, mientras yo le preguntaba si mi bebé estaba bien “sí, todo va muy bien, perfecto”, me respondía; y Olga me echaba agua en el útero en cada contracción. Yo me rendía a cada ráfaga, me estiraba en los descansitos y los agradecía al universo. Respiraba intentando llevar el oxígeno a cada músculo tenso, resoplaba como un caballo, echaba el aire poquito a poquito como a través de una pajita para aprovecharlo todo.

Mirándolas a las dos, a Olga y a Laura, pensé que eran como dos almitas silenciosas, dos angelitos que discretamente me acompañaban sin intervenir.

Decidí darme otra ducha y le pregunté a Laura si podía llenar la bañera y quedarme ahí. “Claro, como quieras” me respondió.

Mientras, Helí, el papá, parecía una sombra veloz por el pasillo con ollas, teteras y manguera para llenar la piscina. Más tarde me contó que incluso se pegó un par de resbalones en el pasillo. El pobre controlaba al mismo tiempo el camping gas, la vitro de la cocina, la kettle y la manguera. Yo no paraba de preguntar “¿me puedo meter en la piscina?” y una de mis dos matronas decía, pacientemente, “todavía no”. “¿¡Todavía no tengo 5 cm, por Dios!?” pensaba para mí. Y con ese pensamiento, miré a Laura tras una de las ráfagas, hice el símbolo de los cuernos con la mano derecha y dije “Esto es Heavy Metal”. Laura se partía de la risa. Y lo mejor es que, no es que yo no tuviera aún 5 cm de dilatación (mis matronas-angelitas nunca me exploraron, cosa que agradezco, porque yo sólo quería moverme libremente) es que… ¡iba todo tan rápido que no daba tiempo a llenar la piscina!

Empecé a notar que la pelvis se me ponía en retroversión (recordando al mismo tiempo a Dory, la rehabilitadora de suelo pélvico del hospital Negrín) y que tenía ganas de empujar. “¿Debo empujar? ¿Es esto el expulsivo?”, pensaba. Inmediatamente, me dije que era una ilusa, que aún me quedaba mucho, pero al mismo tiempo, dejé que mi cuerpo hiciera lo que quisiera y, si quería empujar y las matronas no me decían lo contrario, que empujara. Luego me di cuenta de que en ningún momento sentí que “empujaba”, era mi útero el que hacía todo el trabajo. Era increíble cómo mi culo se iba hacia adelante en cada ráfaga.

La piscina donde di a luz…

La piscina donde di a luz…

Pregunté por enésima vez si podía meterme en la piscina. “Todavía no, falta poco” dijo Olga, creo. “¿¿¡¡Aún no tengo los 5 cm esos!!??” Y se me cruzó brevemente por la cabeza (esa cabeza que nos juega malas pasadas) si no había sido demasiado “gallita” al rechazar toda analgesia y anestesia para el parto (para colmo, Adelina y sus agujas de acupuntura no estaban y el “tense” yacía en algún rincón escondido de la habitación) y si me iba a rajar con tanto deseo de empujar y menos de 5 cm de dilatación. Desterré ese pensamiento rápidamente y volví a invocar a mis ancestras que, durante siglos, milenios, habían parido “a pelo”… como yo ahora. Me sentí muy fuerte de nuevo y muy fusionada a ellas a través del espacio y del tiempo.

Por fin, llegó Olga y me dijo que podía entrar en la piscina (para entonces, ya una de las veces me había dicho que era porque no estaba lo suficientemente llena, para mi alivio)

Fui por el pasillo como pude, no sé si incluso me vino una ráfaga en medio. Entré en la piscina y vi que el nivel del agua estaba a la mitad del indicado. Sonreí para mí. Como Laura me abanicaba y Olga seguía echándome agüita calentita en el útero en las contracciones, dije: “Me siento como la reina de Saba”. Laura sonrió y respondió: “Lo eres, lo eres”.

A partir de ahí todo fue rapidísimo. Vino una ráfaga y vi a Olga y a Laura recoger una caquita con el colador. “Mirad, qué bebé más pequeño he tenido”, dije riendo. Ellas también rieron. En la siguiente ráfaga le dije a Laura: “¡Cómo quema!”, recordando lo que me había contado ella de su primer parto. Llegó otra ráfaga (yo diría que fue la tercera desde que me metí en la piscina) un poco más fuerte que las demás en la que yo me dije “bueno, esto no ha hecho más que empezar”.

¿¿¡¡Todavía no tengo los 5 cm ésos!!?? Esto es Heavy Metal…”

De pronto, sentí como si alguien me abriera las caderas por atrás. Yo había adoptado, no recuerdo cuándo ni cómo, una postura muy cómoda, de rodillas, con las rodillas separadas y los pies juntos, sentada sobre el culo y los talones y con el tronco muy erguido y cantando mis armónicos hacia el cielo. Instintivamente, me toqué entre las piernas. “¡Una cabeza con pelo!”, dije, y grité “¡Helí!¡Helí!”. Laura dijo: “¿Quieres que venga Helí?”. “Sí”, respondí. Laura salió al pasillo: “Helí, te llama”. Él llegó rápido pensando que lo llamaba para agarrarme en las contracciones. Cuál sería su sorpresa cuando cogiendo su mano le hice tocar “la cabeza con pelo”. Yo repetía aquella frase rompiendo en carcajadas de éxtasis, de placer, de incredulidad por lo rápido que había sido todo. Me había imaginado mucho más dolor. El pobre Helí, al verme carcajearme, pensó que me había vuelto loca del dolor. No había tanto dolor. Yo, que he tenido ortodoncia, he conocido visitas al dentista peores…

El tiempo de descanso fue muy breve esta vez y papá ya no se movió de mi lado, de nuestro lado. Estaba detrás de mí, fuera de la piscina. Le miré, reí, le besé y llegó otra ráfaga. Me aguanté el clítoris hacia arriba y chillé tan agudo (el más agudo de los armónicos que había cantado) que pensé que llegarían los vecinos o la policía, y me dio igual. Laura me cogió la mano y captó mi mirada y dijo conmigo “ah, ah, ah” como si fuera un perro con la lengua fuera. Eso me ayudó mucho para destensarme, pero volví a emitir el agudo porque se me desgarraron un poquito los labios al salir tu cabecita, mi bebé, mirando hacia abajo. Te giraste sol@ y abriste los ojos mirándonos desde dentro del agua, imagen que se nos quedaría grabada para siempre. Reí a carcajadas. “No me lo puedo creer”, repetía. Éxtasis. Orgasmo.

En ese único momento me dio pánico. Sentía las piernas y los brazos de mi bebé agitándose dentro de mí. “¿Qué hago?”, pregunté. Las matronas, en una de sus poquísimas indicaciones rieron y creo que fue Laura quien dijo: “Empuja un poco más, ya está”. “Ah, pero, ¿yo he empujado?”, pensé. Una ráfaga y un chillido más y saliste hasta la cintura, una ráfaga y un chillido más y el resto de ti ya estaba fuera. Tú sobre mi pecho, llantos de alegría mezclados con risas, papá besándonos, Olga y Laura abrazándose llorando, el tiempo se detuvo… Explosión de alegría y placer. Tú no lloraste, sólo tomaste aliento y respiraste. Tú ya estabas aquí. Tú.

