Partos programados

Partos programados

Vas a llevar a tu hijo al colegio, con tu pequeño en brazos, a la teta y no puedes evitar oír la conversación que tienen otras madres cerca de ti.

“Esto de los partos programados es una maravilla. Vas ahí ya el día que te dicen. ¡Es el futuro!”

Son madres, como tú. Viven en tu barrio. Tienen más o menos tu mismo nivel socioeconómico. Probablemente el mismo nivel educativo. Son mujeres de tu misma edad. Han vivido en la misma época que tú. Se han enfrentado a prácticamente las mismas experiencias. Nacieron y se criaron más o menos en el mismo entorno social y cultural.
Son como tú.

Pero tú oyes esa frase y algo se te revuelve por dentro.
Miras a tu bebé y lo abrazas. Recuerda quizás, la cicatriz de tu primera cesárea y lloras. Quizás lloras sólo por dentro, sólo para ti, pero lloras.

EN ese momento lloras por ti, por tu parto que no fue, por tu cicatriz que es algo más que una línea marcada en tu cuerpo. Lloras por todo lo que lloraste después. Lloras porque te sentiste culpable mucho tiempo. Y tonta. Te sentiste tonta por creerlo todo. Por no preguntar más. Por no investigar más. Por no buscar más.  Lloras porque recuerdas el dolor y la impotencia  de tener que  atender a un bebé con un cuerpo dolorido y convaleciente. Porque en vez de sentirte fuerte, poderosa y protectora, te sentías vulnerable y débil.

Lloras con miedo recordando lo que has oído tantas veces :  “como fue cesárea, no te va a subir la leche”. Lloras porque un día, decidiste mirar tu herida y saber la verdad. Lloras porque recuerdas la rabia e ira que sentiste cuando ibas desentrañando la gran madeja de mentiras que nos han contado sobre nosotros, sobre nuestros cuerpos, sobre si podemos o no parir, sobre las ventajas de no sufrir el parto. Lloras porque te sentiste estafada. Lloras porque lo que te robaron nunca lo recuperarás.

LLoras todo eso otra vez y respiras hondo mientras piensas en aquel bebé,  en tu primer hijo. Ahora un niño alegre, risueño, cariñoso y feliz. Piensas en todo aquello que no te pudieron quitar. Piensas en que todo ese llanto fue el combustible que alimentó  tu fuerza para no dejar que te robaran más, para no ceder ni claudicar en el resto de decisiones sobre tu hijo y cómo criarlo.

Te quitaron tu parto sí, te rajaron sí, os separaron sí, pero una vez que lo abrazaste se quedó en el lugar de donde no debieron llevárselo nunca. Recuerdas esas horas interminables de teta y abrazos. Recuerdas  que el tiempo pasaba mirándole dormir en tu pecho, acariciándole, cantándole y contándole…


Recuerdas a la gente que te decía: “¿otra vez?”, “¿Es que siempre lo tienes que llevar en brazos?” “¿por qué no lo dejas dormir en su cuna?” Y recuerdas que tú les mirabas con pena:
Pobre gente… no saben, no entienden. No se dan cuenta del placer que sentís, de la paz que te da saber que está ahí, contigo, en tus brazos, calmándose y colmándose  con tu cuerpo.


Curaste esa herida  a base de amor y cariño. A veces aún duele, como hoy. Pero ya no duele igual. Ya no te duele tanto la tuya. Te duelen, a veces, las otras. Te duele que se siga haciendo ese daño que tú viviste a personas que ni siquiera son conscientes de ello.

Cuántas veces has contado cómo tú te despediste del hospital regalando bombones: “Qué atentos fueron conmigo, y qué amables”, decías.

Y ahora escuchas a esas mujeres y te duele su ignorancia. Te duele su inocencia. Te duele su credulidad. Te duele su desconexión. Te duele su dolor. Ese que quizás ella nunca sientan ni lloren. Porque sabes que un dolor que no se siente ni se llora nunca se cura.

