Nuestro fular te abrazará eternamente

Nuestro fular te abrazará eternamente

Este es el relato de una despedida amorosa. De cómo nuestros portabebés son mucho más que una herramienta para llevar a nuestros hijos. Gracias a Mónica y su familia por compartir con nosotros estos detalles íntimos de la despedida de su pequeña niña que no llegó a nacer viva.
Mi hija Maia falleció a las 18 semanas de gestación.
Tuve un parto respetado, poderoso, que nos permitió despedirnos.
Cuando tenía a mi hija sobre mi pecho llegó el mensaje de una amiga:
-“Me gustaría que tu peque usara uno de mis fulares”.
 
Abrazándote, hija mía, me imaginé llevándote en ese y otros tantos fulares, imaginé sentir el calor de tu abrazo.
Muchas gracias A. por tu ofrecimiento. No te imaginas en qué buen momento llegó, cuanto cariño y amor sentí. Recibí tu cariño, que tanto bien me hizo en ese momento. Esa es una de las magias del porteo, se puede regalar amor puro.
 
En algún momento después del parto pensé en que quería enterrar a mi hija envuelta en un portabebé, era la forma en que sentía que podía arroparla eternamente ya que mi pecho no iba a poder hacerlo.
Como mi hija V. tenía dos bandoleras pensé que podía utilizar una de ellas para envolver a Maia. Cogí una de ellas y la apreté contra mi pecho toda la tarde para impregnarla de mí, para llenarla de todo el amor que no iba a poder darle. Creo que la fuerza con la que me apretaba el pecho y el calor de la tela me ayudaron a pasar aquella tarde, a sentir que estaba haciendo algo por mi hija.
Finalmente V. me dijo que no quería desprenderse de esa bandolera. Entonces el papá me pidio emocionado utilizar el fular elástico, nuestro primer portabebé, que tanto habíamos usado con nuestra primera hija. Así también envolverían sus abrazos a nuestra pequeña.
Y así lo hicimos. Envolvimos su pequeño cuerpecito en aquel fular que tanto amor llevaba en sus fibras para que tuviera nuestro abrazo eterno.
Cuando hablo sobre porteo, digo:
 
No sé de forma consciente lo que sufre un bebé separado de su madre, pero sí sé lo que duelen los brazos y el regazo de una madre sin el abrazo de su hija.
Por favor, llevadlos cerquita.”

Mónica de la Fuente García

El duelo de las que acompañamos madres

El duelo de las que acompañamos madres

Recuerdo el dia que me enteré que mi bebé no estaba vivo. Nada más salir de la consulta de la tocóloga, llorando y aún intentando asimilar lo que estaba pasando, vi a un par de madres sentadas en la sala de espera, acariciándose sus ya enormes barrigas y decidí ponerme mis gafas de sol para que no vieran  en mi rostro la cara de la muerte. Esas muertes que siempre les pasa a otras.

He comentado muchas veces con compañeras y alumnas  esta reacción mía en un momento en el que debía estar aún en estado de shock.  Parece una reacción extraña sacar algo de lucidez y preocuparse de otras personas, de extrañas, cuando en realidad tu cabeza sólo gira alrededor de esas tres odiosas palabras que te aplastan cada vez un poco más hacia abajo, hasta que sólo quieres desaparecer entre el polvo del suelo.

No es una reacción tan extraña cuando tu trabajo es como el mío.

Ser asesora de maternidad, Asesora Continuum, no es lo que hago, ES LO QUE SOY. Va más allá de la empatía natural de una persona hacia otra en su misma situación.
Ser madre, a muchas personas ( no a todas), les hace empatizar con  otras madres con las que comparten intereses y experiencias.

Dedicarte al acompañamiento  y/o asesoramiento maternal es ampliar tu radar emocional, es ser consciente de muchas necesidades, de las que te son familiares y de otras desconocidas, es comprender que cada situación personal es un complejo entramado único al que hay que acercarse con mucha capacidad de escucha, con una enorme dosis de respeto y con una gran capacidad de autocontrol para amarrar el ego y las ganas de juzgar.

Cuando esa es tu forma de vivir tu trabajo y de repente vives en primera persona eso que antes sólo habías leído y escuchado (que no oído), entonces tu duelo es un duelo peculiar.

Hacer un duelo acompañando la vida

dueloSeguramente sabréis o hayáis leído que una madre que ha perdido a su bebé quiera evitar, durante algún tiempo al menos, todo el contacto que pueda con embarazadas, bebés y niños. Este es un comportamiento totalmente normal, nada patológico y no tiene que ver con ninguna emoción indeseable. Esa madre no se ha convertido en una mala persona, ni se ha vuelto huraña ni  envidiosa: sencillamente aún llora por su no-maternidad y en determinados momentos resulta insoportable ver de cerca las sí-maternidades del resto del mundo.
En este contexto, les decimos a las madres que no se angustien, que a medida que vayan incorporando a su nueva vida aspectos de su vida anterior, se irán asentando las emociones. Volver a salir de casa al cabo de unos días, ocuparse de las tareas cotidianas al cabo de un tiempo, volver al trabajo llegado el momento,  son pasos que indican movimiento, movimiento que poco a poco nos traerá el equilibrio a medida que aumente la confianza y, como consecuencia, la velocidad necesaria.
Pero cuando tu rutina y tu trabajo incluye la convivencia diaria con madres, muchas sienten que en vez de un paso adelante se les obliga a dar un salto al vacío.
No sé si las que no estéis en esta situación podéis imaginar el torbellino de emociones de enfrentarte a trabajar  con madres, con padres, con familias llenas de vida, con bebés que besar, acariciar y nutrir, cuando tú, en ese aspecto, te sientes llena de muerte,   con un cuerpo que aún te demanda ese otro cuerpo al que besar, acariciar y nutrir y sólo puedes darle vacío y lágrimas.