Después de que salieras todo fue muy rápido y como un sueño. Te tuve entre carcajadas pegadit@ a mí, te besaba sin parar, no paraba de olerte (aunque me dieron ganas de lamerte, otra vez sin saber que la ingestión del vérnix contribuye a mejorar el estado físico y anímico en el postparto)

Pregunté la hora: “Son casi las once”, me dijeron. “No me lo puedo creer”, fue mi repetitiva respuesta aún entre risotadas. 7 horas de parto. Qué bien que olías, no podía parar de olerte.

“Vamos a ver qué es, que aún no lo hemos visto”, dije refiriéndome al sexo del bebé, que habíamos decidido no saber hasta el parto… Mi mirada miope buscó en la oscuridad del cuarto (que era como un gran útero) y mi mano palpó algo que me parecieron 2 huevecilllos… “¡Es un niño!”, dije. “Hola Garoé (ese era el nombre de niño elegido)” “Bienvenido Garoé” “¿No quieres tetita, Garoé?”…

Y tú pasabas de nosotr@s y te dedicabas a mirar a tu alrededor. Seguíamos metid@s en la piscina, y, aunque habían añadido un poco más de agua caliente, al rato se empezó a enfriar.

“¿Quieres salir ya?”, me preguntó Olga o Laura, no recuerdo quién. Dije que sí y me ayudaron hasta la cama, yo seguía contigo en brazos porque seguíamos enganchad@s con el cordón y con tu placenta aún en mi interior. En la cama, alguien (¿quién?) había dispuesto primorosamente todos los cojines, almohadas y almohadones de la casa para hacerla más confortable. “Mi intuición no me ha fallado, me decía que tendría un niño”… (la de papá decía que serías una niña…)

“¡Mami, que soy una niña!” Dafne a las 3 horas de vida, aproximadamente

Te habían envuelto en dos toallas calentadas en el calientatoallas y… seguías siendo “un niño”. Cuando ya estábamos l@s tres acomodad@s en la cama, papá dijo: “A ver, que le vea la cuca”… y cuando miró tu vulva toda hinchada exclamó… “¡Mely! ¡¡Pero si esto es un chocho!!”

Las matronas rieron. ¡Ayyyyyy! ¡Pobre mía! Te besé, te pedí perdón, supliqué para mí misma que esto no te creara ningún trauma futuro. “Perdona, Dafne, esta es la madre despistada que te ha tocado”. Laura dijo: “A mí ya me había parecido que era una niña, pero no quise contradecir a una madre” Yo entonces dije que me alegraba de que fuera una niña por tanta gente que me había dicho que “Como estaba muy guapa embarazada, sería un niño”… (jodido machismo patriarcal hasta antes de nacer…)

“Perdón, Dafne(el nombre de niña elegido), perdón” “Hola Dafne” “Bienvenida Dafne” “¿No quieres tetita, Dafne?” y tú, como buena mujer guerrera, segura de su identidad de mujer, ya que tu sexo había quedado claro, entonces y sólo entonces… mamaste por primera vez, mientras yo tenía las últimas contracciones y daba los últimos empujones para expulsar la placenta… ¡Qué grande era! La vi y me dieron ganas de comérmela. Y ahí llegó Olga con su bisturí y nos dio de comer cachos de placenta… Qué rica estaba y qué bien sentaba… Sabía como a sudor limpio, como al olor de cuando hacemos el amor, como a mí… Pero de nuevo, al igual que al pensar en lamerte, “me vi desde fuera” y dejé de comer. El neocórtex me empezaba a jugar malas pasadas y a sacarme de la profundísima meditación que fue mi parto.

Olga y Laura me dijeron que mi periné estaba intacto pero valoraron si darme o no un punto de aproximación en mi labio derecho que se había desgarrado un poco. Me consultaron y al final decidimos que sí. Aprovechando que estaba “endorfinada” (¡viva la droga natural!) me dieron el punto y salieron de la habitación, dejándonos sol@s por primera vez a l@s tres… Helí sonrió y él y Dafne se durmieron… Yo no podía, tenía las pupilas como naranjas, así que me dediqué a contemplar a mi bella familia, recién estrenada.

De izquierda a derecha, Olga, yo con Dafne en el fular 3 horas después de parir, y Laura. Sobre la mesa, el despliegue nutritivo propio tras una noche de trabajo de parto.

De izquierda a derecha, Olga, yo con Dafne en el fular 3 horas después de parir, y Laura. Sobre la mesa, el despliegue nutritivo propio tras una noche de trabajo de parto.

Las matronas entraron al rato y nos enseñaron a mí a pinzar el cordón y a Helí a cortarlo. Tras pinzarlo, salí sola por primera vez, sin Dafne dentro ni encima, fui al baño a hacer pipí y me pesé: 52k 200g. Volví cuando Helí había acabado de cortar el cordón y me puse a Dafne en el fular portabebés elástico y la arropé bien con mantitas encima. Salí de nuevo con ella colgada y me dirigí al baño, para pesarme otra vez: 55k 600g… ¡3k 400g de diferencia! Menos mal que iba a tener una criatura pequeña… Restando el peso de fular y mantitas, calculamos que Dafne pesaría unos 2k 900g. Como tod@s teníamos un hambre voraz, nos dimos un desayuno-almuerzo (eran casi las 2) de homenaje. Nos hicimos nuestras primeras fotos y, como la familia estaba a punto de llegar, las matronas se fueron.

Helí cogió a Dafne por primera vez y se quedó dormido en el sofá con ella encima, también dormida. Yo seguía sin poder dormir de puro endorfinamiento, con una sonrisa de felicidad que no me cabía en la cara y un “subidón” increíble. Lo había conseguido. Confié en mi cuerpo y en el saber impregnado en mis genes generación tras generación y había parido sin drogas, sin dolor, sin problemas, en casa; había tenido el parto que yo quería. Era todo un sueño hecho realidad. Miraba a Dafne y era una mezcla de “no me lo creo” y “te conozco de toda la vida y es como si siempre hubieras estado aquí a mi lado”…

De pronto, tocaron el timbre y Helí se despertó y dijo que él abría. “No, déjalo, tú tienes a la niña encima, voy yo”, dije.

La imagen de la nueva y feliz familia dice más que todas estas palabras…

Cuando entraron nuestras familias, no podían creer que fuera yo la que estuviera abriendo la puerta ni la energía que tenía. “¿Tú no tenías que estar acostada?”, dijeron casi regañándome. “¿Yo?, ¡pero si estoy estupendamente!”, contesté. Al ver a Helí tumbado en el sofá con Dafne encima dijeron: “¿Pero aquí, quién ha parido?”

Esa noche, con lágrimas saltadas Helí me dijo: “Gracias. Es lo más bonito que han hecho por mí.” Ya acostad@s nos sonreíamos y repetíamos: “Qué bonita es…”

Mi amiga Mayma Namar, que sabe mucho de calendario maya, me había dicho que tú habías nacido bajo el sello de Noche Magnética, y que traías contigo el poder de la abundancia… Traías tu generosidad para que nos sintiéramos tan abundantemente llen@s de amor…

La madrugada del 8 al 9 de mayo, tu tercera noche durmiendo con nosotr@s, sobre la hora de la entrada de la luna llena, me desperté y vi que tenías (por “causalidad”) las dos manos en la misma posición: el pulgar unido con el índice y el resto de los dedos extendidos, como si fueras a emitir un “om”, como un mudra de meditación…

Nuestra familia fue desde el principio muy armónica y abundantemente feliz.

