los Humanos somos Mamiferos

los Humanos somos Mamiferos

Todos los mamíferos dan a luz gracias a una repentina emisión de hormonas. Una de ellas, concretamente la oxitocina, juega un papel trascendental, ya que es necesaria para la contracción del útero, lo que facilita el nacimiento del bebé y la expulsión de la placenta. También se la conoce por inducir amor maternal. Igualmente, todos los mamíferos pueden segregar una hormona de emergencia, la adrenalina, cuyo efecto es frenar la oxitocina.
La adrenalina se segrega ante una situación de peligro. El hecho de que la oxitocina y la adrenalina sean antagonistas explica que la necesidad básica de todos los mamíferos a la hora de parir es sentirse seguros.

En la jungla, la hembra no podrá dar a luz mientras exista un peligro, como por ejemplo la presencia de un depredador. En este caso, la segregación de adrenalina es una ventaja, pues los músculos que sostienen el esqueleto recibirán más sangre, y la hembra dispondrá de energía suficiente para luchar o huir; en este caso, es una ventaja poder frenar la producción de oxitocina y posponer el parto.
Existen multitud de situaciones asociadas con la producción de adrenalina. Los mamíferos la segregan cuando se sienten observados. Cabe destacar que los mamíferos cuentan con estrategias específicas para no sentirse observados cuando están de parto; la privacidad es, obviamente, otra necesidad básica. La hormona de emergencia está también implicada en la termorregulación. En un entorno frío, observamos otra de las conocidas funciones de la adrenalina:  inducir el proceso de vasoconstricción.

Así podemos explicar que, cuando una hembra está pariendo, y de acuerdo a la adaptabilidad de las especies, tiene que estar en un entorno lo suficientemente cálido.

Dado que los humanos somos mamíferos, tales consideraciones fisiológicas vienen a sugerir que, a la hora de parir, las mujeres deben sentirse seguras, pero sin sentirse observadas y con una temperatura ambiente adecuada.

 

 

Las Desventajas de los Humanos

Mientras que la perspectiva fisiológica identifica fácilmente cuáles son las necesidades primarias de las mujeres a la hora de parir, también podemos entender las desventajas específicamente humanas de este período, las cuales están relacionadas con el descomunal desarrollo de esa parte del cerebro denominada neocórtex.

Es gracias a nuestro altamente desarrollado neocórtex que podemos hablar, contar y ser lógicos, así como capaces de razonar. En su origen, el neocórtex es una herramienta que sirve a las viejas estructuras del cerebro, ayudando a nuestro instinto de supervivencia. El problema es que su actividad tiende a controlar estructuras primitivas del cerebro y, así, inhibir el proceso de nacimiento (y cualquier otro tipo de experiencia sexual).

Al respecto, la naturaleza encontró una solución para superar esta desventaja específicamente humana a la hora de dar a luz. Se entiende que el neocórtex debería de encontrarse en estado de reposo para que las estructuras primitivas del cerebro puedan fácilmente segregar las hormonas necesarias.

Esto explica el hecho de que cuando las mujeres están de parto tienden a aislarse del resto del mundo, a olvidar lo que leyeron o se aventuran a hacer lo que nunca habrían hecho en su vida diaria, como gritar, insultar, adoptar posturas inesperadas, etc.

Muchas veces he escuchado a mujeres decir, después de haber parido, “estaba como en otro planeta”. Cuando una mujer de parto “está en otro planeta”, significa que la actividad de su neocórtex es reducida. Esta reducción de la actividad del neocórtex es un aspecto esencial de la fisiología del nacimiento en los humanos, de lo cual se deduce que una de las necesidades básicas de las mujeres durante el parto es la de ser protegidas de cualquier tipo de actividad neocortical.

Desde un punto de vista práctico, es útil explicar lo que esto significa y repasar todos los factores bien conocidos que pueden estimular el neocórtex humano:

  • Lenguaje

En particular, el lenguaje racional. Cuándo nos comunicamos por medio del lenguaje, procesamos lo que recibimos con el neocórtex. Esto implica que si hay una comadrona, una de sus principales cualidades debería ser mantenerse al margen, en silencio y, sobre todo, evitar preguntar algo en concreto.

Imaginemos a una mujer en pleno parto y “ya en otro mundo”. Una mujer que grita, que se comporta de una manera que nunca se atrevería en su vida cotidiana. Se ha olvidado de todo lo que ha aprendido o leído sobre el nacimiento, ha perdido el sentido del tiempo y de pronto se le obliga a contestar a la pregunta “¿A qué hora hizo pipí por última vez?”. A pesar de que parezca sencillo, pasará mucho tiempo antes de que los que atienden partos comprendan el significado y la importancia de la palabra silencio.

  • Luz

Es otro factor que estimula el neocórtex de los seres humanos. Está sobradamente comprobado que la estimulación visual influye en el resultado de los encefalogramas. Cuando queremos dormir, apagamos la luz y corremos las cortinas, para así reducir la actividad de nuestro neocórtex, lo que implica que, desde una perspectiva fisiológica, una luz atenuada en general facilita el nacimiento.
Llevará tiempo convencer a los profesionales de la salud de la importancia de este asunto. Es interesante observar que cuando una mujer está de parto, espontáneamente adopta posturas que la protegen de los estímulos visuales, como por ejemplo, cuando está a cuatro patas, como rezando. Esta postura, tan común en las mujeres de parto, no sólo reduce el dolor en la espalda, sino que tiene también otros efectos positivos, como eliminar la causa principal de estrés fetal (se descomprime así la vena cava), al tiempo que facilita la rotación del cuerpo del bebé.

  • Sentirse observada

También puede ser otra manera de estimular el neocórtex. Cuando una persona se siente observada, existe una respuesta fisiológica que ha sido científicamente estudiada.

Por otro lado, es de sentido común que todos nos sentimos diferentes cuando sabemos que estamos siendo observados.
En otras palabras, la intimidad es un factor que facilita la reducción del control ejercido por el neocórtex. Resulta irónico que todos los mamíferos no humanos, que tienen un neocórtex no tan desarrollado como el nuestro, tengan una estrategia para dar a luz en la intimidad: los que están activos durante la noche, como las ratas, tienden a parir de día, y los que están activos durante el día, como los caballos, tienden a dar a luz durante la noche. Las cabras salvajes alumbran en zonas inaccesibles, y los chimpancés se alejan de su grupo, se aíslan.

