Comprar en lugar de vincularse

No es fácil vincularnos y permanecer muchas horas a solas con los niños pequeños. Por eso solemos convertir los momentos de “estar juntos” en momentos de “consumo” compartido. La “compra” del producto que sea opera como mediador en la relación entre los niños y nosotros. El objeto mediador puede ser la televisión, el ordenador, los jueguitos electrónicos, salir de compras a la juguetería, al pelotero, al centro comercial o a lo sumo ir a ver un espectáculo (que pueden ser maravillosos y necesarios en sí mismos). Pero conviene reflexionar  sobre cómo los adultos utilizamos los elementos de consumo social para paliar la dificultad que supone la relación con el niño, es decir la permanencia, la mirada, el juego y la disponibilidad emocional.

Cuando un niño nos pide tiempo para jugar, o mirada para que nos extasiemos por un descubrimiento en su exploración cotidiana, cuando nos solicita presencia para permanecer a su lado o que nos detengamos un instante para que pueda recoger una piedra del suelo; solemos responder ofreciendo una golosina, una promesa o un juguete porque estamos apurados.  El niño poco a poco va aprendiendo a satisfacer sus necesidades de contacto a través de objetos, y muchas veces a través de alimentos con azúcar. Todos los adultos sabemos que mientras que un niño come dulce, no molesta. Y también sabemos que en la medida en que esté hechizado por la televisión, tampoco molesta. Si aprende a jugar con el ordenador, molesta menos aún. Y si necesitamos salir a la calle en su compañía, en la medida que le compremos algo, lo que sea, estará tranquilo y nos permitirá terminar con nuestros trámites personales mientras dura la fugaz alegría por el juguete nuevo.

Los niños aprenden que es más fácil obtener un objeto o algo para comer (generalmente muy dulce o muy salado) y de ese modo desplazan sus necesidades de contacto y diálogo hacia la incorporación de sustancias que “llenan” al instante. Tienen la falsa sensación de quedar satisfechos, aunque esa satisfacción dura lo que dura un chocolate. Es decir, muy poco tiempo. Por eso los niños volverán a pedir -o a molestar a ojos de los adultos- y en el mejor de los casos volverán a recibir algo que se compra, con la debida descalificación de sus padres por ser demasiado pedigüeños o faltos de límites. Es un modelo que repiten hasta el hartazgo, porque funciona: creen que necesitan estímulo permanente, consumo permanente y rápida satisfacción.

A esta altura, los niños han olvidado qué era lo que estaban necesitando verdaderamente de sus padres. Ya no recuerdan que querían cariño, ni atención, ni mimos, ni palabras amorosas. Ya no registran que era “eso” lo que estaban necesitando.

Nosotros los padres también consumimos para calmar nuestra ansiedad y nuestra perplejidad al no saber qué hacer con un niño pequeño en casa. La cuestión es que nos vinculamos con el niño sólo en la medida en que hay algo para hacer, y si es posible, algo para comprar o comer. Y si el niño puede hacer “eso” solo, sin necesidad de nuestra presencia, mejor aún. Sólo basta mirarnos unos a otros un domingo en un centro comercial cualquiera, en cualquier ciudad globalizada.

Esta dinámica de satisfacción inmediata a falta de presencia afectiva, somete a los niños a una vorágine de actividades, corridas, horarios superpuestos y estrés, que nos deja a todos aún más solos. No nos damos la oportunidad de aprender a dialogar, nos olvidamos de los tiempos internos y pasamos por alto nuestro sutil compás biológico.

¿Qué podemos hacer?

Pues bien, podemos buscar buena compañía para permanecer con los niños en casa, sin tanto ruido ni tanto estímulo. Amparadas por otros adultos, es posible permanecer más tiempo en el cuarto de los niños, simplemente observándolos. No es imprescindible jugar con ellos, si no sabemos hacerlo o si nos resulta aburrido. Pero si no logran ser creativos aprovechando nuestra presencia, basta con acercarles una propuesta, unos lápices de colores, una invitación a cocinar juntos, o a revolver las fotos del pasado. En fin, siempre hay algo sencillo para proponer, ya que “eso” que haremos será la herramienta para alimentar el vínculo. Y los niños generalmente aceptan gustosos.

Cuando estamos en la calle con los niños, podemos “desacelerar” y darnos cuenta que no pasa nada si tardamos más tiempo en realizar las compras o los trámites. Porque de ese modo cada salida puede convertirse en un paseo para los niños y en un momento pleno y feliz para nosotros. Si somos capaces de detenernos ante una vidriera que les llama la atención, si una persona los saluda y nos otorgamos el tiempo de sonreírle o bien si nos sentamos un ratito en la vereda porque sí, porque pasó una hormiga, algo habrá cambiado en la vivencia interna de los niños. Esos cinco minutos de atención significan para nuestros hijos que ellos nos importan, que el tiempo está a favor nuestro y que la vida es bella desde el lugar donde ellos la miran. Estamos diciéndoles que nada nos importa más en este mundo que mirarlos, que deleitarnos con la vitalidad y la alegría que despliegan y que los amamos con todo nuestro corazón.

Toda la dedicación y el tiempo disponible que no reciban de nosotros, los obligará a llenarse de sustitutos, y luego creerán que sin esas sustancias o esos objetos no pueden vivir. La realidad es que no podemos vivir sin amor. Todo lo demás, importa poco.

Laura Gutman

Amor de madre, ¿sólo química?

Las hormonas mandan en el cariño que las parturientas tienen por sus hijos,
pero factores sociales como la pobreza extrema pueden alterar ese proceso biológico.

Las madres quieren a sus hijos. Pero ¿por qué a veces resulta que ese absoluto no lo es tanto, como demuestra el fenómeno, universal y atemporal, de los abandonos? ¿De qué está hecho el vínculo madre-hijo? Los científicos le prestan cada vez más atención. Están averiguando cómo se establece, qué papel juega en el desarrollo y si deja huellas en el futuro adulto. Y ¿qué pasa con los padres? De fondo está el debate eterno de cuánto en nuestro comportamiento es biológico y cuánto cultural. La respuesta es: mucho más de lo que creemos -y esto vale para lo biológico y para lo cultural-.

El amor, ya se sabe, es pura química. O pura biología. Los neurobiólogos conocen ya varios ingredientes, como la hormona oxitocina y los opiáceos, que intervienen en lo que ellos llaman apego, y saben en qué áreas cerebrales actúan. Por ejemplo en los circuitos de recompensa, que nos hacen querer más de lo que nos da placer. La cosa es simple hasta el punto de que sin estas hormonas no hay amor. Ni amor materno, ni de pareja. El cóctel químico cambia más o menos en cada caso, pero siempre está ahí. La conducta humana, incluso en rasgos tan personales como la generosidad, la confianza o la capacidad de amar, depende de unas cuantas moléculas.

La mencionada oxitocina, en concreto, parece ser una auténtica bomba de emociones positivas. En los últimos años se ha demostrado su importancia en la sociedad y la familia, tanto en animales como en humanos. Hace tres años el grupo de Paul Zak, director del Centro para Estudios Neuroeconómicos, en California (EE UU), vio que si rociaba con oxitocina a varios voluntarios, éstos se volvían mucho más dispuestos a confiar su dinero a un extraño. Y funcionaba sólo entre personas, no cuando se trataba de invertir por ordenador. También es reciente el hallazgo de que el distinto comportamiento familiar de dos especies de roedores, por lo demás muy similares, se debe a la oxitocina y a otra hormona similar, la vasopresina. La especie que vive en llano crea relaciones monógamas largas para cuidar a las crías, mientras que en la de montaña hay mucha promiscuidad y los machos pasan de la prole. Las primeras tienen muchos más receptores de oxitocina y vasopresina que las de montaña.

Es decir, que “la oxitocina es el pegamento de la sociedad, tan simple y tan profundo”, ha declarado Zek, cuyo trabajo ha publicado Nature. Los opiáceos, por su parte, son los encargados de mantener la conducta y de hacernos en cierto modo adictos al afecto. Varios trabajos han demostrado que los ratones sin receptores de opiáceos no muestran preferencia por sus madres. Y al contrario, cuando a crías de rata sanas se las separa de sus madres son los opiáceos y la oxitocina lo que calma su ansiedad.

Pero, volviendo al vínculo materno-filial, ¿en qué momento producimos las personas más oxitocina? No es difícil adivinarlo: en el orgasmo, en las interacciones sociales placenteras y durante el parto y la lactancia. Así que el amor materno empieza a fraguarse muy pronto, a base de hormonas. No en vano la Organización Mundial de la Salud recomienda hoy que el recién nacido sano y su madre estén juntos -la observación del bebé “no justifica la separación”, dice la OMS-, y que la lactancia sea “inmediata, incluso antes de que la madre abandone la sala de partos”.

La mayoría admite hoy que hay un periodo sensible inmediatamente después del parto, en el que el recién nacido está tan receptivo al olfato y al tacto que, colocado sobre el cuerpo de su madre, puede llegar él solo al pezón y empezar a chupar. En cuanto a la madre, para ella el bebé es una máquina de producir sonidos, caricias y olores que disparan su neuroquímica del amor. Basta que el bebé chupe los pezones para que ella produzca oxitocina y prolactina. Y el pequeño no sólo busca comida. Harry Harlow -para muchos un torturador de animales- demostró en los sesenta que los bebés de mono prefieren madres falsas de cálido paño incapaces de alimentarlos a otras con biberón hechas de alambre.

