Cuando la crianza natural se vuelve antinatural

Cuando la crianza natural se vuelve antinatural

Dice un refrán : “Dime de qué presumes y te diré de lo que careces”.
Todos sabemos que el refranero popular, no siempre, pero muchas veces, recoge la sabiduría popular y la experiencia. En ese caso hay mucha verdad detrás de esas palabras.

En el mundo de la maternidad desde hace unos años cada vez hay más familias queriendo criar a sus hijos no a golpe de métodos y directrices sino de instinto y respeto. Esto no es nuevo. Básicamente cualquier cultura que tenía un mínimo nivel de paz, trataba con respeto a sus integrantes, sobre todo a quienes más lo necesitaban, niños, ancianos y/o enfermos.

atachement parentingTras unas siglos complicados en la historia humana y, sobre todo, tras un cambio brutal de paradigma en el S.XX con respecto a todo lo anterior, se impuso un nuevo modelo de criar, sin criar, es decir, empezó a diluirse el significado original del término “criar” cuando empezó s sustituirse todo lo normal en la crianza, por otros modelos artificiales. Y como suele suceder, cuando lo normal, o lo natural, no es la norma, entonces “otra cosa” ocupa su lugar. En este caso fue el imponer pautas, métodos, horarios, restricciones, prohibiciones, castigos y demás a algo que hasta el momento era mucho más sencillo y fluido.

Cuando en este mundo occidental nuestro, edificado sobre el capitalismo y totalmente adultocéntrico, empiezan a aparecer voces llamando la atención a que quizás lo “normal” ( por haberse establecido como norma) no era lo natural y que estábamos empezando a pagar el precio de nuestra “no crianza” a los hijos, hubo que buscar otra denominación para marcar la diferencia cn lo que se esta haciendo.

En ese contexto encontramos  el “concepto del continuum de Jean Liedloff  o el concepto “atachement parenting” acuñado por los Sears, que fueron  el germen de toda una corriente de cambio en la forma de ver y afrontar el hecho de tener y criar hijos.
De ese punto de partida surgieron todo tipo de movimientos con más o menos cosas en común como Natural Parents  o usando el mismo término que los Sears acuñaron, organizaciones como Attachement Parenting International.
Estas corrientes fueron integradas a nuestro idioma con términos como “crianza con apego”, “crianza natural”, “crianza respetuosa”, “crianza consciente”, etc…
Estos términos no dejan de ser etiquetas que utilizamos para identificar una serie de creencias y principios que  tomamos en cuenta en nuestra vida. Era como una marca identificativa de ser “del otro lado”, una forma de nadar contra la corriente habitual, o como alguna vez hemos dicho: salirse de Matrix.

 

Este proceso de conectar con las necesidades de los bebés y niños y las nuestras propias como madres y padres es algo que debería venir “de serie” en  una especie como la humana que necesita tanto de la crianza para su supervivencia y calidad de vida.

 

Pero al no ser así, que haya padres que lo hacen y otros que no lo hacen o lo hacen en menor medida, lo que crea es una especie de brecha entre padres o entre estilos de crianza.
De ese modo es frecuente observar, sobre todo en los medios, en los que no se filtra el mensaje, las típicas peleas entre familias pro Estivill y familias pro “el que corresponda”, entre madres de teta y biberón, parto respetado o intervenido, familias que portean y las que no,etc.

coheteSuelo comentar que ese afán de juzgar al de enfrente es una reacción normal durante un tiempo, para aquellos que salen de la mayoría hacia la minoría. Del mismo modo que  un cohete necesita contrarrestar la fuerza de atracción de la Tierra  con una lanzadera, que lo aleje con mucha potencia, ese afán por demostrar “lo bien que lo hacemos y lo equivocado que está el resto” es necesario en una primera etapa para no perecer ante tanto comentario intensivo sobre cómo y por qué no hacemos lo que todo el mundo hace.
Pero una vez en órbita, el cohete ha de soltar la lanzadera o será incontrolable. Del mismo modo, una vez pasada la euforia inicial de ir viendo todo lo que los demás no hacen como “debería ser”, cualquier adulto con sentido común entiende que su misión en la vida no es juzgar al prójimo, sobre todo en un aspecto como la crianza de los hijos.   O corremos el riesgo de ser de ese tipo de gente que se coloca la etiqueta de “crianza natural” como si fuera suya, haciendo bandera del respeto a sus hijos, a darles teta, a llevarles en brazos, dormir con ellos, no castigarles, no ejercer violencia ni siquiera verbal… y luego resulta que toda ese afán de control, frustración o  ira que no descargan sobre sus hijos ( como debe ser ) la descargan contra el prójimo.

Yo no es que me haya encontrado en el mundo de la crianza natural gente “peor” que en el otro lado, porque gente mala hay en todos lados. Lo que pasa es que choca mucho que alguien predique algo y vaya dando muestras en su vida de justo lo opuesto. Habría que explicar a estas personas que criar a un hijo  no implica sólo atender sus necesidades físicas y emocionales, sino también las sociales.

©JugaryColorear

©JugaryColorear

Criar hijos sin enseñarles, por ejemplo, a respetar las normas sociales de su comunidad, que el respeto es bidireccional, de la gente a ellos y de ellos a los demás, que no le hacemos a los demás lo que no queremos que nos hagan a nosotros, y sobre todo, que sus padres, SON  o INTENTAN SER BUENAS PERSONAS, es hacerles daño a sabiendas. Nadie quiere tratar con gente irrespetuosa y si no enseñamos el respeto de palabra, de acción y con el ejemplo, nuestros hijos no serán personas con una vida emocional  y social sana y rica.

Porque cuando los niños son pequeños quizás sólo necesitan de nuestro tiempo y nuestro cuerpo, pero a medida que crecen, criar es enseñarles a ser buenas personas. Eso va a ser un mejor fundamento para su vida que haber tomado teta 10 años. Y es difícil enseñar valores si no los tenemos. Nuestros hijos, al final, serán nuestros jueces. Llegará el día en que escuchen lo que hablamos, vena cómo nos comportamos y lean lo que escribimos. Ojalá que no se den cuenta que su madre y/o padre que tanto hablaba del respeto y la crianza natural, era luego una mala persona que solo sabía criticar y descalificar, a veces, incluso injuriar al prójimo.

Si además, nuestra vida profesional está ligada a este sector, razón de más para ser personas honestas y éticas.  Y eso va más allá de pagar impuestos y no cobrar de más a nuestros clientes.
En el mundo de la crianza natural me he encontrado muchas personas “antinaturales”, “nada respetuosas” y “conscientes sólo de mirar la paja en el ojo ajeno”.