La importancia de la intimidad nos enseña que existe una gran diferencia entre la actitud de una comadrona que se sitúa frente a la mujer de parto y la observa, y la de otra comadrona que se sienta discretamente en un rincón. También nos muestra que deberíamos de evitar introducir cualquier tipo de dispositivo que pueda ser percibido como un agente observador, del tipo de cámara fotográfica, de vídeo o monitor fetal electrónico. De hecho, toda situación que pueda desencadenar una liberación de adrenalina puede ser catalogada como un factor estimulante de la actividad neocortical.

Dificultades Mecánicas del Nacimiento del Homo Sapiens

Están también relacionadas con el desarrollo del cerebro. Cuando una mujer encinta llega a término, el diámetro menor de la cabeza del bebé (que no es exactamente como una esfera) casi coincide con el diámetro mayor de la pelvis de la madre (que tampoco es exactamente como un cono). El proceso evolutivo adoptó una continuidad de soluciones para así alcanzar los límites de lo que es posible.

La primera solución fue hacer el embarazo lo más corto posible; de alguna manera, el bebé humano nace prematuramente. Además, se ha probado recientemente que la mujer embarazada puede, hasta cierto punto, adaptar el tamaño del feto a su tamaño modulando el fluido sanguíneo y la disponibilidad de nutrientes hacia el feto. Es por esta razón que las madres receptoras de embriones de donantes con tallas genéticamente superiores llegan a término habiendo engendrado bebés más pequeños de lo previsto.

Desde un punto de vista mecánico, la cabeza del bebé tiene que estar lo más flexionada posible, de manera que presente el menor diámetro antes de emprender la espiral que lo llevará fuera de la pelvis materna. El nacimiento de los humanos es un complejo fenómeno asimétrico, con la pelvis materna abierta transversalmente al máximo de sus posibilidades a la entrada, y también lo más ancho posible longitudinalmente a la salida. Un proceso de “amoldamiento” puede cambiar ligeramente la forma del cráneo del bebé si fuera necesario.

Cuando se habla de las particularidades mecánicas del nacimiento humano no podemos dejar de referirnos y compararnos con lo que sucede con nuestros parientes más cercanos, los chimpancés.
Con el embarazo a término, la cabeza de un bebé chimpancé ocupa un espacio significativamente menor en la pelvis materna, con la vulva de la madre perfectamente centralizada, con lo que el descenso de la cabeza del bebé se presenta de una manera lo más directa y simétrica posibles juzgar por los hechos, parece que desde que nos separamos de los otros chimpancés y a través de la evolución de las especies de homínidos, ha venido originándose un conflicto entre moverse rectos sobre los dos pies y la tendencia hacia un cerebro cada vez mayor.
El cerebro del Homo moderno es cuatro veces mayor que el de nuestro famoso ancestro conocido como Lucy. Tal conflicto en nuestras especies viene dado porque esa pelvis adaptada a un cuerpo verticalizado debe estrecharse, para así permitir que las piernas permanezcan juntas bajo nuestra columna vertebral, lo cual facilita la transferencia de fuerzas desde las piernas hasta la espina cuando corremos. Esta postura erguida se convierte en un requisito previo para nuestro desarrollo cerebral. Por otra parte, los mamíferos, que ejecutan sus movimientos con las cuatro extremidades a un tiempo, son incapaces de llevar cargas pesadas sobre la cabeza, como nosotros cuando andamos derechos.
Quizá es por este motivo por el que durante el proceso evolutivo se han encontrado soluciones como una pelvis ensanchable útil para el nacimiento del “mono con el cerebro grande”, teniendo en cuenta que cuanto más corrieran nuestros ancestros, mayores probabilidades de supervivencia.

Medio Cultural

Otra diferencia entre los humanos y los otros mamíferos es que, cuando un nacimiento ha sufrido cualquier clase de intervención, ya sea con drogas o simplemente por demasiada gente alrededor, el efecto es mucho más evidente a nivel individual entre los mamíferos no humanos.

Para explicar lo que acabo de decir existen incontables experimentos confirmando que el comportamiento maternal de los mamíferos no humanos puede cambiar espectacularmente si se pone al animal anestesia general.

Hace casi un siglo, en Sudáfrica, Eugene Marais estuvo realizando experimentos con la finalidad de confirmar su intuición de poeta de que existe una conexión entre el dolor del nacimiento y el amor materno (1).
Marais estudió un grupo de 60 antílopes cafres salvajes sabiendo que no había habido un solo caso de madre de este rebaño que hubiera rechazado a un retoño en los últimos 15 años. Procedió entonces a dar a las madres que iban a parir unas chupadas de cloroformo y éter; el resultado fue el rechazo posterior de éstas hacia sus crías. El comportamiento materno también puede ser alterado por la acción de la anestesia local.
En los años 80, Krehbiel y Poindron estudiaron los efectos de la anestesia epidural en ovejas con resultados fáciles de resumir (2): cuando las ovejas paren con anestesia epidural no cuidan de sus crías.

En Veterinaria, existe hoy en día la práctica de cesárea entre ciertas razas de perros. Esto es posible porque los seres humanos compensan esta práctica, que acarrea inadecuados comportamientos maternales entre los perros, con preparados lácteos que reemplazan la leche canina.
Referente a los efectos de la cesárea en la conducta de los primates contamos con extensa documentación, ya que diferentes especies de monos son utilizados como animales de laboratorio.
Por ejemplo, en el caso de dos tipos de macacos (los rhesus y los conocidos como “comedores de cangrejos”) (3),las madres no cuidan de sus crías tras una cesárea. En estos casos, el personal de laboratorio debe recubrir el cuerpo de la cría con secreciones vaginales con la finalidad de estimular el interés de la madre por el recién nacido. No es necesario presentar muchos más ejemplos de experimentos con animales para convencer a cualquier persona de que la cesárea, o simplemente la anestesia necesaria para la operación, pueden alterar fatalmente la actitud maternal de los mamíferos en general.