Antes os decía que al comentar mi reacción al perder a Altair y mi vuelta al “trabajo” relativamente precoz, algunas personas me preguntaban que cómo pude hacerlo sin derrumbarme. Ante todo quiero dejar claro que no hay reacciones correctas y reacciones incorrectas, sólo hay emociones, todas válidas -incluidas las que calificamos de negativas- y distintas posibilidades  para afrontarlas.

En mi caso no me suponía sufrimiento añadido estar rodeada de madres embarazadas, madres puérperas, bebés y niños.  No todas lo viven igual. Para algunas supone demasiado  que todo gire en torno a palabras, cosas y actividades que  recuerdan la realidad no deseada. Todo está bien, no hay un ritmo único ni un proceso único. No hay una forma válida ni una medida estándar. Lo importante es darse el tiempo que se necesita, escucharse y no añadirse más carga de culpa. juicio o remordimiento. Debemos recordar que ahora nosotras somos “ellas” y  permitirnos ser dolientes un poco más de tiempo si es necesario.
No voy a negaros que en alguna ocasión lloré escuchando algún relato de parto o mirando a los ojos a alguna madre en la que veía compasión hacia mí y mi situación, pero la mayoría de las veces, el rodearme de vida me hacía sentir aún más gratitud por  el enorme privilegio que tenemos y a menudo damos por sentado.

El mejor bálsamo junto con el tiempo

El amor ha sido siempre lo que me ha mantenido a flote cuando mi barco zozobraba. Tener un ancla no te evita los zarandeos que te dan las olas, pero te mantiene alrededor de tu centro, evita que te pierdas.  No creo que haya mayor ancla a la vida que sentir amor: amor por los hijos, los nacidos y los que no lo lograron, amor por las personas que te rodean, amor por mi trabajo y amor por mí misma y mi propia capacidad de sentir amor.

Sin duda es un desafío dar ese paso de volver a escuchar historias de madres cuando aún tienes ganas de llorar a cada instante. Pero si eres capaz de darlo, si consigues ampliar ese radar y ver más allá de tu dolor, verás que muchas veces, créeme que muchas más de lo que piensas, recibes más de lo que das. Ese es otro de los milagros de nuestro trabajo: cuando ofreces confianza y sostén, recibes confianza y sostén de vuelta.

Al final del día, al final del camino, no es que no te duela tu dolor,  pero pesa algo menos y ahora en el lugar de esa carga pesada, ahora hay más empatía y más sabiduría para seguir caminando y seguir acompañando

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PD: Dedicado a todas las mujeres que se sienten identificadas al leer mis palabras. En especial a L.O.

(Imágenes  CC0 Public Domain)

El aborto como única opción

El aborto como única opción

Si no has leído mi post “EL aborto voluntario y su duelo”, te recomiendo que lo hagas antes de leer este artículo que es el primero de una serie de artículos que voy a dedicar a este tema

  • ……….He acompañado  a mujeres en su proceso de decidir si practicar un aborto terapeútico o esperar a que los acontecimientos se desenvuelvan por sí solos y sé que en ningún caso es un proceso fácil ni exento de dolor.
  • ……….He acompañado a mujeres que abortaron voluntariamente totalmente convencidas de lo que hacían, a realizar el duelo retardado que no hicieron en su día.
  • ……….He hablado con decenas de familiares de mujeres que abortaron  y que me pedían consejo para ayudarlas porque no eran capaces de seguir con sus vidas  con normalidad.
  • ……….He escuchado a todo tipo de mujeres contarme cómo les afecta la decisión que tomaron en su vida diaria, en su relación de pareja, con sus hijos anteriores, con sus maternidades posteriores, con su forma de ver la vida.
  • ……….He observado cómo un aborto voluntario, vivido a menudo como un mero trámite quirúrgico, influye en otros procesos relacionados con el cuerpo y la sexualidad de la mujer: embarazo, parto, lactancia, etc.

No es mi papel hablar del derecho al aborto ni juzgar el por qué la gente decide abortar. Pero dado que trabajo con “las secuelas” de cómo se toman estas decisiones, creo necesario plantear una reflexión necesaria y a menudo obviada sobre este tema.

Estoy convencida que, como en muchos otros temas en torno a procesos de vida y muerte, falta un debate social. No para llegar a un consenso o a acuerdos o a leyes, sino para promover el debate en sí. Para hacer que las personas ante una decisión irreversible no nos dejemos guiar por las ideas, creencias o intereses de otros, sino que pensemos y analicemos lo que queremos, lo que creemos, lo que estamos dispuestos a asumir en una u otra decisión. Que seamos conscientes de que nuestra responsabilidad es decidir como adultos responsables, no como ejecutores de las sentencias y juicios de otros. Porque cuando eso pasa, quienes pagamos el pato somos nosotros, no esos que nos dicen qué hacer y cómo.

Siempre que se habla de aborto es fácil que se genere una polémica más o menos acalorada. Hay muchos aspectos éticos, morales, sociales  y legales implicados y creo que en el fondo somos inmaduros para debatir con amplitud de miras sobre temas que nos tocan en lo más profundo.

Reaccionamos sintiéndonos superiores o sintiéndonos atacados, dependiendo cuál sea nuestro punto de partida en el debate, y así es casi imposible entenderse.

Si al hablar de libertad de expresión no nos podemos de acuerdo a veces en los límites, imaginemos lo que nos cuesta establecer el límite entre el derecho a decidir sobre el propio cuerpo y el derecho a la vida del no nacido.

