Este Blog siempre ha pretendido ser un lugar donde compartir información útil, práctica y positiva sobre la crianza de los hijos.

A veces algunos artículos son duros porque es la realidad que tenemos. Sobre todo en lo referente al desconocimiento sobre Lactancia Materna o al maltrato que reciben madre y bebé en los partos no respetados que sufrimos. Pero nunca pensé que hay un aspecto aún más duro de la Maternidad. Un aspecto en el que no piensas…hasta que te toca: llorar la pérdida de un hijo. Aunque se trate de un hijo no nacido.

Este es el relato de lo que  nos ha sucedido. Es duro de leer porque es un suceso horrible y no hay forma (ni deseo) de ducificarlo. Es la cara dura del proceso,  lo que no piensas que te puede ocurrir. Y mejor así. Nadie puede disfrutar algo alegre si está pensando en que le ocurra lo peor.

 ¿Por qué hablar de ello?

Porque ocurre. Ocurre a nuestro alrededor. A veces más cerca de lo que deseamos  y no siempre sabemos qué decir.

Si te encuentras alguna vez con una madre (o unos padres) que han sufrido un aborto,  nunca digas cosas como esta:
-“tranquila, que si te pones nerviosa es peor”

-“no te preocupes, eres joven y podrás tener otro”

-“mejor ahora que más tarde”

-“aún no era un bebé del todo”

-“al menos tienes otro hijo”

-“en unos días ni te acuerdas”

Todas esas frases las he tenido que oír estos días  y sólo entiende cuánto daño hacen quien ha pasado por este trance. Si hay algo peor que la muerte de alguien querido, es que intenten minimizar ese dolor.

Si ante esa situación no sabéis qué decir, no digáis nada. Un abrazo o tomar la mano con afecto es suficiente…

También es justo decir que he recibido muchísimas muestras de cariño, de comprensión, de empatía. No pensé que había tanta gente que nos quería y que sufría mientras nosotros sufríamos. Es cierto que “de tus peores momentos saldrán tus mejores amigos”. GRACIAS a todos.

 

SÓLO 13 SEMANAS…


Ése es el tiempo que estuvo con nosotros…
Nuestro bebé vivió sólo 13 semanas. No sabemos por qué.
Sólo sabemos que íbamos ilusionados a ver la ecografía, como decía Iker: “íbamos a hacerle “una foto al hermanito””. Y  al final toda nuestra ilusión se convirtió en el golpe más duro que he recibido en mi vida.

-“No oigo el latido del corazón”…

Son las palabras más duras que he oído nunca, las de la ginecóloga.
No podía creerlo. Miraba a mi marido y a mi hijo como si no fuera cierto. Estaba bien, había empezado a sentirme mejor, sin naúseas. No tenía dolor, ni contracciones, ¿cómo era posible?

En un minuto pasé de decirle a la doctora que quería parir a mi bebé en casa a hablar de ir al hospital para que lo expulsara y me hicieran un legrado. Todo eso con Iker allí mirándonos sin saber qué pasaba.

Entre llantos nos explicaron qué hacer y cómo sería el proceso.

Salimos como zombies, aunque yo me puse las gafas de sol. “para no amargarles el día a los padres que estaban en la puerta”, esperando como yo, ver a su bebé.nN quería que vieran nuestro sufrimiento en un día especial para ellos.

Iker, que lloraba por vernos llorar, nos miraba asustado. Le dije que mamá estaba triste porque el bebé se había ido,  que estaba malito y no podía crecer más. Lloró repitiendo esas palabras y nosotros aún lloramos más por él.

Ya en el coche sólo tuve fuerzas para llamar a Olga, la matrona que esperaba nos atendiera en nuestro soñado parto. Nunca podré agradecerle lo bastante su ayuda en este trance.

Siempre pensamos en la parte bonita del trabajo de comadrona, la de comadre, la de acompañar a la madre en traer una vida al mundo. Pero nunca pensé en cuánta ayuda necesita una madre que tiene que despedir a su bebé.

Estamos tan perdidos ante cómo afrontar la muerte de un bebé que ni siquiera usamos ese término. Yo misma he repetido la expresión “he perdido a mi bebé”…
“He perdido”… como si no supiera dónde se quedó. Pero no lo “perdí”, estaba allí, en mi vientre, sin vida,  pero estaba allí. Me imagino que decir  “mi bebé ha muerto” nos suena peor. El caso es que, con eufemismos o sin ellos,  ya no vivía y había que sacarlo.

Cuando llegué al hospital lo primero que pregunté era por la posibilidad de que Iker se quedara conmigo. No soportaba la idea de separarme de mi niño. Pero tras explicarme los posibles efectos secundarios de la pastilla que te ponen para provocarte la expulsión del cuerpo pensé que no sería agradable para él ver a mamá en ese estado.
Además quería intimidad para pasar por ese proceso de sacar a mi bebé de mi cuerpo. Mi marido no quería dejarme sola pero le convencí de que yo estaba bien pero que no nos perdonaríamos que Iker se sintiera solo por la noche. Nunca había dormido sin mamá y la teta, no quería que tampoco tuviera a papá para consolarle. Le agradezco que me escuchara y se quedara con él, abrazándole hasta dormirse diciéndole que mami le quería aunque no estuviera allí con su tetita.

Mientras tanto yo en la habitación,   Olga estuvo un rato conmigo dándome  sabios consejos:

-“déjale ir, respira hondo cuando notes que va a salir y estáte tranquila… tómate tu tiempo y despídete de él… cógelo si quieres… es TU bebé”…

Y eso hice.
Cuando salió y le vi tan pequeñito, pero formado… ví que era mi bebé. Le miré, le toqué y lloré. Lloré por lo que pudo ser y ya no era.

Sé que ya no vivía y ése era sólo un cuerpo sin vida,  pero cuando perdemos un ser querido (otra vez la expresión errónea) casi siempre tenemos un recuerdo, una foto, un olor, algo a qué aferrarnos para recordarle. Yo no tenía nada de él,  sólo la visión de ese cuerpecito. Y deseé que no hubiera sufrido, que se sintiera querido el poco tiempo que vivió. Le miré queriendo grabar su imagen. Me impresionó lo pequeño que era y me sentí mal, sentí que le fallé, que había hecho algo mal, que no le pude proteger.

Cuando nació mi hijo hice mi más profunda y sincera oración a Dios. Le dije que me sentía un poco como Él por haber podido dar vida. Era algo indescriptible, y ahora  oré con angustia, con dolor en el alma.

Un dolor que sigue, que se calma un poco cuando miro a mi hijo Iker porque él se merece ser feliz y no vivir en constante tristeza. No pensé que fuera posible pero juraría que ahora le quiero más. Porque comprendo que es un milagro que esté con nosotros, que cada día de vida a nuestro lado es un regalo, que a fuerza de ver damos por sentado. Le quiero más porque consigue que riamos con sus cosas y por momentos nos olvidemos del sufrimiento.

Todavía me duele hablar de ello aunque sé que el tiempo me ayudará a sobrellevarlo.

Si aún lloro a veces por un parto traumático, cómo no llorar por no ver crecer a mi bebé…