Por ese motivo, cuando imparto formación a mujeres que quieren ser profesionales, sea del mundo de la maternidad o de cualquier otro, aparte de la formación específica de la materia que quieren aprender, intento recalcar que no sólo importa lo que hacemos, sino “Cómo” lo hacemos.

  • *No te aproveches del trabajo ajeno
  • *No vayas por la vida acumulando enemigos
  • *Preocúpate de crear no de criticar y luego copiar
  • *No participes y/o colabores  del robo o plagio del trabajo de otros
  • *Sé exquisito en tu trato con tus clientes.
  • *No  vendas lo que tú quieres, sino lo que ellos necesiten
  • *No mientas en tu beneficio
  • *Sé consecuente, o inténtalo
  • *Si alguien es mejor que tú en algo, intenta aprender, no te dediques a criticarle y difamarle
  • *Enfócate en tus clientes, no en tu competencia
  • *Aprende a colaborar y a establecer sinergias
  • *Asegúrate que tus prácticas habituales son respetuosas y no mafiosas y amenazantes
  • *Cúrate el complejo de Mesías, no te va a hacer bien ni a ti ni a tus clientes
  • *No pretendas apropiarte de conceptos universales ( no sólo es poco ético e incluso ilegal, es ridículo)
  • *Pregúntate qué reputación tienes en tu sector y analiza por qué
  • *Ten muchos amigos, buenas personas y buenos profesionales con los que relacionarte y colaborar
  • *Ten por costumbre alegrarte de los éxitos ajenos y reconocer el trabajo que otros hacen bien
  • *Aprende a ser feliz. La gente feliz dedica menos tiempo (o ninguno) a amargarle la vida a los demás
  • *Sé el tipo de persona que salga airoso de la auditoría que la vida y aquéllos a quienes más quieres te harán sin duda alguna.

Si de verdad quieres vivir de acuerdo a la crianza natural, te darás cuenta de que no necesitas etiquetas a las que aferrarte. Porque cuanto más las necesitas para justificarte, más lejos estás de lo que buscas.

 

crianza natural

 

Los “ricos” también portean

Los “ricos” también portean

-“Eso es de hippies”
-“¿Vas a llevar el bebé ahí como las africanas?”
-“Si no tienes para un carro yo te lo regalo”

 

¿Os suenas estas frases?
Si eres madre y porteas de seguro las has escuchado más de una vez.
Aunque el porteo es algo intrínsecamente humano, una práctica extendida a lo largo del tiempo y la geografía,  el ser humano tiende a ver elmundo con la perspectiva de su presente. Y el presente mayoritario en nuestra cultura es ver a un niño paseado en carrito.

El mundo de TU BEBÉ

Especial 250 dela revista con artículo de porteo de Nohemí Hervada

De ahí que recuperar la cultura del porteo es un trabajo progresivo. Cada vez somos más, con más información y mejor formación, pero seguimos siendo minoría. Y las minorías siempre asustan  a la mayoría.

Poco a poco ese trabajo como de hormiguita de  las familias que hemos porteado a diario, enseñando al entorno, la mayoría de las veces sin necesidad de hablar ni explicar, lo que es el porteo y lo que implica para el bebé, el adulto y la sociedad va dando frutos.

YA encontramos referencias al porteo correcto en casi todas las webs dedicadas a la maternidad. En webs de profesionales como la AEPED (aunque  a veces esas aportaciones sean mejorables 😉 ), en artículos de fisioterapeutas, en revistas de difusión nacional…

Y también vemos en los medios a las “famosas” porteando a sus hijos. Y nos guste o no estas personas son referentes por ser mediáticos para muchísima gente. A mucha gente le nfluye más ver esta imagen de unos príncipes aprendiendo a portear que ir a una charla de 2 horas sobre los beneficios del porteo.

Los príncipes de Luxemburgo aprendiendo a portear

Los príncipes de Luxemburgo aprendiendo a portear

¿Se necesita un curso para ser padres?

Ser padre no se aprende en un curso, pero otras cosas sí.
Muchas veces el éxito de la lactancia, el tener un parto respetado o el saber portear de forma segura y correcta el primer día se consigue con ayuda.
Las Asesoras Continuum, las asesoras de porteo estamos para eso.

Cuando nunca has llevado un bebé sobre tu cuerpo atado con una tela, poder contar con alguien que te asesore y enseñe es un ahorro de tiempo muy valioso.
Yo aprendí sola, y durante un tiempo lo hice mal.
Los padres hoy pueden contar con algo que no había hace 8 años cuando yo empecé.

Algunas de estas personas “famosas” han comprendido la importancia de este tema y se dejan asesorar…. Tú también puedes <3

Si necesitas una Asesora Continuum o una Asesora de Porteo escríbeme :

Nohemí Hervada
Asesoras Continuum
Escuela de Porteo

 

Asesora de Maternidad: qué es y qué no es

Asesora de Maternidad: qué es y qué no es

¿Sabes qué es una Asesora de Maternidad o una Asesora Maternal?

Uniendo el concepto “asesorar” con “maternidad” está claro ¿no? O al menos la idea general es evidente…
O quizás no.
Hace tiempo leí un artículo en esas webs que tanto visitamos los padres primerizos y en ella se describe esta figura de este modo:

“(…) Las asesoras de maternidad no son las enfermeras ni las doctoras que ayudan a la paciente a dar a luz o la apoyan en el trabajo de parto, su trabajo es orientar a las futuras mamás en todo lo que implica tener un bebé, prepararse para ese momento pero teniendo todo lo necesario para que la familia se vaya alistando con las cosas que serán necesarias para el bienestar de ese pequeño y de la mamá(…)”

 

Y dije: ¡qué bien!
Porque yo, que he acuñado el término Asesora Continuum para designar el perfil de Asesora de Maternidad que orienta a los padres en todo lo relacionado con la espera, llegada y crianza del bebé desde el punto de vista “continuum” o de respeto a las necesidades y ritmos del bebé, y que ofrezco formación para serlo, estoy convencida de que cuanta más gente conozca esta figura, dentro y fuera del ámbito de la llamada crianza con apego, más familias se beneficiarán.