No es fácil responder a preguntas como: 

¿Tengo derecho a decidir sobre la vida en base a mis propias creencias y miedos?
¿Desde cuándo y hasta cuándo?
¿En qué momento tiene derechos el nuevo ser?
¿Bajo qué circunstancias los pierde?
¿Por qué dividimos esos derechos en base a la edad gestacional?
¿Tenemos derecho a decidir quién puede o no vivir con una enfermedad?
¿Por qué presupongo que una enfermedad diagnosticada intra-útero o una posibilidad de enfermedad va a implicar más sufrimiento que el que puede darse por cualquier otro motivo no diagnosticado o que aparece tras el nacimiento?
¿Qué sentimos al ver cómo viven felices y realizados adultos con la misma enfermedad que a otros les supuso ser abortados? ¿Estamos preparados para aceptar la responsabilidad por nuestra decisión?
o ¿Nos excusamos en que era la única alternativa posible en nuestro caso?
¿Realmente es así en la mayoría de los casos?
¿Es nuestro miedo a que nuestro hijo no sea normal más fuerte que el instinto materno?
¿Es  nuestra decisión una decisión altruista o es egoísta?
¿Es el aborto el nuevo método anticonceptivo para toda una generación?

Sé que estas preguntas son muy duras. Pero si no te las haces antes, te las harás después, y créeme que esa diferencia de cuándo hagas este trabajo de reflexión  puede ser la diferencia entre vivir con tu decisión en paz o martirizada por la culpa.

Creo que alguien tiene que poder sacar este tema a la luz sin ser catalogada  de fanática. Alguien tiene que decirnos que abortar no es gratis: nunca. Yo no voy a decirle nunca a una madre que no aborte (tampoco que lo haga), pero me preocupa ver que hay una corriente que parece que empuja en una única dirección.

Del mismo modo que a la inmensa mayoría de las mujeres que sufren abortos espontáneos no se les informa de todas las posibilidades para manejar la situación (manejo expectante del aborto, por ejemplo), ante determinadas circunstancias o diagnósticos, la alternativa mayoritaria, cuando no la única, es la del aborto.
En la mayoría de los casos en los que se detectan anomalías en el bebé, o que se le califica como “incompatible con la vida”, se presiona, en mayor o menor medida, a la madre  para interrumpir el embarazo “cuanto antes”.
Hay como una especie de prisa por acabar con las situaciones “incómodas” o indeseadas. Y si algo hemos aprendido sobre la violencia obstétrica es que la prisa y la subjetividad son algunos de sus fundamentos:

  • Información parcial
  • Información falsa
  • Creencias propias presentadas como evidencia
  • Medidas preventivas que desencadenan en problemas por alterar la fisiología normal
  • No respetar los tiempos del propio proceso
  • No respetar los tiempos para asimilar y decidir
  • No respeto por el cuerpo
  • Paternalismo al decidir por la mujer
  • Infundir miedo para coaccionar la decisión

Si es horrible ejercer ese tipo de violencia física y psicológica en una mujer que va a parir, imaginad a la que se plantea abortar.
Si volver a casa con una herida enorme, profunda y desgarradora, pero con un hijo en brazos, es duro y traumático, imaginad hacerlo cuando vuelves con un útero vacío,  unos brazos vacíos, y el alma algo más pesada.

prolife prochoice

Pretender que pasar por un aborto es como sacarse una muela o extirparse un tumor, es una falta de respeto no solo a ese ser, sino a una misma, al propio cuerpo, a nuestra capacidad de crear y mantener vida y a la propia VIDA en mayúsculas.

Nuestra conciencia nos acusará o nos excusará y nadie entra en eso pero, independientemente de creencias morales personales, este proceso merece el respeto de dedicarle un tiempo y una consciencia. Cada persona es libre de decidir, pero debería al menos concederse el tiempo de meditar  en los porqués,  en “sus porqués”. No los de su cultura, su familia, su religión o su ideología política.
No se trata de qué lugar ocupo en el debate, de ser provida o proaborto, sino de ser, de reflexionar, de decidir y de vivir.

Quienes de un modo u otro rodeamos a la mujer ante esta decisión (profesionales sanitarios y/o acompañantes) deberíamos contribuir a crear un marco en el que la mujer entienda qué está pasando y tenga las herramientas para decidir.

Deberíamos:

  • Dejar de lado nuestras opiniones y creencias personales
  • Ofrecer toda la información relacionada de lo que está pasando: TODA
  • Ofrecer todas las alternativas posibles: TODAS
  • Ofrecer toda la información sobre los que puede suceder dependiendo de la elección.
  • Plantear todos los escenarios posibles y sus consecuencias
  • Ofrecer respuesta  profesional a todas las preguntas que se planteen
  • Ofrecer contactos de profesionales de otras áreas que puedan aportar su visión y apoyo profesional
  • Asegurarnos que la madre no decide en estado de shock (proveer el tiempo y espacio adecuados)
  • Asegurar que la decisión que se toma es de la madre, no propia del profesional o de terceros
  • No infundir miedo para influir en la decisión que creemos la apropiada
  • Respetar profundamente la decisión de la madre, sea en uno u otro sentido..

Si se decide abortar:

  • No juzgar
  • No frivolizar el proceso.
  • No presuponer que no hay dolor tras esa decisión
  • Promover  la elaboración del duelo
  • Favorecer las condiciones para elaborar el duelo
  • Entender las connotaciones futuras de la decisión y ofrecer recursos para gestionarlo

Faro tormentaComo siempre explico a mis alumnas, vivir un duelo, sea por el motivo que sea es un viaje que la mujer ( la familia) hace sola. Nosotros no podemos acelerarles el viaje por la tormenta, pero sí podemos ser una luz hacia un puerto seguro.

Y estoy firmemente convencida que si nuestro mundo no maltratara a las mujeres y a las madres. Si tuviéramos verdadera independencia y seguridad para criar a nuestras crías. Si no estuviésemos solas y sin recursos de todo tipo, muchas de nuestras decisiones serían sin duda otras.