Así naciste Dafne. En nuestra casa. Sin más drogas que la oxitocina y las endorfinas que mi propio cuerpo producía. Sin adrenalina. Sin prisas. Sin rellenar formularios. Sin episiotomía ni desgarro perineal. Sin siquiera exploraciones. Laura y Olga dijeron que bastaba oírme para saber que estaba en trabajo de parto. “No hacía falta decirte nada, has tenido un parto de libro”, añadieron más tarde. Había parido sin órdenes y con la seguridad que daba su compañía, sabiduría, sensibilidad y profesionalidad… en silencio…

Y su silencio fue mi mejor ayuda. Gracias por estar sin estar. Porque mis matronas me respetaron y entendieron que mi parto era mío. Igual que cada parto es de cada una de nosotras, mujeres. Sólo necesitamos darnos cuenta de que tenemos la sabiduría ancestral milenaria para tomar posesión de él.

Gracias a Mely y Helí por su generosidad al compartir su relato.

Carta de Carmen Pascual (Comadrona)

Carta de Carmen Pascual (Comadrona)

 

Mi nombre es Carmen Pascual Calle, y soy matrona.
Después de la especialidad trabajé 4 años en un hospital de Zaragoza. Allí me dí cuenta de que la mayor causa de complicaciones en el parto provenían del miedo que sentía la mujer por el desconocimiento del proceso y el desamparo al encontrarse en un medio desconocido para ella.

Cuando tomaba el relevo con las compañeras y me daban el parte, siempre había alguna mujer en situación apurada: nerviosa, con fuerte sensación dolorosa y sin progreso en la dilatación, con muchas horas de trabajo de parto. En la mayoría de los casos bastaba con sentarte a su lado, comprender su situación y hacerle ver que ibas a estar con ella para ayudarla. Esto le tranquilizaba, y junto con algunas indicaciones sencillas de cómo utilizar la respiración para relajarse era suficiente para que cambiase completamente su situación: menos sensación dolorosa, progresión en la dilatación, etc…

Viendo claro por qué les resultaba tan difícil parir a algunas mujeres, decidí después de 4 años en el hospital dedicar un esfuerzo a formar a las mujeres para que no tuvieran miedo al parto y que colaboraran con su instinto para parir y también que consideraran a los ginecólogos y matronas sus aliados, sobre todo si se complicaba el proceso.

Los años que estuve trabajando formando a los padres para que tuvieran un parto normal fueron muy fructíferos. Entonces no se aplicaba la epidural y las mujeres aprendían técnicas de relajación, posturas y otras técnicas como el masaje lumbar y sacro o la aplicación de calor para aliviar la sensación dolorosa. Tengo que decir que un porcentaje alto de mujeres tenía un parto normal, con poca sensación dolorosa, debido al grado de relajación que alcanzaban.

Un buen día, apareció por mi centro de preparación al parto una mujer gestante de su segundo hijo. Se la veía sana y fuerte y me contó su experiencia del parto del primer hijo: muchas horas de dilatación, contracciones muy dolorosas e inmovilizada en la cama con gotero de oxitocina y monitor. Ahora no quería exponerse a pasar otra vez por la misma experiencia y me expresaba su deseo de parir a este hijo en su casa.

Nunca hubiera pensado que en pleno s.XX hubiera mujeres que quisieran parir en casa ( luego me enteré que en otros países era una práctica habitual). Me llamó la atención su firmeza (su marido la apoyaba). Así comenzó mi andadura de la asistencia al parto normal en los hogares de los padres.

Éste, mi primer parto en casa (año 1985) lo dirigió totalmente la mujer. Cuando me llamaron ya estaba con 4 cm. de dilatación; expresó su deseo de meterse en la bañera (la bolsa estaba íntegra). En la bañera terminó de dilatar, saliendo para el expulsivo. Espontáneamente se colocó en cuclillas y hacía los pujos cuando tenía contracciones, progresando el niño en el canal del parto con facilidad: yo estaba muy sorprendida de ver que no ” me necesitaba”, ella estaba concentrada en su trabajo y sabía en cada momento lo que tenía que hacer. Entonces tuve en ese instante la certeza de que la mujer sabe parir y el bebé sabe nacer. Yo le escuchaba el bebé para comprobar que estaba bien y nada más, el resto lo hacía ella sola, sabedora de su capacidad natural para traer a su hijo al mundo. Cuando la cabeza empezó a ser visible en la vulva yo le sugerí que se recostara para yo poder proteger su periné y que no se rasgara ( pues me había pedido, si era posible, no cortar), y así vino al mundo Ángel. Nunca se me olvidará este parto, ni los 300 y pico que siguieron después. Gracias a todo lo que me han enseñado las mujeres y no por mérito propio puedo decir que me considero una experta en la atención del parto normal. Han sido experiencias extraordinarias .”Las mujeres y los niños enseñan cosas que no vienen en los libros” El arte de atender el parto normal lo debo a las mujeres, es como un tesoro que no me pertenece ya que lo considero como un patrimonio que ellas deben heredar.

Cuando hace un par de años nos convocaron a las matronas de Atención Primaria a un centro hospitalario de Zaragoza para comunicarnos que el departamento de partos estaba abierto y a favor del parto normal, ( Sanidad ya había publicado su comunicado de Estrategias para la asistencia al parto normal), lo primero que me sorprendió fue que no había ninguna matrona del hospital en la reunión, así que mi alegría se vuelve recelosa, pues no entiendo cómo no están presentes ellas que son las protagonistas del parto normal… Me hubiera sorprendido lo mismo si nos hubieran reunido para hablarnos de cómo aplicar un forceps, una ventosa o practicar una cesárea…técnicas que como todo el mundo sabe, son exclusivas del ginecólogo y que ellos aplican con maestría.

Cuando leo o escucho los cambios “estructurales” que algunos piensan que hay que hacer en los hospitales para llevar a cabo el plan de asistencia al parto normal, veo lo lejos que están de comprender lo que verdaderamente se necesita: lo más esencial para que se pueda dar el cambio es que primero haya un cambio en sus mentes. Que vean a la mujer capacitada para parir bien sin complicaciones y que ellos “colaboren” , respetando lo que las mujeres demanden: las que se vean capaces y quieran parir sin goteros de oxitocina, ni epidural, que les proporcionen el ambiente adecuado: libertad de movimento y la dejen ser a ella protagonista.

Las que quieran parir con epidural, etc… el mismo respeto, siendo ellos-as los que en estos casos apliquen los protocolos pertinentes.

Así que pienso que lo más importante y decisivo para que se den cambios es cambiar primero la mente ( esto es difícil para algunas personas que no quieren soltar los riendas).

Cuando uno cambia la manera de pensar respecto de algo, se ven las cosas claras y se pasa a la acción, así es fácil, fluye la creatividad y entonces se pasa a hacer cambios estructurales que no son grandes, ni complicados; lo puedo asegurar.