Con respecto a este asunto, los humanos son especiales.
Millones de mujeres en todo el mundo han cuidado a sus bebés tras una cesárea, una epidural o un parto en el que están “ligeramente colocadas”. Sabemos por qué el comportamiento de los seres humanos es más complejo y más difícil de interpretar que la conducta de otros mamíferos, incluyendo los primates (4). Los seres humanos han desarrollado sofisticados medios de comunicación: son capaces de hablar, han creado culturas y su comportamiento está menos influenciado por su regulación hormonal y más directamente por el medio cultural en el que habitan. Una mujer puede anticipar un comportamiento maternal cuando sabe que está embarazada. Esto no significa que no tengamos nada que aprender de los mamíferos no humanos.
Lo aprendido de los experimentos con animales nos indica el tipo de preguntas que debemos hacer cuando nos referimos a la especie humana, las cuales deben incluir tanto el término “civilización” como el término “cultura”.
Por ejemplo, si otros mamíferos no cuidan de sus crías tras un parto por cesárea, lo primero que nos tendríamos que plantear es:“¿Cuál es el futuro de una civilización nacida por cesárea?”.

Por un lado, el medio cultural atenúa los efectos del desequilibrio hormonal, pero por otro perturba el proceso del nacimiento. En otras palabras, todas las sociedades que conocemos han perturbado la fisiología del parto y nacimiento. La sociedad interfiere en el proceso fisiológico a través de comadronas o doctores que son a menudo demasiado activos, por no decir invasivos.

Al principio, las mujeres tenían la tendencia a dar a luz cerca de sus madres o cerca de una madre de la familia o la comunidad. Aquí se encuentra el origen de la Partería. La comadrona representa la figura de la madre. En un mundo ideal, nuestra madre es el prototipo de persona con quien nos sentimos seguras, sin ser observadas o juzgadas.

En muchas sociedades, la persona que atiende el parto representa el papel de guía o asistente.La transmisión de creencias y rituales es la forma más poderosa de controlar el proceso del nacimiento, y en particular, la fase del parto entre el nacimiento del bebé y la expulsión de la placenta. Por ejemplo, la creencia de que el calostro es nocivo y se debe evitar dar al bebé ha estado presente en los cinco continentes, y la consiguiente acción es que la criatura, inmediatamente después de nacer, debe estar en los brazos de otra persona distinta a la madre. De ello deriva, a su vez, la tan enraizada costumbre de precipitarse a cortar el cordón.

Éstos son sólo dos ejemplos de una larga lista de creencias y rituales que interfieren negativamente en el proceso fisiológico del nacimiento. También hay creencias que refuerzan ciertos rituales; por mencionar una, digamos que todavía en ciertos grupos étnicos de África Occidental la madre no debe ver los ojos de su bebé en las primeras 24 horas “para evitar que los malos espíritus invadan el cuerpo del recién nacido”.

Es importante darse cuenta de que la cultura del siglo XXI transmite sus propias creencias, especialmente entre los grupos que se autodenominan de “nacimiento natural” y que van en contra de lo que hemos aprendido de la perspectiva fisiológica y del comportamiento de los otros mamíferos (no humanos).

Por ejemplo, es común comparar a las mujeres de parto con atletas, a quienes se les aconseja consumir carbohidratos, proteínas y líquidos antes de empezar una actividad física extrema (5).

Mucha gente que trabaja adentro del “nacimiento natural” con madres embarazadas están influenciadas por tales comparaciones y les explican que cuando comience el parto deben comer, por ejemplo, pasta, y durante el trabajo de parto deben beber bebidas dulces, como jugos o agua y miel. Pero la realidad es otra: cuando la primera fase de un parto progresa bien, esto significa que el nivel de adrenalina de la parturienta es bajo. Esta mujer tenderá a permanecer inmóvil (quizás recostada hacia delante o sobre el costado, o como su cuerpo se lo pida). Cuando los músculos del esqueleto están descansando, es muy poca la energía que se gasta. Además, cuando un parto progresa bien, esto es una señal de que el neocórtex está descansando. Y recordemos que el neocórtex es otro órgano del cuerpo humano que necesita buena cantidad de glucosa para funcionar.

Comparar a una mujer de parto con una “atleta de maratón” nos puede llevar a otros errores, como el de sobreestimar la necesidad de agua. Es importante recordar que la parturienta no pierde mucha agua porque presenta altos niveles de vasopresina (la hormona que retiene agua) y porque los músculos del esqueleto no están activos. Esta analogía tan errónea (parturienta = atleta) hace que muchas mujeres de pronto terminen con una vejiga demasiado llena. Al mismo tiempo, a muchas mujeres de parto se les aconseja caminar. ¡Pero cuando la embarazada no tiene ganas de hacer nada es un señal muy buena!, pues significa que su nivel de adrenalina es bajo (6). Por regla general, cuando la primera fase del parto marcha bien, las mujeres tienden a estar pasivas, reclinadas o a cuatro patas, y sugerirles una actividad muscular no sólo es contraproducente, sino hasta cruel.

Los Momentos Cruciales

¿Cuáles son las ventajas evolutivas de esta multitud de creencias y rituales que tienden a enfrentarse al instinto protector materno durante ese período de tiempo considerado tan crítico para el desarrollo de la capacidad de amar?

En el contexto científico actual podemos hacernos tales preguntas porque las respuestas vienen solas. Desde los tiempos en los que la estrategia básica de supervivencia de la mayoría de los grupos humanos era dominar la Naturaleza y dominar a otros grupos humanos, era ventajoso hacer a los seres humanos agresivos y capaces de destruir la vida. En otras palabras, era una ventaja moderar la capacidad de amar, incluyendo el amor por la Naturaleza y el respeto por la Madre Tierra. Era una ventaja perturbar los procesos fisiológicos en el período perinatal, particularmente la fase que va desde el nacimiento del bebé hasta la expulsión de la placenta, y que ahora sabemos que es crítica en el desarrollo de la capacidad de amar.

A través de miles de años se han ido seleccionando los grupos humanos según su potencial de agresividad, y todos nosotros somos, hoy día, el fruto de tal selección. Estas consideraciones pertenecen al contexto de lo que yo llamo ‘Criterio del siglo XXI’ (7).