 

En el siguiente post  de esta serie hablaré sobre el aborto voluntario y su  duelo.

El parto más feliz con el final más triste

El parto más feliz con el final más triste

Faro tormentaHay cosas que no deberían pasar.
Pero cuando pasan sólo nos queda llorar, aceptarlas e incorporarlas a nuestra vida.
Sentir la muerte de un hijo en el vientre es algo desgarrador, brutalmente desgarrador, devastador, desolador…
Hoy, otra vez, como tantas demasiadas veces, he sabido de otra preciosa criatura que no pudo seguir viviendo.
Hoy la vida me ha regalado la oportunidad de escuchar a una madre contar cómo fue. Y digo regalado porque pocas cosas hay más generosas que una madre compartiendo su dolor con tanto amor.
Viví un duelo en primera persona y todos los duelos que he conocido después en cierto modo reabren mi herida. Hoy he llorado por M. y por M. y por mí y por Altair.
He llorado de tristeza y de pena, y también de regocijo al escucharla relatar su parto. Sólo cuando alguien te cuenta los efectos de un parto natural incluso en esas circunstancias entiendes lo que de verdad tiene ese proceso de mágico, de fuerte, de poderoso, de sublime.
Odio que algunas mujeres tengamos nuestro parto más feliz con el final más triste. Pero me alegro, al menos, cuando nos quedamos solas con nuestro vacío, nuestro dolor, nuestra pena y nuestra impotencia y nuestra rabia, podamos recordar que fuimos poderosas, que nos sentimos eufóricas incluso mientras recibíamos esos cuerpos cálidos a pesar de estar sin vida.
Sentir su calor mientras se va disipando, del mismo modo que habríamos querido alargar la despedida su primer y último aliento.
Sentir que ese momento fue íntimo, privado, respetado y precioso.
Sentir que nuestro cuerpo proveía el camino para ese viaje sin retorno, de la forma en que siempre han de empezarse los caminos.
Sentir que por muy pequeño que sea ese cuerpo, a pesar de su fragilidad y blandura… era el de un ser que nos dejará una huella eterna.
Sentir que hay personas que como faros en la tormenta arrojan luz hasta en la noche más oscura.
Escribo llorando.
Porque hay dolores que nos duelen a todos.
Porque hay dolores que nos son viejos conocidos.
Porque hay dolores que nunca se lloran del todo.

Dedicado a M. M. JI.V. y a su familia

No hay latido

No hay latido

Hoy hace 6 años que  oí las 3 palabras más desgarradoras de toda mi vida
Hoy hace 6 años de ese momento absurdo en el que me parecía estar viviendo como en una moviola: todo pasando a mi alrededor y yo estancada en un momento en el espacio-tiempo
Hoy hace 6 años que una parte de mi murió para siempre
Hoy hace 6 años que la vida me dio la lección más dura de todas
Hoy hace 6 años que perdí de verdad la inocencia
Hoy hace 6 años el no latido de tu corazón me partió el mío
Y hoy, 6 años después, casi a la misma hora, mi corazón vuelve a romperse.

El duelo de los hermanos

El duelo de los hermanos

Hoy he recibido otro.
Son decenas de correos los que me llegan de mujeres que me cuentan sobre sus pérdidas gestacionales.
He de decir que cuando abrí este apartado del blog fueron avalancha. Imagino que porque no había muchos espacios “abiertos” sobre el tema. Hoy afortunadamente este tema ya no es tabú ( o no tanto) y las familia encuentran más espacios de escucha.

Pero casi cada semana recibo un nuevo correo, un nuevo mensaje cargado de angustia, de miedo a veces, de dolor siempre, de rabia cuando lo que hay alrededor es la ignorancia disfrazada de palabras hirientes.

No hace mucho, un par de semanas, en la Semana Mundial del Parto Respetado,  volví a hablar de este tema, “bailar con la fea” le llamo yo. Pero es necesario. Lo será hasta que deje de recibir correos donde leo que las familias escuchan frases como:

“Era como una caries, materia orgánica que quitar”

A ver, a los que  comentan ese tipo de cosas (incluído el ginecólogo que me dio el alta tras mi legrado):

La caries es una enfermedad producida por bacterias que destruyen los tejidos del diente.

Un aborto no es una enfermedad.

El embrión, o feto, o bebé o criatura  NO ES UNA ENFERMEDAD.
NO ES UN RESTO ORGÁNICO.
NO ES UN TUMOR.
NO ES “ALGO” QUE EXTIRPAR.

A  aquéllos que no saben qué decir  en estos casos, les recomiendo leer esto o ver esto antes de apresurarse a decir algo para rellenar el silencio.

Y a las familias, voy a usar unas palabras de una niña de 3 años, porque los niños son instintivamente sabios para algunas cosas.
Una niñita le dice a sus padres tras enterarse que su hermanito ya no está vivo:

“¿Y dónde vamos a ponerle flores al hermanito?”

Esta niña nos recuerda la importancia y la necesidad de los ritos de duelo. Ofrecer una despedida a ese ser que estuvo y ya no está, y darle un espacio. Usar algo físico para recordar lo inmaterial.
Se puede usar algo del bebé,  algún recuerdo si lo hay, y en los casos en que no, se puede elaborar algo especial dedicado a la criatura. Un dibujo, unas palabras, un objeto … da igual. Lo importante es que ese ritual lo coloca en su lugar y en un espacio. Le da entidad y presencia, incluso en la ausencia.

La familia puede organizar una especie de ceremonia más o menos solemne, más o menos íntima,  donde todos puedan expresar sus emociones, incluídos los niños. Recordemos que los niños también están de duelo, han perdido un hermano, o la posibilidad de tener un hermano. A veces, de hecho, no habrá otros hermanos. Y mejor  darles la oportunidad de saber e interiorizar la verdad sobre ese ser que andar con cuentos y mentiras, que lejos de consolarles, suelen añadir miedo e inseguridad.