En las Sagradas escrituras se nos dice que “no se echa vino nuevo en odres viejos, pues de otro modo los odres revientan, el vino se derrama y los odres se echan a perder; sino que el vino nuevo se echa en odres nuevos, así, ambos se conservan ” (MT 9, 17). Ya pueden hacer cambios estructurales costosos y aparatosos (que no son necesarios) , que si ellos no han cambiado sus mentes, fracasarán, pues querrán meter a la mujer en una hermosa bañera con los viejos prejuicios…porque …¿quién realmente dirige el parto?: la mujer, si la dejan desplegar su potencial, junto con su bebé, ( que por cierto sabe nacer) …o los que estamos al otro lado?

Pienso en el dineral que se ahorraría en las maternidades si todos los profesionales aunáramos esfuerzos para proporcionar a las mujeres un ambiente adecuado para permitirles que su sistema hormonal trabajase bien, no se necesitarían goteros de oxitocina porque el cerebro segrega su propia oxitocina, ni se necesitaría analgesia o anestesia, porque el cerebro segrega endorfinas (su propia analgesia)

La epidural, indudablemente, es un adelanto cuando se aplica en momentos puntuales, y por supuesto, a las mujeres que la soliciten, pero tendríamos que respetar a aquellas mujeres que deseen traer al mundo a sus hijos de manera natural.

El parto dura unas horas, pero cuando la madre se va a casa con su bebé y ya se le ha pasado el efecto de la epidural, se encuentra con todos los efectos secundarios: perinés inflamados, puntos a veces infectados, sobre todo cuando se han aplicado forceps o ventosas (desde que se está aplicando la epidural de forma sistemática han aumentado considerablemente los partos instrumentales), pechos ingurgitados porque los niños están muy adormilados y no los vacían, con lo cual se abandonan muchas lactancias. Sé que hay pediatras que cuando ven a un niño muy adormilado que tiene dificultad para mamar, van al historial de la mujer para ver cómo ha sido el parto.

Y siguiendo con lo del ahorro sanitario quiero decir que en la mayoría de los casos a un parto normal, sigue un postparto normal y una lactancia satisfactoria y casi siempre prolongada: lactancia exclusiva hasta el 6º mes y siguen con lactancia algunos meses más completando con otros alimentos. Dicen los pediatras: “Da gusto con los bebés de lactancia materna, pues sólo los traen para las revisiones del niño sano.

Por todo esto me hago las siguientes preguntas:
1-¿Por qué , a diferencia de otros países donde la matrona tiene la competencia exclusiva del parto normal, en España no es competencia exclusiva de la matrona?

2-¿Por qué en vez de complementarnos y aprender unos de otros en un clima de confianza y respeto , a veces se rivaliza como si fuéramos enemigos? (hacemos bandos)

Siempre habrá mujeres que quieran parir con toda la tecnología a su servicio, y es muy respetable, pero con el mismo respeto debería tratarse a la mujer que lleva un plan de parto, pues no tendría que llevar un plan de parto por escrito, si se diera por sentado que ” es un derecho que ella tiene, si se ve capaz y quiere parir con sus propios medios”. No se le debería mirar como a un bicho raro ni mucho menos “castigarla ” por atreverse a decir ella cómo quiere parir.

Aquí , quiero hacer un inciso para aclarar que nunca se debería enfrentar a las mujeres con el hospital, o si son ellas las que muestran hostilidad hacerles ver que en el hospital están ( deberían estar) a su servicio, y si surge alguna complicación, es el sitio más seguro donde están todos los medios para hacerles frente.

La radicalidad y el fanatismo no son buenos en ningún campo, ni por parte de la mujer ni por parte del que atiende el parto, pues entonces la asistencia al parto se convierte en un campo de batalla donde cada uno ataca y se defiende como si el otro fuera su enemigo.

Creo que unos y otros deberemos aprender a ser un poco humildes y a tratarnos con respeto. El sanitario, que sepa ver el potencial de la mujer para llevar a cabo un proceso fisiológico sin complicaciones, y, la mujer, que vea en el ginecólogo y la matrona personas preparadas para darles apoyo y ayudarles en caso de complicaciones.

Así se daría un mejor servicio, pues cada mujer y cada ser humano que viene al mundo son únicos y ellos se merecen lo mejor. Por último decir que soy mujer de fé. Mi modelo es Cristo, que siendo el hijo de Dios, fue el más humilde y nos dijo: “El que quiera ser el mayor entre vosotros, el que quiera ostentar el mejor puesto, que sea el servidor de todos.” (Mt.20,26) Sólo el más humilde puede ser servicial (que no es lo mismo que servil).

El conocimiento sin humildad se convierte en despotismo. Me gusta soñar con un servicio de obstetricia en nuestros hospitales donde cada vez se atiendan más partos normales con el consiguiente ahorro de energía del personal, reparto de responsabilidades, ahorro económico y mayor bienestar y contento para todos.

¡Ojalá que no tengan que pasar muchos años para que este sueño se convierta en realidad!

 Carmen Pascual
(Comadrona)

Enlaces relaccionados:
La matrona Autentica
¿Cambios en el Servet?
El Servet, las cesareas y el parto natural.
El parto en casa es normal en el Reino Unido
Parto Orgasmico

El parto es mío

El parto es mío

Nosotras parimos, nosotras decidimos.
La vieja consigna feminista cobra nueva vigencia.
Dueñas del poder de concebir, muchas exigen ahora el derecho a parir como quieran,
más allá de la asistencia uniforme, impersonal y medicalizada de los hospitales.
Así se pare en España.

No es un grito ni un gemido ni un aullido. El lamento de una mujer en las últimas contracciones del parto no se parece a nada. Sale de las entrañas. Acaba como empieza. Intenso, profundo, sostenido. Como si no pudiese doler menos ni más. Como si fuera la vida en ello. Pilar Rubio lleva 40 minutos mugiendo de esa manera cada 90, 60, 30 segundos.

Está en un cuarto en penumbra, sentada en un taburete semicircular que la mantiene en cuclillas a 40 centímetros del suelo y echada sobre su marido, al que estruja las manos en cada empujón. Enfrente, agachado a su altura, Antonio, el matrón. Un aura de inminencia lo impregna todo. “¡Empuja, fuerte y seguido, como si estuvieras en el váter, que ya la tenemos!”. Otro bramido sobrecogedor y ocurre. La coronilla morena que asomaba entre las piernas se escurre a las manos de Antonio y surge de repente el cuerpo de la pequeña Pilar.

-¡Ay, mi niña!

El suspiro exhausto y feliz de la madre segundos antes de que la hija rompa a llorar sobre su pecho certifica los hechos. El nacimiento de una ciudadana española en el hospital público La Inmaculada, en Huércal-Overa (Almería), a las ocho menos diez de la tarde del 15 de febrero de 2007. Uno de los casi medio millón de partos que habrá este año en España. Pero el de las dos Pilares ha sido un parto particular.