“El recién nacido es un mamífero que necesita el contacto con la madre que lo acaba de parir. Tiene que sentir su olor, su tacto, escuchar su voz”, dice Gema Magdaleno, matrona del hospital La Paz, en Madrid. “Lo antinatural es separarles. La madre y el hijo son dos desconocidos que necesitan reconocerse, es algo muy animal. En ese primer momento comienza la impronta”. En La Paz están empezando a implantar el método piel con piel cuando el niño nace sin problemas: tras una inspección rápida el bebé sano es colocado desnudo junto a su madre y suben juntos a la habitación en la misma cama. “Las madres están mucho más satisfechas. Y en los recién nacidos hay síntomas físicos clarísimos: no lloran, respiran más tranquilos, buscan la mirada de su madre, tienen movimientos más armónicos y comienzan antes a mamar. Lo raro es que a estas alturas haya que explicar algo obvio”, dice Magdaleno.

No siempre fue tan obvio. Con la medicalización de los partos -que trajo un gran descenso en la mortalidad infantil- también se impuso el uso de nidos, y pareció olvidarse un comportamiento madre-hijo que millones de años de evolución han seleccionado para promover la supervivencia de una cría que nace muy inmadura. Ha habido que redescubrir la importancia del contacto para que métodos como el piel con piel se vayan imponiendo con mayor o menor rapidez.

En España parece que con menor. “En muchos hospitales españoles aún se tarda mucho en poner a los hijos con sus madres”, dice Ibone Olza, psiquiatra infantil del hospital Puerta de Hierro y miembro de la campaña Que no os separen (www.quenoosseparen.info) que promueve el piel con piel, también en prematuros.

El problema es más grave con los niños que no nacen sanos, y que quedan ingresados cuando “no han llegado aún a hilvanar los sentimientos padre-madre-hijo”, explica Carmen Pallás, jefa del Servicio de Neonatología del hospital 12 de Octubre. Sólo 8 de 83 unidades neonatales españolas dejan entrar libremente a los padres, dice Pallás: “La mayoría restringen las visitas de forma drástica, en algunos casos impidiendo cualquier tipo de contacto a lo largo de todo el ingreso. La relación padres-niño puede verse seriamente distorsionada en estos casos”. En el 12 de Octubre hay voluntarios, a menudo personal del propio hospital, que practican el piel con piel con bebés que, por distintos motivos, no pueden ser visitados por sus padres. Los beneficios de esta práctica se consideran probados.

Ahora bien, ¿qué pasa cuando el vínculo no puede establecerse en el nacimiento? ¿Qué pasa en las cesáreas? ¿En los niños adoptados? “El momento en torno al parto es una oportunidad muy buena, pero lo bonito es que hay muchas más. Los padres de niños adoptados establecen vínculos muy intensos con sus hijos”, responde Olza. “Los niños tienen una plasticidad enorme. Incluso si traen secuelas, su capacidad de superación cuando tienen unos padres que los quieren es maravillosa”.

Eso que muchos niños con secuelas deben superar es la muesca cerebral de la indiferencia. Un estudio hace tres años descubrió que niños que habían pasado sus primeros años en orfanatos de la Rumania de Ceausescu respondían con menos oxitocina de lo normal a sus madres adoptivas. También se ha visto que los niños que no han podido establecer vínculo alguno con un cuidador tienen a menudo síntomas propios del autismo. Y es que hoy se sabe que la explosión bioquímica del apego moldea el cerebro y deja su firma en la vida adulta.

“En la última década el estudio del desarrollo del cerebro ha dado evidencias incuestionables sobre la importancia de los afectos y la formación del vínculo del recién nacido”, explicó la neurobióloga chilena Eugenia Moneta en una reciente charla en el hospital del Niño Jesús, en Madrid. “El desarrollo del cerebro depende de interacciones externas, en particular las relaciones de afecto con los cuidadores. Estos aspectos afectivos moldean las redes neuronales”. Pero esta experta recuerda también que, al margen de cuándo empiece, el apego se construye toda la vida.

Hasta aquí, el inmenso poder de la biología. Pero entonces, ¿por qué a veces falla? En la Comunidad de Madrid (CAM), cada año entre 30 y 40 madres dan sus bebés en adopción tras parirlos en hospitales -se llaman renuncias hospitalarias-. Y anualmente se dan unos tres abandonos en la calle, que se sepa. En la Comunidad Autónoma de Madrid dicen que estos datos no han variado en los últimos años. En Cataluña hubo 54 renuncias hospitalarias en 2007, 57 en 2006 y 43 en 2005; un bebé fue encontrado en la calle en ese periodo. Cada comunidad tiene sus datos. Y no parece que el fenómeno aumente sino más bien al contrario.

En cualquier caso el abandono no es algo nuevo, a pesar de que varias ciudades europeas han instalado buzones-bebé. La antropóloga estadounidense Sarah Blaffer Hrdy habla en El pasado, presente y futuro de la familia humana de miles de niños abandonados en instituciones de París en torno a 1780. Investigadores del Instituto de Economía y Geografía (IEG) del CSIC dicen que Madrid no era muy distinto. En 1812 entraron en la inclusa madrileña 1.800 niños abandonados, y murieron todos. “A lo largo del primer tercio del siglo XX esa cifra se mantuvo entre 1.300 y 1.500 niños cada año, de los que morían el 62%”, explica la doctoranda del Instituto de Economía y Geografía Bárbara Revuelta.

¿Qué pasó en esa época con el instinto maternal? Datos como los anteriores han hecho que muchos nieguen su existencia, y devuelvan el peso a la sociedad. “La maternidad entraña una decisión, no es exclusivamente biológica. Empieza con una aceptación, un deseo, de cuidar un niño”, ha dicho otra antropóloga, Nancy Scheper-Hughes, que estudió una localidad brasileña muy pobre donde las madres dejaban morir a algunos de sus hijos.

Antropólogos, trabajadores sociales e historiadores identifican elementos comunes en los abandonos: falta de recursos y, sobre todo, de apoyo del entorno social o familiar. ¿Va a resultar al final que el entorno social gana la partida a la biología? Blaffer Hrdy no se resigna a ello, y compara a los humanos con los tamarinos. En estos primates los machos son indispensables para cuidar la prole, hasta el punto de que cuando no están disponibles la madre puede abandonar las crías. Lo social, entonces, se integra en la biología: la madre sabe que si trata de cuidar sola a las crías ella misma morirá, algo fatal para la evolución, que no selecciona esa conducta.

MÓNICA SALOMONE

http://www.elpais.com/articulo/sociedad/Amor/madre/solo/quimica/elpepusoc/20080713elpepisoc_1/Tes

La Química del Apego

LA QUÍMICA DEL APEGO

Por Linda F. Palmer, autora de Baby Matters.

Los bebés humanos nacen desamparados, necesitan ser totalmente protegidos y cuidados. Afortunadamente, nacen con todas las herramientas e instrucciones necesarias para lograr ese cuidado y para llegar a ser una parte amada y amante de su familia y de su sociedad. Las interacciones neurales y hormonales que se establecen entre los padres y el bebé para asistirles en este proceso son de las más poderosas de la naturaleza. Las señales hormonales son claras y contundentes y nuestros instintos nos proveen de las respuestas apropiadas. Si no se esfuerzan en evitar e ignorar tales impulsos, los padres seguirán de forma natural el consejo de sus neuronas y hormonas, nutriendo a sus bebés y manteniéndose en contacto físico con ellos.

Una vez nacido, los sistemas de control hormonal del bebé y la sinapsis cerebral comienzan a organizarse permanentemente según sus experiencias con las interacciones humanas. Las sendas y los receptores cerebrales innecesarios son eliminados, mientras que los más apropiados al ambiente dado son priorizados.

Oxitocina: una hormona para la vinculación.

La oxitocina es un mensajero químico liberado en el cerebro principalmente en respuesta al contacto social, pero su liberación es especialmente acusada en el contacto piel con piel. Además de proveer beneficios para la salud, esta sustancia, semejante a una hormona promueve el modelo de vinculación y crea el deseo de un ulterior contacto con los individuos que incitan su liberación. Cuando el proceso es ininterrrumpido, la oxitocina es una de las principales herramientas de la naturaleza para “crear” a una madre. El número de receptores de oxitocina, elevados por los altos niveles de estrógeno (“hormona femenina”) durante el embarazo, se multiplica radicalmente cerca del final del mismo. Esto hace a la nueva madre muy sensible a la presencia de oxitocina. Estos receptores se incrementan en la parte de su cerebro que promueve la conducta maternal.

La primera aparición importante de la oxitocina se da durante el trabajo de parto. Si es necesaria una cesárea, consentir que igualmente se desarrolle el trabajo de parto, permite la segregación de cierta cantidad de esta hormona vinculante (y ayuda a asegurar una explosión final de anticuerpos para el bebé por la placenta). El paso ulterior a través del canal de parto, eleva los niveles de oxitocina tanto en la madre como en le bebé. Los niveles altos de oxitocina provocan que la madre se familiarice con el olor único de su recién nacido, y a la vez se sienta atraída por dicho olor, prefiriéndolo al de cualquier otro. El bebé a su vez, tiene la impronta de la madre, adquiriendo de ella el sosiego y la reducción del dolor. Cuando el bebé nace, está impregnado del olor del líquido amniótico. Esto le ayuda a encontrar el pezón materno, que tiene un olor similar aunque ligeramente diferente. En los días posteriores al nacimiento, el bebé se siente confortado por el olor del líquido amniótico del que está impregnado. Gradualmente a lo largo de los días siguientes, el bebé comienza a preferir el olor del pecho de su madre, y este hecho no está relacionado con la comida. De hecho, los bebés alimentados con fórmula se sienten más atraídos ( en tests de laboratorio) por el olor del pecho de su madre que por el de la fórmula, incluso dos semanas después del nacimiento. La oxitocina ayuda a la instauración de la lactancia materna a través de su influencia en la conducta maternal y de la estimulación de la subida de la leche. Poner al bebé al pecho durante la primera hora tras el nacimiento, hace que la oxitocina se eleve a niveles excepcionales tanto en la madre como en el bebé. Las madres que posponen este encuentro pierden parte de esa alta aportación hormonal segregada inmediatamente después del nacimiento. La poderosa impronta inicial en madre y bebé se da principalmente para que sean capaces de encontrarse y reconocerse en las horas y días posteriores al nacimiento.

