Hoy hemos desayunado con este titular de la entrevista a Samanta  Villar :

Samanta Villar- calidad de vida

Y como cada 2 x 3 surge el mismo debate de si ser madre es esa etapa idílica de realización completa para la mujer o una trampa de “veteasaberquién” ( para unos el patriarcado, para otros el capitalismo, la religión, o  cualquier grupo o estamento con poder e intereses) para engañarnos y someternos ( aún más) y cumplir nuestra función reproductora.

Como en todo debate hay gente en los extremos y otros, la mayoría, deambulando entre ambos, a veces más inclinados hacia uno u otro, dependiendo de la propia experiencia, de la propia vivencia.

Dejando a un lado que en el titular se busca llamar la atención y que, evidentemente, vende más uno polémico que sencillamente decir: “ser madre es agotador”, a mí me llama la atención la elección de los términos que hace Samanta en sus declaraciones.

¿Qué es la calidad de vida?

Quizás esa sería la primera pregunta a plantearnos. En mi caso necesito definir qué es exactamente la calidad de vida para evaluar si yo también la he perdido o no, que a lo mejor en mi caso estoy peor que antes y la oxitocina me tiene engañada…o el patriarcado.

Me pongo a buscar y encuentro que el término “calidad de vida” es (copio) :

un concepto  propio de la sociología, pero también forma parte del debate político o de las conversaciones cotidianas. Se entiende por calidad de vida el nivel de ingresos y comodidades de una persona, una familia o un colectivo. Esta definición es meramente orientativa, ya que la idea de calidad de vida está llena de matices”.

Leyendo eso es evidente que tener a cualquier persona dependiente a tu cargo hace que tu calidad de vida baje… algo así como la renta per cápita de un país con una tasa alta de desempleados.  Si yo ganaba 2000€ al mes  y estaba sola y ahora gano lo mismo  (suponiendo que sea de las afortunadas que siguen ganando su sueldo después, claro) y tengo 2 hijos a mi cargo… pues sí, evidentemente he perdido calidad de vida. Ahora tengo más gastos, menos dinero para mí y además menos tiempo para intentar ganar más dinero y alcanzar mi status anterior. Decididamente he perdido calidad de vida.

Pero ¿es esto así en realidad? ¿Realmente nuestra calidad de vida la medimos con una ecuación de ingresos y personas a repartir? ¿Será eso de lo que hablaba Samanta Villar en su entrevista?

Dejando a  un lado el sarcasmo, todos entendemos que la calidad de vida engloba muchas más cosas aparte del dinero, aunque es evidentemente una parte fundamental ya que otros conceptos asociados a ese concepto se consiguen con dinero:  ( sistema sanitario, educación, seguridad, vivienda, alimento, electricidad, ropa, etc…)
Esta es otra definición del concepto “calidad de vida” mucho más completa:

La calidad es el grado de bondad de las cosas en general. La calidad de vida designa las condiciones en que vive una persona que hacen que su existencia sea placentera y digna de ser vivida, o la llenen de aflicción. Es un concepto extremadamente subjetivo y muy vinculado a la sociedad en que el individuo existe y se desarrolla. En un ambiente rural, sin adelantos técnicos, donde las personas viven una vida más de acuerdo con la naturaleza y alejados del progreso, sentirán satisfechas sus necesidades con menores recursos materiales. En las modernas sociedades urbanas, un individuo se sentirá insatisfecho y con poca calidad de vida si no puede acceder a las innovaciones tecnológicas que lo dejan relegado del mundo globalizado y competitivo.

Hace no tanto tiempo tener hijos era la única forma de asegurarse la calidad de vida en el futuro. En una sociedad sin pensiones, ni seguridad social, eran los propios descendientes a los que se cuidaba en su primera etapa, los encargados después, de cuidarnos cuando no nos valiéramos por nosotros mismos. De ahí que en muchas culturas no poder tener hijos fuera una especie de lacra o maldición. En cierto sentido te hacía depender de la caridad de los demás miembros de tu familia o tu tribu.

Hoy no tenemos hijos para que nos mantengan el día de mañana, aunque no sé yo las vueltas que dará el mundo todavía… Pero es un ejemplo de lo que quiero mostrar. El concepto calidad de vida es moldeado por la sociedad en la que se vive, por la situación social, política y económica. Y sobre todo es moldeado por nuestras propias creencias y expectativas.

Si yo me enfrento a la maternidad sin tener en cuenta que, ante todo, tener hijos no es un derecho ni una opción que se pueda hacer poniendo el foco en el interés del adulto, entonces de seguro mi reacción ante la situación me va a desbordar.