Desde que empezó a “tener molestias” en su casa de Vera hasta que ha visto la cara a su bebé, el cuerpo de Pilar ha hecho solo el trabajo. Todo el trabajo. Ha ido a recoger a su hijo José al colegio. Ha comido unas patatas con salchichas. Ha fregado los platos. Ha dejado al crío con los abuelos y ha enfilado con su marido a Huércal-Overa con contracciones cada cinco minutos. Al ingresar, con seis centímetros de dilatación, las patatas se rebelan en vómito. Será la única incidencia en las tres horas escasas que tarda Pilar en parir sin más soporte técnico que las manos y la voz de Antonio Navarro. Un parto con dolor, ya se ha oído. Pero sin casi nada más. Un parto fisiológico. Natural. Normal. ¿Y eso qué tiene de particular? ¿Acaso no lo son todos?

el desastre de parirEl pasado 13 de agosto, Rosa Montero publicaba su columna en esta revista bajo el título El desastre de parir. Se trataba de una reflexión a propósito del libro La revolución del nacimiento (Granica, 2006), de Isabel Fernández del Castillo. El ensayo ilustra -y deplora- el catálogo de actuaciones médicas con las que se aborda protocolariamente la asistencia al parto en España. Un rosario de actuaciones rutinarias -rasurado genital y aplicación de un enema a la madre; monitorización inmovilizante de parturienta y feto durante la dilatación; perfusión de oxitocina para acelerar las contracciones; la obligación de parir tumbada boca arriba, o la realización sistemática de un corte en el periné- que, según la doctrina de la Organización Mundial de la Salud, no sólo son innecesarias de forma general, sino que pueden provocar más sufrimiento que seguridad a madre e hijo.

La embarazada, sostenía Montero citando a Del Castillo, no está enferma. Su cuerpo sabe parir. El creciente número de cesáreas -así acaba el 35% de los partos en clínicas privadas y el 21,5% en las públicas- en España sería el colofón del “círculo vicioso” de “estrés y dolor” que provoca la aplicación indiscriminada de unos protocolos basados en una “visión patológica, intervencionista y jerárquica del parto”.

La respuesta de los lectores fue fulminante. Más de 200 correos electrónicos y cartas inundaron la redacción. Madres traumatizadas por la asistencia “intervencionista y deshumanizada” a su parto. Médicos y sanitarios ofendidos reivindicando su trabajo “por la seguridad de madres e hijos”. Pero también madres satisfechas con la atención “técnica y humana” a su alumbramiento. Y profesionales -muchas matronas, algún ginecólogo- que, trabajando dentro del sistema, abogaban por un cambio. Montero había tocado una llaga.

Que tengas una hora corta, se desea a las embarazadas aludiendo a los rigores del parto. Un proceso fisiológico que se inicia con una serie de contracciones in crescendo hasta provocar 10 centímetros de dilatación en el cuello del útero y culmina con el alumbramiento del feto y la placenta. El trayecto de 12 centímetros desde el claustro materno al exterior es el viaje más arriesgado de la vida. Un periplo de mucho más de una hora. Seis, doce, quince horas son tiempos habituales entre dilatación y expulsión. El dolor, los nervios, incluso el miedo, son consustanciales a la aventura de parir. Pero también la ilusión, la alegría, incluso la euforia. La experiencia es tan intensa que en muchas cenas de cuarentones ellos acaban contando sus milis y ellas sus partos. Y cada una lo cuenta como le fue.

La web de la Asociación El Parto es Nuestro -www.elpartoesnuestro.es– rebosa de relatos de este tipo. “La página nació en 2002, cuando varias mujeres traumatizadas por una triste experiencia de parto nos encontramos en Internet y decidimos intentar cambiar las cosas”, dice Francisca Fernández, de 39 años, abogada y fundadora. Francisca es madre de una niña de cuatro años nacida en un hospital público, “el de Móstoles, donde pisotearon mis derechos y los de mi hija”, y de dos gemelos que parió en su casa, asistida por una matrona, en un parto “natural y gozoso” elegido -y pagado- por ella tras evaluar las alternativas.

Fernández y sus compañeras abogan porque eso, la libre elección sobre la forma de traer a sus hijos al mundo, sea “un derecho, y no un bien de mercado o una lotería, según el equipo que te toque”. “Reivindicamos una mejor atención al parto, un trato más humano y respetuoso, que nosotras y nuestros hijos seamos los protagonistas. Que las mujeres tengan información y puedan decidir cómo quieren parir, dejando de ser objeto pasivo de intervenciones rutinarias. En definitiva, que se respeten las recomendaciones de la OMS”.

Fernández se refiere al documento Tecnología apropiada para el parto, contenido en la Declaración de Fortaleza y publicado en Lancet en 1985. En él, la OMS aboga por un modelo de atención al parto sin más ayuda técnica que la precisa en cada caso. Y concluye: “Algunos países con la menor mortalidad perinatal tienen menos de un 10% de cesáreas. No puede justificarse que ninguno tenga más de un 10%-15%”.

El profesor José Manuel Bajo Arenas es, como presidente de la Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia (SEGO), el encargado de legislar los aspectos médicos de la atención al parto en España. Es un hombre vehemente. No admite tirones de orejas. Ni siquiera de la OMS. “La culpa de que se hagan esas cesáreas es de la demanda. En un doble sentido. Los obstetras somos, después de los plásticos, los médicos que más demandas recibimos. Los padres no aceptan que un mal resultado pueda no ser culpa del médico. Entonces, pocos se arriesgan a partear un parto duro -unas nalgas, un fórceps- por abajo y van a la cesárea. Pero es que hay otra demanda. Se habla mucho de las que quieren parto natural, pero no de las que, cada vez más, vienen pidiendo una cesárea. Porque no quieren parir, porque es rápida y segura. Por lo que sea, pero la piden. La Ley de Autonomía del Paciente las ampara, y si un ginecólogo no se la hace, se van a otro. Ahí tiene usted las causas de las cesáreas. Y vamos a más. En Estados Unidos están en el 50%, y nosotros llegaremos. La obstetricia se acaba”.

La calidad de la atención al parto se mide, según Bajo Arenas, en seguridad. “Desde que se estandarizó el parto hospitalario se ha mejorado espectacularmente. Se ha pasado del 30 por mil de mortalidad perinatal en los años sesenta al siete por mil actual. Y de las dos mujeres cada 100 que morían pariendo en casa a principios del siglo XX, a una sola muerte por cada 17.000 partos que se atienden ahora en el hospital. En África hoy muere una mujer por cada 90 partos”.

Eso, respecto a la cuenta de resultados. En cuanto a los procedimientos, Bajo remite a las Recomendaciones para la organización de un servicio de obstetricia y ginecología, un documento editado por la SEGO bajo su mandato. “Hemos adoptado las recomendaciones de la OMS que nos parecen razonables. Decimos que el rasurado y el enema no son necesarios, que la estimulación con oxitocina no debe ser sistemática. Que se deje caminar a la mujer en la dilatación, que la postura de parto sea libre y que no se haga episiotomía rutinariamente. Mírelo usted: no voy a defenderme de cosas que no son ciertas”. La última revisión del manual, en 2005, recoge efectivamente los cambios. Pero ¿se aplican en los paritorios? “Nuestro documento es taxativo, pero no me puedo hacer responsable de lo que cada uno haga en su hospital. Eso es como decir que está prohibido robar, y hay gente que roba”.

El tono de Bajo Arenas revela cierto mar de fondo insólito en una institución supuestamente sosegada como una sociedad científica. “Sí”, admite, “nos sentimos atacados por quienes dicen que la asistencia al parto en España es deplorable. Estadísticamente, entre un 20% y un 30% de los embarazos son de riesgo, pero eso no quiere decir que el otro 70% u 80% no los puedan tener. Nunca se puede saber a priori cuándo un parto va a ser normal. Un parto es una situación de riesgo potencialmente mortal para la madre y el niño, y quien no sepa eso es que no ha visto parir en su vida. Todos se pueden complicar, y hay que tener los instrumentos adecuados al alcance. Medios técnicos. Un quirófano. Se trata de preservar la vida materna y la del niño, y eso sólo se logra en un hospital”.