Aún perdiendo esa ocasión inicial, todavía queda una oportunidad vital para el establecimiento del apego y el amor materno filial. Tras el alumbramiento, y como consecuencia de lactar y tener en brazos al bebé. La madre continua produciendo niveles elevados de oxitocina y esos niveles están basados en la cantidad de contacto físico. Esta condición hormonal proporciona una sensación de calma y bienestar. Los niveles de oxitocina son más altos en las madres que dan lactancia materna exclusiva que en aquellas que dan lactancia mixta.

Bajo la influencia de la oxitocina, las uniones nerviosas de ciertas áreas del cerebro materno sufren una reorganización a consecuencia de la cual los comportamientos maternales se refuerzan. La oxitocina segregada gracias al contacto continuado con el bebé provoca en la madre un mayor sentido maternal, que se muestre más dispuesta a complacer a los demás, más sensible a los sentimientos de otros y que sepa reconocer señales no verbales más fácilmente. La lactancia continuada realza este efecto. Con la oxitocina alta, las prioridades de la madre se alteran y su cerebro no le envía señales para cuidar su aspecto físico al objeto de emparejarse y procrear. Ahora que el bebé ha sido creado, su prioridad es él. También se ha demostrado que la oxitocina alta en las mujeres promueve su preferencia por cualquier varón que se encuentre alrededor durante su segregación (una buena razón para el padre para mantenerse cerca durante y después del parto). Los niveles altos de oxitocina en la madre, padre o el bebé también promueven una reducción de la tensión arterial, de las pulsaciones cardiacas y ciertas clases de reparaciones arteriales, reduciendo el riesgo de enfermedades cardíacas.

Aunque el bebé segrega si propia oxitocina en respuesta a la lactancia, la madre también se la transfiere a través de su leche. Esta provisión sirve para promover la cercanía y relajación continua en madre y bebé. En los bebés alimentados con leche artificial, la liberación de oxitocina es más variable pero definitivamente más alta en un bebé al que se le da el biberón en brazos que en el que toma el biberón apoyado en algún sitio, sin brazos.

El contacto corporal continuado padres-bebé durante la alimentación del bebé y en cualquier otra ocasión, eleva el nivel de oxitocina en el niño y reduce la respuesta de las hormonas de estrés. Múltiples estudios psicológicos han demostrado que dependiendo de las prácticas de los padres, el resultado (un nivel alto o bajo de oxitocina) controlará la organización permanente del centro neurálgico de regulación del estrés en el cerebro del bebé, causante de las características de personalidad segura (para altos niveles de oxitocina) o insegura (para bajos niveles de oxitocina) en la adolescencia y la edad adulta. Las características de una personalidad insegura pueden incluir un comportamiento anti social, agresividad, dificultad en formar lazos duraderos con una pareja, enfermedades mentales y un pobre manejo del estrés. Cuando un bebé no recibe cuidados sensibles y en consecuencia no segrega una producción de oxitocina regular, el estrés resultante deriva en elevados niveles de la hormona de estrés llamada cortisol. Las elevaciones crónicas de cortisol en los niños y los ajustes hormonales y funcionales que las acompañan, se muestran en los estudios bioquímicos asociadas con cambios cerebrales permanentes que conducen a una sensibilidad elevada al estrés a durante toda la vida, así como a una tensión arterial alta y elevadas pulsaciones cardiacas. Las madres también se benefician de la reducción de los efectos del estrés que proporciona la oxitocina y las mujeres que amamantan producen significativamente menos hormona de estrés que las que alimentan con leche artificial.

Tampoco los padres son excluidos de la ecuación de la oxitocina. Se ha demostrado que los niveles de oxitocina del padre se elevan hacia el final del embarazo de su pareja. Cuando el padre pasa bastante tiempo con el bebé, la oxitocina le anima a involucrarse en el cuidado continuado del mismo, en un ciclo perpetuo. La oxitocina en el padre también aumenta su interés en el contacto físico (no necesariamente sexual) con la madre. Así la naturaleza proporciona una vía al padre para mostrarse más interesado en ser una parte dedicada y satisfecha del cuadro familiar a través de su implicación con el bebé. Con todos estos poderes, la oxitocina sólo una más de la lista de muchas sustancias químicas que la naturaleza utiliza para asegurar que el bebé encuentre el amor y cuidados que necesita.

Vasopresina y protección

Aunque está presente y activa en el proceso de vinculación de madre e hijo, la vasopresina juega un papel mucho mayor en el padre. Esta hormona promueve la reorganización cerebral hacia conductas paternales cuando el varón está cohabitando con la mujer embarazada. El padre se vuelca más en su pareja y muestra conductas de protección. Liberada en respuesta a la proximidad y el tacto, la vasopresina promueve la vinculación entre padre y madre, ayuda al padre a reconocer y enlazarse con su bebé y le hace desear más ser parte de la familia, que estar solo. Se ha ganado la reputación de la “hormona de la monogamia”. La Dra. Theresa Crenshaw, autora de “La alquimia del amor y la lujuria”, dice: “La testosterona quiere irse de ronda, la vasopresina quiere quedarse en casa”. También describe la vasopresina como la atenuadora del deseo sexual del hombre. La vasopresina refuerza la inclinación protectora del padre hacia su pareja y el bebé promovida por la testosterona, pero atempera su agresividad, tornándole más razonable y menos extremista. Al promover el pensamiento más racional y menos caprichoso, esta hormona induce un papel sensible paternal, proporcionando estabilidad así como actitud de vigilancia.

Prolactina y Comportamiento

La prolactina se segrega en toda la gente sana durante el sueño, ayudando a mantener los órganos reproductivos y la función inmunológica. En la madre, la prolactina se libera en respuesta a la succión, promoviendo la producción láctea y las conductas maternales. La prolactina relaja a la madre y, en los primeros meses, crea una cierta fatiga durante las sesiones de lactancia, de manera que la madre no siente deseos de levantarse y hacer otras cosas. La prolactina promueve los comportamientos de cuidado del bebé y, con el tiempo, dirige la reorganización cerebral que favorece dichos comportamientos. El nivel de prolactina del padre se comienza a elevar durante el embarazo de la madre, pero la mayor parte del aumento en el varón se da después de varios días de cohabitación con el bebé. Como consecuencia de la reorganización cerebral hormonalmente orquestada durante la maternidad y paternidad, los patrones de liberación de prolactina se alteran. Se ha demostrado que los padres segregan prolactina en respuesta a las amenazas de un intruso mientras que los varones sin hijos no lo hacen. Por otro lado, las madres lactantes no liberan prolactina en respuesta a un ruido fuerte, mientras que las mujeres sin hijos sí que lo hacen. En niños y adultos sin hijos, la liberación de prolactina se relaciona con niveles de estrés, por lo que generalmente se la considera la hormona del estrés. En padres y madres se convierte en la hormona de la crianza.

Los niveles elevados de prolactina tanto en la madre lactante como en el padre comprometido provocan cierta reducción en sus niveles de testosterona, que a su vez reduce sus líbidos (pero no su función sexual). Su fertilidad también puede verse reducida durante un tiempo. Esta reducción en la actividad sexual y en la fertilidad está diseñada totalmente para el beneficio del hijo reservando para él la atención y energía de sus padres. Cuando el padre se involucra estrechamente con el bebé junto con la madre, debe darse un equilibrio entre los deseos de ambos, y la presencia de oxitocina y otras sustancias químicas proporcionan una alta vinculación e interés no sexual del uno para con el otro, lo cual sirve para retener al padre como dedicado cuidador para el niño.

Opioides y Recompensas

Los opioides (hormonas del placer) son sustancias químicas semejantes a la morfina creadas por nuestros cuerpos. Reducen la sensación de dolor y crean sentimientos de alegría. El contacto social, particularmente el contacto físico y especialmente entre los padres y el hijo, induce la segregación de opioides, creando unos sentimientos buenos y propicios al aumento de la vinculación. Pueden desarrollarse preferencias respecto al olor, el gusto, la actividad, lugares determinados, etc. a consecuencia de la segregación de opioides durante contactos placenteros, incluso eventualmente la visión de una cara amada estimula la segregación. La liberación de opioides en el cerebro infantil como una respuesta condicionada a los cálidos abrazos y besos de los padres, puede resultar efectiva para ayudar a reducir el dolor de una caída o de una decepción. Los padres “aprenden” a disfrutar de actividades beneficiosas como dar de mamar y coger en brazos a sus hijos, y los niños “aprenden” a disfrutar del contacto como ser tomado en brazos o arrullado, todo ello como respuesta a la segregación de opioides. Los bebés necesitan leche, y los opioides son la recompensa natural para ellos cuando la obtienen, especialmente en los primeros intentos. Los primeros episodios de succión organizan las conexiones nerviosas en el cerebro del recién nacido condicionándole a continuar con esa actividad. Esta es la razón por la que los bebés amamantados a veces tienen problemas si se les da el biberón en la “nursery” (una exposición temprana a los biberones crea confusión y asociación de placer tanto a las tetinas del biberón como al pecho materno). De hecho, cualquier sensación secundaria experimentada durante el arrullo, el contacto físico o la alimentación que no sea nociva, puede formar parte del apego del bebé y reconfortarle. Puede ser el calor del cuerpo de la madre, el pecho hirsuto del padre, el apacible arrullo de la abuela o el protector de la cuna.