© nohemi hervadaY miras sus ojos y ellas te miran y saludan con la mirada, sonríen mirando a tu bebé. Y tú  abrazas a tu bebé y les sonríes. Y deseas que tu sonrisa les hable. Y besas la cabecita de tu bebé, este que te regaló con su llegada una de las vivencias más increíbles de tu vida. Ese ser que te devolvió la fe en ti misma. Ese que te dijo sin hablar: “mamá tú puedes, nosotros podemos”.  Y vuelves a mirar a esa madre, a punto de tener a su bebé, que aún no sabe lo que de verdad necesita saber y le devuelves otro tipo de mirada.

La miras con complicidad y con cariño. Esa madre eras tú. La miras intentando que en ti vea otro tipo de reflejo. Que grabe en su memoria la imagen de una madre feliz abrazando a su bebé. La miras y confías en algo que está más allá de lo que nos cuentan y de lo que creemos. Confías en la fuerza que tendrá el momento en que esa madre mire a su bebé a los ojos y se abracen. Confías en que, como tú, sea como sea ese momento, sea en el primer minuto, en la primera hora, o en el primer día… que sepa, en ese momento, que ese bebé ya está, por fin, en casa.

PD: Dedicado a mi hijo mayor y a todo lo que pasó después de ese 21 de febrero

Yo también fui Sara Carbonero

Yo también fui Sara Carbonero

La gran portada será el día que una famosa dé a luz en la Ruber sin que la rajen…
Su estadística es alucinante — me siento decepcionada.
Ese fue mi comentario ayer en mi muro de Facebook.
A raíz del mismo surgió un debate, sobre juicios, derechos, libertades, decisiones, miedos, elecciones, intereses, mentiras, estadísticas, duelos, riesgos, leyes,… en fin, todo lo que conlleva este tipo de discusiones  hablando de cosas que nos marcan tanto.
Hubo quien leyó en mis palabras un juicio a Sara Carbonero, como en su día lo hubo a Shakira por su también cesarea.
El lenguaje escrito es muy limitado y  nuestro mensaje siempre está condicionado por nuestros propios prejuicios o pre-juicios, sobre quien lo envía y  sobre el tema en cuestión y cómo nos afecta. Los mensajes nunca son asépticos. El mío evidentemente tampoco.
Eso no quiere decir que mi mensaje fuera una crítica hacia la mujer que tiene un hijo por cesarea. Primero porque no conozco el caso particular y las circunstancias , y segundo porque aunque fuera el caso no soy yo juez sobre las decisiones personales de cada cual.
La semana pasada precisamente escribí sobre los abortos, tema sobre el cual tengo una opinión muy definida y muy clara pero que no expresé porque de hecho mi opinión no importa. Es mía y es válida para mí y mis circunstancias. Más aún, para mis circunstancias de ahora… porque si algo sé hoy,  es cuánto puede cambiar una persona sus principios más arraigados.
El caso es que yo hablaba precisamente de no juzgar, porque qué sabemos nosotros la carga de la mochila de cada cual.

Mi trabajo como asesora de maternidad es contribuir a dar herramientas para gestionar lo que se está viviendo, o dar información para decidir con mayor libertad, porque sin información veraz y completa ninguna decisión es ni será libre nunca. Mi trabajo nunca es juzgar ni decidir.

 