Es entonces, cuando se le menciona el caso de otros países -como Holanda- con excelentes indicadores de morbimortalidad y que promueven y sufragan la asistencia domiciliaria al parto normal a cargo de matronas especializadas, cuando el profesor estalla:

-Ya estamos con eso. Los holandeses lo hacen. ¡Pues mal hecho! Aquí es inviable. Una mujer en riesgo trasladada de urgencia en medio de un atasco es una temeridad inasumible.

El debate se ha venido larvando durante años y empieza a desbordar el ámbito de los paritorios o los hogares. No hay alarma social. No hay manifestaciones ni grandes titulares -“la mayoría de las mujeres no protesta, se conforma con tener a sus niños sanos y se calla el mal trago”, dice Francisca Fernández-, pero algo se mueve en las maternidades españolas. Y la presión de grupos de mujeres como El Parto es Nuestro es sólo una de las partes implicadas.

El Observatorio de Salud de la Mujer, dependiente del Ministerio de Sanidad, ha tomado cartas en el asunto. Su directora, Concha Colomer, cree que la atención al parto “es buena respecto a los indicadores habituales de morbimortalidad, pero se puede mejorar”. ¿Cómo? “Humanizándola. Disminuyendo prácticas no necesarias y favoreciendo la participación de la mujer”. Consciente de que los cambios “no se pueden imponer”, Colomer ha impulsado un proceso de debate e ideas para promover una “red de buenas prácticas” que “prediquen con el ejemplo y demuestren que se puede mejorar la calidad humana de la atención sin que los índices se resientan”. “Hasta hoy ha primado la seguridad, ahora aspiramos a la calidad”.

La Federación de Asociaciones de Matronas de España (FAME) agrupa a muchas de las 6.000 profesionales -tituladas después de tres años de Enfermería y dos de especialización- cualificadas para asistir partos normales. Ellas son las que bregan con las parturientas en los paritorios públicos. No tanto en los privados, donde las embarazadas exigen -y pagan- la presencia de un ginecólogo en su parto. Su presidenta, Dolors Costa, confirma “la movida”.

“Las matronas estamos muy concienciadas. Nuestra tendencia es favorecer el parto fisiológico. Dejarlo progresar sin prisas y sólo intervenir con otros medios en caso necesario”. La FAME, algunas de cuyas integrantes aplican sus convicciones -“hacemos partos naturales si la mujer lo pide, en el turno de noche, cuando no están los jefes de servicio”, dicen algunas-, ha pasado a la acción. Va a publicar un protocolo para la asistencia natural al parto normal. Será su “contribución” a una “deseable adaptación de los hospitales para albergar un espacio de parto natural donde las mujeres que lo deseen puedan sentirse como en casa, y dar a luz de forma fisiológica, pero con la infraestructura hospitalaria al lado”.

Algo así como lo que ocurre en el hospital de Huércal-Overa, donde la recién parida Pilar Rubio trata de que su hija se le enganche a la teta. Fueron las matronas las que, ya en 1987, “enseñaron” al nuevo jefe de obstetricia, Longinos Aceituno, que se “podía parir con igual seguridad” dejando a la mujer “su tiempo y su espacio” que con todo el arsenal técnico y farmacológico que el doctor había aprendido en la residencia.

Desde entonces, en Huércal-Overa se pare como lo ha hecho Pilar. En la cama, en la silla o en el potro obstétrico, dependiendo de la evolución y las preferencias de la embarazada. Con oxitocina, epidural, paritorio y quirófano a mano. Pero sólo si la mujer lo pide o lo precisa. Coordinador del Proceso de Embarazo, Parto y Puerperio del Servicio Andaluz de Salud, Aceituno recorre los hospitales de su comunidad y es el primero en constatar la reticencia de sus colegas a los cambios. “Yo he podido introducirlos porque soy el jefe, pero en muchos sitios prima la inercia. Por varias razones. Está el miedo a las demandas, claro. Lo primero que hace un juez es tirar de protocolo, y si tú no pones un enema y hay una infección, por ejemplo, te va a preguntar por qué no lo pusiste”. Una mezcla de inseguridad ante las dificultades e inquietud ante una posible pérdida de influencia -y poder- de los obstetras a favor de las matronas en los hospitales podría explicar el no de los más reacios.

Consuelo Catalá

Consuelo Català se “congratula” de estas iniciativas “y otras”, como el hospital Clínico de Barcelona, o el de Santa Caterina, en Girona, o la casa de partos que acaba de aprobar el Gobierno balear en Palma, pero cree que “no bastan”.

Català, buena conocedora de los ambientes sanitarios -es enfermera, y su marido, Enrique Lebrero, es obstetra y dirige la clínica Acuario, en Alicante, especializada en parto natural-, es diputada socialista en las Cortes Valencianas. Lleva 20 años “luchando por los derechos de la madre y el niño en el nacimiento”, y cree que éste es el momento de cambiar el sistema. “Algunas comunidades han legislado sobre la oferta de parto natural, pero luego no se concretan si no se implican los profesionales. Hay que dejar claro que no se trata de una guerra gremial. Ni de obligar a nadie a parir de una forma determinada. No hay que renunciar a nada. Ni a la epidural, ni a la técnica, ni al quirófano, si hace falta. Se trata de crear unidades de parto natural en los hospitales, de informar a las mujeres sobre las distintas alternativas y dejarlas que decidan. La oferta generaría la demanda”.

Enrique Lebrero

Català, como Costa, como Lebrero, es realista. Y consciente de que lo de “parto natural” puede sonar a tortura china a una generación habituada a pedir la epidural antes de ver la marca roja en el Predictor. “Lo que no saben, porque no se les dice, es que mucho del dolor de un parto medicalizado lo provocan los protocolos innecesarios. La oxitocina acelera artificialmente las contracciones. La monitorización constante impide dilatar moviéndose. Y con los nervios y el estrés piden la epidural a gritos. Pero un parto natural, con tu pareja, a tu ritmo, con sólo la ayuda que tú demandes, puede ser una vivencia maravillosa. Intensa y salvaje. Como un orgasmo. Sí”, dice Lebrero, “el parto es sexy”.

En España, hace poco más de medio siglo, sólo parían en el hospital las pobres de solemnidad. “La hospitalización empezó por las madres solteras, para las que se crearon unas maternidades a finales del siglo XIX. Pero la gente paría en casa, atendida por una matrona. Las ricas pagaban a un tocólogo que las atendía a domicilio. No fue hasta entrados los años cincuenta cuando se generalizó la atención hospitalaria”. José Antonio Usandizaga, de 78 años, es autor del primer volumen de la Historia de la ginecología y obstetricia española (SEGO). Bajo su dirección como jefe del servicio de obstetricia del hospital La Paz nacieron más de medio millón de madrileños. El baby-boom. Entre 70 y 80 partos diarios, con días de 100. El doctor Usandizaga recuerda la monitorización fetal y la aplicación de oxitocina para regular el parto como grandes hitos técnicos de su época. Los que “permitieron tener muy controlados a la parturienta y al feto, detectar precozmente el sufrimiento fetal y aumentar espectacularmente la seguridad”. La aplicación sistemática de esas técnicas se vivió ?Usandizaga se jubiló en 1998? como una “gran tranquilidad para médicos y mujeres”.