Los niveles elevados de prolactina en los padres simulan el sistema opioide, sintiéndose altamente recompensados emocionalmente durante la vivencia de relaciones familiares íntimas y amorosas, posiblemente por encima de todo lo demás. Tal como sucede con la codeína y la morfina, puede darse cierta tolerancia a los opioides naturales, lo cual reducirá el nivel de satisfacción emocional derivada de determinadas actividades a lo largo del tiempo. Pero esto no es un problema para los padres e hijos apegados, porque los niveles elevados de oxitocina, especialmente cuando se han creado a través del contacto corporal frecuente o prolongado, de hecho inhiben la tolerancia a los opioides, protegiendo las recompensas emocionales derivadas de mantener unas relaciones familiares íntimas y amorosas. Por otro lado, el consumo de drogas opioides artificiales, reemplaza la necesidad cerebral de mantener dichas relaciones.

Una vez se ha dado este fuerte efecto opioide sobre la vinculación, una separación puede alterar emocionalmente al individuo, y al niño incluso físicamente: cuando los niveles de opioide decrecen en su cerebro puede sufrir algo parecido al síndrome de abstinencia de cocaína o heroína. Cuando los niveles de opioide bajan, uno puede sentir ganas de volver a casa para abrazar al bebé o llorar reclamando el cálido abrazo de los padres, dependiendo del punto de vista. Algunas veces las conductas alternas son útiles. Por ejemplo, chuparse el pulgar puede aliviar total o parcialmente la retirada del chupete o del pezón, incluso puede proporcionar reminiscencias opioides durante algún tiempo.

Norepinefrina y aprendizaje

El amamantamiento también produce dopamina y su subproducto: la norepinefrina (adrenalina), cuya ayuda mantiene algunos de los efectos de la vinculación temprana. Aumentan la energía y el estado de alerta así como la sensación de placer derivada del apego. La norepinefrina ayuda a organizar el sistema de control de estrés del niño, así como otros controles hormonales importantes de acuerdo con la naturaleza de las experiencias iniciales de crianza. Promueve el aprendizaje acerca del entorno, especialmente el aprendizaje a través de la memorización, que es efectuada por la oxitocina, opioides y otras influencias químicas.

Feromonas e instintos básicos

¿Cómo sabe el cuerpo del varón que debe iniciar los cambios hormonales cuando está viviendo con una mujer embarazada?. ¿Cómo puede un niño interpretar con exactitud olores de su madre que los adultos a menudo apenas detectan?. La respuesta está en las feromonas. Entre otras cosas, las feromonas son hormonas esteroides que se fabrican en nuestra piel. Nuestros cuerpos están programados instintivamente para reaccionar en consecuencia cuando detectamos dichas feromonas a nuestro alrededor. Los recién nacidos son mucho más sensibles a las feromonas que los adultos. Incapaces de responder a señales verbales o de otro tipo, aparentemente dependen de este sentido primitivo que controla gran parte del comportamiento de animales inferiores. La impronta inicial del bebé hacia los olores y feromonas no se trata tan solo de una predilección por los olores de sus padres, sino que es una forma en que la naturaleza controla la organización cerebral y las segregaciones hormonales para conseguir una adaptación óptima del bebé a su entorno. Las primeras experiencias del bebé están ligadas a capacidades superiores como el reconocimiento facial y emocional. A través de ellas el bebé probablemente aprende a percibir el nivel de estrés en sus cuidadores, así como si su madre está contenta o asustada. Parte de la angustia por separación que sufre el bebé puede estar causada por la pérdida de las señales paternas / maternas acerca de la seguridad de su entorno. Otra sensación básica a la que el bebé responde muy bien es el contacto físico y, casualmente, los olores corporales y las feromonas sólo se pueden sentir cuando las personas están físicamente muy cerca unas de otras.

Lo que el mundo necesita ahora…

Los bebés universalmente lloran cuando se les deja acostados y solos. Si nos escuchamos a nosotros mismos, nuestras neuronas y hormonas nos impulsan a una respuesta apropiada. Los bebés están diseñados para ser alimentados con frecuencia y en contacto piel con piel, para ser tomados en brazos y atender a señales faciales. Estas acciones derivan en cambios permanentes en el cerebro, resultados beneficiosos, tanto para padres como para hijos. La conducta maternal se da de forma satisfactoria para la madre cuando se siguen las señales naturales y también se consigue un papel reforzado del padre. La participación activa del padre en la crianza le anima a una ulterior involucración y crea un acuerdo entre padre y madre. La proximidad y contacto frecuente entre el bebé y sus padres puede crear una vinculación familiar poderosa con muchos beneficios a largo plazo.

Tristemente, los últimos siglos los padres han sido animados por “expertos” (educados industrialmente) a no responder a las poderosas lecciones de crianza del bebé que les otorga su instinto.

Psicólogos, neurólogos y bioquímicos han confirmado ahora lo que instintivamente sospechábamos: Muchas de las recompensas de la paternidad se han perdido por el camino y generaciones de niños pueden haber perdido ventajas importantes para toda su vida.

Endnotes
1. T.R. Insel, “Oxytocin – a neuropeptide for affiliation: evidence from behavioral, receptor autoradiographic, and comparative studies,” Psychoneuroendocrinology 17, no. 1 (1992): 3-35.

2. H. Varendi et al., “Soothing effect of amniotic fluid smell in newborn infants,” Early Hum Dev (Estonia) 51, no. 1 (Apr 1998): 47-55.


3. R.H. Porter et al., “An assessment of the salient olfactory environment of formula-fed infants,” Physiol Behav 50, no. 5 (Nov 1991): 907-11.

4. S.S. Knox and K. Uvnas-Moberg, “Social isolation and cardiovascular disease: an atherosclerotic pathway?” Psychoneuroendocrinology 23, no. 8 (Nov 1998): 877-90.

5. M. Altemus et al., “Suppression of hypothalamic-pituitary-adrenal axis responses to stress in lactating women,” J Clin Endocrinol Metab 80, no. 10 (Oct 1995): 2965-9

6. R.S. Bridges, “The role of lactogenic hormones in maternal behavior in female rats,” Acta Paediatr Suppl 397 (Jun 1994): 33-9.

7. G.L. Kovacs et al., “Oxytocin and addiction: a review,” Psychoneuroendocrinology (Hungary) 23, no. 8 (Nov 1998): 945-62.

8. G.W. Kraemer et al., “A longitudinal study of the effect of different social rearing conditions on cerebrospinal fluid norepinephrine and biogenic amine metabolites in rhesus monkeys,” Neuropsychopharmacology 2, no. 3 (Sep 1989): 175-89

Tabúes y temores acerca del destete tardío

Tabúes y temores acerca del destete tardío

Fears and Taboos about Extended Nursing

Por Justin P. Call, MD

 

Conocer a los hijos es conocerse a sí misma.

Nuestros sentimientos iniciales como padres son el asombro, el orgullo, la aceptación y la plenitud. Al criar los hijos tenemos la segunda oportunidad de crecer, de transmitir nuestras experiencias pasadas y de preparar el camino a generaciones venideras. Estar atento y seguir las pautas que el bebé nos indica, no solo en relación con el destete, sino también sobre todos los aspectos de la crianza, es quizás la mejor forma de ver la paternidad.

 

De esta manera, no sólo estamos atentos a las necesidades del niño y a lo que lo puede afectar, sino que nosotros como padres estamos también aprendiendo a serlo, y el niño puede enseñarnos muchas cosas.

 

Hay muchos temores y miedos acerca del amamantamiento prolongado, sobre dejar que el bebé tome la iniciativa para destetarse, sobre compartir con el niño la cama familiar. Quiero comentar sobre muchas teorías “profesionales” que hoy en día son refutadas, gracias a las vivencias de muchas madres que amamantan por períodos largos. Gracias a ellas.

 

Considero que el término infancia es muy útil porque define no solo la edad del niño sino que se refiere a una condición en la madre. El estado infancia que significa “no hablar”, impone al observador o a la persona que cuida al niño la capacidad de emocionarse con los sentimientos del bebé y de tomar parte en la infancia misma.

 

Durante el período prenatal la madre siente una gran preocupación sobre su propio cuerpo. Es el inicio de la preocupación que más tarde sentirá por el cuerpo de su bebé , un aspecto fundamental para el proceso de apego. Esto significa algo extremadamente importante: la capacidad de la madre de atender no solo el cuerpo de su bebé sino todas sus necesidades.

 

Todos los estudios sobre el comportamiento de los niños que hemos realizado en los últimos veinte años no significarían nada si no estuvieran relacionados con los sentimientos de las madres hacia sus bebés . Después del nacimiento la madre atraviesa por un período de gran sensibilidad durante el cual es supremamente vulnerable y puede seguir uno de dos caminos; el de la preocupación y apego por su bebé o el del desconocimiento y distanciamiento. El amamantamiento juega un papel muy importante en este período de aprendizaje.

 

Lo interesante es que el bebé está en capacidad de activar la respuesta en el estilo de crianza de su madre. El no es parte pasiva de este proceso, de hecho, se convierte en el arquitecto que construye los lazos que se convertirán en elementos tan importantes en su desarrollo.

La lactancia facilita el apego.

El intercambio entre la madre y el bebé es recíproco. La reciprocidad se vuelve entonces un distintivo de la relación madre-hijo, precisamente a raíz de la preocupación de la primera por el segundo. No es algo que existe solo en su imaginación. Esto, por supuesto, es especialmente válido para los niños amamantados; hay que recordar que la succión del bebé afecta el cuerpo de la madre. Investigaciones sugieren que polipétidos (incluyendo endorfinas) son producidas por la madre que amamanta, lo cual cambia su genio y receptividad y le produce un sosiego que facilita el amamantamiento. Estas son nuevas áreas para investigar en el campo de la biología y la psiquiatría. Ahora estamos comprendiendo los cambios hormonales que se presentan con la experiencia de la lactancia que facilitan el apego madre-hijo.

 

Es casi como si todo en la fase pre-lenguaje estuviera sentando las bases para el mutuo compartir. Y es que compartir tiene sus bases biológicas, el bebé nace para compartir su experiencia con su madre y ella a la vez, se dedica durante toda la vida a compartir sus experiencias con un nuevo ser. Por supuesto, con el amamantamiento hay una base fisiológica para las circunstancias psicológicas de la infancia.