Pero claro, al seguir leyendo, me encuentro con que para la mayoría de la gente, o al menos para quienes publican ese artículo,  “prepararse …con todo lo necesario… para el beneficio del pequeño y de la mamá” , son cosas como estas:

alistar su habitación, ordenar la casa para que cuando estén ahí se sientan cómodos,organizar un baby shower, entre otras funciones. (…)
por ejemplo si se trata de decorar la habitación del bebé, ellas las acompañan a tiendas a buscar lo necesario y bajo un mismo concepto proceden a decorar al gusto de la mamá y el papá la habitación de ese bebé que viene en camino, (…) en lo que tiene que ver con el baby shower, las asesoras de maternidad organizan el evento dependiendo de los gustos de la mamá, el número de personas que asistirán y ven desde la comida, los juegos y la decoración del espacio a celebrarse esa gran ocasión.

Y entonces me imagino a una copia de  Jennifer Lopez en la película “Planes de Boda”,  como una eficiente Wedding Planner,con una carpeta en la mano y un móvil en el otro…

Así igual que una organizadora de bodas te ayuda con la elección de la tarta de boda y el diseño de las  invitaciones, la Asesora de Maternidad se encargará del color de las paredes de la habitación del bebé, de ayudaros a decidir la ropa con la que ir al hospital o de la lista  de regalos que entregar a los familiares y amigos.

Perpetuando de este modo la idea de que las necesidades del bebé y de la madre se suplen con cosas que comprar, y de que una madre puérpera y un bebé lo que necesitan es un baby shower fabuloso, muy al estilo americano. Estilo que, por cierto,  pregona la separación madre-bebé y no facilita precisamente la lactancia y el apego.Bebé feliz

Y yo pienso en esas mujeres que han crecido con la idea romántica y falsa del príncipe azul que la salvará y la hará feliz por siempre. Y que sueña planeando su boda y todos los detalles: el traje, el peinado, el lugar, los invitados… hasta la música y el menú. Pero que ha dedicado poco tiempo o ninguno a pensar en cómo será la vida después del día de la fiesta. Que apenas se ha interesado por conocer sus verdaderas necesidades emocionales y lo que realmente quiere de una pareja. Que no ha aprendido a estar feliz sola, consigo misma, siendo completa, y que espera a ese otro para sentirse realizada.
Del mismo modo, las madres soñamos la maternidad con esa idea idílica de sentirse feliz y plena, recibiendo al bebé de los anuncios. Ese que come, sonríe y duerme, siempre a sus horas, sin exigir ni demandar.

Foto de ©Cristiana Gasparotto

Foto de Cristiana Gasparotto

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Nadie nos contó lo que supone el día a día de un bebé en cuanto a demanda de disponibilidad por nuestra parte, nadie nos dijo que amamantar es mucho más que ofrecer la teta.

Nadie nos alertó de que nos cuidáramos de quienes, con el pretexto de nuestro bien, ejercerían violencia contra nosotras y nuestros cuerpos. Violando de ese modo un momento sagrado y dejando secuelas en el cuerpo y en el alma. Heridas y secuelas que nos hicieron  enfrentarnos a ese bebé con más lágrimas que sonrisas.

Nadie nos dijo que nos quedaríamos tan solas, tan juzgadas, tan sin recursos válidos. Porque lo que traíamos hasta la fecha en la mochila no suele servir, salvo para añadir carga.

En ese contexto, seguir vendiendo a la “organizadora de la llegada del bebé” con sus globos, lazos y tarjetitas… no solo no ayuda, sino que tiende a alienar más a la madre. Superficializa la etapa más importante sin duda, de la vida de la persona que acaba de venir al mundo, y seguramente una de las más importantes de su madre, padre y demás familia.

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Las Asesoras Continuum somos asesoras de maternidad pero no te vamos a ayudar a decidir el color de las paredes del cuarto de tu bebé, ni te vamos a ayudar con la lista de invitados a la fiesta de bienvenida a casa. Nosotras te mostraremos en primer lugar que lo realmente importante para tu bebé no es el tono de verde o el papel mate o satinado… sino TÚ.  TÚ eres lo único imprescindible y con eso como base trabajaremos a tu lado para darte, desde el embarazo si lo deseas,  información, recursos y herramientas. Pero las decisiones siempre serán tuyas. Como tuyo es tu hijo.

Si esa es la Asesora de Maternidad que quieres, nosotras estamos aquí para ti. En persona siempre que sea posible, o por teléfono o videoconferencia si es tu única opción. Lo importante es que no estás sola. Las Asesoras Continuum estamos a tu disposición, para contribuir a que disfrutes tu maternidad. Para contarte eso que nosotras no supimos y nos hubiera gustado saber.♥

Formación Acompañamiento Asesoras Continuum

  PD: Mi Agradecimiento a Cristiana Gasparotto por permitirme usar su foto para el post

Declaración sobre el Llanto de los bebés

Cuando un recién nacido aprende
en una sala de nido que es inútil gritar…
está sufriendo su primera experiencia de sumisión.
(Michel Odent)


Hombres y mujeres, científicas y profesionales que trabajamos en distintos campos de la vida y del conocimiento, madres y padres preocupados por el mundo en el que nuestros hijos e hijas van a crecer, hemos creído necesario hacer la siguiente declaración:

Es cierto que es frecuente que los bebés de nuestra sociedad Occidental lloren, pero no es cierto que ‘sea normal’. Los bebés lloran siempre por algo que les produce malestar: sueño, miedo, hambre, o el más frecuente, y que suele ser causa de los anteriores, la falta del contacto físico con su madre u otras personas del entorno afectivo.

El llanto es el único mecanismo que los bebés tienen para hacernos llegar su sensación de malestar, sea cual sea la razón del mismo; en sus expectativas, en su continuum filogenético no está previsto que ese llanto no sea atendido, pues no tienen otro medio de avisar sobre el malestar que sienten ni pueden por sí mismos tomar las medidas para solventarlo.

El cuerpo del bebé recién nacido está diseñado para tener en el regazo materno todo cuanto necesita, para sobrevivir y para sentirse bien: alimento, calor, apego; por esta razón no tiene noción de la espera, ya que estando en el lugar que le corresponde, tiene a su alcance todo cuanto necesita; el bebé criado en el cuerpo a cuerpo con la madre desconoce la sensación de necesidad, de hambre, de frío, de soledad, y no llora nunca. Como dice la norteamericana Jean Liedloff, en su obra The Continuum Concept, el lugar del bebé no es la cuna ni la sillita ni el cochecito, sino el regazo humano.

Esto es cierto durante el primer año de vida; y los dos primeros meses de forma casi exclusiva (por eso la antigua famosa ‘cuarentena’ de las recién paridas); luego, los regazos de otros cuerpos del entorno pueden ser sustitutivos algunos ratos. El propio desarrollo del bebé indica el fin del periodo simbiótico: cuando el bebé empieza a andar: entonces empieza poco a poco a hacerse autónomo y a deshacerse el estado simbiótico.