Así nacieron las embarazadas de ahora. Las que quieren decidir cómo parir. Algo ocurrió en algún momento entre 1990 y 2000. El INE llevaba años constatando la caída de la natalidad. Las mujeres tenían menos hijos, más tarde. Y ya se sabe que lo raro vende. El embarazo, un estado transitorio cuyas consecuencias en la imagen muchas trataban de minimizar, cuando no de ocultar, se convirtió en tendencia. Las firmas premamá empezaron a contratar a modelos embarazadas. Mujeres reales con tripas de verdad. La barriga era bella. La industria pasó de camuflar el vientre gestante bajo informes túnicas a exhibirlo con ajustados modelos que pregonaban al mundo: sí, estoy preñada.

Quizá sea cosa de la edad. Las primíparas no son ya veinteañeras inexpertas, como muchas de sus madres. Son mujeres hechas y derechas. Treintañeras, incluso cuarentonas. Universitarias, trabajadoras. Independientes, con ideas propias. Dueñas del poder de concebir cuándo y cómo quieren que empiezan a reivindicar parir como desean.

Como Aitana Sánchez-Gijón e Icíar Bollaín, que coincidieron en sus respectivos segundos partos en Acuario. Aitana, para sentirse “como mujer, con capacidad de dar a luz, dueña de mi parto, sin intromisiones, sin estrés añadido, haciendo lo que me pedía el cuerpo, y no atada a un potro antinatura. Y sí con dolor. Pero un dolor natural que estás preparada para soportar. Transitar por ese dolor, vivirlo conscientemente, es un privilegio, y me ha hecho más fuerte”. Icíar, para vivir un parto “suyo” después de un primero “frustrante” en el hospital de La Concepción de Madrid.

Pero también como Remedios Calero, que acaba de parir a Sofía en la clínica privada Belén de Madrid y está “encantada” con su parto programado: “Así he podido venir tranquila y dejarlo todo organizado”. O como Ana Urías, feliz con sus gemelos tras una cesárea en La Paz: “No quiero protagonismo, lo importante es la seguridad”. O como Conchi, que ha pagado 1.900 euros a una matrona para tener a Darío en su casa. O como Paz Vega, que ha hecho casting de ginecólogos antes de decidirse por la clínica Ruber Internacional. La misma donde vino al mundo, mediante cesárea, Leonor de Borbón Ortiz, heredera del heredero de la Corona, y donde nacerá pronto su hermana pequeña.

Mientras tanto, media hora después de parir, a Pilar Rubio le han traído la cena. Sopa, merluza y flan. Huelen bien. Pero ahí se quedan: “Aún me estoy acordando de las patatas con salchichas”.

El parto de Pilar y Pilar

Pilar Rubio, 36 años, oficinista. Parió a su segunda hija, Pilar, en posición vertical. Algo había visto en la tele. Una silla para parir en cuclillas, y no con las piernas por alto, como vino al mundo su hijo José, hace seis años. Pero Pilar nunca pensó en parir sentada. Llegó al hospital tranquila. Cumplida de tres días. Mentalizada para estar horas dilatando, como con el mayor. Por eso había pedido la epidural. Para ahorrarse “los peores dolores”. Pero no hubo tiempo. Ingresó con seis centímetros. La traca de contracciones iba a ser intensa. Su rostro desencajado lo testifica. Dilató caminando hasta que quiso tumbarse. Y empujar. Fuerte, como queriendo “hacer caca”, le decía Antonio, el matrón. Fue entonces cuando Manuela, la otra matrona, se lo dijo: “¿Quieres probar a sentarte?”. La famosa silla. “Lo que yo quería era acabar, y ellos me daban confianza. Así que me senté, me eché sobre mi marido y me dejé llevar, empujando”. Un parto fisiológico. Minimalista. Sin rasurado, sin enema, sin oxitocina, sin monitorización constante, sin epidural, sin episiotomía. Sólo Pilar haciendo su trabajo, y Antonio y Manuela ayudándola. Y la niña, claro: Pilar Ruiz Rubio, 3,550 kilos, 52 centímetros. 9,9 en el test Apgar. Los Josés, padre e hijo, le dan “un 10”.

Longinos, el converso

Longinos Aceituno, jefe del servicio de Ginecología. Hospital de Huércal-Overa (Almería).Cuando llegó a Almería, en 1987, Aceituno era un ginecólogo tradicional. Aplicaba los protocolos “que había aprendido en la residencia”. Pero allí topó con un equipo de matronas que le “abrió los ojos” a otras posibilidades. No poner enemas, ni rasurar, ni administrar oxitocina porque sí. Dejar a la mujer dilatar y parir a su ritmo, pero con un paritorio y un quirófano a dos zancadas, por si acaso. Y se convirtió. “Ellas me enseñaron que no sólo era posible, sino seguro”. Desde entonces, las matronas mandan en el paritorio. “No son ni mis ayudantes ni mis enfermeras. Son las responsables del parto normal, ya lo dice la OMS. Merecen autonomía y respeto. Los médicos, para las complicaciones”. Las cifras -14% de cesáreas frente al 25% nacional; 30% frente a 70% de episiotomías- avalan el sistema que Aceituno propone como coordinador del Proceso Andaluz de Embarazo, Parto y Puerperio. Él es el primero en detectar “la reticencia” de sus colegas al cambio. Mientras, un 5% de sus embarazadas peregrinan de toda España hasta aquí para parir de forma natural.

Según el horario previsto

Remedios Calero, 35 años. Tuvo a Sofía, su tercera hija, en la clínica Belén de Madrid.Reme sabía que hoy era el día. La semana pasada, el doctor Yordi la citó -“si no me ponía mala antes”- para inducirle el parto un día después de salir de cuentas. Remedios confía “absolutamente” en el médico que ha “traído al mundo” a sus tres hijos y a cuatro sobrinos. Así que esta mañana ha dejado “organizados” a Gonzalo, de nueve años, y María, de tres, y ha venido desde Ocaña (Toledo, a 65 kilómetros) con sus padres, su marido y la canastilla. “Para mí, esto es ideal. Imagínate venir de parto y con atasco. Así estoy tranquila”. En tres horas tenía a Sofía, este rollizo bebé de pelo negro que pugna por agarrarle el pecho. “Fue todo muy rápido y muy bien. Llegué con más de dos centímetros. Me colocaron la vía y arreciaron las contracciones. Me puse nerviosa, soy cobarde ante el dolor, pero enseguida llegó la epidural, y luego, en el paritorio, ha salido en tres empujones, sin puntos ni nada”. “Las que quieren dar a luz en casa están locas. Parir es precioso, pero la técnica está para ayudar. No me molesta el rasurado, ni el enema, ni la vía, ni estar monitorizada. Me he sentido magníficamente atendida y protagonista de mi parto. ¿Acaso no he parido yo?”.