Si estás en est situación o conoces quien esté pasando por ella, no dudes en pedir ayuda si crees que la necesitas. Escucha, acompañamiento, asesoramiento, incluso terapia. Hay profesionales que trabajamos en este tema cada uno desde nuestro papel.

No estáis solos… y sobre todo NO ESTÁIS LOCOS POR NO OLVIDAR.
<3 <3 <3

Duelo perinatal. Mimos y Teta

 En memoria de Miguel

 

El aborto voluntario y su duelo

El aborto voluntario y su duelo

Hace unos pocos años yo sabía de duelo lo que oía en las series de TV.

A la fuerza ( y nunca mejor dicho) supe en primera persona lo que es, leí, hablé y escribí sobre el tema, investigué, aprendí… y trabajé con mujeres sobre este tema.

Cuando empecé  con el apartado “Duelo Gestacional y Perinatal” en el blog especifiqué claramente que hablaba de aborto involuntario o espontáneo. Quizás fue el hecho de haber empezado en el mundo virtual de la maternidad en foros  lo que me condicionó a no querer hablar del aborto voluntario.
Pocos temas hay más polémicos entre las madres que el del aborto, por eso en la mayoría de foros de esta temática se prohíbe expresamente entrar en ese debate.

Quizás fue eso y evidentemente mi propia opinión personal al respecto. Nuestras creencias personales condicionan nuestra vida, nuestra visión de los demás, nuestros juicios… Y hace falta que pase el tiempo y madurar en el trabajo de ser una asesora de maternidad para poder hacer un buen trabajo  dejando los juicios, prejuicios y cuestionamientos aparte.

Soy muy afortunada por muchas cosas. Una de ellas es que hay mucha gente que me confía sus historias, sus secretos, sus problemas, sus frustraciones, sus duelos… Y de cada una de las historias que he oído, en un grupo de mujeres, o en la intimidad de un sofá, o que he leído en mi bandeja de correo, o que me han contado por teléfono y/o vídeo… de todas esas he ido aprendiendo.

Y aprendí o más bien reconocí, porque en el fondo lo sabía, que ser responsable de un adios no te hace insensible al dolor por esa pérdida.  De hecho, esos duelos tienen un agravante, que si bien aparece en todos los duelos, incluídos los de procesos involuntarios, en estos casos es una espada de Damocles difícil de quitarse de encima.  ¡Como no sentirse culpable por haber decidido poner fin a esa vida!

Como he dicho, no entro a valorar ni a juzgar el hecho. No es mi trabajo. Hablo de cómo vive el proceso de duelo una mujer que decidió abortar.

Hay que pensar que podemos tener una idea preconcebida de quién o por qué puede tomar esa decisión. Podemos justificar ciertas situaciones, y otras no. Así somos: estamos acostumbrados a emitir juicios en base a nuestra propia escala de valores y nuestra experiencia propia. Pero el trabajo de ser juez es tan ingrato… y tan injusto, que sinceramente cuanto menos lo hagamos mejor para todos. No solo para el juzgado, sino para nosotros mismos.

La cuestión es que no sabemos. No tenemos ni idea casi nunca de qué mochila lleva a cuestas cada ser humano que le hace decidir en cada momento lo que decide. No sabemos qué haríamos nosotros en esa misma situación porque de hecho nunca podremos repetir su misma situación. Cada uno tiene unas cartas en este juego y una mochila propia. Y  aptitudes y habilidades y recursos propios, cada uno en su escala. Y cada cual tiene su entorno particular, y sus miedos particulares… ¿cómo voy yo a juzgar desde mi posición que no tiene nada que ver con la del otro?

Reivindico mi derecho a tener mi propia opinión al respecto, a decidir en mi situación personal lo que querría hacer yo. Y ese mismo derecho quieren el resto de personas. Entiendo que la controversia es la disputa del derecho del ser dentro del vientre… y ahí es donde quizás nunca se llegue a la unanimidad. Ojalá nuestro mundo garantizara un respeto y cuidado y protección de la madre que cuida un bebé de tal modo que las madres tuvieran más oportunidades de decidir en libertad… pero como en otros casos, hoy por hoy y visto por dónde van los tiros, eso  es más que nunca una utopía.

Maddalena Penitente (Hermitage, San Petersburgo)Cuando conozco a una madre que me cuenta que abortó, y la mayoría de las veces es un hecho lejano en el tiempo, a veces noto que esperan cierta reacción por mi parte, como de juicio. Algunas empiezan a justificar esa decisión y yo con todo el tacto de que soy capaz les respondo que ese trabajo es solo hacia una misma.

No sé si por la cultura de la confesión que libera del pecado creemos que si alguien externo encuentra válidos nuestros motivos con su absolución vendrá el perdón y con este la calma y la ausencia de dolor. Pero no solo no es así, porque de hecho si alguien tiene esa visión,  el perdón divino  solo lo otorgaría Dios, sino que es una idea totalmente contraria a la realidad.

El perdón más difícil de encontrar cuando uno siente culpa es el propio. Así que el trabajo de liberarse de la culpa no lo puede hacer otro, hemos de encontrarlo en nosotros mismos. ¿De qué sirve que nos perdone ( si fuera el caso) el universo entero si nosotros nos seguimos juzgando como culpables? No hay juicio más duro, porque ese, el propio, nos acompaña siempre.
Cada uno,  cuando ha sido responsable de una decisión que ha supuesto un fin, tiene que encontrar su motivos, sus justifiaciones, sus atenuantes, sus por qués.
No para recriminarse, sino para ser consciente de cuál fue el hecho y para encontrar el mejor modo de vivir con esa decisión y con sus consecuencias.