La verdad es obvia, sencilla y evidente.

El bebé lactante toma la leche idónea para su sistema digestivo y además puede regular su composición con la duración de las tetadas, con lo cual el bebé criado en el regazo de la madre no suele tener problemas digestivos.

Cuando la criatura llora y no se le atiende, llora con más y más desesperación porque está sufriendo. Hay psicólogos que aseguran que cuando se deja sin atender el llanto de un bebé más de tres minutos, algo profundo se quiebra en la integridad de la criatura, así como la confianza en su entorno.

Las madres y los padres, aunque nos han educado en la creencia de que ‘es normal que los niños lloren’ y que ‘hay que dejarles llorar para que se acostumbren’, y por ello estamos especialmente insensibilizadas para que su llanto no nos afecte, a veces no somos capaces de tolerarlo. Como es natural si estamos un poco cerca de ellos, sentimos su sufrimiento y lo sentimos como un sufrimiento propio. Se nos revuelven las entrañas y no podemos consentir su dolor. No estamos del todo deshumanizadas. Por eso los métodos conductistas proponen ir poco a poco, para cada día aguantar un poquito más ese sufrimiento mutuo. Esto tiene un nombre común, que es la ‘administración de la tortura’, pues es una verdadera tortura la que infligimos a los bebés cuando hacemos ésto, y nos infligimos a nosotras mismas, por mucho que se disfrace de norma pedagógica o pediátrica.

Varios científicos estadounidenses y canadiense (biólogos, neurólogos, psiquiatras, etc.), en la década de los noventa, realizaron diferentes investigaciones de gran importancia en relación a la etapa primal de la vida humana; demostraron que el roce piel con piel, cuerpo a cuerpo, del bebé con su madre y demás allegados, produce unos moduladores químicos necesarios para la formación de las neuronas y del sistema inmunológico; en fin, que la carencia de afecto corporal trastorna el desarrollo normal de las criaturas humanas. Por eso los bebés, cuando se les deja dormir sol@s en sus cunas, lloran reclamando lo que su naturaleza sabe que les pertenece.

En Occidente se ha creado en los últimos 50 años una cultura y unos hábitos, impulsados por las multinacionales del sector, que elimina este cuerpo a cuerpo de la madre con la criatura y deshumaniza la crianza: al sustituir la piel por el plástico y la leche humana por la leche artificial, se separa más y más a la criatura de su madre. Incluso se han fabricado modelos de walkyes talkys especiales para escuchar al bebé desde habitaciones alejadas de la suya. El desarrollo industrial y tecnológico no se ha puesto al servicio de las pequeñas criaturas humanas, llegando la robotización de las funciones maternas a extremos insospechados.

Simultáneamente a esta cultura de la crianza de los bebés, se medicaliza cada vez más la maternidad de las mujeres; lo que tendría que ser una etapa gozosa de nuestra vida sexual, se convierte en una penosa enfermedad. Entregadas a los protocolos médicos, las mujeres adormecemos la sensibilidad y el contacto con nuestros cuerpos, y nos perdemos una parte de nuestra sexualidad: el placer de la gestación, del parto y de la exterogestación, lactancia incluida. Paralelamente las mujeres hemos accedido a un mundo laboral y profesional masculino, hecho por los hombres y para los hombres, y que por tanto excluye la maternidad; por eso la maternidad en la sociedad industrializada ha quedado encerrada en el ámbito privado y doméstico. Sin embargo, durante milenios la mujer ha realizado sus tareas y sus actividades con sus criaturas colgadas de sus cuerpos, como todavía sucede en las sociedades no occidentalizadas. La imagen de la mujer con su criatura tiene que volver a los escenarios públicos, laborales y profesionales, so pena de destruir el futuro del desarrollo humano.

A corto plazo parece que el modelo de crianza robotizado no es dañino, que no pasa nada, que las criaturas sobreviven; pero científicos como Michel Odent (1999 y www.primal-health.org), apoyándose en diversos estudios epidemiológicos, han demostrado la relación directa entre diferentes aspectos de esta robotización y enfermedades que sobrevienen en la edad adulta. Por otro lado, la violencia creciente en todos los ámbitos tanto públicos como privados, como han demostrado los estudios de la psicóloga suizo-alemana Alice Miller (1980) y del neurofisiólogo estadounidense James W. Prescott (1975), por citar sólo dos nombres, también procede del mal trato y de la falta de placer corporal en la etapa primera de la vida humana. También hay estudios que demuestran la correlación entre la adicción a las drogas y los trastornos mentales, con agresiones y abandonos sufridos en la etapa primal. Por eso los bebés lloran cuando les falta lo que se les quita ; ell@s saben lo que necesitan, lo que les correspondería en ese momento de sus vidas.

Deberíamos sentir un profundo respeto y reconocimiento hacia el llanto de los bebés, y pensar humildemente que no lloran porque sí, o mucho menos, porque son malos. Ellas y ellos nos enseñan lo que estamos haciendo mal.

También deberíamos reconocer lo que sentimos en nuestras entrañas cuando un bebé llora; porque pueden confundir la mente, pero es más difícil confundir la percepción visceral. El sitio del bebé es nuestro regazo: en esta cuestión, el bebé y nuestras entrañas están de acuerdo, y ambos tienen sus razones.

No es cierto que el colecho (la práctica de que los bebés duerman con sus padres) sea un factor de riesgo para el fenómeno conocido como ‘muerte súbita’. Según The Foundation for the Study of Infant Deaths, la mayoría de los fallecimientos por ‘muerte súbita’ se producen en la cuna. Los estudios demuestran que es más seguro para el bebé dormir en la cama con sus padres que dormir solo.

Por todo lo que hemos expuesto, queremos expresar nuestra gran preocupación ante la difusión del método propuesto por el neurólogo E. Estivill en su libro Duérmete Niño (basado a su vez en el método Ferber divulgado en Estados Unidos), para fomentar y ejercitar la tolerancia de las madres y los padres al llanto de sus bebés; se trata de un conductismo especialmente radical y especialmente nocivo teniendo en cuenta que el bebé está aún en una etapa de formación. No es un método para tratar los trastornos del sueño, como a veces se presenta, sino para someter la vida humana en su más temprana edad. Las gravísimas consecuencias de este método, han empezado ya a ponerse de manifiesto.