Nos encontramos en un momento crucial donde la Humanidad debe inventar nuevas estrategias de supervivencia. Actualmente estamos llegando al límite de las viejas tradiciones. Tenemos que hacernos nuevas preguntas del tipo “¿Cómo se desarrolla el amor y el respeto por la Madre Tierra?”. Para no seguir destruyendo nuestro planeta necesitamos más que nunca la energía del Amor.

Todas las creencias y costumbres que ignoran el instinto protector materno ya no ofrecen ventaja evolutiva alguna. Tenemos nuevas razones para dejar de una vez de interferir en los procesos fisiológicos. Tenemos nuevas razones para redescubrir las necesidades básicas de las mujeres que dan a luz y las necesidades de sus recién nacidos. Este punto crucial en la Historia de la Humanidad coincide con el momento mismo en el que la Historia del Nacimiento atraviesa una etapa totalmente nueva.
Aunque todas las sociedades humanas han querido controlar el nacimiento, la situación es radicalmente nueva al comienzo del siglo XXI (8). Hasta hace muy poco, una mujer no podía ser madre sin emitir un flujo de hormonas, que son en realidad un complejo cóctel de hormonas del amor. Pero actualmente, con la industrialización de los nacimientos, la mayoría de las mujeres dan a luz sin producir estas hormonas. Muchas tienen cesáreas programadas, a otras se les bloquea su flujo natural de hormonas al utilizar la oxitocina sintética combinada con la anestesia epidural. Y aquéllas que dan a luz sin intervención muy a menudo reciben un agente farmacológico para la expulsión de la placenta en un momento tan crítico para la relación madre-hijo. Quiero subrayar que la inyección de oxitocina sintética no conlleva un efecto sobre la conducta porque no alcanza el cerebro. De seguir con tales prácticas, debemos preguntarnos cómo será la civilización futura.

Una Guía Simple y Lógica

Ya que es urgente mejorar nuestra comprensión de lo fisiológico, una simple guía nos parece apropiada para redescubrir las necesidades de las mujeres durante el parto.

Éstas pueden ser resumidas en una frase: en lo que concierne al parto y al nacimiento, todo lo que es específicamente humano debe ser eliminado, al tiempo que las necesidades mamíferas deben ser satisfechas.

Suprimir lo que es específicamente humano implica primero liberarse de todas las creencias y costumbres que han interferido la fisiología de este proceso durante milenios. También significa que el neocórtex, esa parte del cerebro tan desarrollada en el ser humano, necesita reducir su actividad, y que el lenguaje, específicamente humano, debería ser utilizado con extrema precaución.

Para satisfacer nuestras necesidades de mamíferos humanos necesitamos otorgar gran importancia a la intimidad, ya que todos los mamíferos tienen una estrategia para no sentirse observados cuando paren.

También tenemos la necesidad de sentirnos seguros. Es significativo que cuando una mujer disfruta de completa intimidad y se siente segura, a menudo adopta posturas típicas de los mamíferos, como por ejemplo, a cuatro patas. Es común oír decir que el nacimiento debe “humanizarse”. Pero en realidad la prioridad es “mamiferar” el nacimiento. El nacimiento debe, en cierta manera, deshumanizarse.

MichelOdent.com
www.wombecology.com
(www.birthworks.org/primalhealth)

(Las imágenes del artículo se han cogido del un buscador de imágenes, si alguno de lo autores desea que se elimine, sólo ha de hacérmelo saber)

Relato de Parto: Mely

Relato de Parto: Mely

Desde el 6 de mayo del 2009 te disfrutamos entre nosotr@s…

Gracias Universo, gracias Madre Naturaleza, gracias Milagro de la Vida…

Desde hace unos años, contrastando experiencias que me contaban madres que habían parido en casa y madres que habían parido en hospitales, había decidido que quería parir en casa.

Cuando nos quedamos embarazad@s y supimos que, por cuestiones laborales, te daríamos a luz en Gran Canaria, comenzó nuestra búsqueda. En Granada (donde antes vivía) conocía a un grupo de matronas muy apañadas llamadas las Ocean Matronas, pero aquí no conocíamos a nadie que atendiera un parto domiciliario.

Por una de esas fortunas y “causalidades” de la vida, nuestra acupuntora, Adelina, que sería nuestra doula, nos dio una revista llamada +Q9meses y ahí contactamos con Laura y Olga: nuestras matronas o el arte de la invisibilidad… las lié en cierto modo y nos vieron tantas ganas y tan desamparad@s y al mismo tiempo decidid@s a parir en casa sin miedos, que accedieron a acompañarnos en nuestro parto.

Yo había leído tanto sobre el parto. Parecía que estaba estudiando para parir. Sabía (y he comprobado) que mi cuerpo tenía la sabiduría milenaria para parir de forma natural, pero vivimos en una civilización que nos enseña a tener un cuerpo, y sobre todo, un útero, tan rígidos, que quería que mi parto fuera una mezcla de información e intuición. Y así fue.

Así que empecemos el relato…

Mi embarazo fue fantástico y muy saludable hasta el último mes, en el que me pre-ocuparon (qué gran palabra, cuando hay que ocuparse y no pre-ocuparse) porque decían que mi criatura era demasiado pequeña… Por suerte mis matronas decían que la naturaleza es sabia y que para mí, midiendo algo más de metro y medio, era mejor no albergar en mi cuerpo a un cuerpecito muy grande. Pedí al Universo que nacieras san@ y fuerte y con un peso que nos permitiera tenerte en casa y que no te separaran de mí…

No importaba lo grande que fueras, porque sabía que serías una gran gran persona y que tenías mucha fuerza, lo sentía en tus movimientos.