Así que leer en  mis palabras un juicio es sacar de contexto lo que realmente quería expresar.
Mi decepción no me la causa Sara Carbonero, entre otras cosas porque no tengo ninguna relación con ella como para que me afecte su vida, más allá de entender que como personaje seguido por los medios sus acciones tienen repercusión y contribuyen, lo quiera ella o no, lo desee ella o no, lo busque ella o no, a elaborar una conciencia colectiva y unas creencias. En este caso la de que parir no es tan fácil, cuando una mujer joven, sana, culta y con  medios no lo consigue. Pero como digo, si Sara no quiere enarbolar ninguna bandera ni ser ejemplo de nada, no se la voy a colocar yo.
Las creencias colectivas las construimos entre todos, pero la responsabilidad última debería ser individual. Reitero que, además, esta debería asumirse por una decisión propia y no influenciada por terceros con intereses ajenos al tema u ocultos al protagonista.
En ese sentido me sentí decepcionada. No con Sara Carbonero, sino con una institución, o con todas las que abusan de su rol de autoridad para ejercer una autoridad que se extralimita.
Yo de un obstetra (y de cualquier otro profesional) quiero que deje sus propios prejuicios, miedos e intereses a un lado, que me dé toda la información, y todas las opciones y me deje decidir. Porque es mi derecho. Porque es mi responsabilidad y porque tendré que vivir con ella toda mi vida. Con las consecuencias, con las heridas, con las cicatrices, con todo lo que conlleve.
Precisamente la remoción que causa este tema entre las propias mujeres es prueba de que no nos deja indiferentes. Leemos a otras y nos duele lo que entendemos, sea lo expresado o no, porque hay una herida. Si la herida fue inevitable duele, y si no lo fue, si fue totalmente arbitraria e injustificada duele más, porque añadimos culpa al proceso. Culpa por no saber, por dejarnos hacer, por no pedir, por callar, por asentir, por lo que sea…
Culpa porque hay un duelo y todos los duelos traen un momento de culparnos a nosotros mismos. Y de ahí mi comentario.
Dejemos de culparnos a nosotras y a otras. Empecemos a culpar a quienes no cumplieron su primer papel. A los que usan el miedo como herramienta, la omisión de informacion como as en la manga para que acabemos implorándoles que hagan lo que ellos quieren como si fuera lo necesario para salvarnos, a nosotras y a nuestros bebés. A esos que frivolizan una intervención de cirugía mayor innecesaria sin advertir de todos los riesgos que conlleva, para la madre, para el bebé, para la lactancia, para la familia, para la sociedad.
no a la violencia obstétrica
Y puedo hablar así porque yo también fui Sara Carbonero. Yo también fui primeriza que fue a una clínica privada y salí rajada. Confié en que “ellos sabían lo que era mejor”, confié y me engañaron. Y me robaron algo que nunca pude recuperar: mi parto y más aún, mi derecho a decidir.
Fijáos que en mi comentario no mencioné la palabra “cesarea”, ni mencioné “nombres”. Porque aunque iba por la Ruber y por este caso  concreto, lo cierto es que lo raro en esas clínicas es encontrar una mujer que sale sin rajar.   Las episiotomías que en muchas clínicas siguen siendo rutinarias también las incluyo. Por eso mi comentario fue que el titular sería que se diera a luz sin rajar. No  sé si las famosas que se me nombraron  y que no fueron cesarea tuvieron o no episiotomía… pero me la juego a que más de la mitad. Y aunque en esos casos puntuales no fuera así, las estadisticas no nos las inventamos las “locas del parto”.
Solo deseo que esta madre reciente, rajada y dolorida, como lo fui yo, tome conciencia de qué le ha pasado, que se pregunte por qué, a ella y al equipo médico que la ha atendido, que obtenga respuestas. Y que a partir de ahí haga lo que necesite para ser feliz. Ojalá las respuestas sean que sí, que era lo mejor. Yo no lo sé, y a mi no me importa, pero a ella sí debería. Porque eso va a condicionarle muchísimo en su vida.  A ella y a su bebé, queramos verlo o no.  Porque eso daría para otro tema.
Para algunas esa raja (fuera en el abdòmen o en el periné) es una herida que nos causó mucho dolor y sufrimiento. Por eso nos permitimos sentirnos mal cada vez que se comete otro abuso de poder sobre nuestros cuerpos. Por eso criticamos a los ginesaurios y sus sistema de violencia obstétrica. Por eso todas soñamos con el día en que todas las Saras Carbonero de nuestro país salgan en el Hola presumiendo de ser las protagonistas del nacimiento de sus hijos.
sara carbonero

Y a todas las Saras Carbonero, famosas o anónimas que sufran por no tener lo que ellas y sus bebés merecían les deseo la fuerza y sabiduría de transformar ese dolor en otra cosa. Ojalá ninguna por dolernos nuestra herida la neguemos, o acabemos nunca justificándola.