Para algunas las consecuencias implicaráran enfrentarse a vivir un duelo que casi con toda seguridad, no se hizo en su día. Porque no se pudo o no se supo o no se quiso. Da igual. Lo único bueno de los duelos es que siempre se pueden hacer… aunque hayan pasado años. Será un camino de vuelta atrás y de vivir y/o revivir emociones fuertes, duras e intensas.

Duele perder un hijo sin querer, duele decidir abortarlo  y duele tener que decidir interrumpir el embarazo en los casos en que se le comunica a la madre que el bebé tiene malformaciones incompatibles con la  vida y que tiene esa opción y/o la de esperar el desenlace.

Evidentemente cada caso se vivirá con unas características diferentes, influídas a su vez por las creencias, experiencias vitales y entorno de cada mujer, pero pensar desde fuera que unos son más fáciles o llevaderos es toda una osadía.

He conocido mujeres en cada uno de esos supuestos.  Algunas incluso han vivido 2 de ellos, seguro que alguna habrá que los 3… y  todas han sufrido. Todos estos actos dejan huella, igual que esos cuerpecitos dejan parte de sus células en el cuerpo de la mujer que los gestaba.

No querer  verlo o no querer asumirlo es como querer guardar agua en una caja de cartón… dependerá de cuánta agua haya y de cómo es el cartón que aguante más o menos… pero tarde o temprano… ese agua saldrá o acabará deformando la caja.

Mi trabajo como Asesora Continuum es acompañar como mejor sé estos procesos de duelo. Y como formadora de Asesoras Continuum, hacer todo lo posible para que mis alumnas aprendan a mirar cada historia sin juzgar, dando lo mejor de nosotras para contribuir a que la mujer, la familia, elabore un duelo sano.

Si es tu caso, recuerda que no tienes que pasarlo sola.
♥♥♥

PD:Videos sobre consejos para ayudar a quien ha sufrido un aborto en el Canal MimosyTeta de Youtube

Nombrar lo innombrable

Nombrar lo innombrable

Hoy, 15 de octubre  es el Día Mundial de la Muerte Gestacional y Perinatal.

Además por estas fechas Altair cumpliría  4 años.

4 años de continuo aprendizaje por y gracias a ella y a muchas familias que me han permitido acompañarles en este proceso.

Este año, año de duelos, mi hija me hará más sabia.

En su honor y en el de todos esos hijos, os comparto este artículo que escribí para la revista Ob Stare, el monográfico de Muerte gestacional y perinatal que publicaron en  el invierno de 2012.

Define la Rae la palabra “eufemismo”: eufemismo.

(Del lat. euphemismus, y este del gr. εὐφημισμός que significa “favorable/bueno/habla afortunada” y que se deriva a su vez de las raíces griegas eu (εὗ), “bueno/bien” + pheme (φήμί) “habla(r)”.

1. m. Manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante.

 

Otra obra de consulta aporta un detalle más interesante

eufemismo

  1. m. Palabra o expresión con que se sustituye a otra más grosera, impertinente, violenta o que se considera tabú.

No hay nada más tabú en nuestra sociedad que la muerte.  Y es curioso porque es lo único certero que tenemos.

La muerte nos rodea. Vemos muerte en las noticias, en las películas, en los juegos, en los nuevos, muy sofisticados  y en los de siempre ( ¿qué niño no ha jugado con un “pum, te maté!”?).

Esa cotidianidad no hace que este enemigo del ser humano sea menos temido. Por eso, la muerte ajena, lejana, sí es nombrada, incluso cuantificada. Y cuanto mayor es la cifra de muertos en un suceso más parece diluirse lo que en realidad significa. Los muertos nombrados, cuando son muchos, parecen repartirse la pena entre todos y no tocar a mucha cada uno. Así, a fuerza de oír de desastres, de hambrunas, de guerras y de sus cientos de miles de muertos… acabamos acostumbrándonos  y seguimos con nuestra comida, con nuestra rutina, con nuestra vida.

Pero cuando la muerte nos habla en singular, cuando se nos presenta como lo que es de verdad, cuando esa persona “única” desaparece y nos es arrebatada entonces de verdad percibimos el vacío que cada ser humano es capaz de dejar cuando no está.

Ese vacío es tan grande, tan irreparable, que la palabra “muerte” y todos sus derivados nos duele en el alma. Entonces buscamos eufemismos. Y decimos, o nos dicen,: “se fue”, “partió”, “nos dejó”.

Como si la muerte fuera un viaje, como si la despedida no fuera definitiva, como consolándonos con la idea de que “algún día habrá un reencuentro”. Cuando lo cierto es, que incluso para quienes de verdad creen que eso será así en un futuro, esas palabras no consuelan. Porque la ausencia (que etimológicamente significa “estar lejos”) del que muere es total. NO es que estén lejos. Es que NO ESTÁN.

Y al que sobrevive al fallecimiento ( otra palabra que preferimos usar en lugar de muerte) solo le queda el consuelo del recuerdo, de buscar en el pasado momentos, vivencias, historias que recordar. Casi siempre con ayuda de objetos, de lugares, de fotos, de vídeos, de cartas… de cualquier cosa material que nos recuerde con los sentidos que fue real. Que esa persona que ya no es, sí fue, sí nos acompañó, sí nos amó y sí fue querida por nosotros.

Por lo general, el entorno reconoce ese dolor, y lo siente en parte suyo, y de ahí las “condolencias” ( compartir la dolencia) y el “pésame”  (sentir propio el pesar ajeno) y el “te acompaño en el sentimiento” (esta no necesita explicación). Expresiones todas de acompañamiento a nuestro dolor, de muestra de empatía por la falta del ser querido.

