A Nerea y su bebé sólo puedes ayudarles tú

Tú que lees esta entrada probablemente eres una mujer de clase media o alta. Casi con seguridad eres madre y has amamantado o amamantas. Es muy posible que si tus circunstancias te lo permitieron alargaste la vuelta a a tu trabajo más allá de las 16 semanas de permiso que concede la Ley española. Puede que fueras, como yo, una de esas madres que no concebían ya salir una noche dejando un bebé con extraños, sabiendo que al despertarse pide teta. Ni siquiera te apetecía, seguramente, dejarlo con el padre. Tú sabes que no era cuestión de no poder, sino de no querer.
No estabais ,ni tú ni tu bebé, preparados para separaros, aun cuando todo el mundo te decía que no pasaba nada.
Tú lo sabes.

Mientras yo escribo este post, sentada tranquilamente en mi sofá,  con mi taza de café y tapada con mi manta favorita, con mis hijos, que han dormido como cada noche conmigo,  jugando al lado, hay una madre que se ha visto obligada a separarse de su bebé y un bebé obligado a prescindir de su madre, de su cuerpo, de su teta, de su cuidado, de su cariño, de su presencia y consuelo.  Y no, no hablo  de ningún país tercermundista, ni de una zona de guerra. Hablo de una mujer que podrías ser tú y podría ser yo.
Nerea lleva desde el pasado 26 de enero en prisión separada de su bebé, de 15 meses, que tiene derecho, a pesar de las circunstancias complicadas en las que vive, a no separarse de su madre. Derecho a que no le obliguen a dejar de ser criado y amamantado.  La prisión donde está ingresada no tiene un módulo habilitado para que las mujeres reclusas puedan estar con sus hijos menores y en vez de buscar una solución que no menoscabe los derechos de ambos, sencillamente les obligan, por la fuerza, a separarse.
Para Nerea no hay tercer grado, a pesar de cumplir con los requisitos para acceder a él, no hay indulto,  a pesar de que 5 años después del delito por el que fue condenada, es una persona reinsertada con una vida totalmente normal. Sólo hay una aplicación  fría, injusta y aplastante de la ley a una mujer que no debería estar donde está.

#YoSoyNereaLa historia de Nerea lleva una semana dando vueltas por las redes. Una plataforma mayoritariamente compuesta  de mujeres y madres se ha movilizado para dar visibilidad a esta situación. Para poner voz y visibilidad a una mujer que es como muchas otras, una invisible más, una mujer más, una reclusa más.
Pero esta campaña no ha sido apoyada masivamente como otras.  Yo que he participado en muchas campañas en las que se ha visto afectado el derecho a la lactancia, en las que toda la blogosfera maternal y lactivista nos lanzamos a saco a publicar y remover conciencias, veo que Nerea no es vista igual que por ejemplo, fue vista Habiba.
Dejando a un lado que a veces no estamos disponibles en el momento ( a mí misma me pilló esta historia de viaje y con una desgracia familiar a la vuelta), no quiero pensar que esta falta de reacción masiva para pedir justicia para Nerea y su bebé, provenga del hecho de que ha sido condenada.

Creo que en el fondo creemos que si ha sido condenada merece un castigo. Que merece lo que le pasa. Y esta idea me aterra porque es la evidencia del tipo de sociedad hipócrita que tenemos. Sociedad que ve cómo políticos y  dirigentes estafan cantidades que mi mente no alcanza a imaginar pero que no pisan la cárcel. Algunos nunca serán ni siquiera juzgados ni imputados por su condición privilegiada. Pero a pesar de ser una sociedad esquilmada por quienes nos gobiernan, les seguimos votando. Somos las putas y encima pagamos la cama.

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Y parece que la frustración de ser unos peleles, de vivir anestesiados mientras a nosotros no nos falte nuestro pan y nuestro circo, en vez de darnos energía para cambiar las cosas, la enfocamos hacia el más débil.  Sentimos una extraña satisfacción cuando alguien paga por lo que hace, sin pensar mucho si realmente  ha sido un proceso justo o si eso que hace merece ese castigo. Nerea no ha estafado millones de euros, ni es culpable de un delito de sangre, ni ha traficado con drogas… Aunque realmente da igual porque en esta historia no olvidemos que hablamos no sólo de ella, sino de su bebé, e hiciese lo que hiciese Nerea no es justo que él pague. Pero es que además, al conocer los detalles de la historia de Nerea a algunas se nos hincha la vena aún más.

Nerea se saltó una orden de alejamiento de su anterior pareja y fue condenada por ello. Leído así nos imaginamos a una psicópata al estilo de Glen Close en Atracción fatal. Pero resulta que no se ha escuchado toda la historia, que no se tiene en cuenta que fue una mujer maltratada que en vez de sólo llorar y quejarse o quedarse esperando a engrosar la lista de víctimas, reaccionó. Reaccionó como yo lo hubiera hecho.
Quien no ha vivido una relación con un maltratador no imagina el nivel de estrés y desesperación que puede causar. No imagina el miedo, la incertidumbre de no saber si se va a quedar todo en amenazas o si ése con el que un día compartiste tu vida, algún día pasará a mayores.
Yo siempre he dicho que si tuviera que elegir entre que mis hijos me lleven flores al cementerio o que me visiten en la cárcel, tengo claro dónde prefiero estar. Nerea que vivió un proceso de violencia de género, que estuvo en casas de acogida, escogió no ser una víctima. Y eso  no se tolera.
El perfil de víctima en nuestra sociedad al parecer puntúa más si somos sumisas y pacíficas. Aunque esas tengan más papeletas para acabar siendo un número en la estadística de asesinadas. El mensaje que se lanza con la historia de Nerea sigue siendo el mismo: “algo habrás hecho para merecerlo”.

Yo podría ser Nerea. Y tú, que me lees, sabes que también.

Ahora la cuestión es: ¿Vas a hacer algo? ¿Vas a actuar? ¿Vas a mover un dedo para demostrar que tienes sentido de la justicia?

Desmond Tutu-neutral

Hoy es Nerea. Mañana podrías ser tú.

Firma la petición y compártela entre todos tus contactos y redes sociales:

 https://secure.avaaz.org/es/petition/Ministro_de_Justicia_Director_del_centro_penitenciario_de_Villanubla_Indulten_a_Nerea_o_concedan_el_tercer_grado/

Plataforma de apoyo a Nerea. Concesión del tercer grado

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