Hice estas afirmaciones reikianas para ayudarte en tu tránsito a esta vida…

Mi parto es placentero

Mi parto es indoloro

Mi parto es natural

Mi parto es vaginal

Mi parto es rápido

Mi parto es en casa

Mi parto es orgásmico

Mi parto me empodera

Mi parto me conecta con mis ancestras

Soy fuerte para mi parto

Mi bebé goza de buena salud

Mi bebé tiene el peso adecuado

Mi bebé se nutre sólo con mi leche

Mi bebé es fuerte

3 somos 1 con el poder del amor

El 14 de abril me hicieron “un palpo” sin explicarme por qué ni para qué, con la excusa de que se suponía que mi criatura pesaba 2 kilos en la semana 37… para decirme que tenía 1 cm de dilatación (que podía perfectamente estar así desde el comienzo de mi embarazo) y el 20% del cuello uterino borrado…

El resultado fue que empecé a sangrar hasta que el viernes 17 expulsé el tapón mucoso…

Puse a todo el equipo de parto, Adelina, Olga, Laura y a Helí, el papá, en alerta… pensé que mi bebé ya venía… y me dio terror pensar que nacieras con 2 kilos y no poder parirte en casa…

Ese día no fue el día que naciste pero empecé a notar más las contracciones “de práctica” y a partir de ahí tuvimos unas cuantas falsas alarmas, una de ellas fue muy fuerte, en la noche del 26 al 27, justo antes de que llegaran tus abuel@s matern@s desde Andalucía… pero esperaste para salir para crecer un poquito más…

Paseando por Las Palmas con mi hermana, a menos de 24 horas de dar a luz

Paseando por Las Palmas con mi hermana, a menos de 24 horas de dar a luz

El día antes de que nacieras, habíamos ido con mi familia a pasear por Las Palmas de Gran Canaria, yo notaba contracciones, pero pensaba que era una falsa alarma como las otras veces, y eso que ya estaba de 40+2…

Las contracciones se fueron haciendo más evidentes a medida que pasaba el día y yo seguía caminando, hablando, haciendo como si nada. Al regresar a casa estaban espaciadas cada 15 minutos pero eran constantes aunque bastante soportables como para que nadie se diera cuenta, porque yo seguía sin decirle nada a nadie.

Esa noche le pedí a mi madre que me hiciera un batido de fresa y melón. Hay que decir que la noche antes de tenerme a mí mi madre se comió casi medio melón. Así que, cuando se le aflojó la barriga en el proceso de parto, como era primeriza y le daba vergüenza que en el hospital se rieran de ella (detalle que dice mucho del trato que se da en general en los hospitales), pensó que era el melón que le había sentado mal, a pesar de estar ya cumplida. Yo en principio fui casi, casi, un melón.

Después de cenar el riquísimo batido, le confesé a Helí, que llevaba con contracciones todo el día, pero que ahora se estaban haciendo más presentes… Nos acostamos a las 12 sonriendo al pensar que quizás esa noche fuera la noche que tú, bebin@, vinieras a nuestros brazos. Yo dormía entre contracciones, hasta que, a las 4 de la mañana, las contracciones no me dejaron dormir más. Empecé a pensar en ellas como “ráfagas”, como dice la matrona Ina May Gaskins, como crestas de olas que tenía que subir, y en mi útero como un pétalo de una flor eternamente abriéndose, como una onda haciéndose grande al caer una gota en un lago, como un mandala circular y espiral…

Relajaba la mandíbula, descolgándola y emitiendo una “a” que al principio casi no sonaba, era casi toda aliento, hasta que se convirtió en una especie de canto que iba a más agudo conforme subía a la cresta de la ráfaga. Normalmente había como 3 notas, como una escala de 3 armónicos.

Me colgaba del fular portabebés que habíamos puesto en el techo, me columpiaba en él, me ponía en posición de oración moruna en la cama.

Fui al baño a hacer caca como unas 14 veces y vomité como unas 4.

Helí me empezó a tocar los puntos de shiatsu que le había dicho Adelina para acelerar las contracciones, uno entre el pulgar y el índice de las manos y otro como 3 dedos sobre el tobillo, en la parte externa de las piernas. Adelina finalmente no pudo estar presente en el parto porque daba un curso en la isla de La Palma, pero yo recordaba sus palabras: “No pienses en las contracciones como dolor, piensa en movimientos de tu útero para sacar a tu bebé y agárrate a los descansitos entre ellas.”

A las 7, pensamos que era hora de llamar a las matronas. Olga tenía turno en el materno y nos dijo que llamáramos a Laura, que ella vendría en cuanto saliera.

Despertamos a mis padres y a mi hermana y yo hice la broma con mi madre de que “me había sentado mal el melón”. La verdad es que el sentido del humor no me faltó en todo el parto y creo que fue una de las claves para que fuera tan rápido.

En todo momento yo te hablaba, mi peque, te decía: “Muy bien bebé, bien cariño, lo estás haciendo muy bien, eres fuerte, mamá está contigo, nos estamos ayudando, gracias…” Y eso hizo que me sintiera en plena fusión contigo.

Invoqué a todas las mujeres del mundo, recordé a mi madre, que había pasado por eso 3 veces, a mi abuela, que lo había pasado 7, a todas mis ancestras, a mi amiga Ana y su parto con fórceps, a mi amiga Tarha de la que tanto aprendí, a mi amiga Sara y su parto en casa, a mi colega Ouardia y su hijita muerta, a tantas, tantas mujeres, e invoqué su fuerza y la energía de todo el universo… Y fue maravilloso e increíble sentir que me llegaba.

Aunque Adelina no pudo estar en el parto, tenía su “tense”, una especie de electrodos que , puestos en la espalda, calmaban las contracciones. Pero, como otros datos risibles en mi parto, casi no tenía pilas y yo lo tenía al máximo porque no notaba apenas su vibración. Le cambié las pilas cuando me di cuenta pero sin bajar la intensidad y… ¡menudos calambrazos me dio! Fueron mis únicos gritos en la dilatación, así que reboleé el “tense” hacia un rincón de la habitación donde me lo encontré al día siguiente y me partí de risa recordando el momento.

Llegó el abuelo paterno a por mi familia. Empezaba a perder la conciencia del tiempo y a entrar en un estado sutil de conciencia, de meditación profunda, de otro tipo de ondas cerebrales…

Sentí el telefonillo, serían las matronas, o al menos una de ellas… Desde que llegaron, primero Laura y luego Olga, su “presencia” era como angelical, como espiritual, casi como una ausencia. Estaban sin estar.

“¿Dónde está?”, escuché que Laura preguntaba a Helí en el pasillo.