Necesitamos una cultura y una ciencia para una crianza acorde con nuestra naturaleza humana, porque no somos robots, sino seres humanos que sentimos y nos estremecemos cuando nos falta el cuerpo a cuerpo con nuestros mayores. Para contribuir a ello, para que tu hijo o tu hija deje de sufrir YA, y si te sientes mal cuando escuchas llorar a tu bebé, hazte caso, cógele en brazos para sentirle y sentir lo que está pidiendo; posiblemente sólo sea eso lo que quiere y necesita, el contacto con tu cuerpo. No se lo niegues.

http://www.suenoinfantil.org/

La importancia de la fase en brazos- Jean Liedloff

La importancia de la fase en brazos- Jean Liedloff


Durante los dos años y medio en los que estuve viviendo con los indios de la edad de piedra en la jungla de Sudamérica (no todos seguidos, sino en cinco expediciones separadas con mucho tiempo entre ellas para reflexionar), pude darme cuenta de que la naturaleza humana no es lo que se nos ha hecho creer que somos.

Jen Liedloff-YekuanaLos bebés de la tribu de los Yecuana, más que necesitar paz y sosiego para dormir, dormitaban embelesadamente cuando se sentían cansados, mientras que los hombres, mujeres o niños que los acarreaban, bailaban, corrían, andaban, gritaban o impulsaban las canoas. Los niños jugaban juntos sin pelearse o discutir, y obedecían a los mayores instantánea y diligentemente.

La idea de castigar a un niño aparentemente nunca se les ocurrió a esa gente, ni su comportamiento mostró nada que pudiera llamarse verdaderamente permisividad. Ningún niño habría soñado en interrumpir, incomodar o ser mimado por un adulto. Y, sobre los cuatro años, los niños contribuían más en las tareas de la familia que lo que precisaban de ella.

yekuanaLos bebés en brazos casi nunca lloraban y, de una manera fascinante, no movían sus brazos, protestaban, arqueaban su espalda ni flexionaban sus brazos o piernas. Se sentaban tranquilamente en sus bandoleras o dormían en la cadera de alguien, desmintiendo el mito que los niños deben “hacer ejercicio”. Además, nunca sufrían de vómitos, excepto si estaban muy enfermos, y no tenían cólicos. Cuando se asustaban durante los primeros meses de gatear o andar, no esperaban que nadie fuera hacia ellos, sino que iban por sí mismos hacia su madre u otros cuidadores para confirmar la necesidad de sentirse seguros antes de continuar sus exploraciones. Sin supervisión, incluso los más chiquitines casi nunca se hirieron.

¿Es su “naturaleza humana” distinta a la nuestra? Algunos piensan que así es, pero, por supuesto, sólo hay una especie humana. ¿Qué podemos aprender nosotros de la tribu de los Yequana?

Nuestras Expectativas Innatas

jean-liedloff-con-la-tribu-yequanaInicialmente, podemos intentar comprender completamente el poder de formación de lo que yo llamo la fase de “en brazos”. Empieza en el nacimiento y acaba con el inicio del arrastre, cuando el bebé puede alejarse de su cuidador y volver a voluntad. Esta fase consiste, simplemente, en que el bebé tenga contacto físico durante las 24 horas del día con un adulto u otro niño mayor.

Al principio, meramente observé que la experiencia de ir en brazos tenía un impresionante efecto saludable en los bebés y que no había ningún “problema” que arreglar. Sus cuerpos eran suaves y se adaptaban a cualquier posición que fuera adecuada para sus porteadores; incluso algunos de ellos se colgaban en la espalda mientras los agarraban por la muñeca. No pretendo recomendar esta posición, pero el hecho de que es posible demuestra la extensión de lo que constituye el confort para un bebé. En contraste a este ejemplo, tenemos el desesperado desconfort de los niños acostados cuidadosamente en un moisés o cochecito, suavemente arropados, y dejados ir, rígidos, con el deseo de asirse a un cuerpo vivo que, por naturaleza, es el lugar correcto. Es el cuerpo de alguien que “creerá” en sus lloros y consolará sus ansias con brazos amorosos.

¿Por qué la incompetencia en nuestra sociedad? Desde la infancia, se nos enseña en no confiar en nuestro instinto. Se nos dice que los padres y los profesores saben más y que cuando nuestras sensaciones no coinciden con sus ideas. Nosotros debemos estar equivocados. Condicionados para no confiar o amargamente ignorar nuestros propios sentimientos, resulta fácil convencernos para no creer en el bebé que llora diciendo: “¡Deberías tomarme en brazos!” “¡Yo tendría que estar cerca de tu cuerpo!” “¡No me dejes!” En su lugar, denegamos nuestra respuesta natural y seguimos la moda instaurada, dictada por los “expertos” en cuidados infantiles. La pérdida de confianza en nuestra experiencia innata nos deja leyendo un libro detrás de otro viendo como cada nueva idea falla.

Es importante entender quiénes son los expertos en realidad. El segundo mayor experto en cuidado infantil que existe está dentro nuestro, tan seguro como que reside en cada especie superviviente que, por definición, debe saber cuidar a su prole. El mayor experto de todos es, por supuesto, el bebé, programado durante millones de años de evolución para mostrar su propio temperamento mediante sonidos y acciones cuando el cuidado no es correcto. La evolución es un proceso de refinamiento que ha afinado nuestro comportamiento innato con magnífica precisión. La señal del bebé, la comprensión de esta señal por la gente que lo rodea, el impulso a obedecerla, son todo partes del carácter de nuestra especie.

El presuntuoso intelecto ha mostrado estar pobremente equipado para adivinar los auténticos requerimientos de los bebés humanos. La pregunta a menudo es: ¿Debería tomar al bebé cuando llora? ¿O debería dejarle llorar durante un rato? ¿O debería dejarle llorar para que así el niño sepa quien es el jefe y no se convierta en un “tirano”?

Ningún bebé estará de acuerdo con ninguna de estas imposiciones. Unánimemente, nos dejan bien claro que no deben ser dejados para nada. Como esta opción no ha sido ampliamente defendida en la civilización occidental contemporánea, las relaciones entre padres e hijos han permanecido firmemente como si fueran adversarios. El juego se ha centrado en conseguir que el bebé duerma en la cuna, pero no se ha considerado la oposición sobre los lloros del bebé. A pesar de que Tine Thevenin, en su libro The Family Bed (La cama familiar), y otros han abierto el tema de que los niños duerman con sus padres, el principio más importante no se ha tratado claramente: comportarse contra nuestra naturaleza como especies conduce inevitablemente a la pérdida de bienestar.

Una vez hemos comprendido y aceptado el principio de respetar nuestras expectativas innatas, seremos entonces capaces de descubrir precisamente cuáles son; en otras palabras, qué es lo que la evolución nos ha acostumbrado a experimentar.