Y hacemos ritos funerarios más o menos elaborados, pero ritos al fin y al cabo, que no son otra cosa que ceremonias que se acostumbran a hacer para dar reverencia y honor (RAE) al homenajeado.

Ya no levantamos pirámides ni contratamos plañideras , pero algo queda en nuestra cultura de esos ritos ancestrales: las lápidas en los nichos y  una ligera satisfación si en el funeral nos acompaña mucha gente triste, que dan fe  de que el ser que no está fue querido por muchos.

Todo eso son partes de un duelo que como sociedad elaboramos sin ser demasiado conscientes, casi de forma automática. Duelo colectivo que contribuye a elaborar el duelo individual. Reconociendo, acompañando, sosteniendo  y reconfortando a los que quedan y recordando y honrando a los que ya no están. Usando términos nuevos que dejan marca indeleble en los vivos de su relación ya eterna con el muerto, aunque este ya no esté. Palabras que nombran, sin nombrarles, a los muertos. Así los hijos que pierden padres ahora son “huérfanos”  y los cónyuges que pierden a su pareja ahora son “viud@s”.

 

De este modo este gran tabú va siendo interiorizado y asimilado para poder seguir viviendo a pesar de la pena y la tristeza.

Aunque no es así siempre.

Hay otras muertes que aparte de dejar el inmenso vacío que dejan todas, van acompañadas precisamente de la falta de reconocimiento al ser que ya no está, de la falta de reconocimiento al dolor de quienes lo añoran, de la falta de reconocimiento de una sociedad que no acepta como válidas, visibles y reales las huellas que dejaron de su existencia. ¿Cómo vamos a elaborar un duelo sano sin eso?

Así nos sentimos los padres que sufrimos la muerte de un hijo, sobre todo si esta muerte se produce durante la gestación o poco después del parto.

Es como si hubiera una especie de dogma no escrito que hace creer a la gente que el dolor ante la muerte es directamente proporcional al tiempo de vida del ser. Y que, por supuesto, el tiempo empieza a contar desde el nacimiento, nunca antes. ¡Qué gran mentira!

Puedo entender que en una época pasada de innumerables embarazos, de vidas realmente trágicas, con la certeza de que uno o varios hijos iban a morir antes de llegar a la edad adulta, la sociedad se negara a dar cabida a estos duelos. De hecho esa es la realidad aún hoy en muchos lugares del mundo. No es que esos padres no lo sufran, de hecho, estoy convencida de que esos padres sufrían, sufren, tanto o más que nosotros, solo que no se pueden permitir el lujo de llorar por un hijo, cuando no saben si podrán asegurar la supervivencia del resto.

Pero esa no es la realidad de nuestro entorno. Estaría bien pararse a pensar por qué nuestro “primer mundo”, con todo su conocimiento científico, biológico, y neurobiológico de la vida intraútero, le da tan poco reconocimiento al dolor por la muerte de un ser por muy pequeño que sea.

 

Imagino, sin entrar en debates éticos, que cuando alguien decide establecer un punto a partir del cual un ser puede ser considerado persona o no, o tener derechos o no, se empieza a cruzar una línea peligrosa. Debe ser difícil dar entidad a un ser y a la vez decidir que se puede interrumpir su vida. Así que con el mismo derecho que se decide qué es o qué no es, al parecer, se establece si ha de llorársele o no. O quizás ni siquiera es eso y es algo más profundo.

LA cuestión es que los padres nos vemos, en la mayoría de los casos, con que la primera persona que nos da la noticia de la muerte  (o inminente muerte)  de nuestro hijo, normalmente un profesional sanitario, lo hace de una forma tan aséptica, como el guante que usan para tocarnos. Recurriendo a expresiones tales como “no hay latido”, “el feto es inviable” y similares.

Eufemismos que en ese momento no logran el efecto deseado porque, de hecho, nada atenúa esa sensación de caída en picado tras darnos cuenta, pasado el shock inicial, de lo que realmente quieren decir.

Cuando yo oí que me decían “ no hay latido”, mi primera reacción fue pensar que no se oía por algún problema técnico. Tardé unos segundos en darme cuenta de la realidad.

No sé si decir: “la criatura ha muerto” sería mejor, la verdad, dudo que haya nada que pueda calificarse de “mejor” en estos casos.
Lo que me planteo es cómo las palabras que usamos enmascaran la realidad. Dando una falsa apariencia de normalidad a un hecho que debería ser totalmente anormal, aunque sea habitual. Ningún padre debería vivir la muerte de un hijo. De hecho, ni siquiera tenemos un término que defina a los padres que sobreviven a sus hijos. Como si esa posibilidad no estuviera contemplada en las reglas originales del juego.  NO la había y no se ha inventado. Como si por no nombrarlo, no existiera.

Recuerdo haber leído que ante la tarea de traducir los Evangelios a un idioma esquimal no pudieron traducir la expresión “El Cordero de Dios “ pues esas personas no sabían lo que era un cordero. Tuvieron que dar un gran rodeo y compararlo a  algún animal conocido para ellos como el reno.

Igual por eso, por lo “desconocido” de esta sensación, no por poco frecuente, sino por poco “aireado”, por poco hablado, por poco nombrado, lo que hacemos es intentar compararlo a algo que sí nos resulte más conocido. Por eso es frecuente que todo el mundo acabe refiriéndose a estas muertes como  “pérdidas”, porque ¿quién no ha perdido algo alguna vez?.

“Pérdida” : curioso término. Desgraciado eufemismo que además acrecienta la culpa, que ya de por sí llega a toda madre que ha experimentado un aborto involuntario. Perder supone en muchos casos la negligencia del que poseía lo perdido.  Y esta idea que va a llegarle a la madre ( sobre todo a ella, aunque el padre vive igualmente su duelo) más tarde o más temprano y que es parte del proceso normal de duelo, se ve reforzada cuando una se oye decir:  “tuve una (  o más) pérdidas”. Como si una hubiera hecho algo mal, como si no fuéramos capaces de mantener esa vida con nosotros.