“Qué guapa estás”, me dijo Laura después de abrazarme. Fue una de las pocas frases que salió de su boca en las 3 horas que pasaron hasta que di a luz. Me preguntó si había roto aguas. “No sé”, dije, y al instante pisé un charco en el empapador sobre la cama y rectifiqué, “creo que sí”. Olí mi líquido amniótico, sin saber que así me estaba estimulando el proceso del parto. Más tarde supe que incluso chuparlo me hubiera ayudado aún más.

Calculé que serían las 8, o quizás no… Yo veía que amanecía, cada vez más luz, pensaba “es tu primer día bebé, qué momento más bonito para empezar a nacer.” Pero pensaba al mismo tiempo que quedaba mucho, pero que mucho. ¡Yo era primeriza! Y había escuchado y leído sobre partos de primerizas que duraban 12 horas, 1, 2, 3 días… El tuyo, bebin@, duraría apenas 7 horas.

Todo pasaba deprisa y como en un sueño (¡qué razón tuvo Laura al describir su primer parto como “el estado de meditación más profundo que conocía”!). Volví a vomitar y pensé que vomitar era como lo peor, por lo mal que me sentía al hacerlo, y, al mismo tiempo, lo mejor, por el alivio tan grande que me daba luego. Pensé: “¿Es éste el momento que llaman la transición? Muchas mujeres vomitan en este momento… Pero ya había vomitado tanto, que no sabía…

El fular del que me colgué y columpié al principio de las ráfagas

El fular del que me colgué y columpié al principio de las ráfagas

Laura me sugirió que me diera una ducha y a por ella fui, y de ahí en adelante me quedé desnuda, no soportaba el roce de la ropa, me sentía salvaje, instintiva, animala… Laura pidió a Helí algo para quemar, para descargar el ambiente, y encendieron una vela bajo la esencia de jazmín… qué rico olía… ese olor se mezclaría con el olor a parto, a ti, mi criatrua, y a mis entrañas, un olor que se quedó en la habitación un buen tiempo…

Me pareció escuchar a Helí pasando la aspiradora y pensé “¿qué hace este hombre haciendo eso ahora?”. Luego me enteré que era el inflador de la piscina, y que tardaba tanto en inflarla porque, con los nervios, mientras la inflaba por un lado… la desinflaba por el otro que no tenía el tapón puesto…

Escuché de nuevo el telefonillo, mezclado con mi canto en cada ráfaga. “Olga”, pensé, “eso quiere decir que son más o menos las 9,30” (ella salía del materno a las 9). Luego Helí me dijo que llegó casi de puntillas, pidiendo permiso para entrar, se cambió de ropa calmosamente y bebió agua, toda tranquilidad y serenidad como es ella.

Laura me seguía a todos lados controlando los latidos de Dafne con su Sonicaid acuático, mientras yo le preguntaba si mi bebé estaba bien “sí, todo va muy bien, perfecto”, me respondía; y Olga me echaba agua en el útero en cada contracción. Yo me rendía a cada ráfaga, me estiraba en los descansitos y los agradecía al universo. Respiraba intentando llevar el oxígeno a cada músculo tenso, resoplaba como un caballo, echaba el aire poquito a poquito como a través de una pajita para aprovecharlo todo.

Mirándolas a las dos, a Olga y a Laura, pensé que eran como dos almitas silenciosas, dos angelitos que discretamente me acompañaban sin intervenir.

Decidí darme otra ducha y le pregunté a Laura si podía llenar la bañera y quedarme ahí. “Claro, como quieras” me respondió.

Mientras, Helí, el papá, parecía una sombra veloz por el pasillo con ollas, teteras y manguera para llenar la piscina. Más tarde me contó que incluso se pegó un par de resbalones en el pasillo. El pobre controlaba al mismo tiempo el camping gas, la vitro de la cocina, la kettle y la manguera. Yo no paraba de preguntar “¿me puedo meter en la piscina?” y una de mis dos matronas decía, pacientemente, “todavía no”. “¿¡Todavía no tengo 5 cm, por Dios!?” pensaba para mí. Y con ese pensamiento, miré a Laura tras una de las ráfagas, hice el símbolo de los cuernos con la mano derecha y dije “Esto es Heavy Metal”. Laura se partía de la risa. Y lo mejor es que, no es que yo no tuviera aún 5 cm de dilatación (mis matronas-angelitas nunca me exploraron, cosa que agradezco, porque yo sólo quería moverme libremente) es que… ¡iba todo tan rápido que no daba tiempo a llenar la piscina!

Empecé a notar que la pelvis se me ponía en retroversión (recordando al mismo tiempo a Dory, la rehabilitadora de suelo pélvico del hospital Negrín) y que tenía ganas de empujar. “¿Debo empujar? ¿Es esto el expulsivo?”, pensaba. Inmediatamente, me dije que era una ilusa, que aún me quedaba mucho, pero al mismo tiempo, dejé que mi cuerpo hiciera lo que quisiera y, si quería empujar y las matronas no me decían lo contrario, que empujara. Luego me di cuenta de que en ningún momento sentí que “empujaba”, era mi útero el que hacía todo el trabajo. Era increíble cómo mi culo se iba hacia adelante en cada ráfaga.

La piscina donde di a luz…

La piscina donde di a luz…

Pregunté por enésima vez si podía meterme en la piscina. “Todavía no, falta poco” dijo Olga, creo. “¿¿¡¡Aún no tengo los 5 cm esos!!??” Y se me cruzó brevemente por la cabeza (esa cabeza que nos juega malas pasadas) si no había sido demasiado “gallita” al rechazar toda analgesia y anestesia para el parto (para colmo, Adelina y sus agujas de acupuntura no estaban y el “tense” yacía en algún rincón escondido de la habitación) y si me iba a rajar con tanto deseo de empujar y menos de 5 cm de dilatación. Desterré ese pensamiento rápidamente y volví a invocar a mis ancestras que, durante siglos, milenios, habían parido “a pelo”… como yo ahora. Me sentí muy fuerte de nuevo y muy fusionada a ellas a través del espacio y del tiempo.