El Papel Formativo de la Fase de en Brazos

yekuana¿Cómo llegué a ver en la fase de ir en brazos aquella etapa crucial para el desarrollo de una persona? Primero, vi la gente feliz y relajada en la jungla de Sudamérica, cargando siempre a sus bebés sin dejarlos nunca. Poco a poco, fui capaz de ver una conexión entre ese hecho tan sencillo y la calidad de sus vidas. Incluso, más tarde, llegué a ciertas conclusiones sobre cómo y por qué el estar en contacto constante con un cuidador activo es esencial en el estadio inicial del desarrollo tras el nacimiento.

Por un lado, parece que la persona que carga el bebé (normalmente la madre durante los primeros meses, y luego un niño de cuatro a doce años que devuelve el bebé a la madre para alimentarlo) está formando los cimientos para las experiencias posteriores. El bebé participa pasivamente en las carreras, paseos, risas, charlas, tareas y juegos del porteador. Las actividades particulares, el ritmo, las inflexiones del lenguaje, la variedad de vistas, noche y día, el rango de temperaturas, sequedad y humedad, y los sonidos de la vida en comunidad forman una base para la participación activa que empezará a los seis u ocho meses de vida con el arrastre, gateo y luego andar. Un bebé que ha pasado ese tiempo tumbado en una tranquila cuna o mirando el interior de una sillita, o al cielo, habrá perdido la mayor parte de esta experiencia tan esencial.

Debido a la necesidad del niño de participar, es también muy importante que los cuidadores no se queden sentados mirando al bebé ni que continuamente le pregunten lo que quiere, sino que lleven vidas activas ellos mismos. Ocasionalmente, uno no puede resistir darle al bebé un chorro de besos, pero, de todos modos, un bebé que está programado para observar la ajetreada vida que llevas se confunde y frustra cuando dedicas tu tiempo mirando como él vive la suya. Un bebé dedicado a absorber lo que es la vida, siendo vivida por ti, se sumerge en la confusión si le preguntas que sea él quien la dirija.

La segunda función esencial de la experiencia de la fase en brazos parece no haber sido percibida por nadie (incluyéndome a mí, hasta mediados de la década de los 1960). Se refiere a proveer a los bebés de un mecanismo de descarga de su exceso de energía hasta que no son capaces de hacerlo por sí mismos. En los meses anteriores a ser capaces de moverse por sí mismos, los bebés acumulan energía por la absorción de comida y de luz solar. Es entonces cuando el bebé necesita contacto constante con el campo de energía de una persona activa que pueda descargar el exceso no usado de ambos. Esto explica porque los bebés Yequana estaban tan extrañamente relajados y porque no se ponían rígidos, daban patadas o arqueaban la espalda para relajarse ante una incómoda acumulación de energía.

Para poder proveer una óptima experiencia de la fase en brazos tenemos que descargar nuestra propia energía de manera efectiva. Se puede calmar muy rápidamente a un bebé corriendo o saltando con él, o bailando o haciendo lo que sea para eliminar el exceso de energía propio. Una madre o padre que deben marchar de repente a buscar algo no necesitan decir “oye, toma el bebé que voy corriendo a la tienda”. El que tenga que correr que se lleve al bebé. ¡Cuanta más acción mejor!

Los bebés y los adultos experimentan tensiones cuando la circulación de energía en sus músculos está impedida. Un bebé repleto de energía no descargada está pidiendo acción: una carrera a galope alrededor del salón o un baile movido con el niño de la mano. El campo de energía del bebé se aprovechará inmediatamente del del adulto, descargándose. Los bebés no son las cositas frágiles que hemos tomado con guantes. De hecho, un bebé tratado como frágil en este estado de formación puede ser persuadido de que es frágil.

Como padres, podéis llegar a comprender fácilmente el flujo de energía de vuestro hijo. En el proceso, descubriréis muchas maneras de ayudar a vuestro bebé a mantener el suave tono muscular del bienestar ancestral, y de proporcionarle la calma y confort que necesita para sentirse como en casa en este mundo.

Jean Liedloff
El concepto del Continuum

EL NIDO (No lo cojas que se acostumbra)-Jean Liedloff

EL NIDO (No lo cojas que se acostumbra)-Jean Liedloff

continuum(…) El bebé, cuando es llevado al hogar de su madre, ya conoce a fondo cómo es la vida. A un nivel preconsciente que determinará todas sus impresiones posteriores, al igual que las determina ahora, sabe que la vida es insoportablemente solitaria, que no responde a sus señales y que está llena de sufrimiento.

En una unidad de neonatología de las maternidades de la civilización occidental hay muy pocas posibilidades de recibir el consuelo de una mamá loba. El recién nacido, cuya piel está pidiendo a gritos volver a sentir aquella carne suave, cálida y viva con la que estaba en contacto, es envuelto en una tela seca e inerte. Es colocado en una caja y dejado ahí, por más que llore, en un limbo donde no hay el menor movimiento (por primera vez en toda la experiencia de su cuerpo, en los siglos de evolución o en la eternidad vivida en el útero).

Los únicos sonidos que puede oír son los gemidos de otras víctimas que están sufriendo el mismo indescriptible tormento. Puede que los sonidos no signifiquen nada para él. El bebé no cesa de llorar; sus pulmones, que no están acostumbrados al aire, se sobre esfuerzan con la desesperación que hay en su corazón. No acude nadie. Confiando en la perfección de la vida, como debe hacer por naturaleza, efectúa el único acto que puede hacer, que es llorar. Hasta que, después de haber pasado un tiempo que para él es una eternidad, se duerme agotado.

Más tarde se despierta en el vago terror que le produce el silencio, la inmovilidad. Se echa a llorar. Todo su cuerpo, desde la cabeza hasta la punta de los pies, está embargado por un ardiente anhelo y deseo, por una intolerable impaciencia. Respira con dificultad y chilla hasta sentir que su palpitante cabeza está a punto de estallar. Llora hasta que el pecho y la garganta le duelen. Ya no puede soportar más el dolor y sus sollozos se van apagando hasta calmarse. Ahora se pone a escuchar. Abre las manos y las vuelve a cerrar apretando los puños. Mueve la cabeza de un lado a otro. Nada parece ayudarle. El sufrimiento es insoportable. Se echa de nuevo a llorar, pero supone demasiado esfuerzo para su dolorida garganta y al cabo de poco vuelve a callarse. Tensa su atormentado y anhelante cuerpo y siente un poco de consuelo. Agita las manos y patalea con los pies. Se detiene, sufriendo, incapaz de pensar o de tener esperanzas. Se pone a escuchar. De nuevo cae dormido.