Sin prisas, pero sin pausa

Mirruan Yordi. Ginecólogo de la clínica privada Belén de Madrid. Unos 20 partos al mes. Hoy está de guardia. A las diez viene Reme. “No programo partos, pero en este caso era mejor: estaba a punto, vive lejos y tiene pánico al viaje. Ha ido de fábula”. Lleva 20 años ayudando a parir. Y tiene las ideas muy claras. En el paritorio manda él. “Cuando me presentan un plan de parto, les digo: ‘Búscate otro. No eres tú la única protagonista, hay un niño’. Las sueles convencer. Parir en casa me parece una aberración. Están cargándose la seguridad por la que lucharon sus madres. Una urgencia, un sufrimiento fetal, una bradicardia, se puede presentar hasta en el parto más normal. Lo del enema y el rasurado es higiene, y no sobra”. El doctor Yordi se ofende personalmente cuando se acusa a los médicos de practicar cesáreas por interés. “Cobramos lo mismo: 210 euros. Y no se hacen tantas. Se tendrían que hacer más. Hay dramas -lesiones, parálisis cerebrales- por intentar a toda costa un parto vaginal. Los de la OMS no han visto un parto en su vida. ¿30%, 40% de cesáreas? Da igual, queremos niños sanos”. Al acabar la guardia, Yordi había asistido a siete partos: cinco vaginales y dos cesáreas, “una gemelar y otra por líquido teñido”. “Un día tranquilo”.

El año más fértil

Paz Vega, 31 años, actriz. Tendrá a su hijo Orson en la clínica Ruber de Madrid. El día de la foto cumplía 30 semanas de gestación. Estaba espléndida, pero empezaba a acusar la barriga. “Me canso si estoy mucho de pie”. El suyo ha sido un embarazo “tranquilo”, que ha pasado entre Los Ángeles, Miami y Madrid, y le ha permitido disfrutar de su año más fértil profesional y personalmente. Eligió clínica y médico, “el doctor Vidal”, a conciencia, después de ver a ginecólogos en España y en Estados Unidos. Ganó Vidal. “Me dio confianza. Hace el parto lo más natural posible, con la mínima intervención”. La primeriza Paz no tiene miedo. “Todas paren, y confío en los profesionales. Eso sí, el niño es grande”, ríe, “y creo que pediré la epidural. Mis amigas dicen que es maravilloso ser espectadora y protagonista de tu parto, y sin ella, sólo piensas en el dolor. Sería perfecto que hubiera clínicas específicas de parto. Una embarazada no es una enferma, e ir al hospital a dar vida al lado de gente que está muriendo es una contradicción”.

Lo que de verdad importa

Ana Urías, administrativa, 35 años. Tuvo a Ainhoa y a Miguel, mellizos de seis meses, mediante cesárea en el hospital La Paz, de Madrid. “Cuando me quedé embarazada, me informé. Miré en Internet. Vi lo del parto en casa y me pareció una barbaridad. Vi lo del parto natural, pero con mellizos ni me lo planteé. Donde mejor iba a estar era en un hospital, cuidada, con una buena unidad de neonatología. Así fue. Me rasuraron y me pusieron un enema. No es agradable, tampoco traumático. Me pusieron oxitocina y la epidural. Iba a ser un parto normal, pero Ainhoa venía hacia arriba, y Miguel, de nalgas. Me propusieron cesárea y acepté. Lo peor fue no conocer a mis hijos hasta 18 horas después. Se los llevaron a observación, y a mí, a reanimación. Pero lo entendí por la seguridad. Me parece ridículo querer ser protagonista. Los médicos entienden, yo no. Quería que todo saliera bien y doliera lo menos posible. Si vuelvo a parir, volveré a La Paz”.

La noche y el día

Directora de cine, 42 años. Embarazada de seis meses. Tuvo a su primer hijo en La Concepción. Al segundo, en el agua, en la clínica Acuario. Icíar pare de miedo. “Dilato a todo meter”. Lo sabe después de dos partos: “La noche y el día”. La noche fue hace seis años, en un hospital de Madrid. Un parto “rápido, facilito, impecable” para los médicos, y “brusco, absurdo y poco humano” para ella. “Entras en un paritorio con siete personas, nadie te mira ni habla, cuchichean, dejan fuera a tu chico sin decir por qué y te dan un tajo sin avisar. El asombro del médico cuando me quejé del trato me confirmó que no es por mala fe, sino por unos protocolos que ignoran a la mujer”. El día fue su segundo parto, hace tres años, en Alicante. Rápido, facilito, impecable; pero también “gozoso”. “No se trata de rechazar la técnica porque sí, sino de recuperar el contacto con la mujer, darle su espacio en su parto”. ¿Su tercer hijo? “Nacerá donde me pille: si me descuido, se me cae”.

Darío nació en el salón

Conchi García, 34 años. Parió a su segundo hijo en casa. El primero, en el hospital La Paz. “En medio del salón. Me puse a cuatro patas y salió la cabeza. Luego, en cuclillas, el cuerpo”. Cuando se hizo esta foto, Conchi dijo que iba a parir en casa, como le pidiera el cuerpo. Y así se lo pidió a las 10.37 del 28 de febrero, tras ocho horas dilatando “de pie, sentada, andando” por su casita de Mesones (Guadalajara). Un parto “duro, intenso, maravilloso” que la ha resarcido de “la frustración” de no haber “disfrutado” del nacimiento de su hijo Mario, hace cuatro años. “No estoy loca. Tengo mis inquietudes, mis miedos. Parezco primeriza y es que lo soy, porque mi primer parto no fue natural”, decía la Conchi embarazada. “Con Mario pasé seis horas con monitorización vaginal, atada a la cama. Con oxitocina y dolores tremendos, pidiendo la epidural a gritos. Llegaban, me metían mano, nadie hablaba. En un cambio de turno echaron a mi marido y se olvidaron de él. Lo hicieron todo ellos. Ahora quiero parir yo”. Y parió, ayudada por la comadrona Mercedes Serrano, a quien encontró “buscando alternativas en Internet”. Sus servicios -atención al embarazo, parto, puerperio y lactancia- ascienden a 1.900 euros. “Los mejor gastados de mi vida”.

Servicio a domicilio

Asociación Nacer en Casa. Agrupa a profesionales que asisten partos en domicilios.Son medio centenar de comadronas -“nuestro trabajo es estar con la madre”- y otros sanitarios que ofrecen sus servicios a las mujeres que deciden parir en casa. Unas 500 al año, estiman. Sus motivos son diversos: “Porque sabemos que el 80% de los procedimientos de la atención convencional no ayudan, sino que crean complicaciones”; “por feminismo”; “por radicalismo, por ir a la raíz del problema”. Pero su fin es el mismo: ayudar a la mujer a parir “como su cuerpo sabe”, en su entorno, sin más intromisión que su profesionalidad. Son conscientes “del rechazo” que suscitan. Y se defienden. “No somos unas locas trabajando solas, somos profesionales formadas para atender partos normales. En Holanda, el parto en casa lo paga el Estado, y su morbimortalidad es mejor que en España”. Además, sus clientas están filtradas. Son ellas quienes les buscan -“Internet es básico”- y luego pasan criba. Dicen asumir “riesgos controlados”. Han asistido 8.000 partos en 20 años. “Sólo” el 8% acabó en traslado al hospital -“casi siempre por bloqueo o cansancio de la madre, con tiempo de sobra”- y “sólo” han recibido cuatro demandas judiciales.

Luz Sánchez-Mellado
25/03/2007
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