 

Se ha visto cómo los bebés amamantados no utilizan lenguaje expresivo o señales tan pronto como los bebés alimentados con biberón, pero sus habilidades de comprensión están a menudo mucho más avanzadas. Además que los niños alimentados con biberón, ellos aún miran a sus madres como parte de sí mismos.

 

También por este motivo tienden a despertarse más en la noche, lo cual no es necesariamente malo. Los bebés que comparten la cama con sus padres tienden a despertarse más a menudo pero por períodos más cortos y con menos traumatismos para la familia. En nuestra sociedad realmente no sabemos cómo son los patrones de sueño normales de la infancia.

Al crecer tendrán menos ansiedad y más dominio de sí mismos.

La idea generalizada de que debemos lograr la independencia del niño en los primeros dos o tres años, pensando incluso que deben ser ya independientes aún a los seis meses, sencillamente no es válida. Mary Ainstworth, una excelente investigadora de la infancia, ha reunido abundante literatura que muestra esto. Los bebés muy apegados y sociológicamente dependientes de sus madres al año o a los dos años de edad, no serán inútiles enredados en la relación madre-hijo cuando mayores. Ellos tienen menos ansiedad al entrar al colegio y más dominio de sí mismos a los cinco años.

 

Esta es una de las grandes incomprensiones y una de las grandes discusiones de nuestra sociedad actual. La tendencia de nuestra sociedad de intentar hacer independientes a los bebés demasiado pronto, probablemente propicia un numero significativo de los problemas que sufre la sociedad actual. La pseudo-independencia lleva al falso yo y se presenta en los niños que no han tenido suficientes experiencias enriquecedoras y recíprocas con otros seres humanos para definir el propio yo.

 

Lo que pasa con el bebé a quien no se le permite ser dependiente y tener un largo período de crianza es que desarrolla un sentimiento de ser madre de sí mismo o ser padre de su padre. Impide que el niño desarrolle un verdadero yo, un sentimiento de ser “él mismo”, de ser una verdadera persona. Este verdadero yo se define mediante la respuesta del mundo exterior, la capacidad de lograr que algo suceda en ese mundo, de ser hasta cierto punto omnipotente, la ilusión de ser dueño del mundo y quien manda en él. De esta forma, obtener respuesta de la madre es un aspecto muy importante de ese sentimiento de ser persona.

Amamantar es interactuar con el bebé.

Por otra parte, la actitud de pseudo-independencia da a la persona la sensación de estar separada de su verdadero yo. Muchas de las personas que crecen con esta independencia defensiva son, en lo profundo de sus mentes, según se ha podido descubrir por el psicoanálisis, exactamente lo opuesto de lo que demuestran: muy dependientes, inútiles, ansiosos, descontentos con lo que son y no se conocen a sí mismos.

 

El amamantamiento prolongado tiene aplicaciones muy interesantes en la búsqueda de la seguridad interior. En el transcurso de la lactancia el significado del seno para el bebé experimenta cambios. En la primera instancia, es un sitio donde prenderse satisfaciendo así el reflejo de afianzarse succionar; es algo que hace que la boca se mueva. Después, es algo que permite saciar el hambre del bebé . Posteriormente es la mamá tras el seno, su cara, su voz y la interacción recíproca con su bebé , todo ello consolidado alrededor del amamantamiento.

 

Cualquier pediatra puede decir que el destete después de los ocho meses es “más difícil” que el destete antes de esta edad. La razón esto es que después de esa edad el pecho empieza a tener una importancia más significativa para el niño como un objeto que sosiega y calma, lo cual no es malo. De hecho, es muy conveniente porque el amamantamiento continúa enriqueciendo el procesa de apego y hace la experiencia de la dependencia más significativa. Y de esta dependencia el niño va emergiendo gradualmente con un sentido de independencia más grande.

 

De manera que lo que sucede con el amamantamiento prolongado es que se convierte en un objetivo transicional como puede ser el muñeco de felpa, la almohadita o el trapito. Muchas mamás pueden desconcertarse con esta situación, pero lo cierto es que muchas otras se sienten a gusto y de hecho participan activamente de esta situación. En cierto modo, ellas saben intuitivamente que hay algo importante ahí que necesita ser desarrollado y preservado antes que rápidamente terminado.

La lactancia es una experiencia que crece y cambia.

Creo que la razón por la que la Liga de la Leche ha adoptado el concepto de permitir al bebé poner la pauta para el destete es un conocimiento intuitivo del hecho de que esta experiencia tiene que crecer y cambiar, y no terminar en destrucción. Su evolución involucra un proceso de mutuo crecimiento, de pertenencia, de creación, de concesiones, de dejar ir y de innumerables cambios antes que la transición final del destete ocurra. Ambos, madre y bebé , como resultado de la experiencia de la lactancia, tiene un potencial creativo que puede aflorar de muchas maneras en situaciones remotamente similares.

El destete gradual y lento es el ideal.

Otra idea común en nuestra sociedad acerca de la lactancia prolongada es que los niños pueden volverse afeminados, volverse “el niño de mamá” y que tendrán problemas con su identidad sexual. Por supuesto que algunos niños pueden presentar estos problemas, pero no son los que han tenido una crianza adecuada y además la oportunidad de crear esa experiencia psicológica tan especial de la que he venido hablando. Los niños que presentan estos problemas son los que han sido limitados en forma inusual y severa por los padres. No es algo que esté relacionado con el amamantamiento; está relacionado con todas las otras cosas que están involucradas en la interacción madre-hijo. Puede haber problemas cuando el hijo hombre es visto por la madre como “una extensión de ella” más que como un pequeño que está aprendiendo a ser hombre y descubriendo cómo ser hombre.

 

Otra idea generalizada en la actualidad es que el niño no será capaz de destetarse solo, sino que por el contrario querrá seguir prendido al seno de la madre para siempre. Este es un planteamiento cierto y falso a la vez. Por supuesto que los niños siguen prendidos al seno de la madre, en forma imaginaria; pero antes de que el niño pueda establecer el sentimiento de constancia de su propio pensamiento, su mente tiene que madurar para que pueda representar esa experiencia por fuera de la experiencia actual.

 

Es por eso que el destete gradual y lento, usando la intuición como guía antes que las instrucciones de otras madres, ya que no hay dos madres iguales ni dos bebés iguales, es preferible al destete artificialmente impuesto. Un destete arbitrariamente organizado puede interferir con el sentimiento del niño de ser una persona y de ser capaz de usar su propio discernimiento separadamente y en forma diferente a los demás.

Justin P.Call

Este articulo apareció en “New Beginnings” Enero – Febrero 1988 y en “Nuevo Comienzo” Noviembre – Diciembre 1990.

El autor es miembro del Consejo Médico de La Leche League, profesor y Jefe de la División de Psiquiatría del Adolescente y del Niño en el Colegio de Medicina de la Universidad de California, Irvine. Es especializado en pediatría, patología pediátrica e investigación, en neuro-psiquiatría infantil y sicoanálisis infantil. Es fundador de la Asociación Mundial de Psiquiatría Infantil y Disciplinas Afines y ha sido consultor del Instituto Nacional para la Salud Mental en Estados Unidos.

El cerebro del bebé-Entrevista a Sue Gerhardt

El cerebro del bebé-Entrevista a Sue Gerhardt

imagesSue Gerhardt  es psicoterapeuta adscrita a la corriente psicodinámica y ejerce su trabajo en Oxford (Inglaterra).

Fue confundadora del “Oxford Parent Infant Project” y el en la actualidad lleva a cabo psicoterapias progenitor-bebé a tiempo parcial.

Realizó sus estudios en el “Newnham College” (Cambridge), y en el década de 1970 tomó parte activa en el incipiente “movimiento femenino”. Después de unos años de haber trabajado en el “National Film and Television School”, y trabajó también directamente en la televisión, llevando a cabo documentales que tuvieron mucha aceptación como, por ejemplo, el titulado “TELL IT LIKE IT IS”, cuyo tema principal eran los abusos sexuales en la comunidad negra.

Ha publicado diversos artículos en las más prestigiosas revistas de la especialidad, tanto en Inglaterra como fuera de ella.
Autora de Why Love Matters, traducido al español como “El amor maternal”

Entrevista

Eduard Punset:

Tu mensaje principal es que la mejor manera de abordar las enfermedades mentales, incluso la delincuencia y la violencia en nuestra sociedad, es ocuparnos de los niños, algo que no hemos hecho adecuadamente.

Sue Gerhardt:

Bueno, mi mensaje principal es que hay que ocuparse de los bebés, y ahí estriba la verdadera dificultad, porque de alguna manera no logramos dar suficiente importancia a los bebés; hablamos de los niños, y muchos hablan de los niños pequeños, pero casi nunca se habla de los bebés. Y creo que la primera infancia es en realidad la base de la salud mental. Por eso debemos atender mucho más a lo que sucede en ese período.

Eduard Punset:

Porque dices que los primeros años tienen una importancia enorme.

Sue Gerhardt:

Crucial, sí.

Eduard Punset:

¿Por qué? ¿Por qué los primeros dos años?

Sue Gerhardt:

Los primeros dos años, y también el período en el útero, del cual yo no hablo en mi libro, pero que según los últimos descubrimientos desempeña un papel fundamental. Pero, ciertamente, desde el momento del nacimientohasta los dos o tres años, se desarrollan muchos sistemas importantísimos en el cerebro, especialmente los que utilizamos para gestionar nuestra vida emocional: la respuesta al estrés, por ejemplo. Los diferentes circuitos bioquímicos cerebrales en el cerebro superior, concretamente en la región orbitaria frontal, se empiezan a desarrollar en ese.

Eduard Punset:

En ese período.