Al despertar se hace pipí en los pañales y el suceso le distrae de su tormento. Pero el agradable acto de orinar y la cálida, húmeda y fluida sensación que siente alrededor de la parte inferior de su cuerpo desaparecen rápidamente. El calor se inmoviliza ahora y se vuelve frío y pegajoso. El pequeño patalea, tensa el cuerpo, llora a lágrima viva. Desesperado a causa del intenso deseo de contacto que le acucia, rodeado de un entorno inerte, húmedo e incómodo, expresa llorando desconsoladamente su infelicidad hasta que se tranquiliza con su solitario sueño.

De pronto, alguien lo levanta; vuelve a creer que va a obtener aquello que tanto desea. Le sacan el pañal. Se siente aliviado. Unas manos vivas le tocan la piel. Levantándole los pies, le envuelven el bajo vientre con otro paño seco y sin vida. Al cabo de un momento es como si las manos y el pañal húmedo no hubieran existido nunca. No hay ningún recuerdo consciente, ninguna chispa de esperanza. Se encuentra en medio de un vacío insoportable, eterno, inmóvil y silencioso, lleno de un intenso, intensísimo deseo de vital contacto. Su continuum intenta utilizar las medidas de emergencia de que dispone, pero todas están concebidas para unir los breves espacios de tiempo en los que permanecerá sin recibir el trato correcto o para pedir consuelo a alguien (que se supone) que desea dárselo. Su continuum no tiene ninguna solución para una situación tan extrema. Ésta supera su basta experiencia. La naturaleza del bebé, aunque el pequeño sólo haga algunas horas que respire, ha llegado a tal punto de desorientación que la situación supera a la fuerza salvadora de su poderoso continuum. La experiencia vivida en el útero ha sido la que probablemente más se acercará de todas al estado de bienestar que, de acuerdo a sus expectativas innatas, tendría que experimentar durante toda su vida. Su naturaleza se basa en la suposición de que su madre se está comportando correctamente y de que las motivaciones que la impulsan y las consiguientes acciones se beneficiarán sin duda unas a otras.

Alguien llega y lo levanta deliciosamente en medio del aire. Vuelve a la vida. Lo llevan de una manera demasiado delicada para su gusto, pero al menos experimenta algún movimiento. Después se encuentra en su lugar. Todo el sufrimiento que ha padecido ahora ya no existe. Descansa en unos brazos que lo envuelven y aunque su piel al entrar en contacto con la ropa de la madre no le envíe ningún mensaje de encontrar consuelo ni sienta el contacto de una piel viva, sus manos y su boca le comunican que se sienten bien. El positivo placer que produce la vida, el estado normal para el continuum, es casi completo. El sabor y la textura del pecho materno está presentes, la cálida leche fluye a su hambrienta boca, oye los latidos de un corazón que debería haber sido su vínculo, el sonido que le confirma la continuidad de la existencia vivida en el útero; las formas moviéndose anuncian con claridad que hay vida. El sonido de la voz también es correcto. Sólo hay algo que falta en la ropa y en el olor que percibe (la madre se ha puesto colonia). El bebé succiona la leche y cuando está lleno y con las mejillas sonrosadas, se queda dormido.

Al despertar se encuentra en un infierno. No tiene ningún recuerdo, esperanza ni pensamiento de la visita que le ha hecho su madre que pueda tranquilizarle en este inhóspito purgatorio. Las horas, los días y las noches van transcurriendo. El bebé se echa a llorar, queda agotado, cae dormido. Se despierta y se hace pipí en el pañal. Ahora este acto ya no le resulta agradable. El efímero placer que le producen sus aliviadas tripas se torna en un dolor cada vez más punzante cuando la orina caliente y ácida entra en contacto con su irritada piel. Se pone a chillar. Sus cansados pulmones necesitan gritar para no sentir el doloroso escozor. Llora hasta que el dolor y el llanto lo agotan hasta caer dormido.

En este hospital, que es de lo más normal, las ocupadas enfermeras cambian los pañales de los recién nacidos a unas determinadas horas, tanto si están secos como si hace poco o mucho que están húmedos, y mandan a los bebés a sus casas totalmente escaldados para que los cuide alguien que tenga tiempo para ello.

El bebé, cuando es llevado al hogar de su madre (sin duda no puede decirse que sea el hogar del pequeño), ya conoce a fondo cómo es la vida. A un nivel preconsciente que determinará todas sus impresiones posteriores, al igual que las determina ahora, sabe que la vida es insoportablemente solitaria, que no responde a sus señales y que está llena de sufrimiento.

Pero aún no se ha rendido. Su fuerza vital intentará siempre recuperar el equilibrio mientras haya vida en él.

El hogar en que se encuentra sólo se diferencia de la unidad de neonatología de la maternidad en que ahora no tiene la piel irritada. Durante las horas en las que el bebé está despierto, está anhelante, ansioso de contacto físico y espera de manera interminable que el silencioso vacío sea reemplazado por la situación correcta.

Durante algunos minutos al día su intenso deseo cesa momentáneamente y la terrible necesidad de su piel de ser tocada, sostenida y movida es satisfecha. Su madre es la persona que, después de habérselo pensado mucho, ha decidido dejarle acceder a su pecho. Ella lo quiere con una ternura que nunca antes había sentido. Al principio, a la madre le resulta difícil dejar a su hijo en la cuna después de haberle dado el pecho, sobre todo porque él se echa a llorar desconsoladamente. Pero está convencida de que debe hacerlo, ya que su madre le ha dicho (y ella debe saberlo) que si ahora le hace caso lo malcriará y más tarde su hijo le causará problemas. Ella desea hacerlo todo correctamente; por unos momentos siente que la pequeña vida que sostiene entre sus brazos es más importante que cualquier otra cosa en el mundo.

Suspira y deja suavemente a su hijo en la cuna, decorada con patitos amarillos a juego con la habitación. Ha puesto mucho esfuerzo para decorarla con unas cortinas suaves y sedosas, una alfombra en forma de un enorme oso panda, un tocador blanco, una bañera y un vestidor equipado con polvos de talco, aceite, jabón, champú y un cepillo, todo fabricado y envasado con los colores especiales para bebés. La pared está decorada con imágenes de crías de animales vestidas como personas. Los cajones de la cómoda están llenos de camisitas, peleles, patucos, gorritos, mitones y pañales. Sobre la cómoda, colocados de lado en un cautivador ángulo, hay un corderito de peluche y un jarrón con flores recién cortadas, ya que a su madre también le “encantan” las flores.