Ser madre ( padres)  es sobre todo un trabajo muy ingrato en nuestra sociedad. Los niños no son valorados por lo que son, se nos presentan como otro objeto de consumo más que tiene que cumplir unas expectativas para el consumidor.  Los bebés tienen que dormir mucho, solos, comer cuando les toca y sobre todo, no llorar. Tienen que dejar a sus padres tiempo de volver a sus productivas vidas cuanto antes, por supuesto, sin hacernos sentir culpables con su llanto al quedarse con extraños. Tienen que agradecernos que les hayamos tenido porque somos la causa de su existencia, y como tal, supeditados a nuestros deseos. Tienen que obedecer nuestras normas, por supuesto sin rechistar. Todo acto de queja se considera rebeldía máxima y, por tanto, merecedora de un castigo ejemplar.

Expectativas versus realidad

En ese contexto es normal que todas nos sintamos morir cuando comprobamos que expectativa y realidad chocan estrepitosamente.

Resulta que mi maravilloso bebé, tan bonito, me reclama más de lo que soy capaz de dar. Resulta que no sé por qué me siento incapaz de responder a sus demandas sin sentir que se me chupa la sangre. Resulta que he pasado de ser la persona que era a convertirme en un satélite que gira alrededor de las necesidades de un ser que ni siquiera habla. Necesidades tan poco excitantes como comer, estar limpio o sentirse seguro en brazos.  Resulta que yo puedo pasarme 21 días viviendo en la calle como una sin techo, fumando porros o trabajado en una mina  pero me resulta difícil aceptar mi nuevo rol de madre.

Mafalda. madreQuizás, y digo quizás porque yo no tengo las respuestas a cada situación particular, esté en que todo lo anterior lo considero valioso porque es mi trabajo, me realiza profesionalmente y sobre todo, me aporta dinero y reconocimiento. Pero ser madre no aporta ni lo uno ni lo otro. Y quizás porque todos los demás contratos de nuestra vida son temporales, con claúsula de salida (hasta inventamos el divorcio que anula la promesa de “hasta que la muerte nos separe”), menos este.
Somos mujeres educadas para SER ALGO en la vida. Por supuesto, ese “algo” se refiere a  algo más que ser madre. Nos ha tocado ser la generación que tiene claro que puede ser lo que quiera sin haber encontrado la fórmula para no renunciar a  nada, incluso a lo que  no sea tan productivo desde el punto económico y social.  En lugar de encontrar el modo de conciliar nos salimos por la tangente criticando a las que no concilian, bien porque trabajan y no cuidan, bien porque cuidan y no trabajan ( entendiendo “trabajo” como remunerado).

 

  • Nos criaron para no ser esclavas de los hijos, pero no nos explicaron que cuando te enamoras de tu bebé ( que no es sólo el hecho de tenerlo), el único lugar en el que quieres estar es al alcance de su mirada.
  • Nos criaron para correr y alcanzar nuestras metas profesionales, pero no nos explicaron que en esta carrera podemos tomarnos tiempos para hacer otras cosas, que a veces, nos interesarán más otras cosas.
  • Nos criaron para no sentirnos explotadas en casa, pero no nos explicaron que a la mayoría nos siguen explotando fuera de ella.
  • Nos criaron para saber que teníamos todos los derechos, pero no nos explicaron que algunos de esos derechos eran sólo deseos.
  • Ser madre no es un derecho, no es tampoco una obligación y nunca  ha de ser un castigo.
  • Ser madre debería ser una elección, como no serlo, tomada sabiendo todo lo que implica participar en la vida de otro ser humano a ese nivel.
  • Nadie influye más en la persona que somos que nuestra madre.
  • Nada nos deja tanta huella como la actitud de nuestra madre hacia nosotros.
  • Nada nos marca tanto como lo que nuestra madre siente que hemos sido para ella en su vida.

Quizás, y solo quizás, la mayor muestra de madurez  y altruismo de una mujer que es madre, sea tragarnos las palabras dichas en pleno agotamiento físico, mental y emocional y no arrojarlas a nuestros hijos como si ellos fueran los culpables de nuestra falta de conocimiento de la situación que hemos decidido vivir.  Porque, de hecho, no lo son.

Yo también a veces he deseado irme de mi vida un rato.
Yo también me siento sobrepasada y defraudada como mujer trabajadora con hijos por una sociedad  a la que aporto lo más valioso y no me da nada a cambio sino ostracismo social y profesional.
Yo también me siento sola con una carga que a veces se me hace muy pesada.
Pero yo soy la adulta, yo soy ahora la madre.

Y para acabar retomando la idea inicial del post, mi calidad de vida ahora es bastante mejor que antes de ser madre. Así que va a ser que no, que  la calidad de vida no se pierde por tener hijos,  igual que no se pierde por casarse o divorciarse, sino por cómo afronta cada uno sus  vivencias.
Y, por supuesto, la felicidad de una mujer no la da ser madre o no serlo. Ni siquiera desear algo y conseguirlo o no desearlo y aprender a vivir con ello. LA felicidad, imagino, es aprender a saborear los buenos momentos, no esperar que los demás sean responsables de hacernos felices y no culparles de nuestras frustraciones. Al final, creo, todo es cuestión de ACTITUD.