Por fin, llegó Olga y me dijo que podía entrar en la piscina (para entonces, ya una de las veces me había dicho que era porque no estaba lo suficientemente llena, para mi alivio)

Fui por el pasillo como pude, no sé si incluso me vino una ráfaga en medio. Entré en la piscina y vi que el nivel del agua estaba a la mitad del indicado. Sonreí para mí. Como Laura me abanicaba y Olga seguía echándome agüita calentita en el útero en las contracciones, dije: “Me siento como la reina de Saba”. Laura sonrió y respondió: “Lo eres, lo eres”.

A partir de ahí todo fue rapidísimo. Vino una ráfaga y vi a Olga y a Laura recoger una caquita con el colador. “Mirad, qué bebé más pequeño he tenido”, dije riendo. Ellas también rieron. En la siguiente ráfaga le dije a Laura: “¡Cómo quema!”, recordando lo que me había contado ella de su primer parto. Llegó otra ráfaga (yo diría que fue la tercera desde que me metí en la piscina) un poco más fuerte que las demás en la que yo me dije “bueno, esto no ha hecho más que empezar”.

¿¿¡¡Todavía no tengo los 5 cm ésos!!?? Esto es Heavy Metal…”

De pronto, sentí como si alguien me abriera las caderas por atrás. Yo había adoptado, no recuerdo cuándo ni cómo, una postura muy cómoda, de rodillas, con las rodillas separadas y los pies juntos, sentada sobre el culo y los talones y con el tronco muy erguido y cantando mis armónicos hacia el cielo. Instintivamente, me toqué entre las piernas. “¡Una cabeza con pelo!”, dije, y grité “¡Helí!¡Helí!”. Laura dijo: “¿Quieres que venga Helí?”. “Sí”, respondí. Laura salió al pasillo: “Helí, te llama”. Él llegó rápido pensando que lo llamaba para agarrarme en las contracciones. Cuál sería su sorpresa cuando cogiendo su mano le hice tocar “la cabeza con pelo”. Yo repetía aquella frase rompiendo en carcajadas de éxtasis, de placer, de incredulidad por lo rápido que había sido todo. Me había imaginado mucho más dolor. El pobre Helí, al verme carcajearme, pensó que me había vuelto loca del dolor. No había tanto dolor. Yo, que he tenido ortodoncia, he conocido visitas al dentista peores…

El tiempo de descanso fue muy breve esta vez y papá ya no se movió de mi lado, de nuestro lado. Estaba detrás de mí, fuera de la piscina. Le miré, reí, le besé y llegó otra ráfaga. Me aguanté el clítoris hacia arriba y chillé tan agudo (el más agudo de los armónicos que había cantado) que pensé que llegarían los vecinos o la policía, y me dio igual. Laura me cogió la mano y captó mi mirada y dijo conmigo “ah, ah, ah” como si fuera un perro con la lengua fuera. Eso me ayudó mucho para destensarme, pero volví a emitir el agudo porque se me desgarraron un poquito los labios al salir tu cabecita, mi bebé, mirando hacia abajo. Te giraste sol@ y abriste los ojos mirándonos desde dentro del agua, imagen que se nos quedaría grabada para siempre. Reí a carcajadas. “No me lo puedo creer”, repetía. Éxtasis. Orgasmo.

En ese único momento me dio pánico. Sentía las piernas y los brazos de mi bebé agitándose dentro de mí. “¿Qué hago?”, pregunté. Las matronas, en una de sus poquísimas indicaciones rieron y creo que fue Laura quien dijo: “Empuja un poco más, ya está”. “Ah, pero, ¿yo he empujado?”, pensé. Una ráfaga y un chillido más y saliste hasta la cintura, una ráfaga y un chillido más y el resto de ti ya estaba fuera. Tú sobre mi pecho, llantos de alegría mezclados con risas, papá besándonos, Olga y Laura abrazándose llorando, el tiempo se detuvo… Explosión de alegría y placer. Tú no lloraste, sólo tomaste aliento y respiraste. Tú ya estabas aquí. Tú.

Después de que salieras todo fue muy rápido y como un sueño. Te tuve entre carcajadas pegadit@ a mí, te besaba sin parar, no paraba de olerte (aunque me dieron ganas de lamerte, otra vez sin saber que la ingestión del vérnix contribuye a mejorar el estado físico y anímico en el postparto)

Pregunté la hora: “Son casi las once”, me dijeron. “No me lo puedo creer”, fue mi repetitiva respuesta aún entre risotadas. 7 horas de parto. Qué bien que olías, no podía parar de olerte.

“Vamos a ver qué es, que aún no lo hemos visto”, dije refiriéndome al sexo del bebé, que habíamos decidido no saber hasta el parto… Mi mirada miope buscó en la oscuridad del cuarto (que era como un gran útero) y mi mano palpó algo que me parecieron 2 huevecilllos… “¡Es un niño!”, dije. “Hola Garoé (ese era el nombre de niño elegido)” “Bienvenido Garoé” “¿No quieres tetita, Garoé?”…

Y tú pasabas de nosotr@s y te dedicabas a mirar a tu alrededor. Seguíamos metid@s en la piscina, y, aunque habían añadido un poco más de agua caliente, al rato se empezó a enfriar.

“¿Quieres salir ya?”, me preguntó Olga o Laura, no recuerdo quién. Dije que sí y me ayudaron hasta la cama, yo seguía contigo en brazos porque seguíamos enganchad@s con el cordón y con tu placenta aún en mi interior. En la cama, alguien (¿quién?) había dispuesto primorosamente todos los cojines, almohadas y almohadones de la casa para hacerla más confortable. “Mi intuición no me ha fallado, me decía que tendría un niño”… (la de papá decía que serías una niña…)

“¡Mami, que soy una niña!” Dafne a las 3 horas de vida, aproximadamente

Te habían envuelto en dos toallas calentadas en el calientatoallas y… seguías siendo “un niño”. Cuando ya estábamos l@s tres acomodad@s en la cama, papá dijo: “A ver, que le vea la cuca”… y cuando miró tu vulva toda hinchada exclamó… “¡Mely! ¡¡Pero si esto es un chocho!!”