Lo “torpe” de usar esta expresión (me refiero en las primeras etapas del duelo. Después, un duelo realizado y vivido de forma sana entiende estas expresiones, las acepta e incluso las incorpora con normalidad) se ve claramente cuando hay que explicarles a los niños estas muertes.

En el libro “La Cuna Vacía” Rosa Jové explica muy bien y en detalle cómo abordar esta situación con los niños dependiendo de su edad, no me extenderé. Solo recordar que si un niño oye que su hermanito “se ha perdido”  lo primero que va a plantear es por qué no se le busca, del mismo modo que se buscan las llaves cuando no aparecen. Un niño que cree que los bebés se pueden perder para siempre, crece con un sentimiento de inseguridad constante. POr eso los expertos en duelo aconsejan explicar la verdad. En términos comprensibles y adecuados a la edad, pero nunca mentir.

Pues yo soy de la opinión de que ante la noticia de que tu bebé no está vivo todos nos convertimos en seres emocionalmente vulnerables, así que habría que hablarnos con las misma franqueza, empatía y cuidado con que hablamos a los más pequeños. Vigilando qué y cómo decimos las cosas.

Evitando esas expresiones que tan desafortunadas son y que tanto daño hace escucharlas: “no era nada”, “ya tendrás más”, “mejor ahora que después”. “seguro que tenía algún defecto grave” “aún no te habías encariñado” y otras que seguro os vienen a la mente al leer estas palabras.

Muchas personas me preguntan qué decir a unos padres que pasan por este amargo trance y yo les respondo: “ lo mismo que le dirías a quien sufre la muerte de un cónyuge, de un padre, de una hermana”. El dolor no entiende de fechas ni tamaños. Una novia llorará a su novio aunque muera éste antes de la boda. Una madre llorará a un hijo aunque muera antes de nacer.

La diferencia es que la novia estará acompañada, llorarán con ella sus amigas, abrazará una foto de su amado… tendrá un duelo acompañado, un dolor conocido y reconocido. Muchas de las madres ( y padres y hermanos y abuelos, etc…) que lloramos a nuestros hijos lo hicimos solas, sin amigas, sin recuerdos tangibles de nuestras criaturas, viendo como para la sociedad no fueron nunca personas.

A menudo me presento como la mamá de Iker y Mencía ( que suelen estar conmigo cuando doy una charla y un taller) y de Altair ( que no llegó a nacer). Noto extrañeza, a veces incomodidad ante esa forma de presentarme, sobre todo porque suelo hablar a padres embarazados o con bebés en brazos. Y parece de mal gusto mencionar la muerte, aun con eufemismos, en según qué momentos. Lo entiendo y respeto. Pero creo que es momento de que empecemos a llamar a las cosas por su nombre,  que empecemos a nombrar lo innombrable.

No hay mayor muerte que morir eternamente, que es como mueren aquéllos a los que nadie recuerda.

 

Dedicado a Altair, nuestra estrella que estuvo con nosotros solo 13 semanas.

Nohemí, mamá de Iker, Altair y Mencía

El duelo: ¿Es normal recaer?

El duelo: ¿Es normal recaer?

Acabo de leer el post de mi querida Carolina:

El duelo: un viaje que no sabes cuándo termina

Y recuerdo vívidamente esa sensación de ir hacia adelante, poco a poco mejor, y de repente sentirte otra vez en medio del caos. Tenemos la idea de un duelo lineal siempre hacia adelante y hacia arriba…

En los duelos por muertes o por enfermedades de quienes queremos a veces nos sentimos culpables por estar bien, por estar vivos.

Es como si seguir con la vida, con el día a día, con las rutinas necesarias y con las cosas triviales que van llenando nuestra vida fuera una deslealtad hacia quienes ya no están o hacia quienes sufren algo doloroso e irremediable.

No es así, pero como siempre, no se trata de cómo sean las cosas, sino de cómo las percibimos y cómo reaccionamos.

Tras un aborto involuntario por ejemplo, es normal sentirse mal con una misma si pasan las horas de un día y no recuerdas a ese bebé. O si te ríes. Y ni qué decir si una vez reanudada la vida sexual, te encuentras disfrutando con tu cuerpo. El mismo que tú  a veces, sientes que te falló, a ti y a esa criatura que no consiguió completar su proceso dentro de ti.

ES NORMAL

Todos esos sentimientos son reacciones naturales, muestras de amor hacia ese ser ( o seres), hacia lo que representaba, las expectativas, los proyectos, las posibilidades… Mucho se va en un momento. Demasiado para racionaliazarlo y seguir como si nada.

Cuando acompaño un duelo y ha sido reciente la pérdida, suelo comentarles esa posibilidad: irás  (iréis) encontrándote mejor,  y parecerá que ese es el camino. Pero a veces volverás al punto de partida. Parecerá que no has vivido nada de tu duelo,  incluso  peor porque a la incredulidad, la rabia y la tristeza se unirá la culpa por haber retomado tu vida.

Por “poder” vivir sin él.

Como todos los procesos dolorosos solo queda pasarlo, atravesarlo sin anestesia.

Como dije en un post no hace mucho en mi otro blog, no hay atajos.

Y los demás que acompañamos a los dolientes, solo nos queda seguir estando, sin juzgar, sin imponer, sin marcar ritmos, sin paternalismos, porque pensar que por no mencionar “el tema” les vamos a ahorrar sufrimiento no solo no es verdad, sino que añade dolor.

La invisibilidad es odiosa. Es odiosa en la vida Y odiosa en la muerte y/o abandono.

No estás sola, no estás solo, no estáis solos, no estamos solos.