Ella le estira la camisita y lo arropa con una sábana bordada y una manta decorada con las iniciales del pequeño. Las contempla llena de satisfacción. Ella y su marido no han reparado en gastos para decorar la habitación de su bebé a la perfección, aunque no hayan podido comprar aún los muebles que han elegido para el resto de la casa. Se inclina para besarle la sedosa mejilla y se dirige hacia la puerta mientras el primer agonizante chillido hace estremecer el cuerpo del bebé.

Cierra con suavidad la puerta de la habitación. Le ha declarado la guerra. Su voluntad debe imponerse a la de su hijo. A través de la puerta oye un sonido parecido a alguien que es torturado. El sentido de su continuum lo reconoce como tal. La naturaleza no envía unas señales claras de que alguien está siendo torturado a no ser que sea éste el caso. La tortura es precisamente tan seria como suena.

La madre duda, su corazón desea volver con su hijo, pero se resiste y se aleja. Acaba de cambiar y alimentar a su bebé. Como está segura de que no necesita realmente nada, lo deja llorar hasta que el pequeño se queda agotado.

Él se despierta y se echa a llorar de nuevo. Su madre entreabre la puerta para asegurarse de que el pequeño está bien. Después vuelve a cerrarla con suavidad para que su hijo no piense que va a recibir la atención que está pidiendo luego se apresura a volver a la cocina para reanudar lo que estaba haciendo y deja la puerta abierta para poder oír a su hijo por si “le ocurriera algo”.

El llanto del bebé se va transformando en temblorosos gemidos. Al no recibir ninguna respuesta, la fuerza del móvil de la señal se pierde en la confusión de un estéril vacío al que el consuelo tendría que haber llegado hace mucho tiempo. El bebé mira a su alrededor. Más allá de las barras de la cuna hay una pared. La luz es tenue. No puede darse la vuelta. Sólo ve los barrotes, inmóviles, y la pared. Oye los sonidos sin sentido de un mundo lejano. Cerca no hay ningún sonido. Contempla la pared hasta que los ojos se le cierran al volver a abrirlos, los barrotes y la pared siguen exactamente en el mismo lugar que antes con la única diferencia de que ahora la luz es más tenue.

Entre la eternidad que pasa contemplando los barrotes y la pared, pasa otra eternidad contemplando los barrotes de ambos lados y el lejano techo. A lo lejos, a un lado, se ven unas formas estáticas que siempre están ahí.

Hay momentos en los que siente algún movimiento y algo cubriéndole los oídos, un sonido apagado y un montón de ropa sobre él. Cuando esto ocurre, puede ver desde el interior la esquina blanca de plástico del cochecito y, de vez en cuando, grandes bloques de casas deslizándose a lo lejos. Ve también las lejanas copas de los árboles que tampoco tienen nada que ver con él, y a veces personas mirándole que hablan normalmente entre ellas o en ocasiones con él.

Más a menudo, estas personas agitan un objeto que hace ruido frente a él y el bebé siente, al estar tan cerca, que se encuentra cerca de la vida y alarga la mano y agita los brazos deseando encontrarse en su lugar. Cuando le acercan el sonajero a la mano, lo coge y se lo mete en la boca. Pero no recibe la sensación que estaba esperando. Agita las manos y el sonajero vuela por los aires. Una persona se lo vuelve a traer. Como desea que esta prometedora figura regrese, se dedica a arrojar el sonajero o cualquier otro objeto que tenga a mano mientras el truco funcione. Cuando ya no se lo devuelven más, se dedica a mirar el vacío cielo y la capota del cochecito.

Cuando llora en el cochecito es a menudo recompensado con signos de vida. Su madre mueve el cochecito porque ha aprendido que esto tiende a hacerle callar. Su intenso deseo de movimiento y experiencias, todo aquello que sus antepasados tuvieron en sus primeros meses de vida, se calma un poco cuando su madre mueve el cochecito, lo cual de una manera muy pobre le ofrece al menos alguna experiencia.

Como no asocia las voces que oye a su alrededor con nada que le ocurra a él, tienen muy poco valor porque no anuncian que vayan a colmar sus expectativas. Sin embargo, son más gratificantes que el silencio que reinaba en la maternidad. El cociente de las experiencia de su continuum está casi a cero; su principal experiencia real es la del deseo.

Su madre lo pesa con regularidad y se siente orgullosa del progreso de su hijo.
Las únicas experiencias útiles constituyen los pocos minutos al día que le permiten estar en brazos y algunas otras vividas de manera irregular que le sirven para sus otras necesidades y que se van agregando a sus cuotas. Cuando el bebé está en el regazo de su cuidadora, puede acercarse corriendo un niño gritando y añadir la emoción de crear un poco de acción a su alrededor mientras aquél se siente seguro. El pequeño oye el agradable zumbido del motor del automóvil mientras es zarandeado plácidamente en el regazo de su madre cuando el tráfico se detiene y cuando vuelve a circular. Oye ladridos de perros y otros ruidos repentinos. Aunque a algunos les perturben cuando están en el cochecito, a otros, sin embargo, les asustarían si no estuvieran en brazos.

Los objetos que le ponen a su alcance sirven para imitar aquello que al niño le está faltando. La tradición dicta que los juguetes consuelan a los bebés que están sufriendo, pero de algún modo lo hacen sin reconocer el sufrimiento de los mismos.

En primer lugar está el osito o cualquier otro muñeco suave similar que sirve “para dormir”. Está concebido para dar al bebé la sensación de tener un constante compañero. El intenso cariño que a veces un niño acaba sintiendo por él se considera un encantador capricho infantil en vez de verse como la manifestación de una grave carencia afectiva que le ha llevado a aferrarse a un objeto inanimado en su necesidad de encontrar un compañero que no le abandone. Los cochecitos con juguetes que suenan, y las cunas que se balancean son otra desgraciada imitación. Pero el movimiento sustituye de una manera tan pobre y tosca el movimiento que un niño experimenta mientras su madre lo transporta, que satisface muy poco el intenso deseo del solitario bebé. Aparte de ser inadecuado, suele también ser infrecuente. Están también los juguetes que se cuelgan en las cunas y los cochecitos que suenan, tintinean o repiquetean cuando el bebé los toca. La habitación del bebé se suele adornar con móviles de vivos colores, un nuevo objeto que el pequeño puede contemplar aparte de las paredes. Los móviles atraen su atención, pero sólo se cambian de vez en cuando y no llegan a llenar la necesidad que tiene el niño para su desarrollo de disfrutar de una variada experiencia visual y auditiva […]

Liedloff


Jean Liedloff
Extracto de ” El concepto del Continuum”