Las matronas rieron. ¡Ayyyyyy! ¡Pobre mía! Te besé, te pedí perdón, supliqué para mí misma que esto no te creara ningún trauma futuro. “Perdona, Dafne, esta es la madre despistada que te ha tocado”. Laura dijo: “A mí ya me había parecido que era una niña, pero no quise contradecir a una madre” Yo entonces dije que me alegraba de que fuera una niña por tanta gente que me había dicho que “Como estaba muy guapa embarazada, sería un niño”… (jodido machismo patriarcal hasta antes de nacer…)

“Perdón, Dafne(el nombre de niña elegido), perdón” “Hola Dafne” “Bienvenida Dafne” “¿No quieres tetita, Dafne?” y tú, como buena mujer guerrera, segura de su identidad de mujer, ya que tu sexo había quedado claro, entonces y sólo entonces… mamaste por primera vez, mientras yo tenía las últimas contracciones y daba los últimos empujones para expulsar la placenta… ¡Qué grande era! La vi y me dieron ganas de comérmela. Y ahí llegó Olga con su bisturí y nos dio de comer cachos de placenta… Qué rica estaba y qué bien sentaba… Sabía como a sudor limpio, como al olor de cuando hacemos el amor, como a mí… Pero de nuevo, al igual que al pensar en lamerte, “me vi desde fuera” y dejé de comer. El neocórtex me empezaba a jugar malas pasadas y a sacarme de la profundísima meditación que fue mi parto.

Olga y Laura me dijeron que mi periné estaba intacto pero valoraron si darme o no un punto de aproximación en mi labio derecho que se había desgarrado un poco. Me consultaron y al final decidimos que sí. Aprovechando que estaba “endorfinada” (¡viva la droga natural!) me dieron el punto y salieron de la habitación, dejándonos sol@s por primera vez a l@s tres… Helí sonrió y él y Dafne se durmieron… Yo no podía, tenía las pupilas como naranjas, así que me dediqué a contemplar a mi bella familia, recién estrenada.

De izquierda a derecha, Olga, yo con Dafne en el fular 3 horas después de parir, y Laura. Sobre la mesa, el despliegue nutritivo propio tras una noche de trabajo de parto.

De izquierda a derecha, Olga, yo con Dafne en el fular 3 horas después de parir, y Laura. Sobre la mesa, el despliegue nutritivo propio tras una noche de trabajo de parto.

Las matronas entraron al rato y nos enseñaron a mí a pinzar el cordón y a Helí a cortarlo. Tras pinzarlo, salí sola por primera vez, sin Dafne dentro ni encima, fui al baño a hacer pipí y me pesé: 52k 200g. Volví cuando Helí había acabado de cortar el cordón y me puse a Dafne en el fular portabebés elástico y la arropé bien con mantitas encima. Salí de nuevo con ella colgada y me dirigí al baño, para pesarme otra vez: 55k 600g… ¡3k 400g de diferencia! Menos mal que iba a tener una criatura pequeña… Restando el peso de fular y mantitas, calculamos que Dafne pesaría unos 2k 900g. Como tod@s teníamos un hambre voraz, nos dimos un desayuno-almuerzo (eran casi las 2) de homenaje. Nos hicimos nuestras primeras fotos y, como la familia estaba a punto de llegar, las matronas se fueron.

Helí cogió a Dafne por primera vez y se quedó dormido en el sofá con ella encima, también dormida. Yo seguía sin poder dormir de puro endorfinamiento, con una sonrisa de felicidad que no me cabía en la cara y un “subidón” increíble. Lo había conseguido. Confié en mi cuerpo y en el saber impregnado en mis genes generación tras generación y había parido sin drogas, sin dolor, sin problemas, en casa; había tenido el parto que yo quería. Era todo un sueño hecho realidad. Miraba a Dafne y era una mezcla de “no me lo creo” y “te conozco de toda la vida y es como si siempre hubieras estado aquí a mi lado”…

De pronto, tocaron el timbre y Helí se despertó y dijo que él abría. “No, déjalo, tú tienes a la niña encima, voy yo”, dije.

La imagen de la nueva y feliz familia dice más que todas estas palabras…

Cuando entraron nuestras familias, no podían creer que fuera yo la que estuviera abriendo la puerta ni la energía que tenía. “¿Tú no tenías que estar acostada?”, dijeron casi regañándome. “¿Yo?, ¡pero si estoy estupendamente!”, contesté. Al ver a Helí tumbado en el sofá con Dafne encima dijeron: “¿Pero aquí, quién ha parido?”

Esa noche, con lágrimas saltadas Helí me dijo: “Gracias. Es lo más bonito que han hecho por mí.” Ya acostad@s nos sonreíamos y repetíamos: “Qué bonita es…”

Mi amiga Mayma Namar, que sabe mucho de calendario maya, me había dicho que tú habías nacido bajo el sello de Noche Magnética, y que traías contigo el poder de la abundancia… Traías tu generosidad para que nos sintiéramos tan abundantemente llen@s de amor…

La madrugada del 8 al 9 de mayo, tu tercera noche durmiendo con nosotr@s, sobre la hora de la entrada de la luna llena, me desperté y vi que tenías (por “causalidad”) las dos manos en la misma posición: el pulgar unido con el índice y el resto de los dedos extendidos, como si fueras a emitir un “om”, como un mudra de meditación…

Nuestra familia fue desde el principio muy armónica y abundantemente feliz.

Así naciste Dafne. En nuestra casa. Sin más drogas que la oxitocina y las endorfinas que mi propio cuerpo producía. Sin adrenalina. Sin prisas. Sin rellenar formularios. Sin episiotomía ni desgarro perineal. Sin siquiera exploraciones. Laura y Olga dijeron que bastaba oírme para saber que estaba en trabajo de parto. “No hacía falta decirte nada, has tenido un parto de libro”, añadieron más tarde. Había parido sin órdenes y con la seguridad que daba su compañía, sabiduría, sensibilidad y profesionalidad… en silencio…

Y su silencio fue mi mejor ayuda. Gracias por estar sin estar. Porque mis matronas me respetaron y entendieron que mi parto era mío. Igual que cada parto es de cada una de nosotras, mujeres. Sólo necesitamos darnos cuenta de que tenemos la sabiduría ancestral milenaria para tomar posesión de él.

Gracias a Mely y Helí por su generosidad al compartir su relato.