Sue Gerhardt:

En ese período crucial, sí.

Eduard Punset:

Y ésta, realmente, es otra de tus contribuciones al debate: sugieres que lo que sucede en los dos primeros años, sea lo que sea, repercute en esa parte del cerebro que no se desarrollará hasta años más tarde, pero en la que dejará una marca para siempre. ¿Es así?

Sue Gerhardt:

Sí. Todos estos aspectos tan importantes de desarrollo cerebral suceden de modo postnatal, tras el nacimiento. No se nace con ellos, ni tampoco son automáticos, sino que dependen de las experiencias que vive el bebé con los adultos o con las personas que lo cuidan. Por supuesto, la primera infancia no lo explica todo, porque el cerebro sigue desarrollándose durante toda la vida, y sin duda durante la infancia, pero los primeros años son un período concentrado en el que el cerebro establece conexiones a la mayor velocidad de crecimiento que jamás alcanzará. ¡Dobla su tamaño! Todos los sistemas son más susceptibles a influencias mientras se están desarrollando, y su principal desarrollo acaece en ese período.

Eduard Punset:

Así que, realmente, lo que afirmas en tu magnífico libro, Why Love Matters, es que, para que un ser humano sea independiente, debe haber sido primero un bebé dependiente.

Sue Gerhardt:

Exacto: eso es.

Eduard Punset:

Y es este tema de la dependencia el que desconocemos. ¿Sabes? Es gracioso, pero he visto, incluso en mi familia, o en las familias de amigos, situaciones en las que, cuando el bebé empieza a llorar desde la cuna, la abuela, la madre y la hermana del bebé reaccionan de manera diferente. Una puede salir corriendo hacia el bebé para que deje de llorar, la otra tal vez diga: «déjale llorar durante un rato, así aprenderá disciplina», y la otra dirá: «¡no! Lo mejor es que llore hasta que se canse». ¿Sabemos algo, en realidad? Tengo la impresión de que no estamos aprendiendo nada al respecto.

Sue Gerhardt:

Pues no es una ciencia exacta, el cuidado de los niños no es una ciencia exacta, depende de cada niño, y de lo que cada niño pueda tolerar. Lo importante es que el bebé no se estrese demasiado. Si no lo hace, sea cual sea la manera en la que sus padres le cuiden, le irá bien. Pero el problema es que si este proceso persiste durante demasiado tiempo, o se cronifica durante semanas o meses, puede tener efectos muy perjudiciales, especialmente para los bebés. Algo que creo que debo explicar es que los bebés no pueden gestionar un estrés excesivo. No pueden deshacerse de su propio cortisol. Como adultos, nosotros sí podemos, hemos descubierto maneras de gestionar el estrés. Llamamos a un amigo, o nos vamos a tomar algo.

Eduard Punset:

Sí.

Sue Gerhardt:

O nos tomamos una taza de té, o un baño caliente, lo que sea.

Eduard Punset:

Para librarnos del estrés.

Sue Gerhardt:

Sí, tenemos varias maneras de calmamos. ¡Pero los bebés no! No pueden gestionar su propio cortisol, dependen de los adultos para eso. Y a los bebés les resultan estresantes cosas relativamente pequeñas. Por ejemplo, para un bebé estar lejos de su cuidador durante demasiado tiempo es muy estresante, ¡porque le va en ello la supervivencia! Un bebé no sabe si sobrevivirá o no: necesita a alguien que le cuide.

Eduard Punset:

En lo que respecta a la organización del trabajo, al papel de la mujer en la sociedad, a la educación. es fantástico, ¿no? Cuando pienso en el grado de ignorancia sobre las emociones de adultos y bebés, me pregunto cómo demonios sobrevivieron nuestros antepasados, o nuestros padres. Dices que ahora sabemos un poco más al respecto, pero que todavía no se ha difundido a la sociedad. ¿Qué podríamos hacer para difundirlo, para cambiar los sistemas educativos, si es que sabemos exactamente qué hacer?

Sue Gerhardt:

Creo que debemos ayudar al cuidado de los bebés en la primera infancia con estrategias nuevas, porque desde la revolución de la mujer, ¡la situación ha variado mucho!

A mi clínica acuden madres que dicen que van a dejar a su hijo o hija en una guardería (y hablamos de un bebé de unos cinco meses) porque el bebé necesita vida social. Creen que necesita vida social, estimulación. ¡Pero los bebés no necesitan este tipo de estimulación! Lo que necesitan es una atención personalizada, los cuidados y la receptividad de alguien que los conozca perfectamente y que pueda entenderlos y regularlos bien. Esto es lo que pone en marcha el sistema, de hecho.

Por eso creo que debemos replantearnos cómo cuidamos a nuestros bebés, ¡y con esto no quiero decir que haya que retroceder y hacer que la mujer se quede en casa! En lugar de eso, creo que debemos avanzar y pensar en estrategias para ayudar a los padres a llevarlo mejor y a tener más información sobre las necesidades de los bebés, a contar con más apoyo y a tener redes comunitarias e instituciones que les brinden ayuda de una manera realmente activa.

Eduard Punset:

¿Crees que es una idea popular? ¿Es políticamente correcto poner de nuevo a los bebés en el centro de nuestras preocupaciones? Lo digo porque a nadie parece importarle demasiado.

Sue Gerhardt:

¡No! ¡Es muy difícil hacer que la gente hable de los bebés! Muy difícil, porque los bebés se consideran aburridos, insulsos, nada interesantes. Muchas personas creen que los seres humanos no son interesantes hasta que aprenden a hablar y tienen un cerebro que les permite comunicarse verbalmente. ¡Pero, en realidad, los bebés son increíblemente interesantes! Y cuanto más entendemos lo que acaece dentro del cerebro de un bebé, más interesante se pone la cosa, sin duda.

Eduard Punset:

¿Pero cuál es el siguiente paso? ¿Qué hay de la escuela? Ante todo, es importante que tengan la seguridad y la autoestima necesarias para manejarse en el mundo exterior. ¿pero qué debería lograr la escuela, los años de escolarización? ¿Tal vez despertar la curiosidad, favorecer la búsqueda de relaciones, de conocimiento?

Sue Gerhardt:

En realidad no estoy muy capacitada para responder a esta pregunta, porque lo que yo estudio son los bebés, pero lo que sí que sé es que los niños que tienen unos vínculos afectivos seguros funcionan mejor en la escuela, su rendimiento es superior en todos los aspectos. Consiguen más cosas, y además logran entablar una mejor relación con sus compañeros. ¡Pero hay tantas cosas que han pasado ya cuando llegan a la escuela!

Eduard Punset:

¿Y qué deberíamos hacer con los bebés? La verdad es que no sabemos muy bien qué hacer. Lo que sí sabemos, gracias a experimentos con ratas y cabras, es que lamer a las crías o acariciarlas les da un sentimiento de bienestar. ¿pero qué más? Es decir, además de lamer a las crías, ¿cuál sería tu consejo para los padres?

Sue Gerhardt:

¡Mi consejo sería no lamer a los bebés!

Eduard Punset:

¡No!

Sue Gerhardt:

Aunque probablemente no haría ningún daño.

Eduard Punset:

¿Qué les dices a tus pacientes, básicamente?

Sue Gerhardt:

Pues bien, mi consejo sería, supongo. que el tacto está resultando muy importante para el desarrollo. Así que hay que sostener en brazos al bebé, llevarlo a los sitios, tocarlo. todo lo que genere placer, de hecho; porque las pruebas parecen demostrar que las sustancias bioquímicas relacionadas con el placer y con todo lo que genera placer realmente ayudan a que se desarrollen las funciones superiores del cerebro. Por tanto, mantener el contacto visual, sonreír, jugar, y divertirse con el bebé… Tener en brazos al bebé, tocarlo, masajearlo. todas estas cosas ayudan mucho, no solamente porque quizá formen parte de la gestión del estrés, sino también porque ayudan a la región orbitaria frontal del cerebro.
Para algunas enfermedades mentales, como los trastornos de la personalidad (y ahora hablo como psicoterapeuta que trabaja con adultos que padecen algún trastorno o se sienten infelices) la investigación actual demuestra que, en los trastornos de la personalidad, concretamente, todo apunta nuevamente a la primera infancia. Hay una enfermedad llamada trastorno límite de la personalidad.

Eduard Punset:

Sí.

Sue Gerhardt:

Y quienes la padecen tienen problemas bastante graves. pues bien, al empezar a investigar sus cerebros, se ha descubierto que las partes cerebrales que se desarrollan en la primera infancia. la respuesta al estrés, los niveles de cortisol. todo es muy alto. Y hay una hiperactividad en la amígdala, el sistema de detección de amenazas. Las regiones orbitarias frontales, las que podrían ayudarles a gestionar el estrés y calmar la amígdala.

Eduard Punset:

Se reducen.

Sue Gerhardt:

Se reducen o directamente son inactivas. y lo mismo sucede con otras partes prefrontales del cerebro que participan en la gestión de las emociones. Cuanto más sabemos de neurociencia, más claro resulta que hay muchos problemas en la sociedad (ya sea la conducta antisocial, o los trastornos de la personalidad o la conducta, los pacientes en centros de salud mental. no hablo de la esquizofrenia, sino de trastornos de la personalidad y depresión y problemas de este tipo) que están muy, muy relacionados con la primera infancia, así que si queremos proteger a la sociedad de las consecuencias de este tipo de conductas.

Eduard Punset:

Que muchos dicen ahora que son la principal amenaza para el futuro.

Sue Gerhardt:

¡Eso es! Supuestamente la depresión ha aumentado drásticamente, y también los trastornos de la personalidad y la conducta antisocial. Pero. ¿sabes? Nuevamente, hay una solución: prestar más atención a la primera infancia, que es cuando empiezan estas cosas.

http://www.rtve.es/tve/b/redes/semanal/prg447/entre447.pdf

El programa completo se puede ver  aquí

¿Reciben los niños suficientes abrazos?

