El parto más feliz con el final más triste

Faro tormentaHay cosas que no deberían pasar.
Pero cuando pasan sólo nos queda llorar, aceptarlas e incorporarlas a nuestra vida.
Sentir la muerte de un hijo en el vientre es algo desgarrador, brutalmente desgarrador, devastador, desolador…
Hoy, otra vez, como tantas demasiadas veces, he sabido de otra preciosa criatura que no pudo seguir viviendo.
Hoy la vida me ha regalado la oportunidad de escuchar a una madre contar cómo fue. Y digo regalado porque pocas cosas hay más generosas que una madre compartiendo su dolor con tanto amor.
Viví un duelo en primera persona y todos los duelos que he conocido después en cierto modo reabren mi herida. Hoy he llorado por M. y por M. y por mí y por Altair.
He llorado de tristeza y de pena, y también de regocijo al escucharla relatar su parto. Sólo cuando alguien te cuenta los efectos de un parto natural incluso en esas circunstancias entiendes lo que de verdad tiene ese proceso de mágico, de fuerte, de poderoso, de sublime.
Odio que algunas mujeres tengamos nuestro parto más feliz con el final más triste. Pero me alegro, al menos, cuando nos quedamos solas con nuestro vacío, nuestro dolor, nuestra pena y nuestra impotencia y nuestra rabia, podamos recordar que fuimos poderosas, que nos sentimos eufóricas incluso mientras recibíamos esos cuerpos cálidos a pesar de estar sin vida.
Sentir su calor mientras se va disipando, del mismo modo que habríamos querido alargar la despedida su primer y último aliento.
Sentir que ese momento fue íntimo, privado, respetado y precioso.
Sentir que nuestro cuerpo proveía el camino para ese viaje sin retorno, de la forma en que siempre han de empezarse los caminos.
Sentir que por muy pequeño que sea ese cuerpo, a pesar de su fragilidad y blandura… era el de un ser que nos dejará una huella eterna.
Sentir que hay personas que como faros en la tormenta arrojan luz hasta en la noche más oscura.
Escribo llorando.
Porque hay dolores que nos duelen a todos.
Porque hay dolores que nos son viejos conocidos.
Porque hay dolores que nunca se lloran del todo.

Dedicado a M. M. JI.V. y a su familia

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