Relato de lactancia de Trinidad y Hugo

Escribo estas palabras, por varios motivos.
Por un lado siempre me ha ayudado escribir para colocar sentimientos y pensamientos, por otro, creo firmemente en que la mejor ayuda para ciertas experiencias es el compartir con otras personas que están en una misma situación.
El domingo Hugo hará un mes que nació, había preparado con mimo su llegada, deseaba un parto natural donde su papa participara, elegir la posición , no temía al dolor, que sabía que me ayudaría a dirigir su salida… también tenía claro cómo alimentarlo, “lactancia materna a demanda”, sentía que podía darle lo mejor de mí, me apetecía construir este vínculo.

Por desgracia, pese a que Hugo está totalmente sano, el parto fue todo lo contrario a lo que deseaba: provocado, agresivo (fórceps), y complicado. Tuve una infección en el transcurso que provocó que ambos estuviésemos ingresados en sitios distintos, él en neonatos y yo en planta, ambos con medicación. Se añadió a esto una hemorragia y legrado posterior que provocó que, tras el parto, no pudiera bajar de la planta a verlo hasta 24 horas más tarde del alumbramiento.
En aquellos momentos sentía que me había desgarrado por dar vida y que no podía ver ni su mirada. Temí que ni siquiera supiese quien era.

Estábamos separados. Podía bajar cada tres horas a darle de comer y allí estaban sus biberones preparados. Con timidez ,porque no vi muchas mamas que lo hiciesen, planteé dar el pecho, casi pidiendo permiso. No tenía claro cómo hacerlo, mi postura era limitada ya que me encontraba en silla de ruedas y hasta el niño debían ponérmelo en brazos. No dejaban que su padre estuviera conmigo a la vez que yo, me sentía rídicula además de no poder estar con Hugo todo el tiempo, no podía ni cogerlo por mi misma, tenía una vía en la mano con la que temía hacerle daño…
Aun así me empeñé, y aunque fuese dos minutos enganchado a mi, quería hacerlo, era mi forma de decirle “estoy aquí para ti en cuerpo y alma”.
Hubo enfermeras a las que tuve ganas de gritar, ya que me decían que tuviera cuidado con que el niño no se le bajara el azúcar. Cuando pedí ayuda me apretaron el pezón para estimular la salida de leche hasta que me hicieron daño… las ganas de abandonar eran una tentación, pero me quedaba cabezonería (o cariño, instinto..).

Con los cambios de turno llegaron enfermeras nuevas, una de ellas en especial acompañó mi necesidad, ”nuestra necesidad”, utilizó un cojín de lactancia, me ofreció un biombo por si me sentía incómoda, y más tarde me enseñó donde estaba la sala de extracción de leche. Así  Hugo bebía de mí en aquellos momentos en los que no podía estar. Si no hubiese estado esta enfermera posiblemente hubiera abandonado.

Aun así las dificultades seguían, la hemorragia fue tan fuerte que me sentía sin fuerzas, y una vez en casa las visitas a casa se agolpaban porque la gente sólo había visto a Hugo tras el cristal. Nos costaba a ambos encontrar la intimidad que necesitábamos, la serenidad. En algunas tomas, sentía que no tenía alimento para él. Me sentí tan frustrada que empecé a pensar que cualquiera podría cuidarle mejor que yo….

Compartir la tristeza con mi marido y algunas personas cercanas, me ayudó a sobreponerme, a afrontar el conflicto de pedir a la gente que respetara nuestro tiempo. Mi hijo llevaba 9 meses en mi interior, pero fui consciente de la necesidad de conocernos, de buscar el silencio y mirarnos. Cuando mama, me mira atentamente voy descubriendo su carácter, sus gestos, le gustan las caricias en el pelo y disfruta del silencio cuando se alimenta de mí.

Lo mantengo en brazos cuanto puedo, hay quien dice que así lo malacostumbro, yo estoy convencida de que no, además en mi interior me digo, “estamos recuperando el tiempo perdido”, porque aquellos cinco primeros días separados, viéndonos a ratos, fueron de los más dolorosos.

También pienso en que tengo suerte, por haber leído, por seguir artículos, blogs, por tener una pareja que se siente partícipe de la decisión de lactar,y que ha ayudado sin pudor a calmar a Hugo a agarrar mi pecho ,a traerme agua y a buscar la calma, para que estuviésemos bien.

En el Hospital MaternoInfnatil encontré muchas madres que renunciaban a dar el pecho, desesperadas, que sentían vergüenza por no conseguir que sus hijos se agarraran, y que callaban el sentimiento que les provocaba el no sentirse capaz de alimentar.. son las que me hacen pensar todo el camino que queda por recorrer. Que nadie nos explica que esto requiere paciencia, constancia, e intuición, pero que si el deseo es fuerte se puede.

Hoy todavía estamos con lactancia mixta pero cada vez hay menos biberones en nuestro día a día, y más mimos y teta…

Trinidad Y.Santana Rodríguez