¿Reciben los niños suficientes abrazos?

Los estudios demuestran que toda cría mamífera necesita un contacto físico constante.
La cría humana, por nacer más inmadura, aún más.
¿Reciben los bebés todo el contacto que necesitan?

 

¿Reciben los bebés suficientes abrazos?

Los científicos saben bien que todas las crías de mamíferos necesitan un mínimo de contacto para lograr un desarrollo normal. Los cachorros necesitan ser lamidos, o tocados en el caso de los primates, para alcanzar una madurez adecuada. Se han hecho experimentos con roedores y con monos a los que se les privaba de contacto físico, únicamente recibían alimento, y al crecer se convertían invariablemente en adultos anómalos, incapaces de socializarse de manera adecuada ni de cuidar de forma eficiente a sus propias crías. (De hecho, en francés existe la expresión `un oso mal lamido´ para referirse a alguien insociable o de trato difícil.)

Por desgracia este experimento se hizo también con humanos: el emperador Federico II ordenó que varios bebés fuesen aislados y recibiesen tan sólo alimento y cobijo de sus cuidadoras, prohibiendo que les dirigiesen la palabra o cualquier muestra afectiva, con el fin de averiguar en qué idioma hablarían primero. Todos murieron.

También a comienzos del siglo veinte, el pediatra americano Fritz Talbot, alarmado por la elevada mortalidad de los menores de 2 años en clínicas y orfanatos, donde teóricamente los bebés disponían de cobijo y alimento, viajó a una clínica alemana donde los niños diagnosticados con marasmo ( enfermedad de origen desconocido que se caracterizaba por pérdida de peso, abatimiento y desgana entre otros síntomas, y que acababa con la vida de un alto porcentaje de ellos) lograban sobrevivir. Allí halló a una mujer, Anna, corpulenta y ya mayor, que acarreaba permanentemente unos cuantos pequeñuelos. Cuando los niños perdían las ganas de vivir y comenzaba este proceso, Anna los llevaba en contacto con ella a todas horas, contraviniendo las normas que imperaban en la época que decían que a los niños debían cogerles lo mínimo necesario para su higiene y alimentación para que no se echaran a perder.

Los niños de Anna sobrevivían siempre, y Fritz Talbot quedó tan impactado que a partir de entonces se dedicó a difundir la idea de `atención amorosa´.

Más recientemente, el New York Times ha publicado un artículo sobre el papel crítico del contacto en el desarrollo infantil en el que se menciona `el estancamiento psicológico y físico de niños privados de contacto físico aunque por lo demás bien alimentados y cuidados´ (Goleman, 1988).

La cuestión es ¿reciben los niños occidentales el suficiente contacto físico para completar su desarrollo de forma satisfactoria? ¿Cuánto contacto exactamente se necesita para crecer sano emocional y afectivamente?. No lo sabemos, lo que sí sabemos es que en nuestra civilización desde hace unos cien años se hacen las cosas de manera muy diferente con los bebés a como se ha hecho siempre. Pertenecemos a una de las pocas culturas del mundo donde en la actualidad lo general es que los niños duerman solos, incluso en habitaciones separadas desde la más temprana edad. Donde muchos bebés van de la cuna al carrito y del carrito a la hamaca durante meses con el fin de que no se acostumbren a ser cogidos. Cuando damos un paseo de tres horas llevando al bebé en un carro, aunque nos parezca que hemos pasado la tarde con él, podemos tener por seguro que la sensación del bebé ha sido de no-mamá durante todo ese tiempo. Algunos además, pasan más de ocho horas al día en guarderías donde existe una cuidadora por cada ocho niños.

En España, los índices de lactancia, un modo de alimentación que asegura un saludable contacto `piel a piel´, son todavía muy inferiores a los de otros países, y algunos `expertos´ de gran difusión aseguran que lo mejor es ignorar sus llantos cuando los bebés, como inteligentes mamíferos cuyo instinto les dice lo que necesitan, luchan para cambiar eso. Parece que se está haciendo con los niños un gran experimento de resultados inciertos.

Cuando una mamá humana tiene un hijo, montones de expertos, familiares bienintencionados, y fabricantes de artilugios para bebés tratan de influir sobre ella utilizando todo tipo de argumentos. La mamá humana quiere a su pequeño con locura y quiere darle lo mejor, pero duda entre tanta información contradictoria, así que puede que se decida por una determinada tendencia o puede que varíe su forma de hacer las cosas en su búsqueda de la crianza óptima, y sufre mucho pensando si lo estará haciendo bien o no. Un día se fija en los animales: las gallinas, las vacas, las musarañas y las leonas, que siguen su instinto ancestral y son madres perfectas. Jamás dudan, jamás actúan de manera arbitraria o incoherente y desde luego, nunca malcrían a sus hijos consintiéndoles demasiado o alejándolos antes de que estén preparados. Su aportación de contacto físico es continua, tal y como les dicta su instinto. También del mismo modo siguen su instinto otras madres humanas en algunos sitios del planeta, donde los bebés son llevados a la espalda, duermen siempre en compañía hasta que son los suficientemente mayores para arreglárselas solos, las lactancias son prolongadas y sus llantos siempre son atendidos, tal es el caso de los ¡kung en África o de algunas tribus inuits del Norte de Canadá. En estas tribus, por cierto, los casos de cólicos son casi inexistentes y la salud emocional de sus individuos es notablemente superior a la de la media occidental.

Como conclusión parece ser que tocar, coger y abrazar a los bebés es una de las mejores cosas que se pueden hacer para garantizar su correcto desarrollo emocional y afectivo y toda una inversión para el futuro: está escrito en el instinto de cualquier mamífero saludable. Así que, como alguien decía una vez `cree en el llanto de tu hijo, abrázalo, consuélalo, tenlo cerca de ti y no le niegues ni un solo abrazo, ni una sola vez le escatimes tu contacto, porque para un bebé pequeñito el ansia de ser cogido puede ser tan acuciante como la necesidad de comer ´.

 

 

Natalia Suárez Acedo.

Farmaceútica Especialista en Nutrición Infantil

Instructora de Masaje Infantil de la AEMI

www.centrotea.com

Estrés en la infancia. Por Linda Folden Palmer, D.C.

¿Qué causa estrés durante la infancia?. Las investigaciones psicológicas y de laboratorio en animales y bebés humanos nos dan varias pistas. Ciertamente, el dolor que proviene de condiciones médicas desafortunadas puede crear estrés. También lo puede crear el dolor proveniente de reacciones sensibles a la leche de fórmula o a los alimentos que “pasan” a la leche materna. El abuso físico y el descuido extremo provocan un elevado grado de estrés, pero los efectos de esos casos severos no son el objeto de este texto.

Incluso una separación de la madre por un corto espacio de tiempo conduce a un elevado nivel de cortisol en los niños, indicativo de estrés(1,2). De hecho, después de un día completo de separación, los cachorros de rata muestran una alteración cerebral de la organización de los receptores(3) químicos. Un estudio similar sobre ratas reveló que un día sin la madre doblaba el número normal de muerte de células cerebrales(4). Los hallazgos en animales demuestran que el aislamiento de la madre, la reducción de la estimulación por contacto físico y la retención de la lactancia materna tienen consecuencias bioquímicas permanentes en el cerebro. Correlacionando estos hallazgos con las investigaciones sobre comportamiento humano, encontramos qué acontecimientos conllevan a un estrés crónico y a sus consecuencias permanentes:

-Dejar llorar al niño sin atención ni afecto de los padres.

-No alimentar al bebé cuando está hambriento

-No reconfortar al bebé cuando está perturbado o acongojado

-Limitar el contacto físico durante la alimentación , a lo largo del día y durante las partes más estresantes de la noche.

-Bajos niveles de atención humana, estimulación, “conversación” y juego.

Cuando esto ocurre con regularidad, puede desembocar en liberaciones crónicas de altos niveles de hormonas de estés, así como bajos niveles de hormonas favorables. Todas estas prácticas vienen siendo promovidas durante el último siglo en forma de horarios planificados de comidas, “no malcríes al bebé”, alimentación con biberón y separación física de día y de noche.

Mientras que es evidente que la carga genética y las experiencias vitales influyen en el comportamiento, se ha demostrado que las experiencias durante la infancia tienen el más fuerte y persistente efecto en la regulación hormonal respuesta al estrés, y comportamiento adultos(5). Las investigaciones han demostrado que altos niveles de contacto físico temprano y grado de reacción maternal pueden mitigar la predisposición genética a reacciones extremas de estrés.(6)

La investigadora en biología psicología Megan Gunnar y sus colegas hicieron estudios en niños que confirmaron los hallazgos en las investigaciones sobre animales. En su trabajo, niños de tres meses que recibieron cuidados con alto grado de reacción produjeron menos cortisol. Asimismo, niños de dieciocho meses clasificados como poco apegados ( que recibieron un cuidado con menor grado de reacción) revelaron elevados niveles de hormona de estrés(7). Los mismos niños a los dos años de edad continuaron mostrando elevado niveles de cortisol y se mostraban más temerosos e inhibidos: de nuevo, los niños que habían recibido un menor nivel de sensibilidad maternal(8). Otras investigaciones han confirmado esos hallazgos(9). La Dra. Gunnar informa que el nivel de estrés experimentado en la infancia condiciona permanentemente la respuesta al estrés en el cerebro, lo cual afecta a la memoria, la atención y las emociones(10).

Cortisol y estrés

El eje HPA (hipotálamo – pituitaria – adrenocortical), una relación entre órganos específicos del cerebro y las glándulas adrenales, es el centro regulador de las reacciones de estrés. Mientras que varias hormonas dirigen las reacciones de estrés, a menudo en relación unas con otras y con algunas de ellas jugando más de un papel, el cortisol es probablemente la más típica de las hormonas de estrés. Esto es objeto de varios estudios recientes. Durante el estrés, las hormonas de estrés se liberan bajo el control del eje HPA. El cortisol puede elevar la presión sanguínea y las pulsaciones, incrementar el azúcar en sangre e interrumpir las funciones digestivas y renales. Las respuestas de norepinefrina y de cortisol están conectadas. Ambas se liberan en reacción a la excitación, el ejercicio y el estrés. Ambas incrementan las pulsaciones, el azúcar en sangre y la actividad cerebral. Se ha cuestionado cómo la segregación en oleadas de norepinefrina durante momentos de afecto, y de juego pueden promover el aprendizaje en los niños ( algunas personas pueden recordar cómo ocasionalmente memorizaron mejor bajo el estrés y la excitación del último minuto de estudio), así como la vinculación (puesto que se da vinculación entre niños y adultos cuando comparten actividades excitantes).

Sin embargo, la exposición crónica a estrés negativo causa niveles elevados crónicos de cortisol, en lugar de oleadas, que tienen un efecto positivo. Niveles elevados crónicos de cortisol en niños y los ajustes hormonales y funcionales que les acompañan, se muestran asociados con cambios permanentes en el cerebro que conducen a reacciones elevadas al estrés a lo largo de la vida, así como a presión sanguínea y pulsaciones elevadas(11). Esta respuesta elevada comienza muy temprano. Los niños expuestos regularmente al estrés ya muestran elevadas y más sostenidas liberaciones de cortisol en respuesta a las situaciones de estrés(12). Las liberaciones ocasionales de cortisol a lo largo del día pueden ser beneficiosas pero los niveles continuamente elevados de hormona de estrés en la infancia derivados de un ambiente estresante están asociadas con efectos negativos permanentes en el desarrollo cerebral. Algunas teorías de la evolución van más lejos y sugieren que las reacciones elevadas de estrés que aparentemente llevan a una conducta agresiva y a una pubertad temprana, sirven a un propósito, ayudando a la supervivencia de la especie durante las sequías, guerras y otras penalidades.

Los estudios demuestran que los niños que reciben afecto físico frecuente tienen menores niveles de cortisol(13), mientras que los estudios psicológicos sobre el apego revelan altos niveles de cortisol en los niños poco apegados(14,15). Las mujeres que dan de mamar producen niveles significativamente menores de hormona de estrés que aquellas que alimentan al niño con biberón(16).

Consecuencias del estrés infantil

Sin un contacto cercano regular con su cuidador, el niño no sólo sufre de unos niveles altos de hormonas de estrés, sino que además se beneficia en menor medida de las liberaciones de oxitocina y de otras influencias bioquímicas positivas. El entorno bioquímico impuesto en el cerebro infantil durante las fases críticas de su desarrollo, afecta de forma permanente(17) a la anatomía y al funcionamiento del cerebro. Un entorno bioquímico pobre en el niño, desemboca en una disminución de sus habilidades intelectuales, emocionales y de conducta para el resto de su vida.

Tal como se ha descrito, un cerebro desarrollado en un entorno estresante, sobre-reacciona ante las situaciones estresantes y controla de forma peor las hormonas de estrés a lo largo de su vida. Los niveles de cortisol y otras hormonas de estrés son habitualmente elevados en estos individuos. Cuando son adultos, pueden mostrar una conducta “tipo-A”, que está asociada con un alto riesgo de enfermedades cardiacas y diabetes. Un psiquiatra demostró que las consecuencias sobre la salud de los adultos que tuvieron una crianza emocionalmente restrictiva (alta presión sanguínea y elevados niveles de cortisol) se asemejan mucho a aquellos adultos que perdieron a sus padres en la infancia(18). Los efectos, sin embargo, van más allá de la presión sanguínea y de su manejo del estrés.

El hipocampo, una estructura importante en el aprendizaje y la memorización, es la zona del cerebro donde el desarrollo se ve afectado por los niveles de hormonas de estrés y de vinculación. El nivel de las hormonas de estrés que circulan en un niño afecta al número y tipo de receptores de dicha zona(19). También se ha demostrado que las células nerviosas del hipocampo se destruyen como consecuencia del estrés crónico y de niveles elevados de hormona de estrés, produciendo como consecuencia déficits intelectuales(20). Han podido demostrarse déficits de memoria y de aprendizaje espacial en ratas que sufrieron estrés prolongado durante la infancia(21). De forma similar, los niños con la puntuación más baja en los tests mentales o de habilidad motriz son aquellos con niveles más elevados de cortisol en su sangre(22).

El desarrollo prematuro de la pubertad también ha sido asociado a niveles significativamente altos de cortisol y de otros indicadores de estrés(23). Este estudio adicionalmente informa de que estos niños padecen más depresión, más problemas de comportamiento y puntuaciones de inteligencia más bajas. De nuevo, los estudios de laboratorio confirman plenamente los estudios psicológicos sobre el apego. Además, la pubertad prematura incrementa el riesgo de desarrollar cáncer.

En individuos que sufren desórdenes ansiosos, anorexia nerviosa y depresión, el exceso de producción de cortisol es un hallazgo importante(24). La sobre-secreción de hormonas de estrés también se ha visto implicada recientemente con la obesidad, la enfermedad de Alzheimer(25) y los síntomas de envejecimiento acelerado(26). Los estudios en animales han demostrado una debilitación del sistema inmunológico en las crías sujetas al estrés causado por la separación prolongada de la madre(27,28), lo cual coincide con el incremento de la incidencia de enfermedades demostrado en los niños criados con menos apego.

Los comienzos

Se ha escrito mucho acerca de los primeros momentos tras el nacimiento de un bebé. El niño ( si no está enteramente intoxicado por los medicamentos utilizados en el parto) tiene la carga necesaria de hormonas segregadas durante el parto para nacer bien despierto y alerta durante un corto espacio de tiempo. Durante este tiempo, tienen lugar la impronta inicial. Ya familiarizado con las voces de los padres, el bebé, quien puede distinguir los rostros de objetos y de otras partes del cuerpo, mantiene la mirada fija en los ojos de sus padres, como para grabar sus imágenes para toda la vida. Reconoce el olor del líquido amniótico, que es tanto un olor propio como de su madre. Su temprana programación guía su boca a buscar y encontrar un nuevo método físico de nutrición materna, y es inmediatamente atraído por el olor específico de los pechos de su madre, que ahora sustituyen al cordón umbilical. El recién nacido, que apenas es capaz de mantener la temperatura de su cuerpo, encuentra una ideal y confortable regulación de la temperatura en el contacto con el cuerpo cálido de mamá. Habiendo conocido tan sólo el confinamiento seguro en el útero, se siente cómodo en contacto con un cuerpo cálido o en la seguridad de los brazos, y llorará con fuerza, incómodo y ansioso si se le deja en una superficie dura y fría. Con el primer sorbo del alimento concentrado proveedor de anticuerpos y escuchando el familiar latido y los sonidos del cuerpo de su madre, el bebé pronto cae en un apacible sueño e incluso los ritmos de su latido y respiración se regulan por los ritmos maternos. Mientras duerme, sus primeros sorbos de calostro y su respiración establecen la flora saludable en el tracto digestivo, proporcionando defensas contra los microbios que le rodean.

Aunque no está todo perdido si la vida de un niño no comienza de esta manera, esta es la primera oportunidad de apego y la primera elección que hacemos respecto a la salud del bebé. Hay una larga vida por delante para los padres y el niño, y varias direcciones que puede tomar la familia. Mientras que el niño nace dotado por la naturaleza con la semilla de cierto potencial, el estilo de crianza de los padres, influirá en gran medida en la probabilidad de realización de dicho potencial en beneficio o detrimento del niño, su familia y la sociedad.

La vinculación

Las investigaciones acerca de la influencia de los métodos de crianza en los factores bioquímicos, demuestran que con una crianza sensible, el cuerpo produce sustancias que ayudan a que los padres se muestren cada vez más afectivos, cariñosos y vinculados a sus hijos y que los hijos estén estrechamente vinculados a sus padres. A lo largo del tiempo, esta vinculación deviene amor y respeto. Sin duda alguna, estas sustancias químicas se predisponen de forma permanente en el cerebro del niño hacia comportamientos positivos más adelante hacia el desarrollo de un fuerte y duradero apego. En cualquier caso, la mayor lección que extraemos de estos estudios es que mientras que la naturaleza tiene un plan muy bueno, fallar en su seguimiento puede derivar en resultados indeseables. En otras palabras, cuando los padres acatan su instintivo deseo de disfrutar de un contacto cercano con sus niños, alimentándoles de forma natural y respondiendo rápidamente a sus necesidades y deseos (que en el bebé son exactamente lo mismo) están desarrollando a futuros adultos responsables y sensibles. Desatender a un niño hace que los mensajeros químicos disminuyan rápidamente y, como resultado se cree un vínculo endeble y la crianza se torna algo arduo y poco exitoso. A su vez, el niño manifiesta los efectos del estrés. Además, las reacciones de estrés y otros comportamientos en el niño y el adulto que será, se ven permanentemente alterados. Otros aspectos del intelecto y de la salud también se pueden ver afectados.

El increíble, extenso e innato sistema humano de recompensas hormonales al contacto físico y emocional cercano, amoroso y consecuente entre padres e hijos y sus increíbles consecuencias, combinadas con los hallazgos de las investigaciones psicológicas acerca del apego, proveen de una abrumadora evidencia para reflexionar sobre la clase de crianza que planificamos para un niño, al menos para mí. Una vez oí a un anciano pediatra decir a una madre, con fuerte desaprobación porque su hijo le pedía, aferrado a ella, que le cogiera en brazos: “Todo comienza el primer día que le coges en brazos cuando llora”. Mi única respuesta a esto es: “En efecto, así es”